En un panorama teatral a menudo complaciente, de humor, de evasión, donde parece que no queremos enterarnos de las cosas que están sucediendo, precisamente Las cosas por su nombre irrumpe en la cartelera como una llamada de atención de cruda lucidez. La obra, escrita y dirigida por Manu Imízcoz, nos traslada a un futuro alarmantemente cercano, un mañana distópico modelado por una implacable Reforma llamada del 27. En este nuevo orden dictatorial, (los poderes fácticos no lo quieran), la fluidez y la libertad identitaria son reliquias del pasado; cualquier desvío de la estricta normativa socio-conductual asignada al sexo natal es perseguido, penalizado y castigado con la máxima severidad. Es una realidad asfixiante, y temerosa, donde impera el control absoluto sobre el deseo, la vestimenta y los afectos personales. Como bien se respira en la atmósfera de la función, anida en el ambiente un régimen de sospecha donde incluso los árboles parecen obligados a pasar de puntillas. Las hojas están muertas y caídas; el silencio del miedo solo es roto por el estruendo del odio y el graznido dominante de las urracas, que han silenciado por completo el canto de los mirlos, por poner un ejemplo de pájaro en libertad. El corazón de la obra late en la clandestinidad de un club nocturno, específicamente en el camerino de Marga, interpretado por Carlos Liberto. Ella/él es una cabaretista de edad indescifrable, una fuerza de la naturaleza indómita que se sitúa orgullosamente en las antípodas de los cánones oficiales que, supuestamente, imperan en el momento. Frente a ella se encuentra Antonio, José Miguel Blanco, un hombre que ha sucumbido a las leyes del exterior y que sobrevive trabajando como reclutador para el propio club. Juntos comparten la que presienten que será su última noche. Ahí me viene aquella canción que viene a decir, “la última noche que pasé contigo, hoy quiero olvidarla por mi bien”. Y en ese espacio confinado, envueltos por el humo de la resistencia y arropados por otras canciones y versiones musicales imprescindibles, que actúan como la banda sonora de la memoria de Marga, ambos personajes se desabrochan las máscaras para debatir, cuestionar y desangrar su papel en el conflicto. El texto destaca por su carga poética y política. Con una enorme sensibilidad, la dramaturgia parece auscultar el agua de esa fuente envenenada que es la intolerancia, mostrando la machacona cantinela que repiquetea en la mente de quienes deben aislarse para no ser repudiados, vilipendiados o asesinados. La puesta en escena acierta al encerrar al espectador en ese camerino-trinchera, transformando la intimidad en un acto de rebeldía pura. Las interpretaciones son ajustadas: Carlos Liberto dota al personaje de una dignidad inquebrantable, dándonos a entender que en su almohada hay una lágrima que nunca se seca, mientras que José Miguel Blanco refleja con contundencia las contradicciones morales del superviviente. Las cosas por su nombre es una advertencia urgente. Nos confronta con el pánico a que ese humo gris se nos meta en los ojos y nos ciegue. Queda flotando en el aire una poderosa lección: la necesidad imperiosa de resistir para que nunca lleguemos a ese nocturno de miedo, y podamos seguir mirando a las estrellas con la libertad del que no teme sentir, expresarse y, sencillamente, ser. Aunque se salga de la norma estricta y socialmente implatada, esperemos que no.
INFORMACIÓNLAS COSAS POR SU NOMBRE Dirección y texto: Manu Imízcoz Elenco: Carlos Liberto, José Miguel Blanco Adaptación musical y coahing: Pepe Alacid Una producción de La Inquieta Compañía Espacio: Teatros Luchana
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