[Sigüenza se reencuentra con un lugar en el que estuvo hace muchos años”].
El lugar hallado
Acabo de descubrir un lugar delicioso dormido entre los años […]», pronunciaba Sigüenza asomándose de puntillas a un jardín de escombros. Nadie. El silencio con el aliento de todo. Cuando llegó, se escaparon los ruiseñores, las golondrinas, los mirlos. Se sentía caer los jazmines, crujir los finos nervios de las plantas, esconderse los grandes lagartos de piel deslumbradora y glacial como una seda húmeda y bordada. Poco a poco volvieron los pájaros; se asomaron las salamandras al sol verdoso de las piedras; se recalentaron las cigarras; las golondrinas se pusieron a espulgarse en un ciprés seco, y en cada jazmín sonó una abeja... [...] Siete cipreses en hilera, pero nada más quedaban dos con follaje macizo; los otros estaban descarnados en su leña. Era menester arrancarlos, y de sus troncos se labraría Sigüenza una mesa, un ropero y un arcón. Frente al portal, dos adelfos que arriba se juntaban en un techado de hojas duras y de flores rojas. Dentro de la sombra da un poco de angustia; nuestra piel se comunica de la amargura que hincha las cortezas del baladre. Un jazminero cegaba las rejas y la mitad del muro. Lo plantarían cuando edificaran la casa, hace setenta, noventa, cien años... Hace mucho tiempo también que se derrumbó del peso de sus sarmientos y biznagas, y sigue verde y tierno. Es una masa torrencial, inmóvil, de olores virginales. Toda la tierra del contorno está mullida de nieve de la flor. El aire se cuaja de un perfume de novia, muy bueno, pero tanto que la novia se multiplica en un palomar de doncellas que nos ahoga de suavidad. Las sienes y los párpados de Sigüenza se le traspasaban de olor. Se le precipitó la disnea de beber ese olor sensual de castidad. Otro viejo elemento de hermosura de aquel recinto era un laurel. Sigüenza se recostó en el tronco liso del laurel. Le parecía tocarlo íntimamente en cada frutilla, en cada arista de hoja, brote por brote. Todo su conjunto le latía en su vida, fresco, tierno, definitivo y eterno. Laurel con todos sus méritos de belleza para que un dios lo haga suyo, pero laurel del todo vegetal, sin predestinaciones a temas mitológicos y alegóricos [1]. Árbol con todas las virtudes, antes de servir de símbolo de las demás, antes de servir para nada y sin cuidado de que aproveche a nadie. Se ha criado libre, puro y bello, sin que se espere de él más que eso: que viva grande, hermoso y recogido. Y este laurel no es sólo su tronco y su copa que tienden un paño húmedo y azulado de umbría, sino que es también su retoñar a borbollones que hiende la tierra y sale por la escombra y revienta por el tapial, multiplicándose barrocamente la planta sin perder su unidad clásica. Está en sí mismo y traspasando las losas y trasfundiendo su tono de serenidad en la convivencia de los cipreses, de los adelfos, del jazminero, y en un bancal escalonado de naranjos con lindes de parras y rosales. Todo había de acoger en medio, como fondo suyo, una casa lisa y blanca. Allí tiene Sigüenza la casa, con sus poyos, pero ya morena de sol y de años, cerrada y muda. Levántase Sigüenza necesitando tocarla para sentir el tiempo en sus sillares. Se promete derribarla y obrarse otra; pero guardará para la nueva las rejas, el herraje de la cerradura y el aldaboncillo de figura de dragón con las orejitas tiesas como si escuchara siempre resonar en lo profundo su propio repique. Es posible que Sigüenza haya pensado en la granja de Horacio, tan codiciada por los contemporáneos del poeta, y desde entonces por todos los poetas del mundo. Refiere Capmartín de Chaupy que descubrió la casa horaciana [2] parándose, volviéndose, contradiciéndose en su ruta, saliéndose del camino real, internándose espontáneamente por atajos y senderos íntimos. Pues lo mismo Sigüenza. Lo mismo, pero sin buscar, sin indagar, sin proponerse ninguna docta pesquisa. Sigüenza iba por la carretera que atraviesa rinconadas, planteles y josas, y, de improviso, pásase del suelo apacible a la quebrada. Surgen también entre los oteros las encendidas apariciones del Mediterráneo. Y se le presentó una vereda que se escondía de un brinco y que del ocio criaba hierba. La siguió, y la dejó por otra más abrupta. Subió unos escalones de hortal con muros rotos. En el fondo estaba ese jardín de familia tan abandonado, tan suyo. Nadie. Pero de repente crujió la seroja que empastaba el suelo, y entre los pilares caídos donde hubo una verja mostrose un labrador con su azada en el hombro, que le sonrió a Sigüenza saludándole con su nombre. ¿Le conocía? Y Sigüenza también le sonrió. En presencia de las realidades que interrumpen la suya, Sigüenza siempre sonríe un poco por si acaso... -¿Usted es quizá el amo de este huerto que yo acababa de descubrir? -¿El amo? Yo soy el jornalero. […] Este huerto lo tenía [el amo] para pasar los lutos y las fiestas de la Virgen de Agosto y las de San Francisco, en octubre. La señora de tan gruesa semejaba baldada y no podía subir a sus heredades de la sierra. Aquí llegaba en una borrica muy mansa, con silla y almohadón, y aquí venían las familias principales del pueblo; los domingos de mayo tomaban fresas y cogían rosas, y los domingos de invierno, chocolate con pastas de candeal que amasaba mi madre, y también cogían rosas. Siempre había rosas. Buen amo y buen ama, que rezaban con nosotros. Han muerto muy viejos. Todavía los recordará usted. -¿Yo? -Los recordará usted, porque hace muchos años, cuando no había carretera, usted vino aquí una tarde, por una senda, entre las bancaladas... -¿Yo estuve aquí una tarde? Y Sigüenza se vuelve hacia sí mismo preguntándoselo y mirándose con recelo. Se sosegó diciéndose que, a la postre, había hallado, creado y poseído el lugar que otros no sabían poseer. Pero, de todos modos, Sigüenza no había descubierto nada, como algunos grandes hombres.
Gabriel Miró: Años y leguas. Barcelona, BibliotecaBásica Salvat (BBS), núm 69. 1970. Mariano BaqueroGollanes, editor literario. [Se han suprimido del textooriginal los pasajes de carácter narrativo].
Apoyo léxico. Jardín de escombros. Jardín arruinado, que no ha sido cuidado durante largo tiempo. Nervio. Haz fibroso que, en forma de hilo o cordoncillo, corre a lo largo de las hojas de las plantas por su envés, comúnmente sobresaliendo de su superficie. (La voz nervadura designa el conjunto de nervios de una hoja). Espulgarse. Limpiarse de piojos. Techado. En el contexto, parte superior que, a modo de cubierta, resguarda una zona. Baladre. Adelfa (o adelfa). Arbusto venenoso, muy ramoso, de hojas persistentes semejantes a las del laurel, y grupos de flores blancas, rojizas, róseas o amarillas. Sarmientos y biznagas. Tallos y hojas con ramilletes de jazmines. Torrencial. En el contexto, abundante en exceso. Mullida [la tierra]. Esponjada, de forma que resulta blanda y suave. Cuajarse. Llenarse, poblarse, abarrotarse. Disnea. Dificultad para respirar como resultado de la falta de aire. (El vocablo está empleado en sentido metafórico y, por el contexto, no implica una sensación subjetiva de malestar, sino gratas connotaciones provocadas por el ambiente: “Se le precipitó la disnea de beber ese olor sensual de castidad”). Umbría. Parte del terreno que suele estar en sombra. Retoñar a borbollones. Volver a echar vástagos una planta de manera repentina y con fuerza. Hender [la tierra]. Agrietarse, cuartearse. Escombra. Lugar con desperdicios y basuras. Tapial. Pared hecha con tierra amasada y armazones. Trasfundir. Traspasar, transferir. Barrocamente. De forma excesivamente recargada. Bancal. Rellano de tierra que se hace en un terreno pendiente, y que se aprovecha para el cultivo. Poyo. Banco de piedra u otra materia arrimado a las paredes, ordinariamente a la puerta de las casas de zonas rurales. Sillar. Piedra labrada, por lo común en forma de paralelepípedo rectángulo, que forma parte de un muro en el que cada uno se asienta sobre otros formando hileras. Obrarse. Construirse, edificarse. Pesquisa. Indagación, investigación. Rinconada. Ángulo entrante que se forma en la unión de dos caminos. Plantel. Zona en la que se crían plantas. Josa. Huerto sin cerca plantado de vides y árboles frutales. Quebrada. Hendidura de un terreno. Hortal. Huerto (voz en desuso). Seroja. Hojarasca seca que cae de los árboles. Empastar. Formar una pasta. Baldado. Muy cansado, agotado físicamente. Heredad. Hacienda de campo. Bancalada. Conjunto de bancales formando terrazas. (La voz es de carácter local). A la postre. Al fin. En este texto, lo de menos es la anécdota que contiene -el redescubrimiento por parte de Miró/Sigüenza de su antigua y abandonada casa familiar, enclavada en un auténtico vergel-. Lo realmente destacable es la categoría literaria de una prosa impresionista que constituye un halago para los sentidos -Miró posee una especial agudeza para captar el mayor número posible de estímulos sensoriales y verterlos armónicamente ordenados en una prosa de equilibrada fluidez-; una prosa en la que no pasa desapercibida la exquisita sensibilidad que refleja la adjetivación empleada, la originalidad de las imágenes -que revelan el profundo sentido estético de Miró-, la continua humanización de la naturaleza que tiñe de emotividad todo el texto, así como cuantos elementos le dan al cuadro plasmado un fuerte color local. Y todo ello aderezado por una morosidad descriptiva obtenida por medio de una eficaz conjunción de una amplia gama de recursos lingüísticos sabiamente manejados. Empecemos por la adjetivación. Pocos son los nombres acompañados de un único adjetivo, por lo general, pospuesto: lugar delicioso, sol verdoso, ciprés seco, follaje macizo, hojas duras, flores rojas, olores virginales, olor sensual, tronco liso, unidad clásica, bancal escalonado, orejitas tiesas, senderos íntimos, suelo apacible, muros rotos, pilares caídos, borrica mansa... Algunos de estos adjetivos desentrañan valores fuertemente connotativos y originan delicadas sinestesias: lugar delicioso, olores virginales, olor sensual, senderos íntimos, suelo apacible. En cambio, las anteposición del adjetivo al nombre es menos frecuente, aunque alcanza una innegable expresividad por su carácter enfático: finos nervios, grandes lagartos, viejo elemento, docta pesquisa, encendidas apariciones, buen amo y buen ama. Sin embargo, Miró prefiere las parejas de adjetivos: piel deslumbradora y glacial; seda húmeda y bordada; masa torrencial, inmóvil; temas mitológicos y alegóricos; paño húmedo y azulado; casa lisa y blanca; y, en un par de ocasiones, con función predicativa: el jazminero … sigue verde y tierno; la señora de tan gruesa semejaba baldada. Otras veces, es una triada de adjetivos los que acompañan al nombre, equilibrando el ritmo de la frase: “[El laurel] se ha criado libre, puro y bello, sin que se espere de él más que eso: que viva grande, hermoso y recogido”; “la casa, ya morena de sol y de años, cerrada y muda”). E incluso cuatro adjetivos consecutivos pueden funcionar como predicativos: “Todo su conjunto le latía [al laurel] en su vida, fresco, tierno, definitivo y eterno”. Esta adjetivación, en definitiva, detiene el avance de la prosa y difunde en ella una sensación de sosiego, a la vez que, desde una perspectiva semántica, aporta esa humanización del paisaje que es tan característica de Miró. La abundancia de gerundios, muchos de ellos en construcción pronominal (asomándose, traspasando, trasfundiendo, necesitando, parándose, volviéndose, contradiciéndose, saliéndose, saludándole, preguntándoselo, mirándose, diciéndose), y a veces combinados con adverbios en -mente (multiplicándose barrocamente; internándose espontáneamente) aportan también lentitud a la expresión. Pero son, sin duda, las construcciones paralelísticas en las que se coordinan, como unidades funcionales, triadas -en este caso- de elementos, las que aportan al texto un ritmo pausado y armónicamente equilibrado, propio de la prosa poética. Los ejemplos pueden multiplicarse:
“Cuando llegó se escaparon los ruiseñores (A), las golondrinas (B), los mirlos (C)”. “Se sentía caer los jazmines (A), crujir los finos nervios de las plantas (B), esconderse los grandes lagartos de piel deslumbradora y glacial (C)”. “Poco a poco volvieron los pájaros (A); asomaron las salamandras al sol verdoso de las piedras (B); se recalentaron las cigarras (C)”. [Adviértase el perfecto equilibrio de las oraciones yuxtapuestas, con sujetos pospuestos a los verbos intransitivos]. “De los troncos [de los cipreses] se labraría Sigüenza una mesa (A), un ropero (B) y un arcón (C)”. “Lo plantarían [el jazminero] cuando edificaran la casa, hace setenta (A), noventa (B), cien años (C)”. “Está en sí mismo [el laurel] y traspasando las losas y trasfundiendo su tono de serenidad en la convivencia de los cipreses (A), de los adelfos (B), del jazminero (C), y en un bancal escalonado de naranjos con lindes de parras y rosales”. [Hay, además, en esta oración, construcciones bimembres: “traspasando y trasfundiendo”, “lindes de parras y rosales”]. “Guardará [Sigüenza] para la nueva [casa] las rejas (A), el herraje de la cerradura (B), y el aldaboncillo de figura de dragón con las orejitas tiesas (C). “[Capmartín de Caupy] parándose (A), volviéndose (B), contradiciéndose en su ruta (C), saliéndose del camino real (a), internándose espontáneamente [b] por atajos (a') y senderos (b') íntimos”. [Se han indicado las bimembraciones que acompañan a la triada de gerundios, formadas por otros dos gerundios (saliéndose, internándose), el segundo de los cuales lleva un doble complemento preposicional (por atajos y senderos íntimos”). Por otra parte, los cinco gerundios se presentan en construcción pronominal espontánea de carácter enfático]. Sigüenza iba por la carretera que atraviesa rinconadas (A), planteles (B) y josas (C)”. “A la postre, [Sigüenza] había hallado (A), creado (B) y poseído (C) el lugar que otros no sabían poseer”.
Por otra parte, la descripción que efectúa Miró de la naturaleza tiene una extraordinaria fuerza plástica: los siete cipreses en hilera, de los que solo dos mantenían un frondoso follaje, mientras que los otros dos “estaban descarnados en su leña”; los dos adelfos que formaban una cubierta “de hojas duras y de flores secas”, a modo de techado; el jazminero, todavía “verde y tierno”, tapizando un muro medio derruido por “el peso de sus sarmientos y biznagas”, que despedían un aromático perfume de embriagadora “suavidad”; el bellísimo laurel, que proyectaba una umbría “húmeda y azulada”, capaz de “retoñar a borbollones […], multiplicándose barrocamente”; y junto al laurel -que aporta “su tono de serenidad en la convivencia de los cipreses, de los adelfos y del jazminero”, dispuestos en terrazas escalonadas, “naranjos con lindes de parras y de rosales”. Efectos cromáticos y olorosos saturan, pues, un ambiente en el que tampoco faltan las sensaciones auditivas de sonoridad más bien apagada, pero que rompen el tranquilo silencio que preside ese “lugar deleitoso”, ajeno al bullicio de la gente: el crujir de las plantas, el zumbido de las abejas en los jazmines, el resonar del repique de la aldaba, el crujido de la hojarasca seca que afelpa el suelo...; y, por supuesto, los tenues sonidos provocados por los desplazamientos de los animales, sorprendidos por la presencia de Sigüenza (ruiseñores, golondrinas, mirlos, salamandras, cigarras...) en un jardín del que el paso del tiempo -con el consiguiente abandono- no ha terminado por arrancar del todo su pujanza vital. Con todo, es la gran belleza de las imágenes la que aportan al texto una innegable originalidad: unas veces es el acierto poético de las comparaciones (“Se sentía […] esconderse los grandes lagartos de piel deslumbradora y glacial como una seda húmeda y bordada”; “el aldaboncillo de figura de dragón con las orejitas tiesas como si escuchara siempre resonar en lo profundo su propio repique”; “La señora de tan gruesa semejaba baldada y no podía subir a sus heradades de la sierra”); otras veces es el esteticismo de un lenguaje metafórico que crea un ambiente de inmarcesible hermosura; “Toda la tierra del contorno está mullida de nieve de la flor [del jazminero]” [3]; “El aire se cuaja de un perfume de novia, muy bueno, pero tanto que la novia se multiplica en un palomar de doncellas que nos ahoga de suavidad. Las sienes y los párpados de Sigüenza se le traspasaban de olor. Se le precipitó la disnea de beber ese olor sensual de castidad” (el blanco del jazmín se asocia con la pureza de la novia; y la fragancia que despide le permite a Miró elaborar una imagen tan sorprendente como esta: “Se le precipitó [a Sigüenza] la disnea de beber ese olor sensual de castidad”); “Allí tiene Sigüenza la casa, con sus poyos, pero ya morena de sol y de años, cerrada y muda” (la huella que el correr de los años deja en la casa familiar de Sigüenza se expresa con una nota de melancólica nostalgia); “Y se le presentó [a Sigüenza] una vereda que se escondía de un brinco y que del ocio criaba hierba”]. No hay duda de que esa humanización del paisaje está en el trasfondo de este alambicado lenguaje poético, de un barroquismo que, pese a todo, no llega a ser exasperante. En cuanto al léxico, Miró hace gala de un riquísimo vocabulario, empleado con gran propiedad, pese a la carga connotativa que potencia en su significado, ya sean nombres, adjetivos o verbos; un vocabulario que incluye el continuo empleo de palabras típicas del ambiente rural (umbría, retoñar, tapial, bancal, linde, poyo, atajo, sendero, rinconada, plantel, josa, quebrada, otero, vereda, hortal, seronera, azada, heredad, senda, bancalada...) que le proporcionan al texto un cierto “sabor local” típico de la geografía levantina. Y todavía quisiéramos reseñar el acierto de Miró en el empleo de los tiempos verbales, en los que predominan las formas imperfectivas de carácter durativo, perfectamente combinadas (el gerundio, el pretérito imperfecto de indicativo, el presente de indicativo con valor “actual”, el futuro simple, el condicional), junto al pretérito perfecto simple que, por su carácter perfectivo -y narrativo- tiene poca cabida en un texto que requiere cierto grado de estatismo, como corresponde a una pormenorizada descripción. Dos breves párrafos dan cuenta de esa maestría de Miró para el manejo de unos verbos, muchos de los cuales -a lo largo del texto- adquieren forma pronominal: “Siete cipreses en hilera, pero nada más quedaban dos con follaje macizo; los otros estaban descarnados en su leña. Era menester arrancarlos, y de sus troncos se labraría Sinvergüenza una mesa, un ropero y un arcón. / Frente al portal, dos adelfos que arriba se juntaban en un techado de hojas duras y de flores rojas. Dentro de la sombra da un poco de angustia; nuestra piel se comunica de la amargura que hincha las cortezas del baladre”. (Repárese en que la irrupción del presente de indicativo acerca emotivamente el texto al lector).
NOTAS.
[1] “Laurel del todo vegetal, sin predestinaciones a temas mitológicos y alegóricos”. Alude Miró al célebre mito de Dafne y Apolo, recogido en Las Metamorfosis, de Ovidio, (http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/metamorfosis—0/html/), y recreado por Garcilaso de la Vega en el soneto XIII (“A Dafne ya los brazos le crecían...”): aquella se convierte en laurel para rechazar las pretensiones amorosas de este, que se abraza al hermoso tronco regado con las lágrimas de su dolor. https://www.poesi.as/gvsone13.htm En la Galería Borghese, en Roma, puede contemplarse la estatua que Bernini dedica a este tema mitológico. [2] Bertrand Capmartin de Chaupy (1720-1798) es un escritor y arqueólogo francés, conocido por haber descubierto la casa de campo de Horacio. Entre 1767 y 1769 publica en Roma -donde vivía exiliado- los tres tomos de la obra Descubrimiento de la casa de campo de Horacio. Trabajo útil para la inteligencia de este Autor, y que da ocasión para tratar de un conjunto considerable de lugares antiguos (Découverte de la maison de campagne d’Horace. Ouvrage utile pour l’intelligence de cet Auteur, & qui donne occasion de traiter d’une suite considérable de lieux antiques). [3] En el soneto “Con ejemplos muestra a Flora la brevedad de la hermosura para no malograrla”, Quevedo, en su peculiar interpretación del “carpe diem”, y aludiendo al almendro, cuya flor no tiene nombre, acuña el siguiente verso: “el almendro, en su propia flor nevado”. Cf. Poemas escogidos. Madrid, editorial Castalia, 1989, 5.ª edición, pág. 148. Colección Clásicos Castalia, núm. 60. José Manuel Blecua, editor literario. Puedes comprar su obra en:
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