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José María Manuel García-Osuna y Rodríguez
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José María Manuel García-Osuna y Rodríguez

Entrevista a José María Manuel García-Osuna y Rodríguez: "Los cartagineses fueron los inventores del alfabeto consonante, y del comercio más ortodoxo que recuerda la historia"

Autor de "Los cartagineses en la península Ibérica"
lunes 02 de febrero de 2026, 17:15h

José María Manuel García-Osuna y Rodríguez nació en la urbe de León, caput del Regnum Imperium Legionensis, en el siglo XX. Estudió en los jesuitas de dicha ciudad, y ha recibido formación humanística y científica en la Universidades de León, de Salamanca y de Oviedo. Lleva publicados once libros. "Los cartagineses en la península Ibérica" es, de momento, el penúltimo de ellos.

Los cartagineses en la península Ibérica
Los cartagineses en la península Ibérica

En esta entrevista, el autor leonés, afincado en Asturias, nos descubre algunos de los muchos secretos que se mantienen sobre los cartagineses en nuestra piel de toro.

Comienza el libro con el Prontuario del Reino de León. Un lector avispado se preguntará qué tiene que ver León con los cartagineses.

Como riguroso historiador leonesista que soy, y muy documentado; como medievalista defiendo la historiografía del Reino de León; y, por lo tanto, estoy recogiendo todo tipo de documentos sobre la no desaparición de dicho reino, ninguno de ellos míos. Y sería imposible tenerlos memorizados. En los libros siguientes, este capítulo esclarecedor y cada vez más amplio, lo he colocado al final de toda la obra de que se trate. Pero, hay que pensar que Tito Livio y Polibio escriben sobre ellos mismos en sus obras: ‘Ab Urbe Condita’ e ‘Historias’. Además, en esta tesis doctoral puede ser algo diferente u original. Y, Aníbal/Cartago, Reino de León, Hernán Cortés, Los Plantagenet, Isabel la Católica, etc. conforman algunos de mis trofismos en la Historia.

Los cartagineses ocuparon la parte meridional de la península Ibérica, desde Gadir a Sagunto. ¿Llegaron a las tierras del norte?

En efecto, ya que tras el final de la Primera Guerra Púnica (264-241 a.C.), Amílcar Barca considero inexplicable el ruinoso armisticio firmado por la Balanza/Senado de Cartago, y por ello esa República comercial debió encontrar nuevos mercados. En Iberia siempre hubo fenicios, por lo que hacia allí se dirigieron los Barca con sus fieles. Con dificultades bélicas numerosas consiguieron domeñar las tierras de los turdetanos, carpetanos, oretanos y lusitanos; pero, asimismo, ya con Aníbal Barca al mando se dirigieron hacia los territorios de vettones (Salamanca/Helmantike), de los celtíberos (Numancia) y de los vacceos (Arbucola/Toro), aquí en el septentrión derrotarán a los vettones y vacceos, aunque los vencidos serán perdonados y admiradas sus mujeres por su valentía fuera de serie. No olvidemos que, en Cartago, las féminas tenían la misma consideración social que los varones; en Roma, ¡no!

¿Qué representa para usted la publicación de su décimo libro?

Algo pleno de emoción e interés. Existen varias razones: Cartago es una de mis especialidades. Es una tesis cultural, y mi trabajo de investigación en el doctorado, calificado con sobresaliente, fue sobre los cartagineses. Creo que en mi biblioteca poseo, como siempre, el 95% de lo que se ha publicado hasta ahora sobre esa genial y cosmopolita civilización, de la que soy un estudioso y un defensor de que con Carthago le hubiese ido mejor a la humanidad que con Roma.

¿Cuál era la extensión del territorio cartaginés en África y Europa?

1. “Con las características patognomónicas inherentes a una polis griega, aunque matizadas por la idiosincrasia habitual de la cultura fenicio-púnica, estaba conformada por la propia ciudad y su hinterland, el territorio va a estar dedicado a la agricultura, de límites imprecisos y de tamaño reducido, abarcará los extrarradios de la propia urbe capitolina, los viñedos y los campos circundantes y el País de Bagrades (Mácara), incluyendo el cabo de Bon, el territorio finalizaría en la frontera con el alfoz de la segunda ciudad púnica, Útica”.

2. “El territorio líbico era una zona muy extensa y de límites imprecisos y variables que se podría extender por el Occidente hasta Sica, a 160 kilómetros de la urbe capitolina; aquí los nativos líbicos eran los propietarios de la tierra. Los latifundios estaban cercanos a las ciudades asociadas o confederadas con Cartago y que eran: Útica, Hipozarita, Leptis Magna, Tapso, Sica, etc. Por lo tanto, el territorio va a ser calificado por los griegos como “libiofenicio”, algunas de sus ciudades podrían ser refundaciones”.

3. “Sus colonias africanas: En esta zona se encuentran los enclaves coloniales, sensu stricto, sobre todo en la costa, al Sur y al Oeste de la segunda zona ya citada. Estas poblaciones eran pequeñas y étnicamente mixtas, y aunque predominan los indígenas, la cultura y la economía son cartaginesas; en caso de guerra, la urbe capitolina tiria podría percibir algún tipo de impuesto como esfuerzo de guerra y cierta ayuda humana para poder mantener la logística y la intendencia, su dependencia económica, de la metrópoli, era precaria, pero la cultura era más creativa e híbrida. La base ineluctable de su nacencia fue la comercial”.

4. “Los Emporios: Eran la franja costera que abarcaba desde el golfo de Gabes hasta la ciudad de Leptis Magna, comprendiendo unos 450 km. de costa, que estaban conformados por colonias-factoría, de población y economía mixtas. La citada ciudad era una especie de aduana de los cartagineses hacia el Egipto ptolemaico, y la mencionada Leptis Magna abonaba a Cartago, por el permiso para ejercer esa función aduanera, un talento (más o menos un millón de pesetas) de plata al día”.

En la zona del Mediterráneo y según épocas: Córcega, Cerdeña (robada con todas las malas artes habituales de Roma, tras la 1ª Guerra Púnica) y, sobre todo, Sicilia que era el imperio comercial púnico. Panormo/Palermo sería fundación cartaginesa. Y, luego los territorios que fueron conquistando en Iberia, siempre con régulos enfeudados con Cartago/Qart Hadash/La Nueva Ciudad de África. Y, además con la ibérica Nueva Ciudad /Qart Hadash/La Cartagonova romana, fundada por el cuñado de Amílcar Barca, Asdrúbal Janto o el Bello.

¿Qué relación tuvieron con el pueblo fenicio?

Los cartagineses-Cartago o, verbigracia, los uticenses-Útica, etc., son los pueblos fundados por los fenicios-‘los que visten de púrpura’. Los fenicios provenían de Fenicia, con sus ciudades de Biblos, Sidón, Beirut, Tiro, etc., y desde ahí se dedicaron a viajar creando emporios para sus nuevos colonizadores. Es una de las grandes civilizaciones de la Antigüedad. Así pues, según la mitología historiográfica, se produce un golpe de estado en Tiro, y una joven llamada Dido o Elishat/La Errante se dirige al norte de África donde consigue fundar Cartago. Por consiguiente, los fenicios-chananís serían sus ancestros.

¿Qué representó la Primera Guerra Púnica para Cartago?

Una situación inesperada para una ciudad-estado que solía resolver sus conflictos con guerras cortas y tratados comerciales con sus adversarios, y una auténtica ruina económica y sociopolítica, con la fractura entre sus ciudadanos que nunca se pudo reconstruir. Nunca comprendieron el odio sañudo de Roma, que luchaba siempre hasta la extenuación o la eliminación física o genocidio total de su enemigo. Durará 23 años. Y, en contra de los deseos y el análisis de Amílcar Barca, que nunca lo aceptó, la Balanza de Cartago firma un armisticio (Tratado de Lutacio) desastroso. Entonces, el jefe de la facción oligárquica Hannón “el Grande” comenzará su labor de desgaste contra los Barca y a favor de Roma. Cartago entregó Sicilia y a todos los prisioneros romanos tomados durante la guerra, y una indemnización ingente de 2200 talentos de plata (14 millones 520.000 dólares) durante diez años.

¿Motivó la derrota la búsqueda de nuevos mercados para revitalizar su economía? ¿Pasó a ser la Península Ibérica su mayor objetivo?

Los fenicios y los púnicos o cartagineses eran mercaderes pragmáticos, y no tenían el más mínimo inconveniente en vender y redistribuir artículos ajenos, pero siempre de gran calidad, su genio simpar ya se había impuesto al de los griegos en el campo esencial de la escritura.

En el año 237 a. C., Amílcar Barca llega a Gadir (Cádiz), que es una isla en el estuario del río Guadalete, segura y acogedora. El gran comandante de los cartagineses encontrará pueblos amigos en toda la zona, ya que ese territorio del litoral meridional de la Península Ibérica, en la actual Baja Andalucía, estaba plagado de asentamientos fenicios primigenios, tales como los actuales Morro de Mezquitilla, Cerro del Mar, Malaca/Malaka (Málaga), Abdera (Adra), Sexi (Almuñécar), etc. Por lo tanto, Iberia es la única solución para poder hacer frente al desastre inflacionario económico, que le ha creado la pseudoderrota contra Roma.

Por otro lado, los indígenas del hinterland de la actual provincia de Málaga, llamados blastofenicios (del griego blástula-germen) por los griegos o bastulo-poeni por los romanos, ya habrían adoptado, como propia, la lengua semítica de los mercaderes fenicios. En Ebussus (Ibiza), Cartago poseía una plena y total soberanía secular y, desde esa base logística controlaba al resto de las actuales islas Baleares. En el devenir de los tiempos esa base insular púnica se transformaría en vital para la propia existencia política de la gran metrópoli norteafricana. No obstante, en el territorio peninsular, los cartagineses van a realizar un auténtico protectorado de tipo político. Por ello el Tratado del año 348 a. C., entre Roma y Cartago, solo tendrá una significación comercial.

Más adelante el historiador romano, Tito Livio, realizará un juicio prístino de intenciones sobre cuáles eran las homónimas de Amílcar Barca, según su leal saber y entender.

«Torturado por estos sentimientos, durante la guerra de África que tuvo lugar inmediatamente a continuación de la paz con Roma y duró cinco años, y luego en Hispania, durante nueve años, actuó de tal forma incrementando el poderío cartaginés que resultaba evidente que andaba dándole vueltas a la idea de una guerra de mayor alcance que la que estaba haciendo y que, si hubiese vivido más tiempo, conducidos por Amílcar los cartagineses habrían llevado a Italia la guerra que llevaron conducidos por Aníbal».

Por todo ello, se puede subrayar que, para los historiadores prorromanos, que lo son, con diferentes grados, los conocidos y con textos ciertos, Amílcar Barca es el enlace indubitable entre las dos Guerras Púnicas. Aunque la realidad palpable es que el gran general de los púnicos solo va a decidir, con toda nitidez, sobre la política cartaginesa que se debería seguir, en el año 237 a. C., ya citado y que conllevó su salida hacia Iberia. Lo único claro y palpable era la obvia necesidad de dinero que tenía Cartago, para poder pagar las indemnizaciones de guerra contraídas, de forma obligatoria, con la vengativa urbe del Lacio, tras la derrota cosechada en la Primera Guerra Púnica. Por todo lo que antecede, Amílcar Barca llegó a la convicción de que en Iberia podrían tener, los cartagineses, el futuro económico y político asegurado, ya que sus antepasados fenicios, para ello, habrían establecido cabezas de puente y factorías de explotación comercial, y descrito, de forma pormenorizada, las cuantiosas riquezas existentes en aquella Península Ibérica, por otro lado, tan lejana.

¿Quién fue Amílcar Barca y qué papel tuvo en la historia de Cartago?

Es el paterfamilias de una eximia dinastía púnica. Su padre se llamó Aníbal, y fue un importante político y general cartaginés. Tuvo 6 hijos. Tres hijas casadas con: Bomílcar II (sufete), Asdrúbal Janto/el Bello, y con el príncipe númida Naravas (su esposa pudo llamarse Salambó). Su nieto mayor Hannón “el Joven” participaría como caballero en la Segunda Guerra Púnica. Y tres hijos: Aníbal “el Grande” (casado con la princesa de Cástulo, Himilce. Su hijo se llamaría Aspar. “Cástulo, fuerte y célebre ciudad de Hispania, tan estrechamente unida a los cartagineses que la esposa del propio Aníbal era de allí, se pasó a los romanos”. “¿Olvidas que nuestra salvación depende de la tuya? ¿Nuestra unión y las primeras alegrías de nuestro matrimonio significan tan poco que crees que no puedo yo, tu esposa, subir contigo montañas heladas?”, Asdrúbal Barca “el Joven” y Magón Barca. Toda la familia está muy unida y no tiene ninguna fisura.

Amílcar Barca fue uno de los más grandes políticos y personajes de la Antigüedad. Su ética llamaba la atención hasta entre sus enemigos, y no estaba carente de ironía y de sentido del humor. Si no hubiese muerto en Iberia, Roma lo hubiese pasado muy mal (“¡He aquí los jóvenes leones que he criado para la ruina y la perdición de Roma!”).

Aunque no se puede soslayar que Amílcar Barca y su primogénito, el gran Aníbal, pretendieron alterar el status quo, ya anquilosado de su ciudad, hacia un sentido más democrático, apoyándose en el ejército y en el pueblo o Asamblea Popular, conformada esta última por los miembros más dinámicos de la sociedad cartaginesa, como eran: los mercaderes y los pequeños campesinos propietarios, lo que les iba a permitir fortalecer su posición política o sus legítimas ambiciones expansionistas y, de esta forma, poder atacar a la línea de flotación de sus enemigos más acérrimos. En la Balanza-Senado de Cartago, que era donde mandaba la oligarquía agraria africanista, básicamente comandada por su enemigo, por antonomasia, que lo era el general Hannón “el Grande”.

Los romanos lo descalificaron indicando una posible, que se sabe que era totalmente falsa, relación homosexual con su 2º yerno/Asdrúbal “el Bello”: «Además le acompañaba un joven famoso y elegante, Asdrúbal, del que se corría la voz que Amílcar sentía por él un amor más allá de lo conveniente, la maledicencia no podía dejar de hostigar a un hombre tan importante. Siguióse de esto que el prefecto de costumbres prohibió que Asdrúbal estuviera con él. Pero él le entregó a su hija en matrimonio pues, según las costumbres cartaginesas, no se podía impedir al suegro vivir con su yerno». «La pérdida de Sicilia y Cerdeña traía a mal traer a aquel hombre de gran espíritu, pues en su opinión se había entregado Sicilia al dar por perdida la situación de forma demasiado precipitada, y en cuanto a Cerdeña, los romanos se habían apoderado de ella a traición durante la rebelión de África, imponiéndole encima un nuevo tributo».

¿Cómo se caracterizaba la sociedad cartaginesa?

Cuando la gran civilización comercial norteafricana sea barrida, con la saña habitual de los romanos, de la faz de la Tierra, por medio de uno de los genocidios mayores de la historia, todas las riberas del Mediterráneo deberían haber llorado su desaparición. Fueron los inventores del alfabeto consonante, y del comercio más ortodoxo que recuerda la historia, pero los romanos no les dejaron ni los ojos para llorar.

Sus mujeres eran mucho más libres que las de los romanos, y solo comparables a las de los espartanos. Su constitución como la de Esparta generaría admiración en Platón y en Aristóteles. Pero no habían sido creados para el rencor y el odio patognomónico habitual entre los hijos del río Tíber hacia sus enemigos. Cuando por causa de su inexplicable derrota en la Primera Guerra contra Roma, se vean obligados a llegar a Iberia, crearan un comportamiento diferente, con los indígenas, mayoritariamente a su favor.

Eran los mejores marinos de la época de la Antigüedad, y su marina de guerra vencía siempre, hasta que los romanos copiaron una de sus naves. Sus generales debían cargar con el peso de la absoluta responsabilidad en las batallas, y si eran derrotados muchas veces eran crucificados.

El Senado cartaginés estaba situado en un edificio que poseía una balanza en el frontispicio de su puerta. Estaban comandados por el equivalente a los cónsules republicanos de Roma, y eran denominados sufetes. En la Balanza de Cartago existían dos grupos políticos muy enfrentados, que representaban a dos tipos de sociedad, uno era el de la oligarquía agraria africanista dirigida por Hannón “el Grande” y sus fieles, y volcada hacia todo tipo de pactos con Roma, este grupo era sumiso con los superiores y déspota con los inferiores.

El otro grupo equivalente al de los populares de Roma, estaba vinculado a las clases populares y a la clase media comercial o mercantil, era digamos haciendo una abstracción histórica la izquierda de principios del siglo XX, muy concienciada en que la ética pública era importante, y en que era preciso salir de África, estaba dirigido por Amílcar Barca y su clientela. Pero, por desgracia la cohesión popular que existía en la sociedad romana, no existía entre los cartagineses.

Su milicia era de tipo profesional o mercenaria, y solo los ciudadanos se encontraban entre los cuadros militares de oficiales. Aunque, sí existía una guardia ciudadana para vigilar y defender la propia urbe tiria.

Su fundación (año 814 a. C., aunque hoy se considera la fecha entre los años 825 y 820 a. C.) correría a cargo de una mujer o princesa de Tiro, llamada Dido o Elishat o “la Errante”, en la misma época que la de Roma (mitológicamente fundada por Rómulo y Remo, hacia el 21 de abril de 753 a. C.).

La ciudad poseía dos grandes puertos, que eran considerados dos auténticas maravillas en su época, uno comercial y otro militar. Los púnicos o cartagineses varones llevaban largas barbas sin bigote. Las mujeres estaban en las casas, como las romanas, e iban veladas; pero en la época de los Bárcidas estaban en un nivel social bastante más elevado que las féminas de Roma.

Será una mujer la que defienda la ética y el valor social de los púnicos en la Tercera Guerra Romana o Púnica, recriminando a su esposo, comandante del ejército, su cobardía. Otra mujer, Sofonisbaal, será reputada como inteligente y bella por antonomasia en la época de la Segunda Guerra Romana/Púnica, siendo negociadora eximia para su propia patria. “Fidem erga populum punicum”.

¿Tenían los cartagineses una constitución que rigiese su destino?

«La constitución de los cartagineses me parece que originariamente tuvo una estructura acertada precisamente en sus aspectos más característicos. Entre los cartagineses había reyes, un consejo de ancianos dotado de potestad aristocrática, y el pueblo decidía en los asuntos que le afectaban; en conjunto se parecía mucho a la de los romanos y a la de los lacedemonios. Pero en la época de la guerra annibálica se mostró superior la constitución romana e inferior la cartaginesa. Tanto en un cuerpo como en una constitución, cuando hay un crecimiento natural de las actividades y sigue un período de culminación, tras el cual viene una decadencia, lo más importante de todo el ciclo es el período de culminación. Y concretamente en él se diferenciaron las constituciones de Cartago y de Roma. La constitución cartaginesa floreció antes que la romana, alcanzó antes que ésta su período culminante e inició su decadencia cuando la de Roma, y con ella la ciudad llegaba a un período de plenitud precisamente por su estructura. Por entonces era el pueblo quien en Cartago decidía en las deliberaciones; en Roma era el Senado el que detentaba la autoridad suprema. En Cartago, pues, era el pueblo el que deliberaba, y entre los romanos la aristocracia; en las disputas mutuas prevaleció esta última. En efecto: Roma sufrió un desastre militar total, pero acabó ganando la guerra a los cartagineses porque las deliberaciones del Senado romano fueron muy atinadas».

La Asamblea Popular era preeminente, en estos momentos históricos, en las deliberaciones de los cartagineses, mientras que en Roma lo era el Senado o élite de los ciudadanos, pero la causa de esta transformación, en la urbe norteafricana estribaba en la guerra contra los mercenarios y en la pérdida subsiguiente de Cerdeña, hechos que, junto a la pseudoderrota en la Primera Guerra Romana van a desequilibrar la ejemplar y precisa convivencia entre los ciudadanos de la gran urbe norteafricana.

«Cartago goza, al parecer, todavía de una buena constitución más completa que la de otros Estados en muchos puntos, y semejante en ciertos conceptos a la de Lacedemonia. Estos tres gobiernos de Creta, de Esparta y de Cartago tienen grandes relaciones entre sí, y son muy superiores a todos los conocidos. Los cartagineses, en particular, poseen instituciones excelentes, y lo que prueba el gran mérito de su constitución es que, a pesar de la parte de poder que concede al pueblo, nunca ha habido en Cartago cambios de gobierno, y lo que es más extraño, jamás ha conocido ni las revueltas ni la tiranía. Citaré algunas de las analogías que hay entre Esparta y Cartago. Las comidas en común de las sociedades políticas se parecen a las fidiciaslacedemonias o espartanas: los Ciento Cuatro reemplazan a los éforos, aunque la magistratura cartaginesa es preferible, en cuanto sus miembros, en lugar de salir de las clases obscuras, se toman de entre los hombres más virtuosos. Los reyes y el Senado se parecen mucho en las dos constituciones, pero Cartago, que es más prudente y no toma sus reyes (sufetes, shpht, equivalente a los cónsules de Roma) de una familia única, tampoco los toma de todas indistintamente, y remite a la elección y no a la edad el que sea el mérito el que ocupe el poder. Los reyes, que poseen una inmensa autoridad, son muy peligrosos cuando son medianías, y en este concepto en Lacedemonia-Esparta han causado mucho mal. (...)».

Aristóteles sobre las mujeres de Esparta y de Cartago:

El relajamiento de las leyes de Esparta y de Cartago con respecto a sus mujeres es a la vez contrario al espíritu de la constitución de los Estados Púnico-Cartaginés y Lacedemonio-Espartano. Las mujeres pasan la vida entregadas a los desarreglos y excesos del lujo, y esto significa que el estado carece de leyes”.

Platón y las mujeres de Cartago y de Esparta. Era un gran admirador de ambos estados:

Afirmaba que la concesión de derechos políticos y civiles a las mujeres no alteraría substancialmente la naturaleza del hogar y de los estados Cartaginés-Púnico y Lacedemonio-Espartano”.

¿Qué función tenía el senado cartaginés?

«Cartago goza, al parecer, todavía de una buena constitución más completa que la de otros Estados en muchos puntos, y semejante en ciertos conceptos a la de Lacedemonia. Estos tres gobiernos de Creta, de Esparta y de Cartago tienen grandes relaciones entre sí, y son muy superiores a todos los conocidos. Los cartagineses, en particular, poseen instituciones excelentes, y lo que prueba el gran mérito de su constitución es que, a pesar de la parte de poder que concede al pueblo, nunca ha habido en Cartago cambios de gobierno, y lo que es más extraño, jamás ha conocido ni las revueltas ni la tiranía. Citaré algunas de las analogías que hay entre Esparta y Cartago. Las comidas en común de las sociedades políticas se parecen a las “fidicias” lacedemonias o espartanas: los Ciento Cuatro reemplazan a los éforos, aunque la magistratura cartaginesa es preferible, en cuanto sus miembros, en lugar de salir de las clases obscuras, se toman de entre los hombres más virtuosos. Los reyes y el Senado se parecen mucho en las dos constituciones, pero Cartago, que es más prudente y no toma sus reyes (sufetes, shpht, equivalente a los cónsules de Roma) de una familia única, tampoco los toma de todas indistintamente, y remite a la elección y no a la edad el que sea el mérito el que ocupe el poder. Los reyes, que poseen una inmensa autoridad, son muy peligrosos cuando son medianías, y en este concepto en Lacedemonia-Esparta han causado mucho mal. (...)».

"Las mujeres en Cartago tenían más libertades en Atenas y en Roma, y menos que en Esparta"

¿Cuál fue el papel de las mujeres en Cartago?

Las mujeres en Cartago tenían más libertades que en Atenas y en Roma, y menos que en Esparta. Podían realizar negocios y poseían propiedades como titulares, y existen nombres propios de algunas de ellas, o participaban en la gestión de los negocios y patrimonios familiares.

Las últimas grandes mujeres púnicas serán: Sofonisbaal, esposa del Rey númida Masinisa, y la mujer anónima del último defensor de Cartago, Asdrúbal Beotarca, que maldijo a su esposo por pusilánime, y se lanzó a las llamas de una pira funeraria con sus dos hijos antes que ser esclava de Roma.

Aristóteles sobre las mujeres de Esparta y de Cartago:

El relajamiento de las leyes de Esparta y de Cartago con respecto a sus mujeres es a la vez contrario al espíritu de la constitución de los Estados Púnico-Cartaginés y Lacedemonio-Espartano. Las mujeres se pasan la vida entregadas a los desarreglos y excesos del lujo, y esto significa que el estado carece de leyes”.

Platón y las mujeres de Cartago y de Esparta. Era un gran admirador de ambos estados:

Afirmaba que la concesión de derechos políticos y civiles a las mujeres alteraría substancialmente la naturaleza del hogar y de los estados Cartaginés-Púnico y Lacedemonio-Espartano”.

¿Qué ocurrió tras la muerte de Amílcar Barca?

La juventud de un Aníbal, que no había cumplido la veintena, conllevó que la elección del ejército recayera en el yerno del gran jefe púnico recién muerto, llamado Asdrúbal (zrbl o “Baal ha ayudado”) apodado “el Hermoso”, la opción, sin ningún género de dudas, fue ratificada por la Asamblea del Pueblo de Cartago. Asdrúbal era un brillante militar, no solo como lugarteniente de Amílcar Barca, sino como almirante o navarca de la flota del caudillo Barca.

Tenía apoyos políticos importantes en la metrópoli norteafricana, a los que mantenía en su bando con cuantiosas sumas de dinero. Según Cornelio Nepote, quien no pierde ripio para denigrarlo, lo coloca el primero en la lista de los políticos cartagineses en estar encargado de alterar los usos y las buenas costumbres de Cartago, por medio de la corrupción más flagrante:

«Si he citado el nombre de Asdrúbal ha sido porque, una vez muerto Amílcar, fue él quien se hizo cargo de las riendas del ejército, realizó grandes hechos, y fue también él el que con sus donaciones de dinero hizo que los cartagineses se olvidaran de sus antiguas costumbres; después de su muerte el ejército encomendó el mando a Aníbal».

Pero, es obvio, que los historiadores prorromanos se vieron influidos por las maniobras propagandistas del partido antibarca, en la Balanza de Cartago, que, tras la inesperada derrota ulterior de Aníbal “el Grande” en Zama frente a P. Cornelio Escipión “Africano”, había vuelto a tomar las riendas del poder y que, como siempre, se encontraba comandado por el general Hannón “el Grande”.

¿Fue su hijo Aníbal Barca un digno sucesor?

Tras la muerte de Asdrúbal la milicia púnica, en Iberia, va a elegir por aclamación, como comandante en jefe del ejército en Iberia, al primogénito de Amílcar Barca y cuñado de Asdrúbal Janto, que es Aníbal; la Asamblea Popular de Cartago, tan volcada siempre hacia los Barca, va a apoyar y a ratificar dicho nombramiento; Aníbal tiene, entonces, unos 26 años. Tito Livio lo va a retratar con la patognomónica parcialidad del historiador romano, realizando un genial estereotipo que tanto interesaba a la propaganda de Roma.

Estamos, probablemente, a uno de los políticos y militares más eximios de la Historia, y uno de los cinco más paradigmáticos de la Antigüedad, junto a: Ramsés II; Alejandro Magno; Pirro “el Grande”; Julio César, etc.

«Pocos, pero prácticamente los mejores se mostraban de acuerdo con Hannón, pero como ocurre las más de las veces, la cantidad se impuso a la calidad. Enviado Aníbal a Hispania, nada más llegar se ganó a todo el ejército: los soldados veteranos tenían la impresión de que les había sido devuelto el Amílcar joven; veían la misma energía en sus rasgos, la misma fuerza en su mirada, la misma expresión en su semblante, idéntica fisonomía. Después, en muy poco tiempo, consiguió que lo que tenía de su padre fuese lo menos importante en orden a granjearse las simpatías. Nunca un mismo carácter fue más dispuesto para cosas enteramente contrapuestas: obedecer y mandar. No resultaría fácil, por ello, discernir si era más apreciado por el general o por la tropa. Ni Asdrúbal prefería a ningún otro para confiarle el mando cuando había que actuar con valor y denuedo, ni los soldados se mostraban más confiados o intrépidos con ningún otro jefe. Era de lo más audaz para afrontar los peligros, y de lo más prudente en medio mismo del peligro. No había tarea capaz de fatigar su cuerpo o doblegar su moral. El mismo aguante para el calor y el frío; su manera de comer y beber, atemperada por las necesidades de la naturaleza, no por el placer; el tiempo de vigilia y de sueño, repartido indistintamente a lo largo del día o de la noche; el tiempo que le quedaba libre de actividad era el que dedicaba al descanso, para el cual no buscaba ni muelle lecho ni silencio: muchos lo vieron a menudo echado por el suelo, tapado con el capote militar, en medio de los puestos de guardia o de vigilancia militar. No se distinguía en absoluto entre los de edad por la indumentaria, sí llamaban la atención sus armas y sus caballos. Era, con diferencia, el mejor soldado de caballería y de infantería a un mismo tiempo; el primero en marchar al combate, el último en retirarse una vez trabada la pelea. Las virtudes tan pronunciadas de este hombre se contrapesaban con defectos muy graves: una crueldad inhumana, una perfidia peor que púnica, una falta absoluta de franqueza y de honestidad, ningún temor a los dioses, ningún respeto por lo jurado, ningún escrúpulo religioso. Con estas virtudes y vicios innatos militó durante tres años bajo el mando de Asdrúbal, sin descuidar nada de lo que debiera hacer o ver quién iba a ser un gran general».

¿Cómo se describe el conflicto entre Roma y Cartago en su libro?

El conflicto bélico, que, provocado arteramente por Roma, enfrentó a la República del Lacio contra Cartago y que, los vencedores o pseudovencedores, es decir los romanos, calificaron con el mayor de los cinismos como “guerras púnicas”, tendrá su clímax en la segunda parte de dichas guerras, y a la que la desvergonzada propaganda de los romanos calificaría, sin circunloquios, como “la guerra de Aníbal”.

El pretexto o casus belli del inicio de las Guerras Púnicas está conformado por la actuación violenta y depredatoria de los mamertinos (su nombre proviene de Mamers, la denominación es alusiva al nombre del dios Marte entre el pueblo itálico de los oscos), que eran una banda de mercenarios itálicos, creada entre diversos soldados de fortuna, provenientes de las gentilidades de los samnitas, los lucanos o los bruttios, todo el conglomerado que será denominado como campanos.

¿Qué rol desempeñaron los historiadores prorromanos, Polibio y Tito Libio en la interpretación de estos eventos? ¿Fueron sus visiones demasiado sesgadas?

Se piensa que la fuente, que sería única para Polibio y Tito Livio, desde el lado romano, podría ser Fabio Pictor. Pero Tito Livio suele citar otras fuentes de las que bebe, tales como: C. Acilio; C. Cuadrigario; V. Antias y, por encima de todos ellos, C. Antípater, que es un historiador muy interesante, ya que escribió una historia en siete volúmenes sobre la Segunda Guerra Púnica, pero que, para nuestra desgracia, se ha perdido en su totalidad, y que se piensa que estaba fundamentada, directamente, en el historiador pro-cartaginés Sileno.

Fabio Pictor sería el senador romano que declaró, cínicamente, la Segunda Guerra Púnica en la Balanza de Cartago.

Sus visiones son claramente dirigidas para justificar el derecho del SPQR a declarar las tres guerras a los africanos.

Es esclarecedor del hecho la definición o descripción de Tito Livio, totalmente manipuladora, sobre Aníbal Barca:

«Cuando había que realizar alguna acción audaz o difícil, no había otro a quien Asdrúbal prefiriese confiársela, ni otro jefe que inspirase a los soldados mayor confianza y coraje. A la mayor capacidad de arrojo para afrontar cualquier peligro unía la máxima prudencia cuando se encontraba sumido en los peligros mismos. Ningún esfuerzo lograba agotar su cuerpo o abatir su espíritu; su capacidad de soportar el calor igualaba a la de su resistencia al frío, su apetito de comida y de bebida era el que le imponía la natural necesidad, no el placer; sus horas de sueño y de vigilia no estaban dictadas por el día ni por la noche, pues daba al sueño el tiempo que le sobraba una vez realizado su trabajo, sin tratar de propiciarlo con una cama blanda ni con el silencio. Muchos fueron los que lo vieron a menudo acostarse en el suelo, envuelto en un capote militar, entre los centinelas y los escuchas. Su vestido en nada se distinguía del de sus iguales, pero sus armas y sus caballos llamaban la atención. Era el mejor de sus jinetes y de sus peones, el primero a la hora de entrar en combate y el último en retirarse al término del mismo. Estas magníficas cualidades de aquel hombre estaban contrarrestadas por sus monstruosos defectos: su inhumana crueldad, su perfidia más que púnica; para él nada valían la verdad, la santidad, el temor de los dioses, los juramentos, la religión. Con esta carga de virtudes y de vicios sirvió por espacio de tres años a las órdenes de Asdrúbal, sin dejar de hacer nada de lo que debe ser hecho o visto por uno que está destinado a ser un gran general».

Aníbal Barca dejó para la posteridad su maestría en el manejo de los ejércitos y su sentido ético de la política

¿Qué legado dejó Aníbal Barca según el autor del libro?

Lo que Aníbal Barca “el Grande” dejó para la posteridad fueron varias cuestiones. Desde su maestría en el manejo de los ejércitos, hasta el sentido de la ética, la dignidad y la honradez en el mundo de la política. Todo ello dentro de unas relaciones familiares fuera de serie. Quizás algunos de sus conciudadanos no estuvieron a su altura, y no consiguió por la oposición vil del grupo de presión de los hannónidas, que se incrementase, como existía en Roma, esa necesaria cohesión social que hubiese permitido plantar cara a Roma con mayor posibilidad de victoria. Su plan frente al SPQR está claro y es antagónico con el de los romanos, cuando dijo, según Tito Livio, que: ‘No vengo a destruir a Roma, sino a luchar por la dignidad y el derecho a existir de Cartago’. Roma, en palabras de Catón “el Censor” siempre dijo aquello de: ‘Ceterum censeo Cartaghinem esse delendam’ o ‘Por otro lado, Cartago debe ser destruida’.

¿Cómo se percibe la figura de Asdrúbal Janto en el contexto histórico?

La juventud de un Aníbal, que no había cumplido la veintena, conllevó que la elección del ejército recayera en el yerno del gran jefe púnico recién muerto, llamado Asdrúbal (zrbl o “Baal ha ayudado”) apodado “el Hermoso”, la opción, sin ningún género de dudas, fue ratificada por la Asamblea del Pueblo de Cartago. Asdrúbal era un brillante militar, no solo como lugarteniente de Amílcar Barca, sino como almirante o navarca de la flota del caudillo Barca. Tenía apoyos políticos importantes en la metrópoli norteafricana, a los que mantenía en su bando con cuantiosas sumas de dinero. Según Cornelio Nepote, quien no pierde ripio para denigrarlo, lo coloca el primero en la lista de los políticos cartagineses en estar encargado de alterar los usos y las buenas costumbres de Cartago, por medio de la corrupción más flagrante:

«Si he citado el nombre de Asdrúbal ha sido porque, una vez muerto Amílcar, fue él quien se hizo cargo de las riendas del ejército, realizó grandes hechos, y fue también él el que con sus donaciones de dinero hizo que los cartagineses se olvidaran de sus antiguas costumbres; después de su muerte el ejército encomendó el mando a Aníbal».

Pero, es obvio, que los historiadores prorromanos se vieron influidos por las maniobras propagandistas del partido antibarca, en la Balanza de Cartago, que, tras la inesperada derrota ulterior de Aníbal “el Grande” en Zama frente a P. Cornelio Escipión “Africano”, había vuelto a tomar las riendas del poder y que, como siempre, se encontraba comandado por el general Hannón “el Grande”.

«La muerte de Amílcar, muy oportuna, y la corta edad de Aníbal aplazaron la guerra. En el período intermedio entre el padre y el hijo, durante casi ocho años ocupó el mando Asdrúbal, que, en la flor de la edad, según cuentan, se ganó primero la voluntad de Amílcar, luego fue promocionado a yerno en atención sin duda a los otros rasgos de su carácter, y como era el yerno, fue puesto en el poder por influencia del partido de los Barca, más que mediana entre la tropa y la plebe, aunque claramente en contra de la voluntad de los nobles. Asdrúbal, recurriendo a la prudencia en mayor medida que a la fuerza, estableciendo lazos de hospitalidad con los reyezuelos y ganándose nuevos pueblos por la vía de la amistad con sus principales más que por la de la guerra o las armas, incrementó el poderío cartaginés. Sin embargo, la paz no le supuso una mayor seguridad: un bárbaro, despechado porque había hecho morir a su amo, le cortó la cabeza públicamente, y, apresado por los que estaban alrededor, con la misma expresión en su rostro que si hubiera escapado, a pesar incluso de ser sometido a tortura conservó tal semblante que, sobreponiéndose con alegría a los dolores, incluso parecía estar sonriendo. Con este Asdrúbal, dado que había mostrado una sorprendente habilidad para atraerse a los pueblos e incorporarlos a su dominio, había renovado el pueblo romano el tratado de alianza según el cual el río Ebro constituiría la línea de demarcación entre ambos imperios y se les respetaría la independencia a los saguntinos, situados en la zona intermedia entre los dominios de ambos pueblos».

Para llegar a lo más alto fundará una nueva ciudad a la que llamará la “Ciudad Nueva” o “Qart Hadasht”, la actual Cartagena o la Cartago Nova, latinizado su nombre por los romanos, a imagen y semejanza de la metrópoli africana de los púnicos. En el año 133 a. C., todavía Polibio pudo contemplar la majestuosidad del gran palacio de Asdrúbal Janto, en la nueva capital, en ese momento histórico ya romana, del Imperio Cartaginés en Hispania.

¿Cómo estaba conformado el ejército cartaginés?

Existían soldados profesionales contratados y pagados por el Estado de Cartago, los maledicentes historiadores prorromanos los calificarán como mercenarios. Serán los causantes de la Guerra Inexpiable tras el final de la Primera Guerra Púnica, en la que Hannón el Grande y la Balanza de Cartago se negó a abonar el dinero pactado y adeudado. Los mercenarios solo se fiaban de Amílcar Barca, quien tuvo que solucionar el grave problema. Existían numerosos soldados de los pueblos conquistados o que pactaban relaciones comerciales con los Barca. Los mejores eran los celtíberos, que Aníbal solía colocar al lado de los celtas, para evitar que estos desertaran o tuviesen comportamientos anárquicos. Eran muy estimados los íberos, que luchaban con unas túnicas blancas, y su rigor y disciplina eran proverbiales.

Los ciudadanos se encargaban de la propia defensa de la metrópoli púnica. Y asimismo ocupaban los puestos medios y superiores como oficiales de mando de la milicia cartaginesa. La caballería númida era muy importante y eficaz. Su mejor caudillo sería Maharbal, primo-hermano de Aníbal Barca. Y, por supuesto, los Barca consiguieron alistar a jóvenes cartagineses en sus tropas, y que formaban parte del partido popular o progresista seguidor de dicha familia. Destacaban las infanterías púnicas creadas ad hoc por los Barca, y que eran los mejores infantes del momento.

¿Tuvo mucha preponderancia la utilización de mercenarios? ¿Algunos como los baleares tuvieron mucha importancia?

Ese es el calificativo, reitero, despectivo y peyorativo utilizado por los romanos, que en realidad deberían ser llamados profesionales. También había tropas africanas de las ciudades púnicas de África, de Leptis Magna o Minor, Útica, libio-fenicios, etc. En Roma los denominaban cínicamente ‘tropas auxiliares’ y eran soldados contratados. En efecto, los honderos y saeteros de las Baleares eran un cuerpo insustituible, muy eficaces y podían ganar batallas. Eran paradigmáticos como artilleros.

¿Qué importancia tuvo el sitio de Sagunto para los habitantes de la península?

La cronología moderna permite un mejor análisis de la cuestión. En primer lugar, probablemente los saguntinos recurrieron a Roma para buscar y obtener su ayuda militar, con la finalidad de poder solucionar las violentas disensiones existentes entre los dos partidos intramuros, uno apoyando una alianza con Roma y otro volcándose hacia la urbe norteafricana, Cartago. Roma, el policía inequívoco del Mare Nostrum, se encargaría de eliminar, manu militari, a los militantes saguntinos del partido pro-cartaginés, lo cual se puede fechar en el verano o en el otoño del año 223 a. C.

Dos años más tarde, los púnicos ya poseen otro comandante en jefe en Hispania, que no es otro que el gran Aníbal Barca, el cual se encuentra en plena campaña militar en el interior de la península hispánica, hasta el invierno de los años 220-219 a. C. Entonces, Sagunto, que observa, desde lo alto de sus murallas, los progresos de los cartagineses en la zona, y que parece ser que están instigando, probablemente, a sus vecinos, contra ellos, sumamente preocupados por la cuestión, va a enviar una embajada, o más de una según Tito Livio, a Roma impetrando su ayuda:

«Los saguntinos despachaban mensajeros a Roma continuamente, porque preveían el futuro y temían por ellos mismos; querían, al propio tiempo, que los romanos no ignorasen los éxitos cartagineses en España. Hasta entonces los romanos no les habían hecho el menor caso, pero en aquella ocasión enviaron una misión que investigara lo ocurrido. Era el tiempo en que Aníbal ya había sometido a los que quería y se había establecido con sus tropas de nuevo en Cartagena, para pasar el invierno. Esta ciudad era algo así como el ornato y la capital de los cartagineses en las regiones de España. Allí se encontró con la embajada romana, la recibió en audiencia y escuchó lo que decían acerca de la situación. Los romanos, poniendo por testigo a los dioses, le exigieron que se mantuviera alejado de los saguntinos (pues estaban bajo su protección) y no cruzara el río Ebro, según el pacto establecido con Asdrúbal. Aníbal, como joven que era, embargado de ardor guerrero, que había tenido éxito en sus empresas, y dispuesto desde hacía tiempo a la enemistad con los romanos, les acusaba ante sus embajadores, como si fuera él el encargado de velar por los saguntinos, de que, aprovechando una revuelta que había estallado en la ciudad hacia muy poco, habían efectuado un arbitraje para dirimir aquella turbulencia y habían mandado ejecutar injustamente a algunos prohombres. Dijo que no vería con indiferencia a los que habían sido traicionados. Pues era algo innato en los cartagineses no pasar por alto ninguna injusticia. Pero al mismo tiempo Aníbal envío correos a Cartago para saber qué debía hacer, puesto que los saguntinos, fiados en su alianza con los romanos, dañaban a algunos pueblos de los sometidos a los cartagineses. Aníbal, en resumen, estaba poseído de irreflexión y de coraje violento. Por eso no se servía de las causas verdaderas y se escapaba hacia pretextos absurdos. Es lo que suelen hacer quienes por estar aferrados a sus pasiones desprecian el deber. ¡Cuánto más le hubiera valido creer que los romanos debían devolverles Cerdeña y restituirles el importe de los tributos que, aprovechándose de las circunstancias, les habían impuesto y cobrado anteriormente, y afirmar que, si no accedían, ello significaría la guerra! Pero ahora, al silenciar la causa verdadera y fingir una inexistente sobre los saguntinos, dio la impresión de empezar la guerra no solo de un modo irracional, sino aun injusto. Los embajadores romanos, al comprobar que la guerra era inevitable, zarparon hacia Cartago, pues querían renovar allí sus advertencias. Evidentemente, estaban seguros de que la guerra no se desarrollaría en Italia, sino en España, y de que utilizarían como base para esta guerra la ciudad de Sagunto».

Tal como nos lo describe el historiador griego prorromano, Roma va a enviar una embajada para parlamentar con Aníbal Barca en Kart Hadasht, durante el invierno del año 220-219 a. C.

Con el típico estilo prepotente de los romanos, van a conminar al generalísimo cartaginés de que estaba obligado a abstenerse de cualquier tipo de acción militar contra los saguntinos. Aníbal Barca se mostró despectivo y recordó a los romanos que no olvidasen que en su día habían intervenido, con toda brutalidad, en los asuntos internos de dicha urbe, asesinando sin el menor escrúpulo a los muchos notables procartagineses y enviando a otros al exilio más ignominioso. Con la típica e inteligente ironía Barca, volvía contra los políticos de la orgullosa urbe del Lacio, los argumentos patognomónicos con los que justificaban, los romanos siempre, su política imperialista.

«Los cartagineses, les dijo, no podían cerrar los ojos ante un atentado así, pues ellos tenían por norma no dejar jamás de socorrer a los oprimidos».

Con todo lo que refiere en su texto, Polibio pretende indicar que el decisivo acto de exigencia de Aníbal “el Grande” fue un error, por haber estado fundamentado en un arrebato pasional, y de esta forma así terminó la guerra de mal para los púnicos.

Aníbal utilizó elefantes para sus conquistas. Usted los asemeja a los panzers alemanes. ¿Por qué?

Es una forma de realizar una sinonimia. Los cartagineses los van a utilizar en Sicilia y contra el cónsul romano (cónsul en los años 267 y 256 a. C.) M. Atilio Régulo, durante la Primera Guerra Púnica. Posteriormente, Amílcar Barca, los utilizaría de forma inmisericorde contra sus mercenarios sediciosos atrapados en el desfiladero de la Sierra o del Hacha y, por fin, el propio Aníbal, por vez primera, contra los carpetanos del río Tajo (año 220 a. C.).

Eran el tótem zoológico de los Bárcidas, y por sus apariciones en las monedas púnicas hispanas se sabe que se trata del elefante selvático o Loxodonta africana cyclotis o Loxodonta atlantica, de 2’40-2’50 m. de altura, con orejas de grandes lóbulos y una importante depresión en la espalda, cabeza alta, trompa anillada y largas defensas. Heródoto los sitúa en el Sur del actual Túnez o en las costas del Marruecos actual o en el macizo del Rif, no lejos de las denominadas como columnas de Hércules.

En la primavera del año 218 a. C., Aníbal Barca cuenta con 27 de ellos. Pero, además de estos elefantes africanos innominados, existía el elefante más valiente y renombrado del ejército cartaginés que va a ser denominado por Plinio “el Viejo”, y proveniente de una cita del valetudinario y atrabiliario Catón “el Censor”, como Syrus-Surus o “el Sirio”. Aníbal lo montará y lo mimará especialmente, tras ser el único superviviente de la batalla de Trasimeno. Los elefantes de Aníbal eran de un tamaño tal que no les permitía cargar una torre de combate, sino que llevaban dos cornacas o guías, que Polibio define como “indos o indoi”, que era el nombre estereotipado aplicado a todos ellos.

«Construyeron un gran número de balsas muy sólidas, ataron fuertemente entre sí a dos de ellas y las adosaron a la tierra firme, a la orilla misma del río; entre ambas tenían una anchura como de cincuenta pies. Por la parte externa de éstas ataron otras que encajaran con ellas, y alargaron así la plataforma hacia el curso del río. Consolidaron el lado de la corriente con cables fijados en tierra, atándolos a los árboles que crecían en la orilla, para que toda la obra resistiera y no cediera, yéndose río abajo. Cuando hubieron construido el conjunto de esta plataforma proyectada hacia delante, de una anchura de dos pletros [30 metros cuadrados], añadieron a las últimas balsas dos más excepcionalmente resistentes, atadas estrechamente, y a éstas otras, de la misma manera, pero de modo tal que las amarras fueran fáciles de cortar. Además, habían fijado a las balsas muchas correas: con ellas los esquifes que iban a remolcar las balsas impedirían que éstas fueran arrastradas por el río, y al retenerlas con fuerza contra la corriente permitirían transportar y pasar a los elefantes sobre tales artilugios. Recubrieron las balsas con mucha tierra, que echaron encima hasta nivelarlas; las allanaron y les dieron el mismo color del camino que conduciría al vado a través de la tierra firme. Los elefantes están acostumbrados a obedecer a los indios hasta llegar al agua, pero en modo alguno se atreven a penetrar en ella. Los indios hicieron avanzar por la tierra apisonada a un par de hembras, que los elefantes siguieron. Así que situaron en las últimas balsas a los elefantes, cortaron las amarras que las unían a las otras, tiraron con los esquifes de los cables y pronto separaron de la tierra apisonada los elefantes y las balsas que los transportaban. Tras esta operación los animales al principio se pusieron a dar vueltas y embestían hacia todas partes; pero, rodeados por la corriente, se acobardaron y se vieron forzados a permanecer en su sitio. De esta manera, atando cada vez dos balsas, hicieron cruzar encima de ellas la mayoría de los elefantes. Algunos, con todo, se lanzaron aterrorizados al río a mitad de la travesía, y ocurrió que sus indios murieron todos, pero los elefantes se salvaron. Pues, gracias a la fuerza y longitud de sus trompas, que levantaban por encima del agua, inspirando y exhalando a la vez, resistieron la corriente, haciendo erguidos la mayor parte de la travesía».

Si los guías perdían el control de sus gigantes que, por causa de sus heridas o por el estrépito de la batalla, se volvían enloquecidos hacia sus propias filas, tenían la orden expresa de rematarlos dándoles la puntilla en la nuca con la ayuda de un punzón y un mazo, este hecho se producirá en la malhadada batalla de Metauro (año 207 a. C.), donde el número de elefantes rematados fue superior al que eliminarían los legionarios de Roma.

«Más elefantes fueron muertos por sus conductores que por el enemigo. Llevaban un escoplo de carpintero y un mazo y, cuando las bestias enloquecidas corrían por entre su propio bando, el conductor colocaba el escoplo entre las orejas, justo donde la cabeza está unida al cuello, y lo hundían con todas sus fuerzas. Este era el método más rápido que había sido descubierto para dar muerte a estos enormes animales cuando no había ninguna esperanza de controlarlos, y Asdrúbal fue el primero en introducirlo. A menudo se había distinguido este comandante en las batallas, pero nunca más que en este caso. Mantuvo arriba el ánimo de sus hombres, que lucharon tanto por sus palabras de aliento como compartiendo sus peligros; cuando, cansados y desanimados, ya no podían luchar más, reavivaba su coraje mediante súplicas y reproches; llamaba a los que huían y con frecuencia reanudó el combate allí donde había sido abandonado. Finalmente, cuando la fortuna de la jornada se mostró decisivamente a favor del enemigo, rehusó sobrevivir a aquel gran ejército que le había seguido arrastrado por la magia de su nombre y, picando espuelas a su caballo, se lanzó contra una cohorte romana. Allí cayó luchando, una muerte digna del hijo de Amílcar y hermano de Aníbal. Nunca, durante toda la guerra, perecieron tantos enemigos en una sola batalla. La muerte del comandante y la destrucción de su ejército se consideró una compensación adecuada por el desastre de Cannas. Murieron cincuenta y seis mil enemigos, cinco mil cuatrocientos cayeron prisioneros y se obtuvo una gran cantidad de botín, especialmente de oro y plata. Más de tres mil romanos, que habían sido capturados por el enemigo, fueron rescatados, y esto supuso cierto consuelo por las pérdidas sufridas en la batalla, pues la victoria no se logró, ciertamente sin sangre; alrededor de ocho mil romanos y aliados perdieron la vida. Tan saciados quedaron los vencedores con el derramamiento de sangre y la carnicería que, cuando al día siguiente se informó a Livio de que los galos cisalpinos y los ligures que no habían participado en la batalla o habían escapado del campo de batalla, marchaban en un grupo sin jefe ni nadie que impartiera órdenes y que una sola ala de caballería podría borrarlos a todos, el cónsul replicó: “Dejad que algunos sobrevivan para que lleven la noticia de su derrota y de nuestra victoria”».

En los inicios de las confrontaciones entre romanos y cartagineses, sus agudos barritados, sus orejas desplegadas en forma de velas, su gran tamaño y su probóscide o trompa que proyectaban hacia adelante entre sus colmillos cuando cargaban, habrían aterrorizado a los legionarios romanos.

Para finalizar, ¿qué relieve tuvo el tratado del Ebro para los hispanos?

Llegamos ahora a uno de los puntos más importantes y controvertidos de la presencia bárquida en Hispania: el tratado Romano – Barca de 226 a.C.

El primer aspecto a tener en cuenta es el motivo que lleva a la firma de dicho tratado. Para Roma las motivaciones estarían claras:

  1. Evitar la posible ayuda de Cartago a las tribus celtas que se aprestaban a invadir la llanura padana, como podemos ver en Polibio. “Pero de momento [los romanos] no se atrevían a exigir nada a los cartagineses ni a hacerles la guerra, porque pendía sobre ellos su temor a los galos, en sus mismas fronteras, y aguardaban su invasión día tras día.
  2. Favorecer a Massilia en sus relaciones comerciales con las ciudades del norte del Ebro como Emporion y Rhode.
  3. Evitar una posible invasión cartaginesa de Italia por tierra. Dejando un campo tan amplio entre los Pirineos y la frontera Barca, Roma se aseguraba una posible expansión al sur de la cordillera y por el norte de Iberia-Hispania y,
  4. Dejando que Cartago explote la Península Ibérica se asegura el pago de las reparaciones de guerra sin el coste que supondría para la urbe del Lacio la explotación directa de este territorio.

Por el lado cartaginés, se formaliza la obra que Asdrúbal y los Barca están llevando a cabo en la Península Ibérica, además, Asdrúbal consigue con este acuerdo un precioso tiempo para afianzar su política y su mando en Iberia, además de dejar tiempo para que madure su idea de venganza.

Por otra parte, la mayor ganancia cartaginesa resultaba ser la ampliación de la frontera marcada por los tratados entre Roma y Cartago desde 348 a.C. Una vez expuestos los motivos para la ratificación de este Tratado por Roma y Asdrúbal, debemos comenzar a resolver los problemas historiográficos que plantea.

Para los hispanos la importancia fue muy relativa, ya que las alianzas de ellos con Roma o con Cartago están claramente subrayadas. El hecho fue la justificación de la relación amoral de Roma para entrar en la guerra por el casus belli de Sagunto.

Evalúe la labor de los Barca en Hispania y en la historia.

En el siglo III a.C., con la presencia de los Barca, triunfó la cultura urbana, que se plasmó en la fundación de nuevas estructuras urbanas, como la ya mencionada Qart – Hadasht (“la Nueva Ciudad”).

Sin embargo, la importancia de esta acción residió más en la estructura a largo plazo del proyecto que en la propia duración, ya que, se organizó todo el territorio del sur y el este peninsulares en torno a otros centros urbanos como Akra Leuke, Carmo, Carteia, el Tossal de Manises (la romana Lucentum), Gadir y otras ciudades fenicias previamente fundadas.

Aunque se discute la presencia cartaginesa en el sureste peninsular antes del siglo III a.C. más allá de los meros intercambios comerciales, la evidencia arqueológica apoya la intensificación de la presencia púnica a partir de 348 a.C. en la zona contestana (entre los ríos Júcar y Segura), tras la firma del segundo Tratado Romano – Púnico.

Esa fecha, 348 a.C., coincide con una gran proliferación de restos arqueológicos, tanto materiales como culturales y de organización territorial, todos ellos fácilmente catalogables como púnicos.

La propia elección del territorio para la fundación de Qart - Hadasht y la construcción de unas estructuras defensivas de factura similar a las de la Metrópoli norteafricana, sólo se pueden comprender gracias a un profundo conocimiento previo del terreno, por fuerza anterior a la derrota en la Primera Guerra Púnica) en al menos un siglo. Por otro lado, la presencia púnica produjo importantes cambios en la estructura territorial ibérica, especialmente en el área contestana, donde es posible ver una fuerte dualidad Costa – Interior en los patrones de asentamiento y la cultura material, produciéndose un fuerte avance de los modelos urbanos. El Área contestana corresponderá a una región denominada como la Contestania, que abarcaría zonas territoriales actuales de Alicante, partes de Valencia, Murcia y Albacete. Este pueblo íbero de los contestanos limitaría por su interior con los bastetanos. En Iberia-Hispania dio poco tiempo para ver sus efectos, pero por la estructura sociopolítica del Imperio de Cartago de respeto comercial a sus conquistas, está claro que nos hubiera ido mucho mejor. La diferencia estribaría en que hablaríamos algo derivado del griego y del púnico. Los Barca fueron esenciales e inmejorables, pero nacieron en una república equivocada, con tensiones enormes entre sus ciudadanos y menor cohesión social que en Roma. Fue una pena que no vencieran ellos.

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