La irrupción de “Azul…” en el mundo de las letras hispanoamericanas lunes 28 de septiembre de 2026, 11:10h
“Azul...” vio la luz en Valparaíso, en 1888. Rubén Darío inicia así su andadura modernista con una obra de prosa refinada y colorista, así como de verso sonoro. Conforman esta obra (precedida de una Carta-prólogo de Juan Valera a Rubén Darío, fechada en Madrid, el 22 de octubre de 1888) diez cuentos, encabezados precisamente por el título “Azul...”; las dos secciones de “En Chile" (“Álbum porteño”, con doce textos de los que reproducimos el VII -titulado “Acuarela”- y el IX -titulado “Naturaleza muerta”), y “Album santiagués”, con seis textos); siguen dos cuentos más: “La muerte de la emperatriz de la China” y “A una estrella”. Y a partir de aquí comienza la parte en verso: 1. “El año lírico” (con cuatro pomas dedicados a cada una de las estaciones, seguidos de “Pensamiento de Otoño”). 2. Poemas sueltos (o de transición): composiciones de corte filosófico y estético que cierran el ciclo de las estaciones: “A un poeta” y “Anagke”. 3. “Sonetos áureos” (tres). 4. “Medallones” (otros seis sonetos). Algunas ediciones recopilan al final un breve apartado llamado “Èchos”, que incluye composiciones en francés: “A Mademoiselle”, “Pensée” y “Chanson crépusculaire”.
CVC. Portal Rubén Darío: https://www.cervantesvirtual.com/portales/ruben_dario/ Edición digital de “Azul…”: https://www.suneo.mx/literatura/subidas/Rub%C3%A9n%20Dar%C3%ADo%20%20Azul.pdf
Naturaleza muerta
He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas, sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas té. Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de arrancar de las viña. Acerqueme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal. ¡Naturaleza muerta!
Rubén Darío: Azul... Madrid, Editorial Cátedra, 2003,5.ª edición. Colección Letras Hispánicas, núm. 403.José María Martínez, editor literario.
El argumento es del todo intrascendente: alguien contempla, a través de una ventana, un tiesto con hermosas flores y una bella copa con apetitosas frutas; pero, al acercarse, advierte lo engañoso de su percepción inicial, ya que la realidad que ahora se ofrece a sus ojos es bien distinta: las flores son de cera, y las frutas, de mármol y cristal. Ese desencanto final funciona a manera de ironía conceptual: la opulencia y perfección estética exhibida en los dos primeros párrafos se viene abajo al percatarse de que se trata de un simple bodegón y, por tanto, d algo inanimado: lo que parecía orgánico, fresco y lleno de savia resulta ser inerte, frío y mineral (de cera, las rosas y las lilas; de mármol pintado, las manzanas y las peras; y de cristal, las uvas). Sin embargo, todo ello le le sirve a Darío para exhibir un nuevo concepto de la prosa, en el que las experiencias sensoriales, la cuidada adjetivación y la suntuosidad del léxico se convierten en los principales recursos de estilo; un estilo artístico refinado de exquisita perfección. Repárese, en efecto, en la relevancia que adquieren las experiencias sensoriales; y no sólo el colorido (rosas pálidas, cortinajes amarillos, lilas con su lindo color apacible, rosas té, ibis de oro incrustados, manzanas medio coloradas, peras doradas, uvas negras, polvillo ceniciento), sino también las sensaciones gustativas (sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y apetitosas que daban indicios de ser todas jugo; pulpa almibarada) y las sensaciones táctiles (manzanas con la pelusilla de la fruta nueva; uvas hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de arrancar de la viña). Y repárese, igualmente, en la eficacia de la adjetivación, que hace posible una original sinestesia: “lindo color apacible”, con adjetivos que expresan diferentes sensaciones colocados a ambos lados del sustantivo; y, de esta manera, la sensación de calma y de sosiego que producen las lilas, derivada de su color suave y sedante, se asocia a la idea de apacibilidad anímica. Y con respecto al léxico, enriquecido con abundantes voces cultas -e incluso exóticas: laca, ibis-, Rubén Darío se aparta de lo vulgar para dar entrada a la exaltación de lo refinado: cortinajes opulentos, mantos de los príncipes orientales, copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, cuchillo de plata... (Con letra cursiva se han destacado en el texto reproducido precisamente cuantas palabras denotan suntuosidad, elegancia y opulencia, en la línea de la estética modernista, que aporta a las manifestaciones artísticas -tanto en prosa como en verso- el gusto por el refinamiento y la exquisitez). Esta es, pues, la nueva estética que Rubén Darío trae al mundo del arte literario: importancia de los elementos sensoriales, adjetivación sugestiva, refinamiento y suntuosidad ambientales -que el léxico refleja-; en definitiva, una lengua primorosamente “trabajada”, que rehuye cualquier atisbo de vulgaridad.
Acuarela
Ya las azucenas floridas y llenas de miel han abierto sus cálices pálidos bajo el oro del sol. Ya los gorriones tornasolados, esos amantes acariciadores, adulan a las rosas frescas, esas opulentas y purpuradas emperatrices; ya el jazmín, flor sencilla, tachona los tupidos ramajes como una blanca estrella sobre un cielo verde. Ya las damas elegantes visten sus trajes claros, dando al olvido las pieles y los abrigos invernales. Y mientras el sol se pone, sonrosando las nieves con una claridad suave, junto a los árboles de la Alameda que lucen sus cumbres resplandecientes en un polvo de luz, su esbeltez solemne y sus hojas nuevas, bulle un enjambre humano en un ruido de música, de cuchicheos vagos y de palabras fugaces. He aquí el cuadro. En primer término, está la negrura de los coches que esplende y quiebra los últimos reflejos solares; los caballos orgullosos con el brillo de sus arneses, con sus cuellos estirados e inmóviles de brutos heráldicos; los cocheros taciturnos, en su quietud de indiferentes, luciendo sobre las largas libreas los botones metálicos flamantes, y en el fondo de los carruajes, reclinadas como odaliscas, erguidas como reinas, las mujeres rubias de los ojos soñadores, las que tienen cabelleras negras y rostros pálidos, las rosadas adolescentes que ríen con alegría de pájaro primaveral; bellezas lánguidas, hermosuras audaces, castos lirios albos y tentaciones ardientes. En esa portezuela está un rostro apareciendo de modo que semeja el de un querubín; por aquélla ha salido una mano enguantada que se dijera de niño y es de morena tal, que llama los corazones; más allá se alcanza a ver un pie de Cenicienta con zapatito oscuro y media lila, y acullá, gentil con sus gestos de diosa, bella con su color de marfil amapolado, su cuello real y la corona de su cabellera, está la Venus de Milo, no manca, sino con dos brazos, gruesos como los muslos de un querubín de Murillo, y vestida a la última moda de París. Más allá está el oleaje de los que van y vienen: parejas de enamorados, hermanos y hermanas, grupos de caballeritos irreprochables; todo en la confusión de los rostros, de las miradas, de los colorines, de los vestidos, de las capotas, resaltando a veces en el fondo negro y aceitoso de los elegantes sombreros de copa, una cara blanca de mujer, un sombrero de paja adornado de colibríes, de cintas o de plumas, o el inflado globo rojo, de goma, que pendiente de un hilo lleva un niño risueño, de medias azules, zapatos charolados y holgado cuello a la marinera. En el fondo, los palacios elevan al azul la soberbia de sus fachadas, en las que los álamos erguidos rayan columnas ojosas entre el abejeo trémulo y desfalleciente de la tarde fugitiva.
Apoyo léxico. Tornasolado. Que hace visos y tornasoles, esto es, que hiere la vista con un especial color o reflexión de la luz. Adular. Hacer o decir con intención, a veces inmoderadamente, lo que se cree que puede agradar a otro; deleitar. Opulento. Que tiene opulencia, o sea, abundancia, riqueza y sobra de bienes. Purpurado. De color rojo más o menos oscuro, o rojo violáceo. Tachonar. Cubrir una superficie casi por completo, en este caso de jazmines. Tupido. Que tiene sus elementos muy juntos o apretados. Bullir. Dicho de una masa de personas, moverse, agitarse con viveza excesiva, no parar, no estarse quieta en ninguna parte. Esplender. Resplandecer. Arneses. Guarniciones de las caballerías, es decir, conjunto de correajes y demás efectos que se les ponen para que tiren de los carruajes o para montarlas o cargarlas. Taciturno. Callado, silencioso. Librea. Traje que los señores dan a sus criados; por lo común uniforme y con distintivos. Odalisca. Esclava dedicada al servicio del harén del gran turco. Albo. Blanco. Acullá. A la parte opuesta (de quien habla). Se usa en contraposición a adverbios demostrativos de cercanía, como aquí o acá, y menos frecuentemente a los de lejanía, como allí o allá, de los que puede ser un intensivo. Abejeo. Murmullo. Trémulo. Tembloroso. Todos los caracteres del arte de Rubén Darío están presentes en este texto, en el que retrata la vida aristocrática y cosmopolita de finales del siglo XIX, utilizando un bellísimo marco natural como telón de fondo que parece pintado por un impresionista francés. Proponemos al lector que analice el vocabulario empleado -en especial, las palabras que denotan suntuosidad-, la cuidada adjetivación (repárese, por ejemplo, en el último párrafo: “álamos erguido”, “columnas ojosas”, “abajeo trémulo y desfalleciente”) así como los diferentes efectos sensoriales, especialmente las asociaciones sinestésicas. Puedes comprar el libro en:
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