En "El prisionero de la planta 15", la acción se instala en un Madrid de 1966 que no funciona solo como escenario, sino como clima moral.
La novela avanza con la cadencia del buen noir: una desaparición, un hombre quebrado y una ciudad donde nada termina de estar limpio. Desde ahí, Perpiñá conduce al lector por bandas callejeras, salones de influencia y territorios ambiguos donde la intriga se mezcla con la memoria histórica.
¿Por qué eligió el año 1966 para la novela? ¿Qué le ofrecía esa fecha en concreto del franquismo?
El año 1966 es el año de publicación del Revolver de los Beatles, por tanto es como un guiño a la incipiente psicodelia. En el contexto del franquismo, la mitad de los sesenta es un punto de inflexión en que en la grisura monolítica del régimen empiezan a aparecer grietas. Nuevas voces, nuevas costumbres. Es una etapa de transición y, como todas las etapas de transición, fascinante.
El texto oscila entre thriller y novela negra. ¿En qué estilo literario la encasillaría usted?
Es una novela negra, pero debajo hay otra novela, una novela de corte existencial, la historia de un personaje en busca de su propia identidad. También la radiografía de una sociedad que empieza cambiar, de un viejo orden que se desmorona. Esas diferentes capas de sentido son las que le dan a la novela su carácter.
¿Se ve reflejado en algún personaje de la novela?
Todos los personajes de una novela son fragmentos del espejo roto de la imaginación del autor. Un escritor debe encontrar en cada personaje algo de sí mismo, incluso en los más abyectos.
¿Qué descubre usted de su propio pasado o de su mirada al pasado al escribir a un “desmemoriado”?
Constato que nuestra memoria absuelve el pasado. Incluso nuestros más felices recuerdos no dejan de ser una fabulación. Con algunas impresiones sensoriales construimos una fábula luminosa y fraudulenta que nos sirve de refugio en los momentos de desesperanza.
¿Qué no se sabe todavía de Víctor Cano que le gustaría explorar en otra obra?
Creo que la odisea vital de Víctor Cano está perfectamente cerrada, todo lo demás sería redundancia y explotación. Quise escribir una novela y no una serie.
¿Le costó documentarse para escribir el libro?
Sí, claro. Siempre cuesta. De todos modos, no me gusta ser de esos escritores que se documentan durante años y luego quieren soltarlo todo para que se vea que han hecho los deberes. Utilizo la información justa para que el relato sea creíble y dar a cada atmósfera el color adecuado. Lo que sí me ha costado es construir una estructura de relato detectivesco. ¡Es realmente difícil!
El Edificio España funciona casi como cárcel y personaje. ¿Cómo lo investigó y qué simboliza para usted?
He rastreado cuanto pueda encontrarse en las redes, he visto documentales, he hablado con arquitectos, he vivido en el hotel actual. El Edificio España tiene algo catedralicio, descomunal, mesopotámico… para mí, aparte de su glamour de época, tiene algo de laberinto pesadillesco. Me funciona como una extensión de la psique dañada del protagonista y también como una metáfora del régimen.
Madrid aparece áspero y vibrante a la vez. ¿Qué capas de la sociedad de la época quiso priorizar: miseria suburbial, modernidad pop, aparato represivo?
Es muy del género que todas las capas sociales aparezcan representadas y aquí tenemos las clases populares, la bohemia chic, el mundo de los pandilleros, la irrupción del yeyé español, la riqueza de cuna y los nuevos tecnócratas del franquismo.
¿Hay redención posible para Víctor o la novela propone otra salida ética?
Es una novela sobre la redención y Víctor se redime finalmente al descubrir la verdad sobre sí mismo. No puede cambiar lo que hizo, pero si puede conseguir que el mal no prevalezca.
Como guionista, ¿qué reglas del guion decidió romper al pasar a la novela, y cuáles se negó a abandonar?
¡Todas! Cuando escribo literatura escribo literatura. No me gusta que me encasillen en la figura de guionista que escribe novelas. El oficio de guionista sí que me ha dado una habilidad específica para diseñar estructuras narrativas y la concisión viene sobre todo de mi labor como autor de relatos.
¿En qué escenas se impuso la literatura sobre el pulso audiovisual… y al revés?
La escena de la batalla campal entre pandilleros en el solar de la Remonta. Es muy literaria, utilizo una cadencia de vieja crónica nada realista y sin embargo funciona. No he querido escribir una novela audiovisual, hay mucha literatura entre sus líneas.
La DGS como “centro legalizado de tortura” aparece con nitidez. ¿Cómo equilibró rigor histórico y ritmo narrativo?
No acabo de entender la pregunta. A un detenido al que tenían ganas le dan una paliza, que no vemos, lo cual era algo bastante común en aquella época.
¿Qué capítulo le exigió más reescrituras, y por qué?
El capítulo en que Virginia y Santiago ven en el NO-DO la llegada de Víctor a Barcelona tras los años de cautiverio en Rusia. No puedo explicar demasiado ahora para no desvelar la trama y su resolución, pero había que establecer un juego entre lo que se dice y lo que no se dice, escamotear un dato fundamental sin que el lector sintiera al final que el autor le hizo trampa. Los magos lo llaman distracción.
¿Qué interpretación de los lectores le ha sorprendido más hasta ahora?
Lo que me ha sorprendido es que a pesar de que el protagonista es un personaje complejo y dañado, que vive su existencia como una especie de pesadilla, a pesar de no haber hecho ninguna concesión a lo fácil, al cliché o a lo efectista, los lectores hayan encontrado la novela eminentemente entretenida y la hayan devorado con fruición. Les ha arrastrado y los ha emocionado. Eso me hace sentir que mereció la pena escribirla.
Si hubiera una adaptación, ¿qué cuidaría por encima de todo: la voz de Víctor, el uso del espacio, el tempo de la culpa?
La atmósfera, por supuesto, la atmósfera alucinada y un poco onírica de cuanto ocurre.
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