Ya pertenece a la memoria colectiva. Frank Baum lo escribió hace más de un siglo. Victor Fleming lo llevó al cine en 1939 y Judy Garland convirtió aquella Dorothy cinematográfica en una figura imborrable. Desde entonces, El mago de Oz ha seguido creciendo, viajando de generación en generación, cambiando de escenario y de intérpretes, pero conservando intacta una de sus grandes virtudes: hablarnos de nosotros mismos mientras creemos que estamos contemplando un cuento fantástico. Ahora, en esta nueva producción de La Bicicleta, compañía estable del Teatro San Pol, el viaje vuelve a ponerse en marcha. Y lo hace con un montaje que conoce perfectamente el valor de un clásico: no basta con repetirlo; hay que volver a dotarlo de luminosidad. El camino de baldosas amarillas aparece de nuevo y también esa extraordinaria trinidad de personajes que, en realidad, representan tres carencias muy humanas: el Espantapájaros que quiere inteligencia, el Hombre de Hojalata que busca un corazón y el León que necesita valor. El Mago de Oz no ha sido solamente una historia para niños. Bajo su apariencia de cuento se esconde una pequeña máquina teatral del pensamiento. El valor, más que el valor, la imperiosa necesidad de no sentir miedo, los sentimientos internos, la capacidad para discernir y pensar coherentemente. Y todo ello, expresándolo musicalmente. Las canciones no aparecen solo como un adorno añadido a la narración, sino como una forma distinta de contar aquello que las palabras solas no alcanzan. En esta producción, la música, el movimiento, el vestuario, la escenografía y la interpretación trabajan en una misma dirección. El espectáculo se presenta más colorista, dinámico y visual, con una puesta en escena que busca sorprender sin traicionar el espíritu de la historia original. Hay una evidente voluntad de renovación. Esta versión no necesita competir con aquella película. Tampoco pretende hacerlo. Su propósito es otro: volver a contar la historia desde el escenario, utilizando las herramientas propias del teatro y reclamando para sí el derecho de los clásicos a ser reinterpretados. Si hay algo que esta producción consigue especialmente bien es no olvidar que estamos ante un musical. La historia avanza con canciones, coreografías, color, ritmo y espectáculo. El montaje busca el disfrute inmediato, pero detrás de esa apariencia ligera existe un considerable trabajo interpretativo y técnico. Lo más difícil, precisamente, es conseguir que todo ese esfuerzo desaparezca ante los ojos del espectador. Cuando una historia conocida vuelve a parecernos nueva. El Mago de Oz sigue vivo porque todavía nos habla, nos habla de la inteligencia cuando vivimos rodeados de ruido, del corazón cuando corremos demasiado, del valor cuando el miedo decide por nosotros, de la sensibilidad cuando parece más cómodo pasar de largo, y de la magia cuando necesitamos recordar que imaginar también es una forma de resistencia. La magia todavía existe. Está en la música, en los actores, en la escenografía, en el asombro de los niños, en la memoria de quienes crecieron con Judy Garland, en la emoción de quienes descubren El mago de Oz por primera vez. La Bicicleta vuelve a llevarnos al mundo de Oz. Y nosotros, por un par de horas, aceptamos gustosamente seguir ese camino de baldosas amarillas. Al salir del teatro salimos un poco de Oz. Y llevamos con nosotros, todavía encendida, una pequeña parte de aquella magia.
INFORMACIÓN
EL MAGO DE OZ Dirección general: Roman Stefanski Versión y producción: Julio Jaime Fischtel Dirección musical: Miguel Tubía Letra de las canciones: J. J. Fischtel Elenco: Beatriz Costa, Miguel Cazorla, Manuel Varela, Julio Armesto, Anabel García, Cintia Rosado, Víctor Benedé / Enrique Lestón Producción: Natasha Fischtel Espacio: Teatro San Pol
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