Los “remansos líricos” de la prosa narrativa de Pío Baroja. III viernes 16 de octubre de 2026, 08:07h
Baroja está considerado como el mayor novelista español del siglo XX. Su actitud crítica ante los defectos de la sociedad y la sobriedad de su estilo -que Azorín comparaba con el de Cervantes- le han convertido en el modelo indiscutible de nuestros novelistas de posguerra.
Entremezclados con una acción trepidante y unos diálogos que traducen una enorme sensación de veracidad, las novelas de Baroja incluyen fragmentos descriptivos en los que la forma de expresión se acerca mucho al poema en prosa, por su hondo lirismo. Veamos algunos ejemplos.
[“La humanización del paisaje”]
A lo lejos, el paisaje parecía llano, y que terminaba en una sucesión de colinas. El humo espeso y negro de la hoguera iba rasando la tierra y subía después en el aire, por la pared pedregosa del monte. De pronto apareció sobre las largas nubes azules una estría roja, el horizonte se iluminó con resplandores de fuego, y por encima de las lejanas montañas el disco del sol miró a la tierra y la cubrió con la gloria y la magnificencia de los rayos de su inyectada pupila. Los montes tomaron colores: el sol brilló en la superficie tersa y sin ondas de la laguna. -El buen papá de arriba es un gran escenógrafo -murmuró Schultze-. ¿Verdad? -¡Oh! Ahora no siento haber venido -respondió Ossorio. Después de admirar el espectáculo de la aurora se decidieron los dos a subir a la cumbre del monte. Fernando se detuvo en el camino, al pie de uno de los picachos. Desde allá se veían los bosques de El Espinar, La Granja, que parecía un cuartel, y más lejos Segovia, en una inmensa llanura amarilla, a trechos manchada por los pinares. No se advertía ningún otro pueblo en la llanura extensísima. Por la mañana, Schultze y Fernando se internaron en lo más áspero de la sierra, sin dirección fija; durmieron y almorzaron en la cabaña de un cabrero, el cual les indicó como pueblo más cercano el de Cercedilla; y al divisar los tejados rojos de éste, como no tenían gana de llegar pronto, tendiéronse en el suelo en una pradera que en el claro de un pinar se hallaba. Hacía allí un calor terrible; la tarde estaba pesada, de viento sur. Con los ojos entornados por la reverberación de las nubes blancas, veían el suelo lleno de hierba, salpicado de margaritas blancas y amarillas, de peonías de malsano aspecto y tulipanes de purpúrea corola. Una ingente montaña, cubierta en su falda de retamares y jarales florecidos, se levantaba frente a ellos; brotaba sola, separada de otras muchas, desde el fondo de una cóncava hondonada, y al subir y ascender enhiesta, las plantas iban escaseando en su superficie, y terminaba en su parte alta aquella mole de granito como muralla lisa o peñón tajado y desnudo, coronado en la cumbre por multitud de riscos, de afiladas aristas, de pedruscos rotos y de agujas delgadas como chapiteles de una catedral. En lo hondo del valle, al pie de la montaña, veíanse por todas partes grandes piedras esparcidas y rotas, como si hubieran sido rajadas a martillazos; los titanes, constructores de aquel paredón ciclópeo, habían dejado abandonados en la tierra los bloques que no les sirvieron. Sólo algunos pinos escalaban, bordeando torrenteras y barrancos, la cima de la montaña. Por encima de ella, nubes algodonosas, de una blancura deslumbrante, pasaban con rapidez. A Fernando le recordaba aquel paisaje alguno de los sugestivos e irreales paisajes de Patinir. Dando la espalda a la montaña se veía una llanura azulada, y la carretera, cruzándola en ziszás, serpenteando después entre obscuros cerros hasta perderse en la cima de un collado. La parte cercana de la llanura estaba en sombra; una nube plomiza le impedía reflejar el sol; la parte lejana, iluminada perfectamente, se alejaba hasta confundirse con la sierra de Gredos, faja obscura de montañas, oculta a trozos por nubéculas grises y rojizas. Aquella tierra lejana e inundada de sol daba la sensación de un mar espeso y turbio; y un mar también, pero mar azul y transparente, parecía el cielo, y sus blancas nubes eran blancas espumas agitadas en inquieto ir y venir: tan pronto escuadrón salvaje, como manada de tritones melenudos y rampantes. Con los cambios de luz, el paisaje se transformaba. Algunos montes parecían cortados en dos; rojos en las alturas, negros en las faldas, confundiendo su color en el color negruzco del suelo. A veces, al pasar los rayos por una nube plomiza, corría una pincelada de oro por la parte en sombra de la llanura y del bosque, y bañaba con luz anaranjada las copas redondas de los pinos. Otras veces, en medio del tupido follaje, se filtraba un rayo de sol, taladrándolo todo a su paso, coloreando las hojas en su camino, arrancándolas reflejos de cobre y de oro. Fue anocheciendo. Se levantó un vientecillo suave que pasaba por la piel como una caricia. Los cantuesos perfumaron el aire tibio de un aroma dulce, campesino. Piaron los pájaros, chirriaron los grillos, rumor confuso de esquilas resonó a lo lejos. Era una sinfonía voluptuosa de colores, de olores y de sonidos. Brillaban a intervalos los pedruscos de la alta muralla, enrojecidos de pronto por los postreros resplandores del sol, como si ardieran por un fuego interior; a intervalos también, al nublarse, aquellas rocas erguidas, de formas extrañas, parecían gigantescos centinelas mudos o monstruosos pajarracos de la noche, preparados para levantar el vuelo. De pronto, por encima de un picacho, comenzaron a aparecer nubes de un color ceniciento y rojizo que incendiaron el cielo y lo anegaron en un mar de sangre. Sobre aquellos rojos siniestros se contorneaban los montes ceñudos, impenetrables. Era la visión algo de sueño, algo apocalíptico; todo se enrojecía como por el resplandor de una luz infernal; las piedras, las matas de enebro y de jabino, las hojas verdes de los majuelos, las blancas flores de jara y las amarillas de la retama, todo se enrojecía con un fulgor malsano. Se experimentaba horror, recogimiento, como si en aquel instante fuera a cumplirse la profecía tétrica de algún agorero del milenario. Graznó una corneja; la locomotora de un tren cruzó a lo lejos con estertor fatigoso. Llegaban ráfagas de niebla por entre las quebraduras de los montes; poco después empezó a llover.
Baroja Nessi, Pío: Camino de perfección. (Pasión mística).Madrid, Caro Raggio, 1972. Volumen II de la trilogía La vidas fantástica, compuesta también por Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox, y Paradox, rey.
Referencias culturales. El Espinar y La Granja [de San Ildefonso] son localidades de la provincia de Segovia. Cercedilla. Localidad situada en la Sierra de Guadarrama, en la Comunidad de Madrid. Sierra de Gredos. Está ubicada en el Sistema Central, entre las provincias de Salamanca, Cáceres, Ávila, Madrid y Toledo. Joachim Patinir (1480-1524). Pintor flamenco considerado como el precursor del paisajismo. Ficha elaborada por M.ª Ángeles Blanca Piquero López (Museo de El Prado):
El fragmento transcrito es uno de los muchos ejemplos de descripción paisajística efectuados por Baroja en su amplia producción novelesca; un paisaje de enorme fuerza plástica en el que se concitan todo tipo de sensaciones, y cuya humanización no hace sino destacar su pujanza vital. El brío, la veracidad y la impresión de vida que adquiere por momentos el texto lo aleja del modernismo preciosista y decadente que suele revestir de nostalgia la evocación en la memoria de paisajes y ambientes. Y es el adjetivo (ya sea calificativo o participio en función adjetiva) uno de los pocos artificios estilísticos que emplea el autor en esta manifestación de impresionismo literario, dispersos abundantemente a lo largo del texto. Es frecuente que sea un solo adjetivo el que acompaña al nombre, al que añade una variada dimensión sensorial teñida en ocasiones de subjetivismo (llano, pedregosa, azules, roja, lejanas, inyectada, tersa, buen, manchada, áspero, fija, cercano, rojos, tenue, entornados, cubierta, florecidos, cóncava, enhiesta, alta, coronado, constructores, algodonosa, deslumbrante, azulada, obscuros, cercana, plomiza, lejana, iluminada, obscura, oculta, inundada, inquieto, salvaje, rojos, negros, negruzco, plomiza, anaranjada, redondas, tupido, suave, confuso, alta, enrojecidos, postreros, interior, erguidas, extrañas, siniestros, apocalíptico, infernal, verdes, blancas, amarillas, malsano, tétrica, fatigoso [roja/rojos, lejanas/lejana, alta y obscuros/obscura son los únicos adjetivos repetidos]); y hay además adjetivos que subrayan la grandiosidad del paisaje: inmensa, extensísima (adjetivo adverbializado), ingente, grandes, ciclópeo. Otras veces son parejas de adjetivos las que acompañan al nombre: “el humo espeso y negro”, “margaritas blancas y amarillas”, “sugestivos e irreales paisajes”, “nubéculas [enturbiamientos en forma de nubes] grises y rojizas”, “mar espeso y turbio”, “mar azul y transparente”, “tritones melenudos y rampantes”, “color ceniciento y rojizo”, “montes ceñudos, impenetrables”). Por otra parte, el adjetivo está en la base de combinaciones sintagmáticas algo más complejas: “largas nubes azules”, “grandes piedras esparcidas y rotas”, “inmensa llanura amarilla”, peonías de malsano aspecto y tulipanes de purpúrea corola”, “muralla lisa o peñón tajado y desnudo”, “de afiladas aristas, de pedruscos rotos y de agujas delgadas”, “grandes piedras esparcidas y rotas”, “sus blancas nubes eran blancas espumas agitadas”, “el aire tibio de un aroma dulce, campesino”; “gigantescos centinelas mudos o monstruosos pajarracos de la noche [nocturnos]”. Esta adjetivación aporta al texto un ritmo sostenido y equilibrado. Por lo demás, los periodos breves y los párrafos cortos motivados por la ausencia de nexos subordinativos confieren al estilo la sencillez que siempre busca -y logra- Baroja alcanzar.
[El despertar en los pueblos castellanos]
Hay una hora en estos pueblos castellanos, adustos y viejos, de paz y serenidad ideales. Es el comenzar de la mañana. Todavía los gallos cantan, las campanadas de la iglesia se derraman por el aire y el sol comienza a penetrar en las calles en ráfagas de luz. La mañana es un diluvio de claridad que se precipita sobre el pueblo amarillento. El cielo está azul, el aire limpio, puro y diáfano; la atmósfera transparente no da casi efectos de perspectiva, y su masa etérea hace vibrar los contornos de las casas, de los campanarios y de los remates de los tejados. El viento, frío y sutil, juega en las encrucijadas y se entretiene en torcer los tallos de los geranios y de los claveles que llamean en los balcones. Hay por todas partes un olor de jara y de retama quemada que viene de los hornos donde se cuece el pan, y un olor de alhucema que viene de los zaguanes. El pueblo se despereza; pasan algunos curas camino de la iglesia; salen de su casa algunas devotas y comienzan a llegar vendedores y vendedoras de los pueblecillos próximos. Las campanas hacen ese tilín talán triste que parece exclusivo de estos pueblos muertos. En la calle principal los comercios se abren; un muchacho con una pértiga cuelga las mantas, las alpargatas, las boinas en la portada. Recuas de mulos se ven delante de los almacenes de trigo; algunos carboneros pasan, vendiendo carbón, y mujeres campesinas llevan del ronzal borriquillos cargados con cántaros y cazuelas. Se oyen todos los pregones, todos los ruidos característicos del pueblo. El que vende leche, el que vende miel, el que vende castañas, tiene sus inflexiones propias y tradicionales. El velonero da unos golpes sonoros con dos candeleros de cobre; el afilador silba en su flauta… Luego, al mediodía, vendedores y campesinos desaparecen, el sol aprieta y la tarde es aburrida y enervante.
Pío Baroja: César o nada (1910). Madrid, Caro Raggio, 1975. Volumen I de la trilogía Las ciudades, compuesta también por El mundo en ansí (1912) y La sensualidad pervertida: ensayos amorosos de un hombre ingenuo en una época de decadencia (1920).
Sin duda, el valor significativo y estilístico de los adjetivos que figuran en el texto es bien distinto según su anteposición o posposición a los respectivos nombres. Por otra parte, son varias las "pluralidades" -con las que se coordinan, como unidades funcionales, varios elementos, en perfectas construcciones paralelísticas- que le confieren al texto un alto valor expresivo. Puedes comprar el libro en:
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