En "Orden Mundial. Geopolítica, tendencias y estrategias", el catedrático de Relaciones Internacionales José María Peredo nos ofrece una obra fundamental para entender el complejo escenario internacional, en el que las dinámicas de poder prevalecen sobre aquellas centradas en la cooperación como herramienta para encarar retos comunes. El mantenimiento de la paz, la reducción del conflicto o la limitación del uso de la fuerza, aspiraciones fundamentales del realismo, se ven rodeadas en la actualidad por un cúmulo de incertidumbres. Tampoco el equilibrio de poder propuesto por Kissinger está garantizado. En consecuencia, el orden liberal del que nos habla Ikenberry, caracterizado por ser abierto (en particular, en lo que atañe a los mercados), basado en reglas y progresista, y que parecía hace no mucho el destino natural de la humanidad tras el final de la Guerra Fría, se halla en una encrucijada: “el orden liberal está conformado por un conjunto de instituciones promovidas por Estados Unidos desde su ascenso a la categoría de gran potencia predominante en 1945 y desde su liderazgo como polo de atracción cultural durante la segunda mitad del siglo XX” (Peredo, 2024, págs. 37-38). En efecto, organizaciones internacionales (por ejemplo, Naciones Unidas) y conceptos propios de ese orden liberal (como soberanía compartida) están amenazados, incluso por aquellos actores estatales, en clara referencia a Estados Unidos, que los crearon, defendieron y buscaron extenderlos, como se deduce del comportamiento mostrado por las dos administraciones encabezadas por Trump. Para comprender este cambio, el profesor Peredo concede un lugar de privilegio a la historia. Se trata de un acierto puesto que le permite explicar la evolución de ese orden internacional, un concepto complejo de definir. Al respecto, la I Guerra Mundial certificó las debilidades del sistema europeo de grandes potencias coloniales (imperios). Con la finalidad de subsanar esta carencia, emergió con fuerza el idealismo del presidente norteamericano Woodrow Wilson basado en la cooperación y en un incipiente multilateralismo para garantizar la independencia e integridad territorial de todas las naciones. Asimismo, poco antes, Theodore Roosevelt había propuesto un internacionalismo de naturaleza conservadora que concebía a su país como “una potencia transoceánica equiparable a la británica, con capacidad de contribuir al mantenimiento del equilibrio, dominadora en el hemisferio occidental, y que debía defender sus intereses en un entorno mundial competitivo” (pág. 31). Sin embargo, del idealismo wilsoniano solo quedó el nombre, tanto por las divergencias que se apreciaron en el interior de Estados Unidos sobre el papel que le correspondía asumir a dicha nación en el escenario internacional, como por la posición intransigente adoptada de las decadentes potencias europeas vencedoras de la I Guerra Mundial. Esto se tradujo en que el orden de Versalles resultó un fracaso total y el liberalismo dejó de ser atractivo en Europa frente al auge de ideologías más radicales. El multilateralismo, simbolizado en la Sociedad de Naciones, fracasó en el periodo comprendido entre 1919 y 1939, no pudiendo evitar la II Guerra Mundial: “si el Congreso de Viena tuvo éxito gracias a la voluntad de las potencias por restablecer el orden alterado por Napoleón, las potencias vencedoras en 1918 no fueron capaces de consolidar fórmulas de actuación colectiva para ejercer la coerción en el débil marco internacional del periodo posterior a la Primera Guerra Mundial” (pág. 62), sentencia Peredo Pombo. Posteriormente, la Guerra Fría impidió que se consolidara un orden internacional más institucionalizado, con Naciones Unidas como organización de referencia. En la posguerra fría, sin embargo, apareció un optimismo desbordante: “entonces la democracia y las tecnologías de la información, junto con los derechos humanos como conjunto de principios universalizables, proyecta un nuevo orden liderado por Estados Unidos, en el cual el resto de los actores internacionales se adaptan e integran” (p.69). Este anhelo encara en el presente numerosas acometidas que el autor enumera y disecciona en profundidad (pandemias, enfrentamiento entre democracias y autocracias, revisionismo procedente de China y Rusia…). Como resultado se ha producido una redistribución del poder, cuyo rasgo más visible quizá sea que China amenaza la hegemonía de Estados Unidos. En efecto, a este tema le otorgó un espacio notable la Estrategia de Seguridad Nacional aprobada por la administración Biden en 2022, subrayando dicho documento que ambas superpotencias podían coexistir, con la ambigüedad que implica este último término. Por otra parte, como sostiene Peredo, la interdependencia impide intuir el rumbo que adoptará el orden internacional en el futuro más inmediato. Lo único tangible es que presenciamos una competición entre grandes potencias, sin que ello deba interpretarse como una desaparición de los valores liberales, aunque se ha reducido de forma significativa el número de los actores que están dispuestos a defenderlos y difundirlos. Puedes comprar el libro en:
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