¿Quién devora a quién en Linaje caníbal (1)? La autora, en esta, su segunda entrega (a la) narrativa, demuestra una vez más su magistral manejo prosístico para brindarnos textos engañosamente simples pero que, al igual que en una novela en clave, no desperdician discurso ni escatiman recursos para darnos las llaves que enlazan ficciones y realidades que fueron o todavía son. Y la puesta en abismo tan lograda por Alejandra Jalof, se sintetiza en casi una treintena de piezas que contienen el vértigo tomado/recreado desde los variados pasados y presentes de sus criaturas, sí, pero entre tanta polisemia la autora invita siempre a seguir adelante por el camino de lo sugerido: que hay sospechosos nexos comunicantes entre lo ficcional y lo que fuera de las páginas sucede. Como si su logro fuera poco, consigue además vulnerar la frontera entre géneros: Linaje caníbal, un efectivo maridaje entre lo subjetivo y lo objetivo, se estructura impecablemente como una diégesis capaz de articular una nouvelle sobre la base de textos con valores intrínsecamente independientes en sí mismos, tal como lo hizo el crítico, teórico literario, semiólogo y filósofo estructuralista francés Roland Gérard Barthes (1915-1980) en sus célebres Fragmentos de un discurso amoroso. Narradora posmoderna y una de las voces más destacadas y destacables de la nueva letra argentina, sabe seducir al lector (acting indispensable y primero, como bien señaló el mismo Barthes) para comprometerlo en una lectura fascinante y que deseamos que no se vaya a terminar nunca, lamentando que, forzosamente, deba existir una última página.
¿Quién devora a quién en Linaje caníbal?
A favor de las anteriores aseveraciones, que no intentan de suyo pecar de temerarias, estoy en condiciones de sumar otras, con sus debidas argumentaciones, que la bondad de quienes atienden a mis palabras posiblemente supondrán valederas.
En principio, aceptemos que la obsesión del sentido es característica de nuestra especie, al decir del novelista, ensayista, dramaturgo, filósofo y periodista francés Albert Camus (1913-1960). La naturaleza aborrece el vacío y los seres humanos también. El vacío representa lo desconocido y lo ignoto posee un doble poder sobre nosotros: por una parte nos espanta y por la otra nos atrae.
El vacío primordial al que nos enfrentamos, prima facie, es el futuro, campo de lo impredecible, que además nos hace la mala jugada de no existir jamás, ya que para pronunciarse ante nosotros debe transformarse en presente y anularse como era en el segundo anterior y encima, se trata de un presente que inmediatamente se metamorfosea en pasado.
Sin embargo, el pasado también es otro vacío al que tenemos que rellenar de sentido. En verdad, el pasado es lo único que podemos modificar, gracias a las trampas de la memoria, que recuerda aquello que prefiere rememorar y, como bien sabemos, opta por creer que puede sepultar graciosamente las peores partes de la película. Tan pragmática como ineficaz, la memoria intenta una y otra vez amortiguar los golpes y las cicatrices que pueden volver abominable al presente y terroríficas las suposiciones acerca del futuro impredecible.
Para los perspicaces -y los buenos autores y buenos lectores pertenecen a esta categoría- vale con todo su peso lo afirmado por el filósofo, poeta, compositor musical y filólogo alemán Friedrich Wilhelm Nietzsche (1844-1900): “Que no existen hechos, sino interpretaciones”.
Deducciones que seguramente diferirán según el individuo, tal como lo explica el filósofo alemán Hans-Georg Gadamer (1900-2002) en su tratado Verdad y método, más o menos así: dos personas observan o bien participan del mismo acontecimiento y mientras para una de ellas lo sucedido fue hermoso, para la otra fue algo decididamente horroroso. Esto no implica que una de ellas esté mintiendo, sino que cada una lo interpretó de manera diferente, desde un horizonte distinto. La noción de horizonte de Gadamer es una bella parábola: el individuo A, de pie sobre su historia personal, ve, es capaz de apreciar y, por ende, de interpretar lo que ve para obtener el bendito y precioso sentido que le evite padecer el horror vacui, mas solamente hasta donde por supuesto puede ver. Ese límite es la línea de horizonte del individuo A, y detrás de ese limitado horizonte está todo lo demás, incluyendo el acontecimiento. Del otro lado del horizonte, está de pie sobre su propia historia el individuo B, al que le sucede lo mismo, pero topológicamente a la inversa. La conversación entre A y B puede complicarse bastante cuando se trata de definir qué diablos sucedió en realidad.
No se puede cambiar lo que no se puede entender, nos informó el filósofo, lingüista, politólogo, intelectual y activista estadounidense Noam Chomsky Avram Noam Chomsky (1928-2024), pero sí lo podemos transformar según nuestra engañosa conveniencia. ¡Con no verlo! y no lo vemos porque está más allá de nuestra limitada línea de horizonte, qué le vamos a hacer. Vamos a aprovecharnos de la miopía y, de paso, como la comprensión es la primera condición para el cambio, nos ratificamos en nuestros dichos y propias afirmaciones, engañosamente salvadoras. Porque si hay un sentido, qué suerte, eso quiere decir que también hay un yo. El que más me interesa: yo. No importa que se trate de una ficción lo que labré; es una ficción salvífica y a mí me alcanza. Incluso, si la protectora burbuja que erigí me coloca en el papel de víctima dentro del elenco, hasta ese papel puede ser confortable, ya que es mejor ser víctima que ser nadie. El beneficio del síntoma, porque el síntoma siempre ofrece un beneficio, como la publicidad.
Ahora que hay ficciones y ficciones. El hombre es el animal que narra. Vivimos narrando, contándole cosas a los demás y, sobre todo, a nosotros mismos.
Sin embargo, como bien lo subraya el semiólogo, filósofo y escritor italiano Umberto Eco (1932-2016), la ficción bien construida no simplifica la realidad, la ilumina.
Es aquí donde intervienen los diestros narradores, como Alejandra Jalof. “Esta escritora sí que sabe lo que dice”, me refirió un abogado amigo mío, cuando le leí un par de piezas de las escritas por la Jalof. Un abogado especialista en divorcios, escucha privilegiado de las dos campanas. El flamante ex en ciernes afirma que la maldita que lo arruinó todo, eso que iba tan bien, fue la otra parte. Ella, por su lado, sostiene y firma al pie que el bastardo de toda bastardía fue su ex. Los dos horizontes, la discusión imposible y más allá, lo que de veras sucedió.
¿Por qué Alejandra Jalof sí sabe lo que sucedió? Justamente porque no lo sabe, pero sí conoce que la ficción que ilumina, como lo refería Eco, es aquella que abre un espacio para el vacío inescrutable, que lo deja ser, justamente, porque es y eso no se puede obviar en la plena literatura que nos ofrecen, con tanta generosidad, los autores como ella.
Su escritura contempla que toda ficción iluminadora viene hacia nosotros con la sombra de una contraria, y también en compañía de muchas otras, infinitas, paralelas y coexistentes. El buen arte del narrador obliga a un juego de alusiones y elusiones que evita radicalmente la ilusión de lo unívoco. Lo no dicho, como en la música el silencio, es parte fundamental de la partitura. Posee un peso específico tan importante o aún mayor que lo expresado. Esa es la diferencia fundamental entre un escritor cabal, como Jalof, y el común animal que narra. Este último nos ofrece sistemas discursivos cerrados, su propia burbuja, que necesita hacernos creer para creérsela él mismo, tal es su, digamos, imperativo categórico. Las y los Jalof de este mundo edifican en cada historia un sistema abierto, una porosidad permeable a la traducción que hará el lector, un texto-espejo pero no servil a nuestras necesidades de sentido, todo lo contrario. No brinda Jalof respuestas, sino nuevas preguntas. Bastante incómodas, por cierto. Su sujeto narrante es subversivo, molesta, pincha donde no nos gusta que lo hagan, no calma sino que perturba. Alborota, no seda. No adormece, despierta. Por eso no sabemos quién devora a quién. Si la historia a los personajes o si ellos a lo narrado. ¿Y no existirá una tercera posibilidad, una que se me está escapando cuando leo a Jalof? Sí, lector, y como te dije antes, también muchas más. Es esa tierra de nadie lo que nos muestra Jalof que sí, que está ahí, esa que ella no va a definir y mucho menos mapear para que te quedes tranquilo como bajo el efecto de sedantes, mi querido muchacho. Quizá te enojarás con Linaje Caníbal, lo cerrarás, pero el libro se va a quedar ahí, esperando como una araña o como un angelito que cada vez que pases cerca te guiñará un ojo. ¡Tú verás! Eso, si quieres ver.
Se dice que la etimología es el inconsciente de las palabras. Fíjate en la de linaje, que viene de la voz latina linea. La recta que une a la ascendencia con la descendencia, pero que puede ser interpretada desde el pasado hacia el presente o viceversa, mas que en cada sección obliga, exige la exogamia y el ingreso obligado a la línea de elementos externos a ella para conformarse como tal. ¿No es metáfora de lo impredecible, de lo que puede dar por resultado, en el cruce de tanto ADN, cuanto no podemos vaticinar? ¿Y la etimología de caníbal? Peor o mejor: viene del término taino caniba, que significa “osado”, el que se anima a algo. Algo que es tabú, como la endogamia para establecer el linaje.
Jalof sí que sabe elegir bien los títulos de sus obras.
Todo lo que dije son casi naderías. Lo que será concreto para ti, lo que está más allá de mi línea de horizonte, se encuentra en las páginas de Linaje Caníbal.
La autora
Alejandra Jalof nació en Buenos Aires, es psicoanalista y escritora. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Ha trabajado en instituciones públicas y privadas. Fue docente en la Facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires. Ha publicado numerosos artículos y ensayos en diarios y revistas de Argentina. En la actualidad se dedica a la práctica clínica y colabora con el diario Página 12 y la revista Ñ. Publicó anteriormente Fotosíntesis (Paradiso, 2021).
Notas
(1) Paradiso Ediciones, ISBN 978-631-6682-22-2, 128 pp., Buenos Aires, 2026. https://www.paradisoediciones.com.ar/
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