“Platero y yo”: Una de las cumbres absolutas del poema en prosa y de la prosa lírica en lengua española. V miércoles 02 de septiembre de 2026, 11:10h
Retrato de una etnia: Los húngaros. Sin perder su asombrosa capacidad lírica, no todos los capítulos de “Platero y yo” ofrecen una visión idealizadora de las realidades descritas y/o narradas. Tal es el caso, por ejemplo del capítulo XXXIII, titulado “Los húngaros”. Como sobrevolando el texto, se advierte la preocupación del autor por la pobreza e ignorancia de las gentes -los húngaros son, en este caso, el mejor exponente de la falta de educación y cultura del pueblo, simbolizada, quizá, en esta escena: “el chiquillo se orina en su barriga”, reforzada con el símil “como una fuente en su taza”-, que contrasta con la belleza natural que encierra el pueblecito de Moguer y su entorno. Sin más preámbulos, transcribimos el texto y ofrecemos su comentario.
Los húngaros Míralos, Platero, tirados en todo su largor, como tienden los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera. La muchacha, estatua de fango, derramada su abundante desnudez de cobre entre el desorden de sus andrajos de lanas granas y verdes, arranca la hierbaza seca a que sus manos, negras como el fondo de un puchero, alcanzan. La chiquilla, pelos toda, pinta en la pared, con cisco, alegorías obscenas. El chiquillo se orina en su barriga como una fuente en su taza, llorando por gusto. El hombre y el mono se rascan, aquel la greña, mur murando, y este las costillas, como si tocase una guitarra.
De cuando en cuando, el hombre se incorpora, se levanta luego, se va al centro de la calle y golpea con indolente fuerza el pandero, mirando a un balcón. La muchacha, pateada por el chiquillo, canta, mientras jura desgarradamente, una desentonada monotonía. Y el mono, cuya cadena pesa más que él, fuera de punto, sin razón, da una vuelta de campana y luego se pone a buscar entre los chinos de la cuneta uno más blando.
Las tres... El coche de la estación se va, calle Nueva arriba. El sol, solo. —Ahí tienes, Platero, el ideal de la familia de Amaro... Un hombre como un roble, que se rasca; una mujer, como una parra, que se echa; dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza, y un mono, pequeño y débil como el mundo, que les da de comer a todos, cogiéndose las pulgas...
Juan Ramón Jiménez: Platero y yo (Elegía andaluza), XXXIII.Madrid, Ediciones La Lectura, Serie Biblioteca de Juventud.
Apoyo léxico. Largor. Longitud. Cisco. Carbón muy menudo de origen vegetal que se utiliza para alimentar los braseros. Alegorías obscenas. Imágenes ofensivas al pudor. Greña. Cabellera revuelta y mal compuesta. Con indolente fuerza. Manifestando dejadez y apatía a la hora de ejercer la fuerza que la percusión requiere. Pandero. Instrumento rústico formado por uno o dos aros superpuestos, de un centímetro o menos de ancho, provisto de sonajas o cascabeles, y cuyo vano está cubierto por uno de sus cantos o por los dos con una piel muy lisa y estirada. Se toca haciendo resbalar uno o más dedos por ella o golpeándola con ellos o con toda la mano. Desentonada monotonía. Igualdad de tono en la voz desafinada. Fuera de punto. Fuera de lugar, sin venir a cuento, sin hacer al caso. Chino. En Andalucía, piedra pequeña. Con sorprendente dureza crítica, y recurriendo continuamente a símiles para dar al texto una mayor fuerza plástica, Juan Ramón Jiménez nos presenta “el ideal de la familia de Amaro” -los húngaros-, que llegan a Moguer y malviven como artistas ambulantes, y en cuyo espectáculo callejero tiene especial relevancia -porque “les da de comer a todos”- un mono de costumbre tan vulgares como cualquiera de los miembros de dicha familia. Queda de manifiesto en el texto la degradación física y moral del ser humano, lograda mediante el empleo de hábiles recursos retóricos que pretenden insuflar al texto un cierto tono lírico. Así, por ejemplo, la cosificación -que reduce a la condición de cosa aquello que no lo es-, que se ceba en el sucinto retrato de la muchacha: es una “estatua de fango”, y con “desnudez de cobre”, apenas cubierta con “andrajos de lanas granas y verdes” (adviértase la eufonía de la aliteración del fonema vocálico /a/, y como si de verso se tratara, la rima interna consonántica /-ánas/), y cuyas manos son “negras como el fondo de un puchero”; la chiquilla es, además, “pelos toda” (y ahora hay que reparar en que el nombre al que modifica el adjetivo cumple todos los atributos que se asocian con un prototipo; es decir: muchacha con una mata de pelo revuelto). Y junto a la cosificación, la animalización -proceso embrutecedor por el que las personas quedan reducidas a la condición de animales-, presente ya en las primeras líneas del texto, en las que aparecen los húngaros “tirados en todo su largor, como tienden los perros cansados el mismo rabo, en el sol de la acera”, así como en el símil “igual que un mono”, en referencia a la forma en que se rasca el hombre que toca el pandero con desgana. Y a la cosificación y animalización hay que añadir la vegetalización -que ahonda en la insensibilidad de las personas, convertidas en vegetales-; y así, los símiles del hombre, “que es como un roble”, y de la mujer, que es “como una parra”. Y no es solo la comparación de lo humano con lo animal y con lo vegetal uno de los rasgos que contribuyen a crear la atmósfera degradante del texto: el escritor va más allá, y para completar el cuadro de la degradación humana, otorga al mono características humanas (el mono se rasca las costillas “como si tocase una guitarra”, y “les da de comer a todos” con su trabajo. Y para completar “el ideal de familia de Amaro” en lo moral, habría que reparar en la velada alusión endogámica que se esconde en esta percepción del escritor: “dos chiquillos, ella y él, para seguir la raza”.
“Los burros del arenero”: la dura explotación de los burros de carga en Andalucía.
Los burros del arenero
Mira, Platero, los burros del Quemado; lentos, caídos, con su picuda y roja carga de mojada arena, en la que llevan clavada, como en el corazón, la vara de acebuche verde con que les pegan... Apoyo léxico. Los burros del arenero o del Quemado. El Quemado es un paraje rural situado en el municipio onubense de Moguer. De allí se extraía arena rojiza (hablando con propiedad, “arenero” y “arenal” no son palabras sinónimas, aunque Juan Ramón aquí emplea “arenero” con el significado de “arenal”) que eran transportada por burros a Moguer y se empleaba en la construcción de sus casas. Picuda. Que tiene forma de pico. Acebuche. Olivo silvestre; madera de este árbol. En este capítulo -el CXXX, el más breve de lo 138 que conforman “Platero y yo”-, Juan Ramón Jiménez, por medio de una oportuna selección léxica a base de términos con sentido negativo -Quemado, lentos, caídos, picuda, carga, mojada, clavada, vara, acebuche verde (que hace más daño), pegan-, persigue la conmiseración del lector hacia unos animales sometidos a una dura explotación y tratados con crueldad. En el fondo del texto late el contraste entre la vida placentera de Platero y la de estos otros burros obligados a ejercer un trabajo forzado y doloroso, y soportando además un implacable maltrato. La fonética del vocabulario empleado, con la aliteración del fonema velar /k/ (grafías c/dígrafo qu) ayuda a crear la atmósfera de violencia que el contenido tratado requier (los burros son estimulados con golpes de vara de acebuche): Quemado, caídos, con, picuda, carga, que, clavada, como, corazón, con, que. El textos comienza en forma de apostrofe lirico: el poeta se dirige a Platero como si de un ser humano se tratara, y lo hace apoyándose en la función conativa de la lengua: “Mira, Platero”; un verbo de percepción sensorial con la carga semántica atenuada, en imperativo, seguido de un vocativo. La construcción asindética a base de adjetivos (“lentos, caídos…”) dilata el ritmo narrativo, para hacer más perceptible el andar fatigado de unos burros exhaustos; y, por otra parte, la adjetivación, fuertementwe descriptiva, añade elementos táctiles (“mojada arena”) y cromáticos (“vara de acebuche verde”; una vara que tradicionalmente es símbolo de opresión) que acrecientan el dramatismo de la escena: se visualiza el abuso físico de que están siendo objeto estos burros. Más aún: las heridas físicas que produce la vara que llevan dibujada en la piel llegan a lo más profundo de los animales; y de ahí la eficacia del símil “como en el corazón”: de la herida física se ha pasado a la anímica, en un proceso de absoluta humanización). Leído el texto, cabe preguntarse hasta qué punto Juan Ramón Jiménz considera la literatura solo como placer estético o, más allá de esta función, desempeña también un papel catártico, en el sentido de que sirve, asimismo, para despertar la conciencia moral de los lectores en busca de su mayor perfeccionamiento moral, incitándoles a ponerse del lado de los más vulnerables socialmente. La respuesta se halla en “Los burros del aranero”, y en otros muchos capítulos de “Platero y yo” si lee el libro con espíritu crítico, además de como solaz literario. Juan Ramón Jiménez explicó que Platero existió en realidad, pero que no fue único burro, sino la síntesis de muchos: “Yo tuve de joven varios. Todos eran plateros (de color plata). La suma de todos mis recuerdos con ellos me dio el ente [el personaje] y el libro”, según palabras del poeta que recoge la Casa Museo en su página web. Puedes comprar el libro en:
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