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Atardecer en Jerusalén con la cruz de Jesús en primer plano, simbolizando momentos de la Pasión.
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Atardecer en Jerusalén con la cruz de Jesús en primer plano, simbolizando momentos de la Pasión. (Foto: Imagen generada por inteligencia artificial – Cibeles AI)

El Cristo

martes 24 de marzo de 2026, 14:31h

Lo sagrado es una revelación de lo misterioso y viceversa. Saber entenderlo sin forzarlo ni manosearlo a conveniencia es saber convivir con ello honestamente. El origen de las palabras revela nuestra dimensión espiritual -con su correspondiente anhelo divino- y por qué somos, ante todo y sobre todo, un animal simbólico.

La palabra 'cristo' significa en griego 'ungido', que es el mismo significado que tiene la palabra hebrea 'mesías'. Hay que entenderlo con el sentido de 'el elegido' para los más altos y poderosos designios. Máxima responsabilidad. Puede que el Ungido conociera el mundo griego -indemostrable- y la doctrina platónica: un cuerpo mortal y un alma inmortal. Puede que el Cristo fuese un sabio con ciencia infusa y Sócrates también, ambos ajusticiados por defender la conjunción de verdad y libertad, es decir, la verdad en libertad, sin los grilletes ideológicos que le ponen los listos que se hacen pasar por sabios. “La verdad os hará libres”. Defensores de una ética universal inspirada en las personas. No somos ganado. No somos títeres manipulables. Defensores de la experiencia viva frente al simulacro.

Intentar resumir la historia del Cristo sería una osadía, porque nada bello puede resumirse, como afirmaba el poeta Paul Valéry. Tampoco hay mucho escrito acerca del personaje histórico por parte de los historiadores antiguos (Tácito, Flavio Josefo) y los Evangelios no se explayan y además incurren en contradicciones. A fin de cuentas, lo que tenemos en excelsitud es literatura necesaria y fortificante, pura vitamina para el espíritu, para pensar en el curandero, el hacedor de milagros. El predicador endiosado de una secta minoritaria. El rabí heterodoxo y el judío aberrante. El agitador de la plebe. El heraldo de los cielos. El gurú atemporal y el profeta definitivo. El mago verosímil al que no se le pilla el truco porque el truco no era otro que el amor, esa blandenguería en tiempos de plomo y oscuridad. El ventajismo -y la mitificación- sobre los hechos pasados y el poso fabuloso que queda tras el curso de lo ocurrido proporcionan una variopinta galería de apelativos y epítetos épicos, el más deseado, el 'Hijo de Dios', el de la fe inquebrantable. El único oficial y condenatorio es 'Rey de los judíos'. El más político de todos. Lo político termina matando en el reino de los hombres con el silencio o la instigación de la religión, que es el meollo primero de la historia de Jesús de Nazaret.

El Cristo sintetiza y la provoca por derecho propio y llevada al extremo de la consecuencia, una marca interior consustancial a nuestra especie que deja cicatrices externas: el deseo de belleza y la nostalgia de Dios o trascendencia frente a la conciencia de la muerte. Sabemos que nos vamos a morir y necesitamos un escapismo intelectual o emocional que nos convenza y nos ayude a asumir el acabamiento innegociable, el dogma de la resurrección de la carne es otra vuelta de tuerca, un premio gordo que busca premiados sublimes para la trascendencia.

El símbolo del 'becerro de oro' es uno de los más certeros y potentes de la Biblia con múltiples variantes, y esa marca sagrada del Cristo, inherente al simio desterrado y melancólico que somos, es la que se ha transfigurado en la sociedad actual en deseo de hedonismo radical e inmediato y en ansias enfermizas de dioses supremos terrestres.

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