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Carmen Arévalo

En ocasiones, las palabras pierden el sentido para el que fueron creadas, y dejan de ostentar el valor y el simbolismo que en sí mismas poseen. Su contrario y su máximo enemigo ese el silencio, o eso al menos es lo que podríamos suponer antes de ver la obra de teatro Refugio, donde su autor, Miguel del Arco nos expone con buenas dosis de brillantez que no es así, pues el ruido (esa carga de decibelios que en sí mismas poseen las palabras —y su abuso—, tanto en el uso que de ellas hacemos como el volumen de su ejecución sonora), produce en nuestros sentidos una confusión tan alevosa como la del propio silencio cuando se comporta como una carga insoportable para nuestras conciencias, pues ese parece ser el antídoto contra el pensamiento, la racionalidad o la coherencia de los arquetipos de seres humanos que salen a escena en Refugio.

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