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Nuestro poema de cada día
PÍO BAROJA [Foto atribuida al fotógrafo Alfonso Sánchez García). Técnica original: Negativo de gelatinobromuro de plata sobre vidrio, posteriormente positivado en papel. Muestra el estilo característico del escritor en su madurez, vistiendo chaqueta oscura, camisa blanca, corbata a rayas y su inconfundible boina].
PÍO BAROJA [Foto atribuida al fotógrafo Alfonso Sánchez García). Técnica original: Negativo de gelatinobromuro de plata sobre vidrio, posteriormente positivado en papel. Muestra el estilo característico del escritor en su madurez, vistiendo chaqueta oscura, camisa blanca, corbata a rayas y su inconfundible boina].

Los “remansos líricos” de la prosa narrativa de Pío Baroja. IV

sábado 17 de octubre de 2026, 08:07h
Pío Baroja describe desde un convento la naturaleza de Mirambel a través de las estaciones, sus colores, sonidos y animales, en una prosa impresionista de tono poético.
Pío Baroja: La venta de Mirambel. Madrid, Caro Raggio, 1981.
Pío Baroja: La venta de Mirambel. Madrid, Caro Raggio, 1981.

[“La naturaleza vista desde el convento”]

 

Después de la contemplación mística, de la perspectiva inefable del futuro, de la música religiosa, tenían enfrente la naturaleza pobre, un poco áspera, más no sin encantos.

Desde las ventanas altas de la galería, abiertas por encima de la muralla, se veía, en verano, el cielo uniformemente azul; en otoño, las nubes fantásticas de oro y de sangre del crepúsculo; en invierno, el horizonte gris y a veces amenazador y las turbonadas de viento con polvo y con hojas secas.

En primavera los montes aparecían con las manchas verde-oscuras de los matorrales; en verano algunas flores silvestres: digitales rojas, retamas  amarillas, alteas blancas se mostraban en los ribazos; en otoño y en invierno los pocos campos de alrededor se teñían del amarillo y del pardo de las plantas agostadas.

El suntuoso cortejo de las estaciones tiene siempre su carácter y su pompa; cada una de ellas, para el que sabe oírlas, canta su canción peculiar y típica e inconfundible: el día de primavera es la melodía joven, fresca y alada; el de otoño, el adagio melancólico y lánguido; el de invierno el recitativo rudo, poderoso y amenazador. La tarde de verano, con el cielo azul espléndido, la tierra seca, el paisaje con aire tembloroso de ingravidez y de irrealidad, es el himno violento y estridente en honor de las divinidades pánicas.

Esta canción peculiar de cada estación del año posee siempre muchas notas, muchos tonos, muchos matices.

En la primavera es el cuco, como la voz de un niño burlón jugando entre las matas al escondite; la alondra, en el aire, como una saeta de luz; la perdiz, rechoncha, con las patas rojas, que se pavonea coquetona; el seto verde, la flor en el almendro y la nube blanca en el cielo, de un azul de sueño.

En el verano es el calor, que resuena en el oído como un caracol sonoro; el trigal amarillento, con sus amapolas rojas y sus acianos azules; el grillo, que chirría en la tarde pesada y monótona, y la estrella que parpadea con más fulgor en la noche.

En otoño son las bandadas de grullas por el cielo gris, en forma de triángulo, gritando su adiós de despedida a las tierras frías, abandonadas; los pájaros, emigrantes, de colores; las avutardas voluminosas, con sus alas blancas, y los graznidos de los cuervos a lo lejos.

En invierno, el águila o el buitre sobre los cabezos de los montes cubiertos de nieve, y los gorriones aleteando cerca de los cristales, buscando la comida y un asilo contra el frío...

Para alguna de aquellas monjas de espíritu poético y soñador, el convento debía tener sus encantos.

Aquellos pájaros de distinto plumaje y colores que se acercaban a las ventanas, le recordarían las conversaciones de San Francisco de Asís con ellos, a quienes llamaba sus hermanos; la predilección que tenía el santo por las alondras, a las que llamaba hijas de la luz, y sus cantos en colaboración con los ruiseñores.

El gris del otoño y del invierno le traería a la imaginación la hermana ceniza que cantaba el bienaventurado de Asís.

En toda la época invernal, desde la galería del convento se veía en el campo algún cazador con su escopeta y sus perros, y con frecuencia, los ojos escintilantes de algún zorro brillaban entre las matas.

Varias veces al día, en todas las estaciones, un carromato, con su fila de mulas lentas y cansadas, pasaba por el camino levantando nubes de polvo; con frecuencia, caravanas de gitanos se detenían y encendían hogueras al borde de un ribazo; a la misma hora todos los días pasaba una tartana con el correo, y de tarde en tarde se veía venir una berlina, arrastrada por dos caballos, de algún viajero rico de la ciudad.

En las noches tranquilas reinaba un silencio imponente, solo a veces interrumpido por el grito de la lechuza o por el tintineo de los cencerros de los caballos que pastaban en el campo.

Cuando se desencadenaba el viento, las ráfagas de aire parecían raspar las paredes, y su silbido agudo se convertía a ratos en una voz ronca y amenazadora. [14]

Pío Baroja: La venta de Mirambel. IV. La vida en el convento. [Tomo XX de Memorias de un hombre de acción]. Madrid, Caro Raggio, 1981.

 

Edición digital:

https://www.mirambel.es/wp-content/uploads/sites/79/2016/01/78318371-Baroja-Pio-MHA-20-La-venta-de-Mirambel.pdf

 

Apoyo léxico. Áspera. Escabrosa, llena de tropiezos y estorbos (aunque el adjetivo califica aquí a naturaleza, con este significado áspero se aplica más al terreno desigual). No sin. Combinación sintáctica que expresa afirmación atenuada (no sin encanto: con cierto encanto). Turbonada. Fuerte chubasco de viento y agua, acompañado de truenos, relámpagos y rayos. (El turbión designa el aguacero con viento fuerte. que viene repentinamente y dura poco). Digital (digitalis purpurea). Planta herbácea cuyas hojas se usan en medicina (la digitalina, que se emplea como cardiotónico); sus pétalos tienen un color que varía desde el amarillo pálido hasta el rosa intenso por el exterior y púrpura en el interior de la corola. Altea. Malvavisco. Sus flores son de color blanco rojizo, y la raíz se emplea como emoliente (para ablandar durezas o tumores). Ribazo. Porción de tierra con elevación y declive. Agostada. Marchita, seca y abrasada (la planta), en este caso por las bajas temperaturas. Suntuoso. Espléndido, opulento, lujoso, magnífico. Cortejo. Comitiva. Pompa. Acompañamiento solemne y grandioso. Peculiar. Propio, privativo o característico de alguna cosa.     Ingravidez. Levedad, ligereza, liviandad. Pánico, referente al semidiós Pan -mitad humano, mitad animal caprino- de pastores y rebaños en la mitología griega. Cuco. Cuclillo, ave trepadora, poco menor que la tórtola, con plumaje de color de ceniza, azulado por encima, más claro y con rayas pardas por el pecho y abdomen, cola negra con pintas blancas, y alas pardas. La hembra pone sus huevos en los nidos de otras aves. Alondra. Pájaro de 15 a 20 cm de largo, de cola ahorquillada, con cabeza y dorso de color pardo terroso y vientre blanco sucio. Es abundante en toda España, anida en los campos de cereales y come insectos y granos. Su  canto muy agradable. Aciano. (centaurea cyanus). Planta herbácea de tallo erguido y ramoso, de 60 a 80 cm de altura, con grandes flores de color rojo o blanco, y más generalmente azul claro. Grulla. Ave zancuda de gran tamaño, de patas y cuello largos, con plumaje gris en el cuerpo, y negro y blanco en la cabeza y el cuello, que cuando vuela emite un graznido muy sonoro, y que suele mantenerse sobre un pie cuando se posa. Avutarda. Ave, muy común en España, de unos 80 cm de longitud desde la cabeza hasta la cola, de color rojo manchado de negro, con las remeras exteriores blancas y las otras negras, el cuello delgado y largo, y las alas pequeñas, por lo cual su vuelo es corto y pesado. Cabezo. Cerro alto; cumbre de una montaña. San Francisco de Asís (1181-1226), canonizado por el papa Gregorio IX en 1228, fue el fundador de la Orden Franciscana, y una de las grandes figuras de la espiritualidad en la historia de la Cristiandad. Escintilante. Participio de presente inusitado de escintilar. Centelleante: que despide destellos vivos y rápidos de manera intermitente. Carromato. Carro grande de dos ruedas, con dos varas para enganchar una caballería  o más en reata (en hilera, una detrás de otra), y que suele tener bolsas de cuerdas para recibir la carga, y un toldo de lienzo y cañas. Caravana. Grupo de personas -en este caso, de gitanos- que se juntan para viajar en la misma dirección, desplazándose unas tras otras. Tartana. Carruaje con cubierta abovedada y asientos laterales, por lo común de dos ruedas, y tirado por una caballería. Berlina. Coche de caballos cerrado, de dos asientos comúnmente.  

Mirambel es un pueblo amurallado de la provincia de Teruel -en la comarca del Maestrazgo-, en el que se vivieron algunos de los más notables episodios de la guerra carlista. Baroja lo visita en en 1930, y esta visita le lleva a escribir la novela La venta de Mirambel. Especialmente significativos son los capítulos dedicados a describir el pueblo y sus alrededores, y cómo transcurría en él la vida retrocediendo en el tiempo unos noventa años.

Desde las ventanas altas de la galería de un antiguo convento, y como si los ojos y oídos del novelista fueran los de cualquiera de las monjas que en él habitan, Baroja efectúa una vigorosa descripción -en estilo sobrio, pero de múltiple eficacia expresiva- de la naturaleza y de sus cambios medioambientales a lo largo de las cuatro estaciones del año (climatología y aspecto del paisaje, tipo de vegetación con su característico colorido, voces identificadoras de los animales -en especial de las aves-, impresiones en el estado de ánimo...).

Leído el texto -buen ejemplo de impresionismo literario-, y pese a su brevedad, se desmiente el juicio injusto que de la prosa de Baroja formularon algunos críticos academicistas, censurándole un supuesto “desaliño estilístico” que cae a veces  en la incorrección, la vulgaridad y falta de pulcritud estética. En realidad, ese aparente “desaliño estilístico” no es el resultado del descuido y la desidia, sino la manifestación de unas convicciones artísticas que rechazan el estilo artificioso y atildado. Razón tiene Azorín -escritor tan distinto de Baroja- cuando elogia en él su dominio del difícil arte de la sencillez, esa claridad, precisión y sencillez que caracterizan su estilo.

Adviértase la preferencia de Baroja por el párrafo corto. Nada menos que 16 párrafos conforman el breve texto reproducido, en el que ha desaparecido la subordinación; las oraciones se yuxtaponen -o coordinan-, con sus elementos lógicamente dispuestos, salvo cuando leves hipérbatos anticipan los complementos verbales; el estilo nominal -en la línea de las descripciones que son tan frecuentes en Baroja- predomina en las series enumerativas…

Baroja describe las cuatro estaciones a través de los colores y sonidos que mejor las definen; y en esta caracterización, adjetivos y comparaciones conforman un texto que, por momentos, alcanza una indiscutible calidad poética. En los párrafos segundo y tercero se efectúa una primera aproximación global a una naturaleza que, aunque “pobre” y “ruda”, tiene sus encantos: el cielo “uniformemente azul” en verano; los crepúsculos otoñales con “nubes fantásticas de oro y sangre” (complementos nominales con valor adjetival: “nubes doradas y rojizas”, propias de un luminoso crepúsculo vespertino); y en invierno, el horizonte “gris y a veces amenazador”, que confirman los chubascos de viento y agua, acompañados de fuerte aparato eléctrico y remolinos de hojas secas (párrafo segundo); y también -y ahora el enfoque es exclusivamente cromático-, los matorrales que ponen en el paisaje primaveral manchas “verde-oscuras”; el colorido múltiple de las flores silvestres en verano: “digitales rojas, retamas amarillas, alteas blancas”; y las plantas marchitas que cubren de color amarillo y pardo los campos en otoño e invierno (párrafo 3).

El párrafo cuarto es original donde los haya: como para quien sepa oírlas “cada estación canta su canción peculiar y típica e inconfundible”, Baroja las identifica con vocablos emparentados con el mundo de la música; y así, la primavera es “melodía [movimiento cadencioso, dulce y agradable al oído] joven, fresca y alada” -tres adjetivos muy apropiados para caracterizar la estación en la que la vida se renueva-; el otoño es “adagio [lentitud apropiada para manifestar estados de tristeza] melancólico y lánguido” -pareja de adjetivos muy apropiados para expresar la falta de energía anímica que suele envolver al otoño, y que se muestra en la caída de las hojas-; el invierno es el “recitativo [a medio camino entre la mera salmodia monótona y poco expresiva y el canto propiamente dicho] rudo, poderoso y amenazador -nueva triada de adjetivos que definen los rigores invernales y el tiempo impetuoso y desapacible-; y el verano, con tardes de cielo de intenso añil y paisajes entre etéreos y fantásticos (“con aire tembloroso de ingravidez e irrealidad), es el “himno [la exaltación idónea para la expresión de júbilo o entusiasmo] violento y estridente” -otra serie binaria de adjetivos que encubren una alusión directa a la sensualidad que exhiben los faunos que habitan en los campos. Párrafo este, sin duda, de lo más original y cuyo sentido resume el párrafo 5, que anticipa los siguientes: “Esta canción peculiar de cada estación del año posee siempre muchas notas, muchos tonos, muchos matices”, que son los a continuación va a describir Baroja, dedicando el párrafo 6 a la primavera, el 7 al verano, el 8 al otoño y el 9 al invierno, y resaltando en cada una de dichas estaciones cuanto impresiona a la vista y al oído, procedente del reino vegetal y animal, así como del medioambiente espacial y geográfico.     

El canto del cuco, en primavera, se asemeja a la voz de un niño burlón que juega entre las matas al escondite, y el vuelo de la alondra a una saeta de luz -dos comparaciones, las primera de carácter auditivo y las segunda visual- tan originales como expresivas. Y  junto  a  la  alondra, la perdiz de patas rojas, gruesa y de poca altura -“rechoncha”-, que presume, esmerándose en todo aquello que pueda hacerla más atractiva, con el propósito de agradar -“coquetona”-, y que alardea vana y ostentosamente -“se pavonea”-; y el florido almendro, cuya blancura iguala a la de las nubes de un cielo de un azul de ensueño (y de nuevo un cromatismo diáfano).

El calor del verano resuena en el oído como un caracol sonoro, y el chirriar del grillo contagia de monotonía y pesadez la tarde estival; y junto a las sensaciones auditivas, las cromáticas: el rojo de las amapolas que sobresale en el trigal amarillento, y el parpadeo fulgurante de las estrechas que iluminan las cálidas noches.

Los sonidos propios del otoño se identifican con la gritería de las bandadas de grullas que abandonan las tierras frías, poniendo una nota de color blanco en el gris del cielo, así como con el graznido de los cuervos en la lejanía... Y el ambiente se llena de colorido con las migraciones de los pájaros.

Y con la llegada del invierno, mientras las águilas y los buitres planean por las cumbres de los montes cubiertos de nieve, los gorriones se cobijan en los alféizares de las ventanas en busca de calor humano y comida para subsistir.

Llegados al párrafo 10, Baroja se interna en la espiritualidad del convento y en el carácter “poético y soñador” de algunas monjas; lo que le permite -en los párrafos 11 y 12- evocar la figura de San Francisco de Asís, tan inserto en la naturaleza -por la que sentía una pasión sin límites; recordemos  que  en  1980  el  papa Juan Pablo II lo nombró patrón de los ecologistas-, cercano al mundo de aves y pájaros con los que conversaba -párrafo 11-, y capaz de echar ceniza a su comida para que el sabor no resultara atractivo -párrafo 12- (para algunas monjas hay una relación directa entre el color gris del otoño y del invierno y el color de la ceniza, que trae a la imaginación la evocación del santo de Asís).

Y tras este breve remanso cercano al misticismo, continúa Baroja, como si estuviera situado en la galería del convento, repasando el devenir de las estaciones, para recoger -en el párrafo 13- una típica escena de caza propia de la época invernal: cazador, escopeta, perros, zorro oculto entre las matas cuyos ojos brillan...

Y en el párrafo 14 la atención se centra en los distintos medios de transporte que se divisaban desde el convento:  el carromato, tirado por varias mulas en hilera, “lentas y cansadas”, que levantan polvo a su paso -varias veces al día, en todas las estaciones del año-; las frecuentes caravanas de gitanos, que en su tránsito nómada se detenían para calentarse en el fuego de las hogueras que encendían; la tartana con el correo -diariamente-; y, ocasionalmente, la berlina con gente adinerada.

En los dos párrafos que restan vuelve Baroja a anotar sensaciones auditivas: el imponente silencio en las noches tranquilas quedaba roto por el grito de la lechuza y el tintineo de los cencerros de los caballos que están pastando -párrafo 15-; y el ulular del viento, con sus ráfagas que “parecían raspar las paredes”, producía un “silbido agudo” que se transmuta, en ocasiones, en un sonido similar al de la voz áspera (“ronca”) y fanfarrona (“amenazadora”). Y aquí dejamos un texto que recrea un ambiente saturado de sonoridad, que aún hace más intenso el valor onomatopéyico de ciertos vocablos usados (el chirriar del grillo, el graznido de los cuervos, el tintineo de los cencerros).

Así son, pues -y en general-, las descripciones de Baroja: rápidas y escuetas pinceladas, propias de una técnica impresionista, que recogen los detalles más significativos, y ajenas, por tanto, a la prolijidad que caracteriza a las de los decimonónicos escritores realistas; unas descripciones en las que la humanización del paisaje se logra con singular acierto, provocando una pasmosa “sensación de veracidad”; un Baroja alejado del modernismo preciosista y decadente que suele revestir de nostalgia la evocación de paisajes y ambientes; y que otorga a las experiencias sensoriales una importancia relevante, hasta el extremo de que, por momentos, el lenguaje empleado adquiere un tono poético inconfundible.    

 

Bibliografía.

 

Miguel Ángel Rebollo Torío: “La comparación en Baroja”. Anuario de estudios filológicos, volumen 8, 1985, págs. 257-266. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura.

Dialnet-LaComparacionEnBaroja-58571.pdf

 

Miguel Ángel Rebollo Torío““Aproximación a las ideas lingüísticas de Pío Baroja”. Anuario de estudios filológicos, volumen 3, 1905, págs. 179-190. Servicio de Publicaciones de la Universidad de Extremadura.

Dialnet-AproximacionALasIdeasLinguisticasDePioBaroja-58459.pdf

 

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