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Álvaro Bermejo en Cairn de Gavrinis
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Álvaro Bermejo en Cairn de Gavrinis

“ASTROFÍSICOS EN EL NEOLÍTICO”

sábado 03 de octubre de 2026, 08:07h

Lástima, otro año que me voy a perder el festival que sigue al de Cine, en San Sebastián: Pasión por el Conocimiento. Me pilla de vuelta a Bretaña para ampliar esa misma filosofía entre dólmenes y menhires. Hace diez años, los alineamientos de Carnac. Hoy, el Cairn de Gravinis, un túmulo neolítico enclavado en una pequeña isla del golfo de Morbihan, a un salto en barco desde Larmor-Baden.

Hojeo el programa del festival. Dos premios Nobel de Física disertando sobre el mundo de los átomos y la expansión acelerada del universo. Fascinante. Casi tanto como los círculos concéntricos y las espirales labradas en el corredor de Cairn Gravinis. Al fondo, una roca perforada con tres cavidades. Arriba, en ese cielo de piedra, una especie de dinosaurio o un uro de larga cornamenta, serpientes, formas marinas. ¿Qué significan? Vaya usted a saber, nada que podamos afirmar a ciencia cierta. Quienes las trazaron, hace seis mil años, no dejaron ningún libro de instrucciones. 

Según la antropología cultural, representaciones del ciclo de vida, muerte y renacimiento, simbolizadas por la espiral. O tal vez el movimiento de los astros y sus deidades tutelares. Como los alineamientos de Carnac, el corredor también se alinea con el amanecer en el solsticio de invierno. Acaso para restituir la fertilidad a la tierra. O la vida, a los que se fueron.

Entonces, ¿ya había astrónomos, lo que vale por decir científicos apasionados por el conocimiento en la Edad de Piedra? A comienzos del siglo XX un tipo peculiar, Alfred Watkins, avanzó una teoría insólita: la de las líneas “Ley”. Venía a decir que los alineamientos megalíticos cumplían una doble función. Punzar las corrientes de energía telúrica y orientarlas hacia determinados cuerpos celestes. La respuesta fue una reprobación masiva por parte de la arqueología oficial.

Hasta que un científico de la talla de Fred Hoyle, el gran cosmólogo de Cambridge, rompió un telescopio a favor de la capacidad mental de los constructores de Stonehenge: “Tuvo que haber entre ellos un Newton o un Einstein”. Había nacido un nuevo paradigma histórico y una ciencia nueva: la astroarqueología.

Un siglo después, la ortodoxia sigue ignorándola, de la misma manera que la medicina occidental se resiste a aceptar el feng-shui o la milenaria acupuntura china. Alineamientos megalíticos: punciones sobre la piel de la tierra con la mirada vuelta a las estrellas.  Hipótesis de Gaia, base de la ecología contemporánea: la tierra como un inmenso ser vivo, luego sintiente y pensante. Dotado de un alma.

¿La tiene la ciencia actual? Es una buena pregunta para animar el festival Pasión por el Conocimiento, a la luz de la física subatómica, o de la astrofísica. En el supuesto de que no responda el auditorio, no se queden con la duda: pregúntenselo a la IA.

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