• Diario Digital | Lunes, 28 de Mayo de 2018
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"Llegó el ayer", de Tomás Sánchez Rubio

Hay veces, en las que se presenta un libro de poesía, y lejos de simplicidades, se nos muestra la vida del Universo y sus correspondencias con la Naturaleza con una dialéctica que transporta al lector a otros escenarios más universales (o trascendentales) mediante la indagación en la palabra y en la propia existencia, rompiendo, así, la frase hecha que dice que «escribir poesía es fácil», hasta descubrir la línea de la vida y los ángulos de la muerte. Así, presentamos el reciente libro del sevillano Tomás Sánchez Rubio, que lleva por título "Llegó el ayer", editado por el sello Ediciones En Huida, dentro de la Colección Poesía En Tránsito.

Tomás Sánchez Rubio
Tomás Sánchez Rubio
"Llegó el ayer", de Tomás Sánchez Rubio

Se trata del tercer libro de poemas del poeta y profesor sevillano, después de "Vivir sin tregua" (2001), "Árboles de esperanza" (2015) y del libro de microcuentos "Retazos" (2016). Ahora la esperanza es una forma de reencuentro con el pasado utilizando la tabla del amor. Cuando el hombre deja que vuelva a su vida lo vivido siente la necesidad de catalogar lo propio. Ello provocará una delicia que satisfará al lector que indague a través de los sentidos. Pongamos un ejemplo:

A la manera de postigos

de madera encalada,

esperaba el amanecer de los niños

y sus ilusiones tan llenas

de besos inesperados,

de abrazos azules

y de ese mar pacífico

que alcanzo a divisar desde esta ventana

abierta a la cotidiana esperanza

de un perpetuo otoño

que nos sobrecoge el alma.

Llegó el ayer supone la continuación de Árboles de esperanza (ambos títulos publicados en la misma editorial), pues hallamos el mismo tono optimista y esperanzador que encontramos en su anterior libro de poemas, la misma delicadeza que pone en el estilo, llegando a ser sobrio en algunos momentos y más alambicado en otros; una poética de la esperanza que permite reconocer la escritura del auténtico poeta. En este caso, Tomás ha concebido una especie de corriente-poemario donde el flujo de cada río-poema, ordenados alfabéticamente, deviene en el océano atemporal de la ilusión primera, la de alguien que se siente con el alma henchida de amor.

Llegó el ayer-PortadaLa expresión amorosa es vertida con contención, ajustada, armoniosa y siempre cómplice. Como ha expresado el propio poeta en alguna entrevista de radio, el hecho de que el mensaje llegue directamente a los lectores es una cuestión fundamental. Es, por ello, que selecciona el léxico empleado, cuida las combinaciones tratando que los recursos no ahoguen la idea hasta mimar el ritmo interior. Así, resulta un libro de composiciones cercanas, con momentos cotidianos y domésticos cuyo mundo paralelo espacioso y suntuoso se basa en el sentimiento amoroso.

El poeta abraza el nuevo amor como una forma de retroceder a las ilusiones primeras. Al fin y al cabo, después de las sombras de un amor, la luz llega con el advenimiento de una persona que estrena las estaciones y pone el contador a cero en la visión de la realidad, en un nuevo ángulo de visión. Digamos que en Llegó el ayer percibimos el proceso del amor que provoca el enfoque del pasado, desde el vislumbrar hasta la propia consumación, con una nueva luz, una luz de color: «manos transparentes, / capaces de elevar ayer / todo un árbol de esperanzas» («Silencio y aparte»). Lo que está fuera del amor no tiene importancia, al fin y al cabo: «Son moradas de pena, placeres efímeros / y de otras cosas sin importancia» («Litorales»); o el ser que no vive enamorado «vive con los brazos inmóviles / en una infinita soledad» («Nada»).

Amor y poesía se abrazan como uno de los «universales» machadianos, pero, a diferencia de su compatriota, Sánchez Rubio no dibuja desde la soledad a la amada en el paisaje, sino que disfruta cada instante con ella y del paisaje: «Sigues ahí, / pase lo que pase / a la vuelta del sueño y de la vigilia», expresa en el poema «Tú». Antes de la unión, el sujeto se siente inane («para el sin ti no soy nada», en «Hoy sin ti»). Sepultadas la tristezas, el sujeto renace («Haikus de una nueva viva»). Desde lo inmaterial y superficial la amada regresa para hacerse plenamente corpórea y verdadera: «La carne escondida se estremece, / crepita, gira», en «La piel». Del grito al susurro al pasar cada página dejando el calor de unos brazos tendidos, en el que la palabra poética se muestra centelleante: «Se nota que está porque lo llena todo», en «La marea». Ahí, en ese instante, abrazándose al otro cuerpo encuentra la identidad el sujeto y corresponde con el esplendor de la escritura.

Tiempo y poesía. El tiempo funciona como correlato de movimientos anímicos. El libro se convierte en un conjunto de composiciones emocionales que se suceden. El tiempo tiene un carácter circular: «Me vi otra vez», en «La cosecha». El sujeto poético se siente un hilo deshilachado, aunque hilo esperanzado, pues la esperanza, como reza el dicho, será lo último que se pierda: «Tan solo quiero vivir, / soñar y vivir, / al otro lado…», se dice al final de «Al otro lado». Cuando el foco de se pone en lo corpóreo entonces el pasado parece hacerse algo más grande: «manos transparentes / capaces de elevar ayer / todo un árbol de esperanzas» («Silencio y aparte»). La memoria retorna al pasado en busca de un tiempo feliz («playas de arena dulce y blanca me abrazan los recuerdos») que hile su momento de esplendor con destellos de la felicidad de un niño. Para ejemplificar esta afirmación valdría cualquier verso del poema «Allá en lo alto»:

Me rodeas con brazos de infinitud

y cálidas caricias menudas

como de niño

como de madre.

Como no podía ser de otra manera, el tiempo es presentado como fugaz en los momentos de desencuentros y tristezas («huir por un momento / de las sombras / de mi cuarto») y lento y demorado en los momentos de fulgor  cuando el autor dialoga con su yo, entonces el lenguaje, actúa como un espejo, y se troca en desnudez («y volverás, mi amor, esta mañana / a hacer que florezcan los cerezos»). Por ello, el poeta necesita la tabla del amor, celebrar en cada poema el sentimiento amoroso, para sentirse conscientemente vivo y apartarse de las aguas que le llevarán inexorablemente al fin.

El poeta trata de acercar el versolibrismo, incluso el versículo o verso estirado cuando el poeta necesita contar un suceso

Poesía y prosodia. El poeta trata de acercar el versolibrismo, incluso el versículo o verso estirado cuando el poeta necesita contar un suceso, que vemos en «Cerca del cielo» o en «Diciembre al verso» de ritmo endecasilábico. Lo consigue cuando acerca sus versos a la musicalidad del heptasílabo y del pentasílabo. Muestra de ello pueden ser los poemas «Oración» o «Estío». Cuando el poeta se vuelve conceptual en el lenguaje, los haikus le sirven para congelar cada uno de los instantes contemplados y vividos, como muestran algunos de los «Haikus de una nueva vida»: «Dulces arroyos / con aguas cristalinas / tocan tus manos»; o «Labio con labio / atardecer extraño. / Créame ahora». El poeta alcanza el cenit del lirismo cuando la contención y la sugerencia es practicada con la elipsis, por ejemplo, en los breves poemas «Estío» y «La piel» o en el más extenso, «La cosecha». La mayoría de los poemas muestran el fenómeno métrico de la esticomitia, empleado, tal vez, con la función de que el lector concentre mejor la atención sobre el contenido, salvando los encabalgamientos suaves que se producen en «Al otro lado» o en «Esta tierra», cuando la intención es una idea prolongada que acarrea musicalidad.

El lector que desee acercarse al entusiasmo del momento presente pleno de fulgor sin dejar la caricia de los recuerdos de la infancia, la tabla de amor como sustento para no dejarse llevar por las aguas turbulentas del fin y de la apatía, encontrará en Llegó el ayer un libro que redefine con nitidez la esperanza y la fe en el amor.   

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