Javier Oliva nos explica que “el monasterio comenzó a construirse en el año 1563, dos años después de la célebre batalla de San Quintín”, y que su proceso de construcción se llevó a cabo en diferentes fases, en una se construyó el monasterio y, posteriormente, la basílica y el colegio, que se llevaron a cabo de manera solapada. “La obra del colegio finalizará antes, la basílica será completada en 1583 o 1584, año de la finalización del complejo”, cuenta con decisión. Lo último que se construyó fue la portada de la basílica. Sorprende que una edificación tan compleja se realizase en tan poco tiempo. “El dinero fue muy importante porque Felipe II estuvo muy preocupado con las finanzas. En los años 1575 y el siguiente se produjo una quiebra que trajo a maltraer al monarca Prudente. Este hecho ha suscitado el comentario sobre la duración de las obras, comparándolas con la Catedral de Burgos. Evidentemente, la rapidez de la construcción sorprende todavía hoy. “La novela se centra en el ecuador de las obras, entre 1575 y 1576. Durante este periodo, los trabajadores enfrentaron desafíos como el transporte de piedras a gran altura”, apunta con seguridad, y continúa diciendo que “¿Había grúas en aquella época?”, se pregunta, aclarando que solo existían poleas para facilitar estas tareas y bastantes maderas que se utilizaban como andamios. En los primeros años, el director y planificador de la obra, fue Juan Bautista de Toledo, discípulo de Miguel Ángel. Él fue responsable de crear lo que se denomina “traza universal”, un conjunto de planos funcionales para un edificio multifuncional que incluiría un convento, un colegio, una basílica y un palacio. Sin embargo, su trabajo se vio interrumpido por su fallecimiento. El rey encargó su continuación al italiano Giovanni Battista Castello que entre otras cosas diseñó y ejecutó la obra de la escalera principal, pero se le atragantó un poco la obra. A raíz de los retrasos, Felipe II decidió recurrir a Juan Herrera, quien había sido un destacado discípulo de Juan Bautista de Toledo y, además, era militar. Este cambio resultó ser crucial, ya que Herrera tenía un enfoque metódico y planificado para la construcción. Su estilo era similar al de un ingeniero moderno, asegurándose de que cada aspecto del proyecto estuviera bien organizado. Juan Herrera no solo se limitó a seguir los planos; también mostró un espíritu emprendedor al innovar con nuevas técnicas. Cuando surgieron problemas en la obra, él ideaba soluciones creativas. Una de sus invenciones más notables fueron las grúas, que facilitaron enormemente el levantamiento de grandes piedras a alturas significativas. Gracias a estas innovaciones, la construcción no solo avanzó más rápidamente, sino que también logró reducir costes significativamente. El uso de cubos superpuestos y poleas permitió optimizar el proceso constructivo, algo que se detalla en el libro de Javier Oliva. El escritor madrileño explicó el complejo proceso de construcción de este emblemático edificio. Afirmó que “la organización fue clave para levantar la obra en solo 21 años”, destacando la importancia de contar con una logística eficiente y un equipo humano bien coordinado. “La logística fue fundamental durante el último tramo de la construcción. Hubo entre dos mil y tres mil trabajadores que vivían cerca del monasterio”, cuenta con pasión Oliva ha señalado que “los canteros tenían que proveer de piedras talladas” y que “la comida debía estar disponible para las miles de personas que trabajaban”. Esta organización permitió que, a pesar de los desafíos, el proyecto avanzara con rapidez. “Era una eficiencia absoluta”, puntualiza, resaltando cómo se gestionaron los recursos durante la construcción. El autor ha mencionado que “Felipe II tenía una obsesión por terminar la obra rápidamente”. Para ello, se implementaron técnicas innovadoras como hacer las piedras en las propias canteras. Esto ahorró tiempo y recursos, lo que fue crucial dado el contexto económico difícil del momento. También ha explicado el simbolismo del monasterio en relación con las guerras de religión en Europa. “La construcción fue un apoyo al cristianismo romano”, ha declarado, subrayando cómo esta obra monumental representaba un bastión para la contrarreforma católica. La austeridad del diseño refleja esta necesidad histórica. “Todo estuvo pensado para ser austero”Javier Oliva ha revelado detalles fascinantes sobre la estructura, como las hornacinas vacías y ventanas ciegas en la fachada. “Todo estaba pensado para ser austero”, ha indicado, enfatizando cómo cada elemento arquitectónico respondía a las exigencias del rey y a la situación financiera del reino. El autor ha compartido su experiencia personal al investigar sobre el monasterio. Ha afirmado que “lo desconocido es lo más alucinante” y que su interés por la historia le llevó a escribir una novela sobre la construcción del monasterio. “Quería entender cómo se levantó esta mole en tan poco tiempo”, expresó, reflejando su asombro ante el logro arquitectónico.
En su relato, destaca personajes históricos reales entrelazados con figuras ficticias. Ha mencionado que “los problemas enfrentados durante la construcción son parte integral de la trama”, buscando dar vida a los desafíos logísticos y humanos que rodearon este monumental proyecto. “El Monasterio de El Escorial es mucho más que un simple edificio; es un testimonio histórico”, ha concluido Oliva. Su pasión por el tema se refleja en su deseo de compartir estos conocimientos con otros, asegurándose de que no se olvide el esfuerzo colectivo que hay detrás de esta gran obra maestra arquitectónica. Puedes comprar el libro en:
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