Quererse
Delirios y crisis en la edad fronteriza de los 50. Pareceres diversos, dudas, preocupación por el estado, más que de salud, mental, las relaciones personales, las confidencias, los silencios, los secretos, lo que se queda en el tintero, lo que no se dice, lo que una se calla, lo que debiera haber dicho, la verdad.
Actualidad
Acabaremos pronto amando a una máquina y tendremos celos y pasiones, y cuando nos hablen las personas miraremos escépticos desconfiando, como si el hombre fuera un invento nuevo, y la máquina tardará más tiempo en pudrirse que nosotros.
Es una denuncia. Es una tristeza, un dolor, una persecución, una diáspora, la locura de la pertenencia y no dejar que otros tengan su espacio y se pueda convivir, no ya sin rencillas, sino sin guerras.
Todo cabe en ellas
Todas las mujeres que por la noche van a oscuras y oyen, con temor, el silencio de corazones acelerados. Que oyen la soledad, la que hace despertarse y provoca insomnio y nadie reconoce porque va por dentro, y nadie se da cuenta.
Este fin de semana, en el Teatro del Barrio acoge "Yo soy 451", un largo monólogo distópico de Xavo Giménez, componente de la compañía La Teta Calva. La obra está inspirada en la célebre novela "Fahrenheit 451" de Ray Bradbury (1920-2012), conocido también por su obra "Crónicas marcianas", publicada en 1953. Esta obra se considera una de las distopías más notables jamás escritas, donde el totalitarismo lleva a cabo una brutal campaña para erradicar los libros, que son prohibidos y destruidos por los bomberos, quienes realizan esta tarea en una inversión de la lógica.
El dolor de dejar ir
“Quién iba a prever que el amor, ese informal, se dedicara a ellos tan formales”. Este poema de Mario Benedetti me ha venido a la memoria al escuchar a Jaime y Marla hablar, comentar, recordar, lamentarse de esa relación que fue la mejor, que fue especial, que conllevó amor como nunca antes y, sin embargo, no acabó cuajando.
Todo, siempre, nuestro, juntos
Cada vez que empiezo una reseña, una crónica nueva teatral, debo preparar el terreno. Por supuesto, acudo a ver la representación, no suelo tomar notas, aunque algunas veces sí, normalmente tampoco indago en la sinopsis, en el historial del grupo, dirección, texto, interpretación y, podríamos decir, voy a que me sorprendan. Después, ya indagaré, me documentaré, ahondaré en la temática, y analizaré, en general, toda la puesta en escena. Y, eso sí, esa misma noche, aunque sea impúdicamente tarde, escribiré esa reseña con el terreno bien preparado, quemado, despejado de malas hierbas, artigado, para procurar ser ecuánime, sincero, profundo, analista y, ¿por qué no?, emocional y poético.
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La melancolía que atrapa a la felicidad perdida y compone una música de los días y las noches, la volatilidad de los sueños, y el afán por regresar al lugar donde una vez fuimos felices se dan la mano en esta magnífica obra de Antón Chéjov que representa como pocas la lucha del hombre contra el mundo. Desde su infancia en Taganrog hasta la última etapa de su vida en Yalta, el escritor ruso supo convivir con el ruido de la existencia ajena y refugiarse en un postergado e imaginario jardín de los cerezos en el que escribir sobre todo aquello que fuese cercano al alma humana. Hijo de tendero, el designio turbulento de su vida comenzó muy pronto en su miserable infancia en Taganrog rodeado de hermanos —era el tercero de seis—, de la violencia de su padre, o del sacrificio de su madre —una milagrosa cuenta-cuentos—.
Nunca el teatro es mentira
Ni siquiera sé si existo. Me lo cuentan, me encuentro con gente que me habla, asisto al teatro, escribo, leo e, incluso, como, duermo, sueño y, creo, hago otras cosas.
Hay que mojarse
PLEAMAR
Pareciera que hay gente que nace al borde de una playa, de una orilla de mar, de repente, y se quedan inmóviles, o corren a esconderse y, súbitamente, los demás se asombran.
¿Quién nos desata?
De mi pecho nace un nudo que es imposible de deshacer, a no ser que me arranques el corazón. Sería "El nudo gordiano". Puedo abrirte mi pecho, desgarrarme, asomarme al abismo y ahí tendrás que decidir qué solución tomar.
Cariátides sosteniendo el manto infinito de la ausencia
Ítaca, Ítaca, Ítaca, no es una cuestión de calles, ni de calas, ni de paisajes idílicos en una isla de ensueño. Hay una Ítaca por cada uno de nosotros.
En el fondo de cientos de comedias y dramas del Siglo de Oro se hallan textos que son joyas esperando pacientemente su oportunidad de salir de nuevo a la luz, para solaz y divertimento de los espectadores de hoy en día, para conocimiento de los entusiastas de la escena, desarraigándose del abismo del polvo difuso y controvertir a los que consideran que sus temas y personajes están desfasados, anticuados, fuera de lugar y de tiempo.
Soledad y silencio
Al cumplir cierta edad, no digamos cuánta, mucha, (además, lo bueno es que se van cumpliendo, de lo contrario el camino es que se ha truncado ya), se agolpan en las sienes, en el cuerpo, en el corazón, tantas esperanzas que después pasaron de largo. Esas ilusiones que se cumplieron o no, pero de las que ya no se puede retroceder, porque, como escribió José Manuel Caballero Bonald, “somos el tiempo que nos queda”.
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