• Diario Digital | Lunes, 24 de Septiembre de 2018
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ENTREVISTA CON LA AUTORA DE “MARJALES DE INTERIOR”

Marina Tapia: "El poema tiene que guardar verdad y hondura y, bajo la apariencia de algo simple, plantear el misterio"

Con "Marjales de interior", publicado por Aguaclara, Marina Tapia consigue que los asombros líricos parezcan sencillos y próximos. Sus estampas de paisaje apuntan en voz baja a una trascendencia, a una penetración espiritual de los goces humildes. Este libro contiene todo el rango de emociones: servido inmejorablemente por la oportuna división en cuatro grupos, se abre a un abanico de sensaciones sobre un fondo melancólico.

Marina Tapia (Fotos: A. Cabrera)
Marina Tapia (Fotos: A. Cabrera)
Marina Tapia: "El poema tiene que guardar verdad y hondura y, bajo la apariencia de algo simple, plantear el misterio"

Nacida en Valparaíso (Chile) y residente en España desde el año 2000, es, además de artista plástica, autora de los poemarios 50 mujeres desnudas y El relámpago en la habitación, y coordinadora de la antología-homenaje a Rubén Darío El pájaro azul.

¿Cuál fue la génesis de "Marjales de interior"?

Hace tiempo que quería vivir la experiencia de residir en un entorno rural, y en 2014 me decidí a hacerlo. Encontré una casita muy sencilla -con su patio trasero- en Fuente Vaqueros, en la misma calle donde nació Federico García Lorca (a unos pasos de su casa-museo). Una fuerza interna me pedía disponer de más horas de tranquilidad para escribir, estar alejada de la ciudad, sus distracciones y sus constantes eventos. La belleza profunda del paisaje de la vega, y esa vida retirada, me embarcaron finalmente en la aventura de construir un libro que cantara a la naturaleza y a sus cuatro estaciones. Todos los días salía a caminar por los alrededores de “La Fuente”, Valderrubio, Zujaira, La Paz, Chauchina… y las choperas, los secaderos de tabaco abandonados, los sembrados de maíz, o la ribera del Genil despertaban una extraña nostalgia primigenia, me ataban de una manera nueva a mi tierra natal y a la infancia, recuperaban ese vínculo que vamos perdiendo con la acelerada vida urbana.

Los artistas deben seguir ese impulso esencial de renombrar las cosas

¿Es partidaria de los libros unitarios, con todos sus mimbres en torno a un tema común, o prefiere la reunión de piezas autónomas?

Cuando se ha probado la delicia de un proyecto unitario, de investigar a fondo sobre un tema, de adecuar tus lecturas, de sumergirse en un pequeño universo de sensaciones y pensamientos, ah, solo se desea elaborar un poemario de esta manera. Soy de esas creadoras locas que sienten más satisfacción en el proceso que en el resultado. Y conducir todas las vivencias del día al terreno del libro que escribes, es algo apasionante. En 50 mujeres desnudas la unidad fue la mujer y sus roles sociales, en El relámpago en la habitación lo fue el amor y el erotismo; y ahora con Marjales de interior desarrollo el tema del paisaje. Tengo otro libro inédito titulado Jardín imposible que conjuga la botánica con lo fantástico. Como ve, me encantan los trabajos temáticos. Pero no descarto en un futuro escribir un libro misceláneo cuyo hilo conductor sea solo el lenguaje.

¿El interés por la naturaleza es sólo uno de los epicentros de su obra?

Sí, es solo un aspecto. Soy una persona bastante curiosa e inquieta que trata de mantener la capacidad de asombrarse, de imaginar. Muchas áreas de la cultura y la realidad me atraen. Sé que siempre se dice que todo está dicho, que todos los temas se han tocado, que ya no hay nada nuevo que aportar; pero creo que los artistas deben seguir ese impulso esencial de renombrar las cosas, de revitalizarlas, deben estar despiertos (en su sentido más profundo) e intentar acerca la belleza y la hondura de la vida a los otros. 

En el prólogo del libro, Ángel Olgoso dice de usted que sus versos captan la multiplicidad de un instante, nos acercan al misterio de existir y vivifican nuestros sentidos, ¿es cierto que ya ha llegado a su territorio, que ha encontrado su lugar?

Mi lugar está donde esté Ángel, mi compañero, con el que tengo un proyecto en común de creación y vida, está donde pueda desarrollar mi trabajo poético en libertad. Literariamente, quizá ya tenga cierta voz propia, pero siento que siempre hay mucho por pulir, por encontrar, por perfeccionar, por vivenciar, este es un camino y yo tengo ganas de andar y aprender en cada cruce.

¿Qué ha supuesto la concesión a "Marjales de interior" del premio Francisco Mollá?

Fue una enorme alegría, sobre todo al saber que era la primera vez en diecisiete años que lo ganaban dos mujeres al mismo tiempo en las dos modalidades (valenciano y castellano). Un premio otorga  más difusión a un libro, da conocer tu trabajo en otros sitios a los que no hubieras llegado por ti misma, te ayuda a contactar con nuevos lectores y, en este caso, he quedado muy contenta con la elegante edición que ha realizado Aguaclara.

3 (Foto_ A. Cabrera)

"En Chile, la poesía “es un artículo de primera necesidad” 

¿Qué poetas, o poéticas, cimentan su obra?

La verdad es que me gustan muchísimos autores y autoras, trato de leer bastante poesía pero voy alternando los poemarios con novelas, ensayos y libros de artículos (como los de Cunqueiro o Pla, por ejemplo). La libertad y musicalidad de la poesía hispanoamericana me marcaron a fuego, pero  intento nutrirme de un amplio abanico de lecturas. Quedé maravillada con Una temporada en Tinker Creek de Annie Dillard, con Última carta de amor de Javier García Sánchez, Las cosas del campo de José Antonio Muñoz Rojas, Movimientos insomnes de Clara Janés, y el Libro de la almohada de Sei Shônagon, entre otros. Aunque siempre hay obras clásicas que están pendientes y que trato de priorizar. He tenido la suerte de haber nacido en Chile, un país con una potente tradición literaria, donde la poesía “es un artículo de primera necesidad” como decía Nicanor Parra. Es muy fuerte su presencia en las escuelas, se memoriza, recita y acompaña muchas celebraciones, y mis hermanos y yo contamos con otra ventaja: un padre y una madre que siempre han pintado y escrito.

Sus libros revelan un cuidado, un fervor poco usual por la palabra, también por el latido del verso, por su ritmo, ¿es difícil lograr la belleza y abordar la esencia?

Creo que el arte busca sobre todo la belleza: en mi vida cotidiana trato de crear ambientes armónicos, hacer composiciones medidas de objetos, hay una tendencia innata al cuidado estético. Tal vez en poesía se trasluce esta manera mía de componer basándome en el equilibrio, en lo depurado que encierra a la vez un decir generoso. A veces puedo llegar a ser incluso un poco obsesiva con respecto al ritmo versificador (con palabras bisílabas, tónicas, esdrújulas, etc.), también con la precisión de los adjetivos. La armonía es lo más difícil de lograr y, como los japoneses o las culturas clásicas, la busco con pasión.

¿Sus poemas suelen estar unidos a su experiencia vital?

Algunas veces, otras están ligados a las lecturas que realizo, a los caminos a los que me lleva la mente y el lenguaje, no lo vivencial. Otra forma que utilizo habitualmente para pensar y escribir es salir a caminar. En estos dos últimos años, paseo por Cumbres Verdes y Las Canteras, dos parques naturales que hay en La Zubia, donde residimos. Me gusta observar y apuntar los cambios del paisaje, sentarme y leerle a las montañas o a los pinares en voz alta lo que voy escribiendo; siento que la poesía se aprecia mejor dicha en voz alta en lugares abiertos, uno puede comprobar si su ritmo funciona, si las pausas son las adecuadas. Cuando vivía en el Albaicín me acercaba a los barrancos del Sacromonte y, en mi ciudad natal, Valparaíso, me perdía por sus numerosos cerros. Presto mucha la atención a la oralidad, al poder envolvente de las palabras, a su capacidad de conducir, incluso, a una especie de trance. Retomando la idea de Thoreau, frente a la naturaleza resulta muy estimulante asistir como espectador a todos sus oratorios, a todas sus óperas salvajes. Pero también he tenido etapas donde tomé notas en otros espacios como calles y jardines de la ciudad, o la costa (por lo general, Almuñécar); la verdad es que, si el impulso es muy fuerte, puedo llegar a escribir hasta en la cola del banco, aunque cada proyecto va pidiendo una ambientación concreta. Son habituales esas pequeñas fijaciones mentales que favorecen la creación.

Mi carácter me lleva a experimentar nuevas maneras de decir, nuevas rutas, aunque sean controvertidas

¿Cree que la poesía nos habla de la condición humana o, en cambio, la trasciende?

Pienso que la poesía conjuga las dos cosas. Si solo se quedara en la descripción de lo humano, sin contemplar la vida desde una perspectiva más elevada, no sería poesía. Opino que el poema tiene que guardar verdad y hondura y, bajo la apariencia de algo simple, plantear el misterio, las preguntas, lo desconocido. Creo que hay algo de sagrado en aquel decir enigmático, ambiguo del poema, pero también arrastra esos detalles cotidianos, matices, texturas, acercamientos desde los sentidos que le confieren una calidez, un peso, una cualidad material que la hacen cercana al lector.

¿Le gusta explorar nuevas rutas poéticas o persistir en su propio sendero?

Mi carácter me lleva a experimentar nuevas maneras de decir, nuevas rutas, aunque sean controvertidas, como hice por ejemplo con el erotismo en El relámpago en la habitación, desde una voz claramente femenina pero sin tapujos. Admiro muchísimo a los escritores que se arriesgan, que se buscan, que salen de su sillón de comodidad, sobre todo si lo hacen no desde la moda o las corrientes, sino por una necesidad interior. Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Wislawa Szymborska, una voz auténtica que manejaba la ironía y la sutileza como ninguna, o en Blanca Varela, con sus cambios de registro y su crudeza divina.

¿La poesía es el último refugio?

Es un refugio más junto con el silencio, que también armoniza con la poesía. Se necesita recogimiento y nutrirse de lecturas, experiencias y observación para hacer una obra que tenga cierta solidez. La poesía es ese refugio amable e íntimo, que a veces solo está abierto para uno (como en el alumbramiento de poemas que no mostramos, que son catárticos o que no pretenden sino fijar un momento), y que en otras ocasiones permite ese despliegue público, ese compartir con los demás la depuración que el autor ha hecho. Aunque, en realidad, quizá haya que ver como último refugio ese hermoso milagro que es un libro.  

¿Qué proyectos tiene entre manos?

Tengo escrito un libro inédito que calza dos conceptos curiosos: la botánica y lo fantástico. Lo he titulado Jardín imposible, donde desarrollo un particular acercamiento al mundo de los herbarios, de los híbridos, a las plantas y algas que despiertan en nosotros diversas sensaciones y figuraciones (muchas veces quiméricas). En él hablo de identidades, metamorfosis y misterios apenas perceptibles del reino vegetal, desplazándome a distintos escenarios (el mundo clásico, nórdico, oriental) o a las tradiciones del sur de Chile, de la fuente de Aynadamar al Jardín de las Hespérides, del valle de Lecrín a la Amazonia. Para este libro pedí la colaboración a mi buen amigo patafísico Guillermo Rodríguez de Lema Blanco, que tuvo a bien ilustrar más de diez poemas utilizando una caligrafía exquisita y unos dibujos sugerentes en la línea del Códice Voynich. 

1 (Foto_ A. Cabrera)

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