Odiseo es el Héroe del Retorno: su viaje es un canto al regreso a su tierra natal, a la que vuelve para quedarse. También es un héroe moderno, porque funda sus victorias no en la fuerza bruta -estilo Nolan- sino en la astucia y el ingenio. Durante su periplo experimenta una mutación: el héroe moderno que rindió de Troya con un engaño, quebrantando la ley de los dioses, regresa convertido en un héroe antiguo: se postra ante Atenea. ¿Qué representa? La autarquía de la polis griega. El hombre hecho a sí mismo, autónomo y autosuficiente, finalmente domado por el imperio de los dioses.
Ausentes en la versión de Nolan, los sustituye por una frase inicial sencillamente delirante: “en un tiempo de aparente magia”. ¿Qué nos quiere decir? ¿Que esto es un cuento de hadas pasado por la Thermomix de Juego de Tronos? Siguen diálogos irrisorios: “te dejaste llevar por tus instintos primarios” -el psicoanálisis en el siglo VI a.C.-, o “es el fin de la Edad de Bronce” -Penélope, historiógrafa-. Todo ello adobado con un cúmulo de desfases a los que no se atreverían ni los iconoclastas de Monty Python.
Los “melenudos aqueos”, como los describe Homero, no se quitan el casco -de bronce- ni para remar, y visten como romanos. Agamenon entra en Troya sin que sepamos si se trata de él o de Batman, el caballero oscuro -eso sí, customizado con un yelmo del que pende una esperpéntica trencita de vértebras-. ¿Y a quién nos recuerda Odiseo? Al Oppenheimer de Nolan. Un personaje apocalíptico -“sentí que el fuego que destruía Troya destruía el mundo”- víctima de un severo trastorno de estrés postraumático.
Es el caso de Nolan. Busca ser muy transgresor, pintar a Homero como un rapero con rastas, a Helena de Troya como una Venus negra, a Calipso, la ninfa, como una gruppie Caribbean Dream. Más multicultural, imposible. Se le escapa la médula del relato, la complejidad del personaje, su ambivalencia esencial. La versión se invierte en perversión.
Sucede cuando se aborda una obra mayor despreciando su hondura y supliéndola por el virtuosismo visual. Un gran fresco digno de Polignoto, pero carente de alma. ¿Qué más da? Hoy la gente sólo va al cine a rumiar palomitas.
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