Nuestro poema de cada día
Paulina disfruta de la naturaleza, sintiendo una conexión profunda con el paisaje. Sin embargo, su paz se interrumpe al encontrarse con Cara-rajada, un hombre de aspecto horrible que le suplica que no se case con don Álvaro. Su encuentro evoca contrastes entre belleza y horror, amor y repulsión.
Nuestro poema de cada día
El texto de Gabriel Miró describe un huerto en plena floración, destacando la belleza de los almendros y el acanto. Los almendros simbolizan la fragilidad y el sacrificio, mientras que el acanto, admirado por su estética clásica, es confundido con una planta medicinal. La obra evoca melancolía y reflexión sobre la vida y el arte.
Nuestro poema de cada día
La extraordinaria capacidad verbal de Gabriel Miró
Nuestro poema de cada día
[Sigüenza se reencuentra con un lugar en el que estuvo hace muchos años”].
[La tarde]
Los campos y el cielo se desnudan del humo del bochorno. Septiembre se levanta palpitando de un aire dulce de cosechas: cosecha de algarrobas afiladas y retorcidas como cuernas de carnero; cosechas de almendras de color de canela, que pronto irán trocándose en panales de Navidad. Todos los días amanecen las higueras con más higos maduros, de piel regañada, saliéndoseles almíbar. Las pomas de invierno principian a engordar de azúcar, que ha de cristalizarse en los relentes. Los huertos rebrotan en la segunda primavera del año agrario. Crecen los alcaciles y van estilizándose como capiteles de acantos; los zarcillos de los frisuelos y de las calabazas saben escoger los nudos del panizo, y así se irá colgando toda la mata; los habares abren su flor de antifaz, y en los ribazos se asoman las mejillas redondas y sofocadas de las granadas.
La Editorial Drácena ha reunido las dos grandes novelas de Gabriel Miró: "Nuestro Padre San Daniel" y "El obispo leproso", en un único volumen que lleva por título "La novela de Oleza".
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Nuestro poema de cada día
Una de las obras cumbres de Gabriel Miró: Figuras de la Pasión del Señor. Artista puro, Miró posee una delicada sensibilidad para percibir y expresar la belleza sensorial del paisaje levantino, que se incorpora a nuestra literatura a través de sus páginas con toda su luminosidad y fragancia. La producción de Miró está integrada por un conjunto de relatos en los que el paisaje, profundamente humanizado, es más importante que la sencilla acción novelesca que lo tiene por escenario. Y a nuestro entender, la obra cumbre de Miró es Figuras de la Pasión del Señor (1916), evocación de los personajes bíblicos y del paisaje de Palestina -que no es sino el paisaje de las tierras y pueblos alicantinos-.
Nuestro poema de cada día
Gabriel Miró describe con sensibilidad el paisaje de Calpe, evocando su belleza a través de una rica adjetivación que resalta la conexión entre el ser humano y la naturaleza. El campanario del pueblo se presenta como símbolo de identidad, en un entorno donde flora y fauna conviven en armonía.
Nuestro poema de cada día
En "La tarde" de Gabriel Miró, Sigüenza pasea por la naturaleza en septiembre, disfrutando del paisaje y los pueblos de La Marina Baja. Se encuentra con un gato abandonado, lo que provoca una reflexión sobre la compasión. La prosa destaca por su belleza sensorial y conexión emocional con la tierra.
Nuestro poema de cada día
Miró, amante apasionado de la belleza. Gabriel Miró (Alicante, 1879-Madrid, 1930) dedicó su vida a la redacción de una obra artística que refleja su temperamento melancólico, su aguda sensibilidad y un dominio absoluto de todos los recursos del lenguaje. Aun cuando su prosa se inscribe en la órbita modernista, se le adscribe a la Generación Novecentista, tanto por su edad como por su afán de depuración formal, exacerbada hasta el tales extremos que Ortega y Gasset llegó a definir su estilo como "fatigoso a fuerza de ser pulcro y solícito". Artista puro, Miró posee una delicada sensibilidad para percibir y expresar la belleza sensorial del paisaje levantino, que se incorpora a nuestra literatura a través de sus páginas con toda su luminosidad y fragancia.
Las noticias inesperadas suelen ser buenas; las malas, ya se las rumia cada cual con anticipación y hasta con desvelo, y cuando fatídicamente se cumplen, carecen de novedad. Pues bien; una de esas alegres sorpresas nos sucedió en Drácena cuando editamos el año pasado Las cerezas del cementerio (1910), de Gabriel Miró. Se agotó apenas transcurrido un mes para nuestra satisfacción pero, sobre todo, para nuestra perplejidad, porque cuando publicamos esta novela —el primer relato largo de Miró con las costuras bien ajustadas— pretendíamos dos cosas; en primer lugar, proseguir nuestra quijotesca cruzada contra la ignorancia y la pedantería con que los mass media y las actuales novedades librescas pisotean nuestro idioma, y en segundo —y si quieren más sentimental—, rescatar a un escritor que, muy a pesar de serlo hasta la médula, sufrió tal cadena de desaires que, hoy, entre el común, su nombre apenas significa algo distinto a una calle o a una plaza.
Paisaje y paisanaje
De tanto en tanto conviene homenajear al paisanaje y al lugar de dónde uno es. Reconforta y armoniza los desmadejados recuerdos, produce una cierta conformidad de ánimo y permite seguir tirando con un hondo y tenue optimismo. Pues bien; dos acontecimientos me lo han propiciado; el primero de ellos ha sido la publicación de mi primo Vicente Valero-Costa de una novela singular por ambiciosa —virtud que debe acompañar a la literatura o a todo cuanto aspira a serlo—; se trata de Celia y las libélulas.
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