“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. IV martes 01 de septiembre de 2026, 12:11h
Actualizado el: 31/08/2026 20:38h
Con esta nueva entrega sobre Juan Ramón Jiménez, Fernando Carratalá celebra su primer año como autor de "El rincón de la poesía". Su pasión por la poesía no solo se refleja en sus escritos, sino también en su compromiso con la difusión de la literatura a través de iniciativas como esta sección. Carratalá ha dedicado gran parte de su vida a explorar los matices del lenguaje poético. Su estilo se caracteriza por una profunda sensibilidad y una búsqueda constante de nuevas formas de expresión. Su objetivo es fomentar el amor por la poesía y proporcionar un espacio donde nuestra poesía. Fernando Carratalá y "El Rincón de la Poesía" representan un esfuerzo significativo por revitalizar el interés en la poesía. Felicidades por este primer año y esperamos que cumpla muchos más.
Los procedimientos retóricos de la prosa poética juanramoniana de carácter modernista. Leer cualquier página de “Platero y yo” es entrar en un mundo de belleza absoluta en el que Juan Ramón Jiménez explora y explota todas las posibilidades de la lengua, puesta al servicio de la estética modernista: sugestivas y novedosas metáforas, deslumbrantes epítetos, desplazamientos calificativos e hipálages, riqueza sensorial, sinestesias, refinamiento léxico, musicalidad y sentido del ritmo…: y un largo etcétera con el que se podría ejemplificar un manual de Retórica. Sirva como ejemplo el capítulo titulado “Susto”, que reproducimos y analizamos seguidamente.
Susto Era la comida de los niños. Soñaba la lámpara su rosada lumbre tibia sobre el mantel de nieve, y los geranios rojos y las pintadas manzanas coloreaban de una áspera alegría fuerte aquel sencillo idilio de caras inocentes. Las niñas comían como mujeres; los niños discutían como algunos hombres. Al fondo, dando el pecho blanco al pequeñuelo, la madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo. Por la ventana del jardín, la clara noche de estrellas temblaba, dura y fría. De pronto, Blanca huyó, como un débil rayo, a los brazos de la madre. Hubo un súbito silencio, y luego, en un estrépito de sillas caídas, todos concurrieron tras de ella, con un raudo alborotar, mirando espantados a la ventana. ¡El tonto de Platero! Puesta en el cristal su cabezota blanca, agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido.
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo, CII.Editorial Austral, 2013.Para situar el texto en el ámbito familiar, conviene aclarar que la figura idealizada de la madre, “joven, rubia y bella”, corresponde a la hermana de Juan Ramón; y que el pequeñuelo al que amamanta es Juan Hernández-Pinzón Jiménez. A diferencia de la otra hermana, Blanca, a ninguno de los dos se les menciona por su nombre. Cabe suponer que ello es debido a que Juan Ramón prefirió el “anonimato poético”, para universalizar la ternura que envuelve la escena familiar que describe. Como buena muestra de poema en prosa, en “Susto” no importa tanto el suceso relatado -una comida infantil, que transcurre en un cálido ambiente hogareño, se ve bruscamente perturbada por la presencia en el jardín del borriquillo Platero. Los niños acuden precipitadamente junto a su madre, que amamanta al más pequeño, mientras Platero, en la frialdad de la noche, los observa entristecido-, cuanto el mundo de belleza sensorial que Juan Ramón Jiménez pone en pie, a través de delicadas imágenes sensoriales expresadas en un léxico refinado, de una decorativa adjetivación y de unos sugerentes efectos musicales. Juan Ramón Jiménez logra establecer un profundo contraste entre el ambiente hogareño saturado de ternura que enmarca la comida infantil y la soledad de Platero. Dentro de la casa se respira una atmósfera de afecto y alegría, a la que, en alguna forma, contribuyen el color rosado de la lumbre de la lámpara, el rojo de los geranios, y las manzanas con su diverso colorido; afecto y alegría que se refleja en la expresión tierna y delicada del rostro de los niños -sencillo idilio de caras inocentes- y de la madre que continuamente les sonríe con gozo. Fuere de la casa, en el jardín, y en la frialdad de la noche, se encuentra Platero, solo, contemplando, a través de la ventana, esas entrañables escenas que transcurren en el dulce comedor encendido. La rigurosidad de una clara noche con estrellas -que temblaba, dura y fría- acentúa aún más la soledad de Platero y hace más patético -casi humano- su entristecimiento. Así pues, el poeta ha pasado revista a los objetos que se encuentran en el comedor: la lámpara, el mantel, los geranios. las manzanas…, creando una atmósfera de apacibilidad antes del susto; y para acentuar el impacto psicológico del susto que se llevan los niños, establece contrastes entre luces y sombras, entre la calidez del hogar frente a la frialdad del ambiente exterior. El texto es la manifestación de un arte refinado de gran belleza plástica. Los efectos sensoriales inundan el texto: sensaciones visuales, auditivas y táctiles, así como sugestivas sinestesias se expresan en un lenguaje poético que refleja el embellecimiento de la realidad y delata la importancia que a las experiencias sensoriales -colorido y musicalidad- concede el Modernismo. Se analizan a continuación las sensaciones de tipo cromático presentes en el texto. La lumbre de la lámpara es rosada y tibia. Pero Juan Ramón Jiménez monta la sinestesia colocando los adjetivos a ambos lados del nombre -rosada lumbre tibia-, de tal forma que a la sensación visual de “tonalidades rosas” que provoca la lumbre sucede otra de tipo táctil y térmico -templada-; con lo cual se subraya aún más la “tibieza” del ambiente, muy acorde con las manifestaciones de afecto que tienen lugar entre madre e hijos. El mantel que cubre la mesa en la que comen los niños es de nieve (de + nombre = adjetivo), es decir, “níveo”, de extraordinaria blancura. Los geranios son rojos; y las manzanas, pintadas, matizadas de diversos colores. La combinación de sinestesia y desplazamiento calificativo producen esta original frase: “las pintadas manzanas coloreaban de una áspera alegría fuerte aquel sencillo idilio de caras inocentes”; y así, la sensación visual expresada por el verbo coloreaban se vincula con la sensación táctil que denota el adjetivo áspera, adjetivo que, en virtud de un desplazamiento calificativo, no acompaña al vocablo manzana, sino que se asocia con el vocablo alegría, que expresa un estado anímico placentero. ¡Hasta la fruta por madurar que pudiera resultar desapacible al gusto o poco suave al tacto “se contagia” de la afabilidad del ambiente y se torna tierna y delicada. La madre es rubia, y blanco el pecho que da al pequeñuelo; adjetivos que recalcan aún más su juventud y belleza. La noche de estrellas es clara, con cielo despejado y sin nubes, que las estrellas iluminan con su luz; y, además, dura y fría. Y, de nuevo, una sinestesia, esta vez con una triple asociación de sensaciones que subrayan el carácter riguroso de una desapacible noche: la clara -sensación visual- noche de estrellas temblaba, dura -sensación táctil- y fría -sensación térmica-. El vocablo temblaba, atribuido a noche, acrecienta todavía más lo desagradable del ambiente exterior: es tal la sensación de frío, que hasta la propia noche tirita, aterida. La cabezota de Platero es blanca, y la sombra que proyecta cuando se asoma a la ventana la hace aún mayor; y su soledad, en la frialdad de la noche, es más intensa cuando contempla “el dulce comedor encendido”. Y, nuevamente, otra sinestesia a base de adjetivos colocados a ambos lados del nombre: dulce (suave y agradable -al paladar-) y encendido (de color rojo muy subido); adjetivos que, metafóricamente, aluden al ambiente hogareño saturado de ternura, en claro contraste con los adjetivos quieto y triste, referidos a Platero, que se encuentra en el jardín, solo, sufriendo los rigores de una fría noche. Abundan también en el texto las sensaciones auditivas, concentradas en el segundo parágrafo. La adecuada combinación de vocablos esdrújulos (súbito, estrépito) y las aliteraciones con claro efecto onomatopéyico de dentales, velares y, en especial, de vibrantes (en un estrépito de sillas caídas, todos concurrieron tras de ella, con un raudo alborotar) permiten escuchar materialmente el estruendo con que los niños buscan precipitado refugio en la madre, asustados por la presencia de Platero en la ventana del jardín. Incluso recoge el texto sensaciones táctiles inmersas en las sinestesias a las que ya hemos aludido: rosada lumbre tibia, áspera alegría fuerte, clara noche de estrellas, dura y fría. La adjetivación empleada por Juan Ramón Jiménez es riquísima, hasta el punto de que apenas hay nombres que no vayan acompañados por adjetivos -uno, dos y hasta tres- y a través de los cuales exhibe el autor todos los recursos pictóricos y musicales propios del Modernismo: Fórmula nombre + adjetivo o adjetivo + nombre (la elección en la colocación del adjetivo -pospuesto o antepuesto al nombre- suele venir motivada por efectos rítmicos): mantel de nieve (= níveo), geranios rojos, pintadas manzanas, sencillo idilio, caras inocentes, pecho blanco, súbito silencio, raudo alborotar, cabezota blanca. Fórmula nombre + adjetivo + adjetivo: Platero, quieto y triste. Fórmula nombre + adjetivo + adjetivo + adjetivo: La madre, joven, rubia y bella. Fórmula adjetivo + nombre + adjetivo (la simultánea anteposición y posposición del adjetivo al nombre coincide con delicadas sinestesias): rosada lumbre tibia, áspera alegría fuerte, clara noche, dura y fría, dulce comedor encendido. Obsérvese que la adjetivación es tanto más rica y expresiva en aquellos momentos del texto -fundamentalmente en el primer parágrafo y, en parte, en el tercero- en los que un hálito de calma y apacible encanto preside las escenas descritas, a las que precisamente la adjetivación -y el valor imperfectivo del tiempo verbal empleado: el pretérito imperfecto de indicativo- confieren un ritmo lento. Son frecuentes también en el texto determinadas estructuras sintácticas que acentúan el carácter rítmico de la prosa. Por ejemplo:
Esquemas paralelísticos: “Las niñas comían como mujeres; los niños discutían como algunos hombres”. Adjetivos acompañando a los verbos en calidad de complementos predicativos: “La clara noche de estrellas temblaba, dura y fría”; “todos concurrieron tras de ella, [...] mirando espantados a la ventana”; “Platero [....] contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido”. Conjunto de tres elementos, composición triádica de gran relieve rítmico: “La madre, joven, rubia y bella, los miraba sonriendo”; “Puesta en el cristal su cabezota blanca, agigantada por la sombra, los cristales y el miedo, [Platero] contemplaba, quieto y triste, el dulce comedor encendido”.
Como una prueba más de la musicalidad del texto y del carácter poético de la prosa con que está escrito, no es casual que se inicie y que termine con estructuras sintácticas que, rítmicamente, coinciden con el verso decasílabo:
Era la comida de los niños. [Acentos en sílabas 1, 5, 9: ritmo dactílico]. ... el dulce comedor encendido. [Acentos en sílabas 2, 6, 9, con ritmo heroico mixto].
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