• Diario Digital | Miércoles, 23 de Mayo de 2018
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“Mirada de silencio”: el viaje helénico de Miguel Romaguera

José Antonio Mateo Albeldo señala en el prólogo a "Mirada de silencio" que este poemario es una revisión de un opúsculo publicado por Romaguera en 1983. 

“Mirada de silencio”: el viaje helénico de Miguel Romaguera

Entonces, supuso su segunda publicación como poeta, tras Semillas (Síntesis, 1978), y ha esperado casi tres décadas para revisitarlo y reescribirlo, como ya hiciese con su citada primera obra y con Jardín de ida (1984), por el que consiguió uno de los premios literarios más prestigiosos de la Comunidad Valenciana, y me refiero al Ciudad de Valencia Vicente Gaos. Quizás no sea casualidad, pero la publicación de estas tres obras revisitadas fue en el año 2012, por lo que esta fecha podría considerarse refundacional, como un punto de inflexión en su carrera literaria.

Mirada de silencioEste hecho certifica que la madurez como poeta de Miguel Romaguera está de acuerdo a medias con sus primeras publicaciones. Qué duda cabe, el paso del tiempo otorga una nueva perspectiva, más por el proceso vital que por los aprendizajes. Y esto lo sabe muy bien este poeta de Picassent (Valencia), filólogo por vocación y autor de Jardín de ida, el que es, a nivel nacional y en palabras de José Luis Falcó; uno de los mejores poemarios de los últimos tiempos.

Constituido por diecisiete poemas en un continuo sin divisiones, Mirada de silencio remite en su cubierta a un “Páramo en Villaricos”, obra de Miguel García Cano; un paisaje en acrílico sobre madera que representa una costa rocosa y el mar. Y este apunte visual será completado después por los poemas hasta constituir el vaso comunicante entre Grecia y Valencia (España), el mar Mediterráneo como nexo umbilical de una conciencia escindida en el tiempo y el espacio, sino como visión primera de ese mágico viaje que el yo lírico irá realizando a partir del quinto poema por unas idealizadas islas griegas.

En el poema titulado “Lo que dijo el pájaro”, una sombra que cruza sobre las cabezas profiere unas palabras desafiantes: «tú no sabes nada de la muerte»; y nombrando intuitivamente «pájaro» a lo que puede ser la otredad de una entidad como la muerte o una alteridad derivada de su propia mente, el protagonista poemático se dirige al bosque en busca de refugio y recogimiento y allí su mirada hará de la contemplación el diálogo entre sus reflexiones, pasiones, fantasías y experiencias.

El bucolismo es predominante en toda la obra, las descripciones de los paisajes irán trazando analogías con la orografía de ese otro paisaje interior que parece reconocerse en la práctica del Beatus Ille, tópico literario que aquí resulta ser un marco perfecto para la espiritualidad. Así, un campo semántico que conduce al frío en el cromatismo del poema titulado “Mirada de silencio”: invierno, hojas secas, nieve, viento gris perla; nos conduce a un extraño encuentro: «La tierra estaba en los ojos / de un animal que miraba con inocencia». Y es a partir de entonces cuando: « […] escuché otras voces, / reminiscencias, / el bosque lleno de pájaros, / mirando en silencio». El yo lírico que observaba se convierte en lo observado, y esas voces ayudan a pensar en una agitación mental como resorte del posterior proceso ilocutivo.

En los poemas titulados “El jardín de la noche” y “Semejanza” se da el ocaso de esta primera parte de preparación y concienciación al hipotético viaje astral u onírico que vendrá después. Con la noche y el invierno como escenario, el jardín parece constituirse como la frontera entre el mundo real y el plano metafísico y la fusión de la naturaleza con los seres vivos hace que el texto se abra al irracionalismo y simbolismo de una serie de sucesos que ocurrirán en un tiempo mítico: «Las sombras y la hierba / llegaron a ser uno, /el bosque el animal, / el río el pasado futuro. // Donde estaba el jardín / estaba todo fuera de sí mismo».

En el poema titulado “A la vista de Corfú” comienzan a aparecer las referencias al mundo griego. El yo lírico ha trascendido el mar y ya en tierras griegas se encuentra en una primavera: « […] el alma se tornó sustancia / e incidió sobre el cuerpo / hasta darle un sentido / que capté cuando me sentía convertido / en mi misma trascendencia / para el instinto renaciendo […]». Corfú, ciudad de los castillos y Patrimonio de la Humanidad, será el primer contacto del yo lírico con las islas y archipiélagos griegos, lo que a su sensorialidad descriptiva añadirá un evidente culturalismo. A partir de aquí las referencias y alusiones a la cultura y mitología helénicas serán constantes.

El viento, siempre presente como un agente modulador de las formas y coreógrafo de los cuerpos, provoca en el poema titulado “Delos” una toma de conciencia frente a lo desconocido. Pero es en los poemas “Thira” y “El acantilado” donde el poeta manifiesta el sentido último de su viaje: «Dejé de pensar qué miraba. / Dejé de pensar que miraba». La ausencia de una tilde indica el gradual vaciamiento del yo para que la naturaleza y su ejemplo invadan su espacio deíctico: […] una nueva ley / de inteligencias, / otro equilibrio, / más individual. // […] una metamorfosis / que llamamos amor, / crecimiento, una mano tendida hacia la tierra». Sentado al borde del acantilado el yo lírico experimenta el asombro que le produce la grandes de una naturaleza en armonía, por lo que su actitud lo emparenta al haijin japonés que va en busca de un profundo asombro que lo conmueva.

El ideal mensaje del cielo, su inmensidad en armonía con el canto del mar, son asunciones que los poemas entreveran con una memorística reconstrucción del amor. Amor como dación permanente escrito en las olas y en los árboles, amor que provoca ser árbol y ser ola a un yo lírico desbordado por una profunda belleza que lo colma. Por ello, la libertad adquiere relevante importancia. Ser en lo demás, fuera de sí, destierra las servidumbres y preocupaciones.

La parte final del poemario constata una nueva concepción de la vida, una nueva filosofía que une al ser humano con su entorno para vibrar en consonancia. Hay una especie de misticismo, de realismo mágico en los últimos poemas que denotan una apertura a una nueva sensibilidad: «Y en el cielo el clemente oráculo: / el amor / haciendo pensar intensamente. // El sol declinó por oriente. // Entré en la oscuridad más completa». Entregado a los instintos, la noche es la lontananza ideal de esta transformación paulatina. Y llegamos al poema titulado “La existencia”, donde culmina la enseñanza por la contemplación y asunción de lo sagrado: «Todo envuelto en la noche silenciosa. // De súbito el árbol dijo su nombre. // Comprendí la materia, / su extensión cognitiva».

“Adiós desde Turquía” y sobre todo “El Saler” son los poemas en los que esa conciencia adscrita a un entrelazamiento temporal que se vuelve también espacial en la palabra, regresa a su origen con la misma facilidad con que se separó de él. En este caso, un simple cambio de color en las aguas del mar traerá consigo la descripción de un entorno reconocible y familiar que jamás volverá a ser el mismo. La paz y serenidad de la experiencia vivida dibuja un horizonte nuevo en el que las conchas marinas y las olas que las empujan son tan afines entre sí como una nube a un camino.

La poesía de Miguel Romaguera, poeta relacionado con la poesía de la experiencia y actualmente casi retirado de la vida cultural valenciana, es difícil de adscribir a una etiqueta canónica. Sus poemas, escritos en verso libre, rezuman libertad, pero también Intuismo: movimiento cultural artístico-filosófico basado en la intuición, con un trasfondo espiritual. Iniciado a finales del siglo XX por Ian Joseph Garpal, el Intuismo o intuicionismo se distingue por buscar la Verdad o la percepción de realidades no mensurables sin recurrir a la razón. Y mucho de esto tiene este libro de Romaguera, un poeta diferente que no se siente en deuda con nadie y lo demuestra a través de sus palabras.

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