La autora reflexiona sobre el acto de escribir desde la vulnerabilidad: qué significa exponerse, cómo se eligen los recuerdos que merecen ser contados y de qué manera el dolor, cuando se pone en palabras, puede convertirse en algo más que una experiencia individual. Su historia no busca excepciones ni grandilocuencias, sino que se construye desde lo reconocible: una infancia atravesada por silencios, afectos incompletos y la búsqueda constante de un lugar propio. Pero también hay en estas páginas una voluntad de reconstrucción. Lejos de quedarse en el relato del daño, Once inviernos y medio propone una mirada hacia el aprendizaje, el amor y las formas en que una vida puede reconfigurarse desde dentro, y nos acerca a ese tránsito del recuerdo a la escritura, y de la herida a una forma posible de sentido. Dices que esta es tu historia, pero escribir siempre implica transformar la realidad. ¿En qué momento Once inviernos y medio deja de ser memoria y se convierte en literatura? Once inviernos y medio nace de mis memorias. Empecé a escribirla para mí, no como un diario, sino como una historia de amor, como las que leía de Federico Moccia o Megan Maxwell. Con la diferencia de que la mía nace de la realidad, de lo vivido. Creo que el punto en el que deja de ser solo memoria y se convierte en literatura es cuando empiezo a darle forma, a ordenar lo que viví y a pensar en cómo contarlo. Ahí ya no escribo solo para mí, sino también para quien lo va a leer. Los poemas puente tienen mucho que ver con esa transformación. Nacieron cuando tuve clara la idea de publicar el libro, y los utilicé como una forma de convertir la historia en algo más literario. Son un suspiro entre capítulos, un espacio para respirar dentro de la intensidad. Hay algo incómodo en leer el dolor ajeno cuando es íntimo. ¿Te preocupa la exposición o ya no escribes pensando en cómo te van a leer? Entiendo que pueda resultar incómodo leer algo tan íntimo, porque al final estás entrando en la vida de otra persona desde un lugar muy vulnerable. Pero nunca me ha importado exponerme. Para llegar ahí, tuve que hacer un trabajo previo conmigo misma mucho antes de plantearme escribir un libro. Fui honesta, primero conmigo misma. Es mi historia, es mi realidad, y no me avergüenzo de ello. Al contrario, me enorgullece. Mi historia forma parte de quién soy. Pero también tengo claro que mi pasado no define mi presente. Mi escritura habla más de quién soy hoy: de lo que transmito, de lo que he aprendido y de cómo he decidido reconstruirme. ¿Qué fue más difícil: recordar o elegir qué recordar? Sin duda, lo más difícil fue elegir qué recordar. Seleccionar entre un abanico de vivencias y volver a vivirlas y sentirlas ha sido un reencuentro con mi niña interior. También ha sido una forma de compararme: de ver cómo era entonces y quién soy ahora. De llorar desde la nostalgia que todo eso despertaba en mí. Por eso creo que Once inviernos y medio se siente tanto. Porque al escribirlo volví a pasar por todas esas emociones. He llorado, he reído y he sentido cada parte de la historia con la misma intensidad. En el libro aparecen silencios familiares muy fuertes. ¿Sentiste que escribirlos era una forma de romperlos o de darles otra forma? Escribirlos ha sido muy liberador. Ha sido una forma de romper los miedos que bloqueaban a mi niña interior, de poner palabras a todo aquello que durante mucho tiempo se quedó en silencio. Pero también ha sido una manera de darles la forma que realmente tenían. De transformar esa rabia en aprendizaje, y ese dolor en empatía. Muchas historias de infancia rota corren el riesgo de repetirse en lo literario. ¿Qué crees que hace que la tuya no sea “otra historia más de dolor”, sino algo propio? Precisamente es una historia más de dolor, y soy consciente de que hay personas que han vivido infancias mucho más duras. Pero también creo que cada historia es única en la forma en la que se vive y se siente. Por muy parecidas que puedan parecer, nunca son iguales. Mi infancia no ha sido de las peores si la comparamos con otras marcadas por el maltrato infantil, las guerras o las enfermedades –entre muchas otras realidades–. Mi infancia en, Once inviernos y medio, es un recordatorio del porqué la figura de Ángel es tan importante. De cómo, en un momento concreto de mi vida en el que me sentía más vulnerable e incomprendida, él me llenó de alegrías y de sueños que antes no tenía. El amor aparece casi como una irrupción que lo cambia todo. ¿Te interesaba contar una historia de salvación o más bien cuestionar esa idea? ¿Cómo se puede cuestionar a alguien que te ayuda a entender y a ver las cosas desde otro punto de vista? Para mí, es un acto de agradecimiento enorme que alguien llegue a tu vida y te aporte nuevas formas de ver el mundo, sin pedir nada a cambio. La historia de salvación, en realidad, la llevo en mí. Porque fui yo quien decidió empatizar, entender mi entorno y hacer algo con todo eso. Ángel me dió herramientas, pero fui yo quien decidió utilizarlas. Al final, creo que ahí está la diferencia: pueden darte mucho, pueden enseñarte, pero el cambio real siempre depende de uno mismo. ¿Hubo algo que decidiste no escribir por lealtad –a ti, o otros– y que, sin embargo, sigue siendo parte de la historia? Todo forma parte de nuestra historia, pero no todo necesita ser contado para ser sanado. Hay cosas que me guardo para mí, no por lealtad a nadie, sino por lealtad a mí misma. Hay momentos que son mi refugio, mis recuerdos más íntimos y llenos de felicidad, a los que me gusta volver cuando el día no está saliendo como esperaba. Como siempre digo a mis amistades más cercanas: lo bueno enseña, pero lo malo enseña el doble. Y eso es lo que quiero transmitir en mis libros: la importancia de trabajarse desde la conciencia, de aprender de las malas experiencias y crecer a partir de ellas. Si alguien de tu familia lee el libro y se reconoce, ¿te da miedo, te da igual o era parte inevitable del gesto de escribirlo? Asumí desde el principio que era parte del proceso mencionar a mi familia. He escrito sobre ellos porque mi familia lo es todo en la vida. Los errores, cuando somos conscientes de ellos y decidimos trabajarlos, nos hacen mejores. No diré que tuve miedo, pero sí respeto. Sabía que escribir implicaba remover cosas del pasado, pero también somos conscientes de que es eso: pasado. Hoy me siento feliz y orgullosa de la familia que tengo. Hemos aprendido los unos de los otros. Porque los padres, aunque a veces se piense lo contrario, también aprenden de sus hijos. Son personas, no robots. Y los hijos tampoco somos fáciles… hasta que tenemos uso de razón de la realidad adulta. Puedes comprar el libro en:
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