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Nuestro poema de cada día
Retrato a tinta de Juan Ramón Jiménez bajo el cual el poeta escrito “1899” y “De Ricardo Baroja”.
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Retrato a tinta de Juan Ramón Jiménez bajo el cual el poeta escrito “1899” y “De Ricardo Baroja”.

“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. IX

domingo 06 de septiembre de 2026, 14:13h

La humanización de los borricos, II. Con independencia del carácter poético de la prosa de Platero y yo, rica en imágenes sensoriales, nos parece oportuno subrayar esa maestría de Juan Ramón Jiménez en el uso del léxico para conseguir crear los oportunos climas afectivos. Así sucede, por ejemplo en los capítulos titulados “La carretilla” y “La cuadra”, que reproducimos y analizamos seguidamente.

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Barcelona, Newton Compton Editores, 2026. Ana Suárez Miramón, editora literaria. Clásicos Hispánicos.
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo. Barcelona, Newton Compton Editores, 2026. Ana Suárez Miramón, editora literaria. Clásicos Hispánicos.

La carretilla

En el arroyo grande, que la lluvia había dilatado hasta la viña, nos encontramos, atascada, una vieja carretilla, perdida toda bajo su carga de yerba y de naranjas. Una niña, rota y sucia, lloraba sobre una rueda, queriendo ayudar con el empuje de su pechillo en flor al borricuelo, más pequeño, ¡ay!, y más flaco que Platero. Y el borriquillo se despechaba contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta, al grito sollozante de la chiquilla. Era en vano su esfuerzo, como el de los niños valientes, como el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores.

Acaricié a Platero, y, como pude, lo enganché a la carretilla, delante del borrico miserable. Le obligué, entonces, con un cariñoso imperio, y Platero, de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero, y les subió la cuesta.

¡Qué sonreír de la chiquilla! Fue como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas.

Con su llorosa alegría, me ofreció dos escogidas naranjas, finas, pesadas, redondas. Las tomé, agradecido, y le dí una al borriquillo débil, como dulce consuelo, y otra a Platero, como premio áureo”.

Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, XXXVII.
Barcelona, Newton Compton Editores, 2026.

Apoyo léxico. Dilatar. Extender, alargar y hacer mayor algo, o que ocupe más lugar. Despecharse. Causar desesperación. Fango. Lodo glutinoso que se forma generalmente con los sedimentos térreos de los sitios donde hay agua detenida. Sollozante. Que respira profunda y entrecortadamente a causa del llanto. Imperio. Acción de imperar (mandar). Rucio. Bestia de color pardo claro, blanquecino o canoso. Atolladero. Atascadero, lodazal o sitio donde se atascan los carruajes, las caballerías o las personas.

En “La carretilla”, la afectividad que inunda el ambiente se logra merced a un empleo magistral del diminutivo: carretilla, pechillo, borricuelo, borriquillo, chiquilla, borrico son los vocablos -alguno repetido- de que se ha valido el autor para hacer de este capítulo uno de los más tiernos de todo el libro.

El argumento del texto se sigue con mucha facilidad. En uno de sus habituales paseos, Juan Ramón y Platero se topan con una desgarradora: desbordado el arroyo a causa de la lluvia, una carretilla cargada de hierba y naranjas se encuentra atorada en el fango, sin que los esfuerzos del rucio que tira de ella y el empuje de la niña que la conduce sean suficiente para desatascarla. Juan Ramón interviene, enganchando a Platero delante del rucio, y con su fuerza es capaz de desatorar rucio y carretilla, ayudándole a subir la pendiente del camino. En agradecimiento, la niña le regala a Juan Ramón dos naranjas, que comparte con Platero. Pero lo realmente importante del texto no es el argumento, sino cómo está contado y de qué recursos lingüísticos y retóricos se ha valido Juan Ramón para poner en pie un conmovedor relato transido de lirismo. Por otra parte, en el texto quedan reflejadas las actitudes vitales de Juan Ramón, con su bondad característica, abierto siempre a favorecer a quienes se encuentran con problemas, ya sean humanos (una niña “sucia, rota y sollozante”, o animales (el rucio “flaco y miserable”), con cuyo esfuerzo compartido no logran sacar la carretilla hundida en el fango.

Empecemos por describir a los personajes desde la óptica impresionista del poeta. Juan Ramón es persona afectuosa con con Platero (“acaricié a Platero”), hasta el extremo de que cuando le obliga a realizar cualquier acción, lo hace con ternura (“con un cariñoso imperio”); y además, recompensas sus buenas acciones (“le dí una naranja a Platero como premio áureo”). De Platero lo único que sabemos es que “de un tirón, sacó carretilla y rucio del atolladero, y les subió la cuesta”; y, en todo caso, que el rucio es más pequeño y está más flaco que él. Y algo más sabemos del rucio, aparte de su pequeñez y delgadez: su esfuerzo baldío pero continuado por desatorar la carretilla (“se despechaba [se irritaba] contra el viento, intentando, inútilmente, arrancar del fango la carreta”), y que es un “borrico miserable [desdichado, infeliz”)”; si bien, Juan Ramón ha empleado su nombre con gran afectividad, acudiendo al diminutivo: “borricuelo/boriquillo”. Pero lo que sí que queda claro es el contraste en la caracterización de Platero y del rucio: la debilidad de este frente a la robustez de aquel. Sea como fuere, Juan Ramón quiere destacar la actitud del rucio, comparando su esfuerzo inútil, al borde del desfallecimiento, con “el vuelo de esas brisas cansadas del verano que se caen, en un desmayo, entre las flores”, comparación que incluye una delicada sinestesia.

Y es la niña la que focaliza toda la atención. Juan Ramón se las ingenia para despertar en el lector un sentimiento de conmiseración hacia ella, por sí misma -por su fragilidad- y por la dramática situación en la que se encuentra. En primer lugar la describe como una “niña rota [andrajosa, pero también agotada] y sucia”, con “su pechillo en flor” [en estado anterior a la madurez], “sollozante [quejumbroso]” (“al grito sollozante de la chiquilla”; en realidad quien solloza es la chiquilla, no el grito; se trata, por tanto, de un desplazamiento calificativo); de extraordinaria sonrisa, una vez resuelto el problema (“¡Qué sonreír de la chiquilla!”) y, dado lo inefable de su sonrisa, Juan Ramón establece un símil de altísimo contenido estético: “como si el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales, le encendiese una aurora tras sus tiznadas lágrimas” (para “ponerle color” a la sonrisa, “el sol de la tarde” le enciende “una aurora” en el rostro, que ilumina “sus tiznadas lágrimas” -nuevo efecto sinestésico-); y de esta manera la luminosa plasticidad de esa sonrisa rompe la atmósfera grisácea que ha traído la lluvia; y, finalmente, su descripción termina con la alusión a su “llorosa alegría”, una combinación de oxímoron y sinestesia que alcanza un sugestivo poder comunicativo. Y no se le escapa a Juan Ramón la referencia al ocaso: “el sol de la tarde, que se quebraba, al ponerse entre las nubes de agua, en amarillos cristales”, una implícita alusión al arco iris, porque Juan Ramón describe las condiciones físicas y ópticas que lo generan:

la luz solar atravesando gotas de agua suspendidas en la atmósfera.

El reparto equitativo entre Platero y Juan Ramón de las dos naranjas que regala la chiquilla (caracterizadas con una triada adjetival asindética: “finas, pesadas, redondas”) le da pie a Juan Ramón para montar una perfecta estructura paralelística que establecer un equilibrio para cerrar el texto de manera armónica, y de acuerdo con el siguiente esquema:

“determinante indefinido (A)+nombre elíptico (B)+artículo contacto/preposición (C)+nombre (D)+Adjetivo (E)+adverbio comparativo (F)+nombre/adjetivo o adjetivo nombre (G/H):

y le dí”:

una (A1)+[naranja]+(B1)+al (C1)+borriquillo (D1)+débil (E1+ como (F1) dulce consuelo” (H/G1);

otra (A2)+[naranja] (B2)+a (C2)+Platero (D2)+(… E2) como (F1)+premio áureo (G/H2)”.

Narración de César Gómez.

https://www.youtube.com/watch?v=0S0YPS3MMng

La cuadra

Cuando, al mediodía, voy a ver a Platero, un transparente rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el oscuro suelo, vagamente verde, que todo lo contagia de esmeralda, el techo viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene a mí, bailarina, y me pone sus manos en el pecho, anhelando lamerme la boca con su lengua rosa.

Subida en lo más alto del pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina distinción. Entre tanto Platero, que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo.

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego, subiéndome a una piedra, miro al campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una campana.

Apoyo léxico. Irisado. Que brilla o destella con colores semejantes a los del arco iris. Idilio. Relación amorosa, especialmente si es romántica y muy intensa. (El vocablo está usado, en el contexto, en sentido figurado). Lumbrarada. Lumbre grande con llamas. Astroso. Roto.

En este capítulo, el XIV, coincidiendo con el mediodía, Juan Ramón Jiménez entra en este habitáculo -la cuadra- y puede gozar de la compañía de tres animales por los que siente gran afecto -como lo demuestra por medio de una emotiva adjetivación con la que les otorga características humanas-: el burro Platero, la perra Diana y la cabra, animales que lo reciben con alegres saludos, en tanto que el sol del mediodía irradia su luminosidad a la cuadra -a través del tragaluz-, al propio Platero y al paisaje exterior; una luminosidad que el poeta describe en una prosa revestida de extraordinarios efectos sensoriales. Hay, pues, en el texto, por un lado una perfecta interacción del poeta con los tres animales -burro, perra y cabra- con los que comparte sensaciones y emociones, y a la inversa porque los animales están humanizados; y, por otra parte, con la naturaleza, en un mediodía que irradia luminosidad y crea una atmósfera de sosiego y armonía.

Juan Ramón Jiménez ha construido un texto inundado de sanciones visuales y cromáticas, aprovechando que visita la cuadra coincidiendo con el sol radiante de mediodía. Y así lo vemos en el párrafo con que arranca el texto, en el que se describe un ambiente saturado de luminosidad, recurriendo a una brillante adjetivación que permite originales sinestesias y a un lenguaje metafórico que dota a la prosa de un extraordinario lirismo. El rayo de sol es “transparente” (en referencia a su pureza y diafanidad), e ilumina con su haz cristalino el pelaje gris y suave de Platero (la “plata blanda de su lomo”, sinestesia que combina lo cromático con lo táctil), encendiendo “un gran lunar de oro” (metáfora con la que se expresa que el haz de luz, al entrar por la claraboya del tejado, adopta una forma circular de color amarillo brillante). Y siguen las sensaciones cromáticas: el suelo es “oscuro, vagamente verde” (como resultado de la humedad y de restos orgánicos que hacen proliferar en los lugares más oscuros de la cuadra capas delgadas de mugo y moho verdoso); y ese verdor inmediatamente se desprende de cualquier connotación negativa, al quedar hermoseado por su comparación con el colorido de una esmeralda (“que todo lo contagia de esmeralda”). Y al decir “el techo viejo llueve claras monedas de fuego”, Juan Ramón ha dotado de sujeto a un verbo impersonal que expresa un fenómeno de la naturaleza (“el techo viejo llueve”) y el resultado de esa luvia son, en lenguaje metafórico, las “claras monedas de fuego”, en clara coherencia semántica con “el gran lunar de oro” que el sol irradia en el pelaje de Platero. Estamos ante un estilo impresionista que sabe captar imágenes visuales exactas sobre Platero y su entorno, y con sorprendente delicadeza.

El segundo párrafo está dedicado a la perra Diana, “echada entre las patas de Platero”, con sus movimientos de “bailarina” cuando se acerca a recibir a Juan Ramón, y con su “lengua rosa”; saltos y lametones con que muestra su alegría por el encuentro. (¿Podría tener algo que ver el nombre de la perra con la Diana de la mitología romana, diosa de los bosques y la caza y guardiana de los caminos?).

Y parte del tercer párrafo lo ocupa la cabra, “curiosa”, de “fina cabeza” y “elegante distinción”, y cuyos expresivos gestos, hábilmente calificados, parecen igualar su sensibilidad a la humana; algo similar a lo que ocurría con el comportamiento de la perra Diana. En el resto del párrafo, Juan Ramón vuelve a prestar atención a Platero, y al “levantado rebuzno” (el adjetivo hace referencia a su sonido fuerte y agudo) con que le había saludado, añade ahora su deseo de desatarse; y vuelve a recurrir a dos adjetivos que son consustanciales a Platero, ahora unidos: “duro y alegre”. La adjetivación sigue siendo un procedimiento imprescindible en el arte de Juan Ramón, y potencia insospechados matices connotativos.

Y en los dos párrafos restantes, Juan Ramón se concentra en el paisaje. La luz del mediodía es un “irisado [que brilla con colores semejantes a los del arco iris] tesoro” (está en su cenit, en el momento de mayor luminosidad) y, extasiado por el instante, parece como si el poeta se transportara al cielo; en la tierra queda la relación de afectividad compartida con “sus” animales (“idilio”). La escena se cierra con la contemplación del campo desde lo alto de una piedra.

El texto se cierra con un párrafo en el que Juan Ramón saca el máximo partido expresivo a los adjetivos, que originan delicadas sinestesias: “paisaje verde”, “lumbrarada florida y somnolienta” (repárese en que es mediodía), “azul limpio”, “muro astroso” [sucio, roto; adjetivo que se aplica a personas], y, en calidad de complementos predicativos, la campana que suena “dejada y dulce”. Estos dos últimos adjetivos tienen un gran poder evocador, al combinar cualidades emocionales y sensoriales: “dejada” (el sonido no es enérgico, sino que se desvanece lentamente transmitiendo una sensación de tranquilidad, con tintes melancólicos); y “dulce” (es un sonido grato al oído, sin matices metálicos, que emite calidez y crea un ritmo armónico).

Lectura del texto, acompañado de un dibujo simultáneo.

https://www.youtube.com/watch?v=4AnULR_1V70

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