Su camino hacia el éxito editorial es el testimonio de una voluntad inquebrantable y una pasión que no entiende de barreras. Antes de que sellos como Planeta apostaran por obras como La mensajera del bosque o Donde habita el miedo, la autora recorrió pueblos y ciudades del País Vasco, Burgos o Madrid en una valiente etapa de autopromoción "puerta a puerta". Presentándose en comercios y estudios de arquitectura, compartía su entusiasmo con cualquiera que quisiera escucharla, construyendo desde la base una comunidad de lectores fieles que hoy la acompañan en su consolidación dentro del panorama literario actual.
Con el lanzamiento de su novela más reciente, Lo nuestro, Maite R. Ochotorena abraza definitivamente su territorio narrativo: ese espacio fronterizo donde lo sobrenatural y lo emocional conviven con una armonía inquietante. En esta nueva entrega, la autora se despoja de miedos y etiquetas para defender una voz melódica y envolvente que explora las supersticiones y el peso del silencio. Para ella, el arte es un ejercicio de libertad absoluta y honestidad radical que, una vez abandonado el nido de sus manos, queda expuesto a la interpretación de quien se atreve a habitar las calles de Barbari.
Vienes de una trayectoria donde lo sobrenatural y lo emocional conviven con mucha naturalidad. ¿En qué momento entendiste que ese iba a ser tu territorio narrativo?
No hace tanto que fui consciente de ello. Hasta ahora lo hacía sin buscarle una explicación o una razón. No ha sido hasta que he escrito Lo nuestro que me he planteado seriamente el porqué. Cuando hablar de ciertas cosas de una determinada manera era en sí mismo ir contra corriente. Creo que ha llegado el momento de perder el miedo a ser yo misma, a expresarme como necesito hacerlo, con mi propia voz. Y esa voz se nutre de esos elementos sobrenaturales. Ahora es cuando sé que es mi territorio, porque he optado por defender mi voz tal y como es, aunque eso no implica que vaya a hacerlo siempre así. Es una cuestión de honestidad. Tenía mucho miedo a no ser comprendida, y aunque eso no me ha impedido expresarme tal y como soy, lo he hecho desde el miedo a no ser aceptada. Soy muy tímida por naturaleza, me manejo mejor en lo introvertido. Aunque he aprendido a abrirme y no lo aparento, me muevo mejor en la intimidad, y lo sobrenatural y lo emocional hacen que me exprese mejor.
En Lo nuestro, el pueblo de Barbari funciona casi como un personaje más. ¿Cómo construiste ese espacio y qué papel juega en la atmósfera de la novela?
Barbari no fue algo consciente, surgió así y se fue dibujando poco a poco, por sí mismo y a través de sus caseríos, que funcionan igual, como personajes, cada uno con su personalidad. Luego me di cuenta de que necesitaba que fuera así, que hablaba por sí mismo del espíritu de quienes lo habitan. Un pueblo se nutre de las emociones y de los sucesos que cuentan su historia; un pueblo no es nada sin aquellos que le dan vida. Pero además, hablando de este libro en concreto, representa ese velo que nubla el entendimiento cuando lo gobierna el miedo. Sus calles, su ambiente, sus caseríos, su orografía, incluso su clima, son la voz de Barbari, se desnuda o se viste con los rumores que lo recorren, vive o muere a merced de las esperanzas y las pesadillas de sus gentes. Su papel es primordial, por cuanto envuelve y canta al lector, ayudándolo a introducirse en sus páginas. Es el narrador, el tono, la música que se escucha, y como tal lo he concebido. A medida que me daba cuenta de ello, lo he ido reforzando más. El sentido de pertenencia a un lugar estaba muy arraigado en la época en que transcurre la historia y lo sigue estando en la actualidad. De hecho, se conocía a las familias por el caserío en que vivían, y no por su apellido, por ese sentido de pertenencia. De ahí también la importancia que le he dado.
Hay una tensión constante entre fe y miedo, entre lo racional y lo inexplicable. ¿Te interesa explorar ese conflicto desde una mirada contemporánea o más bien desde lo ancestral?
La verdad es que creo que ese conflicto sigue existiendo, está muy vigente, aunque parezca que nos estamos alejando de lo espiritual. En el fondo, seguimos comportándonos en base al miedo que nos da lo desconocido, y eso se refleja en el rechazo a todo aquello que no comprendemos, a todo lo que nos obliga a replantearnos nuestros valores y nos provoca “inseguridad”. Nos parecemos bastante a las gentes de la época en la que transcurre este libro. Y esa es la intención, transmitir esa idea, la de que hay cosas que no cambian, que seguimos sintiéndonos muy solos y que nos aterra el cambio y todo lo que no controlamos y nos provoca inseguridad e incertidumbre. Cambiar el pensamiento supone dar un gran salto al vacío. ¿Quién no siente vértigo de pensar en hacerlo?
Tus historias suelen partir de lo íntimo para expandirse hacia lo oscuro. ¿Qué te atrae de esa frontera entre lo cotidiano y lo inquietante?
La búsqueda de respuestas. Sin embargo, lo que más me motiva es que lo oscuro baila muy bien en la intimidad. Lo oscuro se mueve en la soledad, no se presenta en ambientes distendidos, alegres o llenos de vida y sonidos. No aparece cuando nos sentimos acompañados, sino en la soledad, en la vulnerabilidad, en la quietud. Lo oscuro es una mirada hacia dentro, hurga en los secretos, en los rincones donde se esconde la verdad más auténtica. Eso es lo que yo busco con mis libros, respuestas. A veces para obtenerlas hay que descender muy abajo, a veces hay que ir a lugares que no nos gustan. Mirar a la cara a la verdad puede ser duro.
En esta novela aparecen rituales, secretos familiares y una comunidad que se protege desde el silencio. ¿Qué querías decir sobre lo colectivo y sus mecanismos de defensa?
Quería hablar de lo vulnerables que nos volvemos cuando escondemos la verdad, cuando guardamos secretos por temor al que dirán. Proteger esos secretos, aunque sea en familia, nos hace más débiles; aunque parezca lo contrario, nos impide percibir la realidad de una forma más sana. Cuando compartimos nuestras debilidades con otros, sus experiencias, distintas a las nuestras, pueden ayudarnos. El encierro, el silencio, magnifica el miedo y convierte los problemas en monstruos imposibles de vencer.
En comparación con La mensajera del bosque, ¿qué riesgos narrativos sentiste que asumías en Lo nuestro?
La forma en que está narrada, más musical, alejándose un tanto del ritmo trepidante del thriller para sumergirse en un estilo más envolvente, como de cuento, me ha traído muchos quebraderos de cabeza y muchas dudas. Tenía miedo de que la inmediatez en que vivimos, la vorágine de un mundo digitalizado que hace que el lector reclame lecturas más amenas, más sencillas, acabara por condenarme. Sin embargo, yo quiero creer que los lectores tienen una percepción más sensible, que aún perdura el amor por lo emocional, por los relatos más pausados e íntimos. Dado que ese era el tono que necesitaba en este libro, he tenido que apostar por ello. Respetarlo era respetarme a mí misma, mi propia necesidad de contarlo así.
Tus novelas dialogan con el thriller, pero también con lo fantástico y lo simbólico. ¿Te interesa romper las etiquetas de género o sientes que escribes precisamente desde esa mezcla?
Ambas cosas son intencionadas, pues me sirven para romper esquemas y trasladar al lector algunas cuestiones obligándolo a mirarlas desde otro prisma, y al mismo tiempo surgen de forma espontánea. No me gustan las etiquetas, y creo que escribir es un arte, y el arte no entiende de moldes, necesita ser libre para expresarse en cada momento como lo necesite. El arte es libertad, y la libertad debería permitirte transgredir los límites y mezclar géneros y acudir a elementos ajenos al thriller en este caso, si eso enriquece la historia o la dota de una dimensión más sugerente o que me permita a mí, como narradora, expresarme mejor. La libertad también es autenticidad. Cuando te obligan a salirte de la rutina, a probar cosas nuevas, es cuando más aprendes, cuando te enriqueces.
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