“Los escitas creían que sus gobernantes, a los que Heródoto llama ‘los escitas reales’, descendían directamente del Dios Celestial: eso convertía a Dios no solo en el gobernante del cielo, sino también en el jefe legítimo de toda la estructura sociopolítica terrenal feudal y jerárquica, desde el propio gran rey hasta los vasallos que nombraba personalmente (a los que Heródoto llama archai), pasando por quienes se situaban por debajo de ellos (los nomoi) hasta llegar a los hombres libres que constituían la base de la sociedad. Como explicita Heródoto (rv 73), entre los escitas no existía la esclavitud”.
El gran rey y su linaje eran de gran importancia entre los habitantes de la Eurasia Central, ya que procedían del reino del Dios Celestial, y ahí sería a donde retornarían tras su muerte, acompañados de sus guardias de corps o séquito personal del soberano. Los reyes de los escitas organizaban sus reinos con la finalidad de establecer un gobierno de paz, y de esta forma garantizar la máxima prosperidad posible para todos sus súbditos, lo que sería de gran utilidad para la economía de tipo comercial que practicaban. El símbolo de la realeza era el oro, que se obtenía mediante el comercio, lo que se efectuaba en unas tierras cuyos objetos estaban conformados por materiales preciosos.
“Los escitas (incluidos sus parientes, los cimerios) se extendieron por Eurasia Central desde la región de Altái, al oeste de Mongolia y Tuvá, aproximadamente entre finales del siglo IX y finales del siglo VIII a.C. Durante el siglo VII, no mucho después de conquistar la zona esteparia y al menos la parte septentrional de Asia Central, la nación escita se extendió con ese nombre por el norte del Oriente Próximo antiguo, y también, con diversos nombres (el más importante Ta-Hsia ‘grandes Harya’), por regiones situadas al norte de la civilización china incipiente”.
Los escitas, según el historiador griego Heródoto de Halicarnaso (ca. 484-425/413 a.C.) denominaban al Dios Celestial como Papaeus, que se puede traducir por el vocablo de ‘padre’. El historiador citado también nos indica la existencia de otros dioses, pero como deidades menores. Esa estructura feudal del Estado de los escitas era claramente jerárquica, donde los vasallos directos del soberano eran auténticos señores feudales, y así eran designados por el rey para que fuesen sus representantes y gobernasen, siempre en su nombre, las distintas provincias del Imperio.
“El imperio persa, que fue la continuación del Imperio escito-medo, conservó esa misma organización, aunque se había hecho más grande, con más ‘reinos’ subordinados (satrapías). Al igual que en toda sociedad humana nadie es realmente ‘libre’, tampoco en una sociedad feudal estricta nadie gozaba de auténtica libertad; sin embargo, quienes conformaban la base de la pirámide en Eurasia Central eran técnicamente hombres ‘libres’, en el sentido de que entre los escitas no existía la esclavitud propiamente dicha. Los griegos y los chinos, por el contrario, eran sociedades esclavistas con estructuras sociopolíticas diferentes, por lo que no podían entender las sociedades feudal-jerárquicas y, por ende, sus historiadores llaman de manera errónea ‘esclavos’ a los miembros de rango inferior de las sociedades de Eurasia Central”.
La palabra ‘sátrapa’ es utilizada en textos no persas para definir a aquellos vasallos o reyes-subordinados que se encargaban de dirigir las satrapías o tierras del Imperio de los persas. Los escitas occidentales realizaban un muy riguroso juramento de lealtad. Por consiguiente, un amigo era el compañero ideal en la vida y en la muerte. En ocasiones cuando fallecía un señor de la nobleza, los supervivientes de su séquito morían por medio del suicidio, para acompañarle en la otra vida. Asimismo, este magnate era enterrado con un número importante de sus grandes riquezas, y de esta forma podría seguir ayudando y regalando a sus amigos todo tipo de prebendas económicas, en el más allá. En el centro de todo ello se encontraba el oro, que era el símbolo por antonomasia del Cielo diurno. El Dios del Cielo premiaba en el otro mundo a todos aquellos virtuosos que le eran fieles y cumplían sus juramentos. Los escitas gozaban, en general, de buena salud y eran muy longevos, dedicando esencialmente su vida al pastoreo de caballos, vacas y ovejas. La leche de sus vacas y ovejas era utilizada para alimentarse con ella, inclusive producían quesos de buena calidad. La lana de sus ovejas servía para fabricar y tejer telas para sus ropas. El cronista y geógrafo griego Estrabón (Amasia/Ponto Euxino, ca. 64 o 63 a.C.-ca. 23 o 24 d.C.), escribe sobre los escito-sármatas tardíos que conoció: “Por cierto, los nómadas son antes guerreros que bandidos, y van a la guerra en defensa del pago de los tributos. De hecho, permiten poseer tierra a quienes deseen cultivarla y se contentan con recibir a cambio de esta ciertos tributos fijados en una cuantía moderada, no con vistas a enriquecerse, sino a cubrir sus necesidades vitales cotidianas. Y es a los que no lo entreguen a quienes les hacen la guerra. (…) Siempre que se les pague regularmente el tributo, no entran en guerra”.
Los escitas poseían una muy eximia literatura épica, pero de transmisión oral, lo que define la cultura exclusiva de los pueblos de la Eurasia Central. Los mecenas recompensaban, con oro, a los bardos escitas. Los escitas son caballeros de primer nivel, y los primeros restos arqueológicos documentados sobre estos jinetes se remontan a los siglos VIII-VII a. C. “Los registros asirios atestiguan por primera vez la presencia de los escitas, con ese nombre, en el Oriente Próximo antiguo en el 676/675 a.C. Según Heródoto, procedían de la región del mar de Azov y se dirigieron hacia el sur, dejando a su derecha el Cáucaso. Sin embargo, al proceder originalmente de la zona de Tuvá y Mongolia occidental, muy al este, donde la cultura material escita es la primera atestiguada arqueológicamente, lo más probable es que llegaran primero a través de Bactriana, Partia y lo que hoy es el norte de Irán, manteniendo, eso sí, las montañas del Cáucaso a su derecha”. Libro con notas complementarias de una gran riqueza expositiva, con una bibliografía donde está todo lo conspicuo escrito sobre este pueblo tan interesante.
«El imperio olvidado que transformó el mundo antiguo. Cuando pensamos en los escitas imaginamos un pueblo nómada y bárbaro. En realidad, en su apogeo, los escitas fundaron el primer gran imperio del mundo, que abarcó desde Mongolia y el noreste de China al noroeste de Irán y el Danubio, y que por el sur llegó hasta el mar de Arabia. Su influencia fue decisiva en el surgimiento de la edad clásica en civilizaciones de toda Eurasia, desde el mar Negro hasta China. En El Imperio escita, el prestigioso historiador Chistopher I. Beckwith nos descubre, recurriendo a multitud de fuentes, la historia de este imperio hasta ahora ignorado. Tanto a través de su influencia directa como gracias a la obra de sus sucesores -entre los que se cuentan los imperios persa e indio y los Qin en China-, los escitas y su imperio modelaron el mundo antiguo de una forma sin parangón hasta entonces, en ámbitos tan variados como el armamento, la vestimenta o el gobierno. Inventores del monoteísmo, su impronta es también patente en la religión y la filosofía, con figuras de talla universal como Zoroastro, Buda y Lao-Tse, todos ellos de herencia escita. Una obra tan reveladora como bien fundamentada que nos hará ver nuestro pasado de forma totalmente novedosa». Está claro que los escitas fueron una importante fuerza étnica de la Antigüedad. ¡Obra original, esclarecedora, muy documentada y definitiva! «Si fas endo plagas caelestum ascenderé cuiquam est mi soli caeli maxima porta patet».
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