www.todoliteratura.es
Guillermo Orsi
Ampliar
Guillermo Orsi

Entrevista a Guillemo Orsi: "El goce tardío es más apetecible que los placeres tempranos"

lunes 23 de marzo de 2026, 14:31h

En el mapa de la novela negra latinoamericana, el nombre de Guillermo Orsi ocupa un lugar propio. Con una narrativa seca, afilada y profundamente crítica, ha convertido el crimen en una herramienta para radiografiar las grietas del poder, la corrupción y la fragilidad moral de nuestro tiempo. Ganador del Premio Dashiell Hammett por "Ciudad Santa", Orsi ha demostrado que la mejor novela negra no solo intriga: incomoda y obliga a mirar de frente la realidad.

¿Recuerdas el primer libro que leíste? ¿Y la primera historia que escribiste?

Mis primeras historias aparecieron en la escuela primaria. Se enseñaba por entonces —o, mejor dicho, se desafiaba— a los peques a que redactaran sobre temas diversos, que el calendario escolar distribuía como armas letales a soldados reclutas recién incorporados: La madre, era el predilecto. Del ejercicio temprano de definir a la madre debieron surgir las jaurías de psicoanalistas que puedes encontrar hoy en Argentina, particularmente en Buenos Aires. Y si la madre era en esos textos la suma de todas las virtudes, no lo fue tanto en los míos. Empecé temprano a rebelarme contra las verdades reveladas, no tanto por una personalidad de crítico temprano –tipo Mafalda, el personaje de Quino-, sino porque algo en mí bullía y me llevaba por caminos impensados, que sorprendían a mis maestros. Eso que llamamos creatividad y que en mi infancia diagnosticaban como exceso de imaginación.

Desde entonces y hasta ayer mismo, esos excesos fueron celebrados con la misma energía que sepultados por editores respetuosos del statu quo literario, razón por la cual la enorme mayoría de mis textos giran en el vacío sin encontrar quien se atreva con ellos.

Mis primeras lecturas no fueron las habituales. Conocí al Tigre de la Malasia no por leer a Salgari sino por escuchar sus aventuras en la radio, cada tarde, interpretadas por esos héroes anónimos que daban voz a mundos apasionantes con un par de “efectos especiales” muy rudimentarios y sus voces, actores de los que no conocíamos sus rostros, actrices que imaginábamos las más bellas y de las que nos enamorábamos para toda la vida… hasta verlas, ya mayores, con la inevitable decepción que prodiga el paso del tiempo.

¿Cuál fue el primer libro que te impactó y por qué?

Mi primera lectura literaria fue entonces “Platero y yo”, el borrico lanzado al ruedo de lectura obligatoria en la escuela secundaria, y por el que Juan Ramón Jiménez debió haber cobrado la pasta correspondiente a tanta reedición.

Ya fuera de la escuela, mis lecturas se orientaron a los “comics” o historietas, como las llamamos aquí. Encontré en ellas la acción y las aventuras con las que necesitaba nutrirme tanto como con el vaso de leche y el pan cotidiano. País generoso cuando no es mezquino, Argentina me brindó la oportunidad de internarme en la imaginación de Héctor Oesterheld, creador de “El Eternauta”, junto a la de otros grandes de su época, dibujantes como Solano López, guionistas de la talla de Robin Wood, en publicaciones como “Hora Cero” y otras que renovaron el mercado de las historias gráficas monopolizadas por las revistas de origen norteamericano. En historietas “de guerra” de ese tiempo me enteré de que no todos los alemanes eran nazis, de que no todos los japoneses eran crueles y sanguinarios, y no todos los soldados yanquis eran rubios como ángeles vengadores de tanta injusticia.

Pasó tiempo hasta que acepté que en esas historietas diferentes había literatura. Que valía la pena entonces sentarme a buscar en la palabra escrita las llaves del templo.

Mis verdaderas primeras lecturas llegaron con revistas como “Más Allá”, dedicada a la ciencia ficción, donde me deslumbró “El día de los trífidos” y “Amos de títeres”, entre otras muchas expediciones al asombro sin límites de toda historia original y bien contada.

El cine –el cine de barrio-, con sus jornadas de “tres películas tres” por tarde, alimentó con sus westerns –pelis de “cowboys”, las llamábamos- y pelis de guerra mi regodeo y la ya incontenible necesidad de sentarme a escribir y dibujar mi visión del mundo.

A la hora de elegir oficio dije que quería ser médico. En el aula magna de la facultad de medicina asistí una tarde a un recital de Armando Tejada Gómez, poeta mendocino, enrolado en la canción “comprometida” con el cambio social. La multitud de estudiantes rugía de entusiasmo, la potencia de Tejada, el estallido de imágenes en cada verso me deslumbró. Dejé medicina al año siguiente y me dije “lo mío son las letras”. Voces disonantes me convencieron de que “a ser poeta no se aprende en la facultad”. Para colmo, un tal Jorge Luis Borges era el titular de una cátedra y yo, como muchos de mi generación, habíamos cancelado a Borges por sus ideas políticas. No me alcanzaría el tiempo que me toque pasar por esta vida para arrepentirme de haber sido tan imbécil. Parte de mi penitencia fue descubrirlo a Borges pasada ya mi cincuentena, aunque a veces el goce tardío es más apetecible que los placeres tempranos, expuestos al desgaste de toda una vida.

¿Quién es tu escritor/a favorito/a? Puedes escoger más de uno y de todas las épocas.

Un autor con el que no tuve contradicciones y admiro desde el día lejano en que lo descubrí fue Julio Cortázar. Curiosamente, o no tanto, lo descubrí en una novela, no en Rayuela –“anti novela”, como la consagró la crítica y el mismo Cortázar, sino en “Los Premios”. Ese barco carguero en el que se embarcan los premiados me transportó a un punto ciego, que despoja al punto final de su rol de clausura para convertirlo en una puerta entornada a otra realidad. Esa “otra realidad” estará presente en toda la literatura cortazariana y contamina aún hoy mi escritura, marca mi rebelión a lo establecido como discurso narrativo. Como el Persio de “Los Premios”, llego al final de mis historias sentado en la cubierta del Malcolm, indiferente o reacio a los condicionamientos del realismo. Y es que meter la nariz y elevar la mirada a los astros nos despega peligrosamente de lo verosímil. Todo relato, desde el religioso hasta el distópico, está sometido a las presiones del mercado. Supongo que por eso –no por una decisión explícita- quedo afuera de toda tentación de convertirme en best seller.

Fuera de Cortázar no tengo escritores favoritos. No adhiero a las modas, llego tarde siempre, leo lo que cae en mis manos. Cuando vivía en Buenos Aires recorría las librerías de la calle Corrientes, me llenaba de libros –usados, todos, fueran clásicos o ignotos. Me guiaba el instinto, los primeros párrafos de lo que espiaba en mesas de saldos. Así disfruté de, por ejemplo, Amalia Jamilis, María Angélica Bosco, el gran Germán Rozenmacher, de la saga del peruano Manuel Scorza (Garabombo, el invisible; La tumba del relámpago), De Benedetti, del mejor Vargas Llosa (La ciudad y los perros, La guerra del fin del mundo, Conversación en La Catedral) … qué panzada de libros, en las librerías de viejo de la mítica calle Corrientes te encontrabas con todos, a toda hora y a precios bajísimos. Para un escritor pobre –que siempre lo fui-, el paraíso lector.

¿Alguna manía a la hora de escribir o leer?

No tengo manías ni otra necesidad que un poco de silencio y la posibilidad de abstracción. Puedo escribir en los bares… en rigor, pude hasta que proliferaron los celulares y todos a mi alrededor empezaron a hablar consigo mismos y a los gritos.

¿Cuáles son tus géneros favoritos?

No soy lector de géneros. De hecho, mi experiencia literaria no tuvo nada de negra hasta que recibí un premio en Gijón, en la Semana Negra, por “Sueños de perro”. Había escrito esa historia para competir con un viejo amigo y sacrificado lector de algunos textos míos, Rubén Tizziani, reconocido como una suerte de pionero del género negro en Argentina. El premio y lo que vino después me permitieron publicar con mayor regularidad y hasta cobrar unos euros. Pero mi formación no abrevó en Hammett ni en Chandler.

Si tengo que nombrar a quien influyó en mi literatura, fue Marguerite Yourcenar

¿Qué escritor/a o libro te ha influido en tu trabajo como autor/a?

Si tengo que nombrar a quien influyó en mi literatura, fue Marguerite Yourcenar. “Opus nigrum” y “Memorias de Adriano” me enseñaron a no ocupar espacios en vano y que aún los diálogos son ricas parcelas en las que roturar lo obvio, quitar de raíz el lugar común y sembrar.

Tampoco puedo dejar de nombrar a Antonio Muñoz Molina. Cuando un amigo me regaló “El jinete polaco”, premio Planeta, me dije “gracias por el regalo, pero no acostumbro empacharme con los premios arreglados de antemano como el Planeta. Hasta que una tarde otoño, acorralado por el aburrimiento, le eché mano y no pude ni quise despegarme de ese buen ladrillo. Otros libros de Muñoz Molina me gustaron, como “El invierno en Lisboa”, suerte de historia de un asordinado amor que resuena en los soportales a la manera de “El perseguidor” de Cortázar.

¿Qué estás leyendo ahora? ¿Y escribiendo?

Me preguntas si estoy escribiendo. Es lo mismo que si me preguntaras si estoy respirando. No puedo no hacerlo, es un acto reflejo cotidiano con el que me defiendo de la enajenación de una realidad muy poco atractiva en mi caso. Si no escribiera todos los días cantaría las canciones que escribí, más de un centenar, en tiempos de buena y rica siembra. Las canto a veces, para tormento de los pájaros del barrio. Y escribo relatos, impresiones, opiniones, cuentos breves, con los que dejo huellas en las redes que seguirás encontrando durante mi ausencia.

¿A cuál le tienes más cariño, y a cuál menos?

Mi novela más triste, ya que me hablas de cariño, es “Tripulantes de un viejo bolero”, editada por De la Flor en Buenos Aires y años más tarde, reeditada por Almuzara. La desolación llegaría con “Gentilabismos”, título imposible según una circunstancial agente literaria, que modifiqué muchas veces hasta decantar en “Trenes de lejanías”. Ahí hay una madre, polaca como el jinete de Muñoz Molina, un padre que agoniza en Madrid después de pasar media vida en Argentina, dos hermanos –varón y mujer- y un nazismo incipiente, premonitorio, que dudé en eliminar de la novela, pero insistió en quedarse en ella.

¿Cuántas horas sueles dedicar cuando estás con una novela?

No dedico más de dos horas diarias a una novela, es el ritmo narrativo el que me impone su música, no soy de largo aliento ni tengo un destino, ni un final anunciado, es la prosa que revolotea como pájaros en los jardines o moscas en la basura. Creo que dos horas diarias ya son demasiadas cuando escribes en libertad, sin condicionamientos editoriales ni la pretensión de competir con esos figurones consagrados que afirman, muy sueltos de cuerpo, dedicar a la literatura las ocho horas que marcan como límite las leyes del trabajo.

¿Cómo crees que está el panorama editorial para tantos autores/as como hay o quieren publicar?

Del panorama editorial que se ocupen los editores. Mi experiencia con ellos, lo mismo que con los agentes literarios, no ha sido de las mejores. Cuesta entender que los grandes grupos –en Argentina, Planeta y Random House con sus decenas de subsidiarias- son megaempresas de negocios variados, entre los que editar libros es casi un pasatiempo o una máscara, sobre todo los libros de literatura. Sus intereses pasan muy lejos de las aspiraciones del escritor que se inicia en estas resbaladizas artes, sólo muy de vez en cuando coinciden y siempre el autor queda a merced de políticas editoriales que deciden los directorios.

En Argentina se edita muchísimo más de lo que se vende, lo cual resulta inexplicable para el que nos mira desde afuera. Las nuevas tecnologías han vuelto accesible las ediciones reducidas de 200 a 300 ejemplares en papel y hasta las llamadas “on demand”. Hasta hace no tanto tiempo, una edición debía sacar un mínimo de dos a tres mil ejemplares para justificar los costos. Hoy editar esa cantidad y llegar a venderlos se transforma ya en “best seller”.

¿Planificas las historias al detalle antes de escribirlas o las dejas surgir sobre la marcha?

En cuanto a la planificación de una novela, cada vez que lo intenté, fracasé. Otros autores trabajan metódicamente, siguen una guía que ellos mismos o terceros establecen, y de ella poco y nada se apartan. En mi caso es al revés: una idea, una imagen, un recuerdo, un presentimiento, todo es válido para empezar una frase, un párrafo, una página. Y seguir, o no, cerrar rápido, clausurar la trama y chau la pretensión de novelar. Borges decía que una novela es una acumulación de ripio. Hay mucho dicho y escrito sobre el género, la humanidad podría sobrevivir sin novelas y parece estar demostrándolo porque cada día se lee menos, mucho menos de lo que se habla y de lo que se vende.

Prefiero el cuento, me inicié con él. Todos los fabuladores tempranos arrancamos contando cuentos, propios o ajenos, así llamamos la atención o eso pretendemos, sobre todo en la adolescencia cuando presumimos y pretendemos seducir con una buena historia. Anderson Imbert, Juan Carlos Dávalos, Germán Rozenmacher, Amalia Jamilis, Cortázar, Borges, Tizón… cuentistas y cuentos reunidos por revistas literarias que en Argentina proliferaron durante los períodos democráticos y subsistieron bajo dictaduras. Empecé a publicar cuentos, gané un premio organizado por una librería y editora de la calle Corrientes, se llamaba “Héroe de viento” y se publicó en “Otros trece cuentos”, una antología que compartí entre otros con Osvaldo Soriano, cuando a Soriano y a mí no nos leían ni nuestras abuelas. Volví a publicar, años después, cuando gané el premio Emecé, con “El vagón de los locos”. A propósito del Emecé, era un premio prestigioso entonces, la editorial estaba lejos de convertirse en satélite del grupo Planeta. Tal vez por ser prestigioso y garantizar una buena edición, lo había parasitado Clarín, diario que ese año había decidido que el premio fuera de un poeta jujeño, colaborador del diario. Cuando me lo dieron –por circunstancias que me llevaría varias páginas explicar-, un crítico del diario “La Opinión”, Jorge Laforgue, se apresuró a publicar una reseña calamitosa y a cancelarme como escritor. Esa experiencia temprana en tejes y manejes del mundillo editorial y sus complicidades, me vacunaron contra expectativas desmedidas a la hora de presentarme a otros certámenes.

¿Qué autores/as recomiendas a los lectores/as?

A la hora de recomendar mis lecturas actuales paso de los clásicos y elijo contemporáneos: Juan Ramón Biedma, Carlos Salem, Nicolás Ferraro, José Luis Muñoz, Miguel Molfino, Cristina Fallarás, Empar Fernández… Quien me conoce dirá que recomiendo amigos. Y sí, ¿qué tiene de malo recomendar a los amigos? Claro que tengo amigos que no escriben, son los que se salvan de que los incluya en mi canon.

¿Por qué hay que leer tus libros?

Respondiendo por fin a por qué habría que leerme, el lector promedio puede seguir leyendo sin toparse con uno de mis libros y no sentir que se haya perdido nada que le impida seguir disfrutando de su afición. Si el primer párrafo de una novela es un punto de partida hacia alguna tierra ignota, ese viaje puede ser demasiado breve o interminable. La pregunta es en todo caso: ¿partimos para llegar? Tal vez lo que importa no sea llegar a puerto sino a la escarpada costa, a la tierra vacía, a la isla sin palabras.

¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (0)    No(0)

+
0 comentarios