La compatibilidad del “realismo estricto” de Pérez Galdós con su profunda sensibilidad poética. IV
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| Benito Pérez Galdós: Ángel Guerra. Madrid, Editorial Cátedra, 2025. Juan Carlos Pantoja Rivero, editor literario |
[“Los fusilamientos de los Sargentos de San Gil”]
Un día de Julio del 66, teniendo Ángel doce o trece años, se fue de paseo con otros chiquillos de su edad, compañeros de instituto. Concluidos los exámenes, entretenían sus ocios en largas correrías por el Retiro y Castellana, hablando pestes de los profesores, o discurriendo alguna desabrida y fútil travesura, propia de la edad del pavo. ¿A dónde irían aquella mañana? ¿Qué había que ver aquella mañana? Pues nada menos que un espectáculo muy nuevo para ellos, el fusilamiento de los sargentos del 25 de Junio. Algunos sentían inexplicable terror; otros, entre ellos el intrépido Guerrita, votaron por la asistencia. Sí, era preciso ver aquello, que sabe Dios cuándo se volvería a ver. La ardiente curiosidad pueril pudo más que el instintivo recelo de las emociones demasiado fuertes. No había que vacilar, y allá fue la banda saltando de gozo. Averiguado que el acto se verificaría hacia la Plaza de Toros, pusiéronse en camino, y antes de llegar a la Cibeles supieron por el rumor público que los reos venían ya por la calle de Alcalá de dos en dos, en coches de alquiler, escoltados por parejas de la Guardia Civil a caballo. Corriendo como exhalaciones, anticipáronse a la fúnebre procesión a fin de tomar sitio en el lugar del suplicio. La muchedumbre, no muy grande, que a la husma del siniestro espectáculo acudía, fue detenida en la Cibeles por la Veterana; pero los chicuelos, burlando la orden de atrás, atrás, se escabulleron hacia arriba. Cerca del Retiro vieron pasar los coches... Guerra observó las caras de los sargentos... ¡Pobrecillos! Algunos llevaban ya la lividez de la muerte impresa en sus rostros atezados, los menos querían aparentar una serenidad que se les caía del semblante, como máscara mal sujeta.
Al parar los coches para que bajaran de ellos los reos, que eran veinte, atados codo con codo, la confusión era grandísima. Arremolinose el gentío; la tropa no pudo aislar a los reos sin repartir algunos culatazos; pero las mujeres, más intrépidas que los hombres, y los chiquillos, que se filtran por todas partes, pudieron acercarse por un momento a las víctimas. Guerrita vio a una mujer que, abriéndose paso a fuerza de empujones, ofrecía cigarros a los sargentos. Uno de éstos, que en el espantoso trance alardeaba de estoicismo, echose a reír y despreció el ofrecimiento con palabras groseras: «¿Para qué... quiero yo cigarros ahora?» Colocose también una aguadora, que intentaba vender vasos de agua fresca a las víctimas; pero hubo de salir a espetaperros. Angelito no se acobardó cuando la tropa empezó a despejar para formar el cuadro, y eso que su miedo era grande; le amargaba horrorosamente la boca; sentía dolorosa opresión en el pecho; pero la curiosidad pudo más que el instintivo terror, y se hubiera dejado pisotear por los caballos antes que renunciar a meter su hocico en la hecatombe.
Formose el cuadro, y fuera de él la tropa seguía conteniendo a los curiosos; pero el gran Guerrita se coló, sin darse cuenta del procedimiento, por entre los caballos, por entre las piernas, por entre los fusiles. Sentíase más delgado que un papel, y tan difuso como el aire. Sin saber cómo, hallose junto a un seco arbolillo en el cual pudo encaramarse, próximo a un montón de escombros, en el extremo superior del cuadro, junto a la tapia de la Plaza. Un hombre que parecía loco, logró escabullirse también en aquel sitio. Guerra le vio aparecer en el montón de escombros como si de entre las piedras y el cascote saliera. Ninguno de los dos se asombró de ver al otro. Imposible apreciar ni sentir cosa alguna fuera del espectáculo terrible que se ofreció a los ojos de entrambos. El pavor mismo encendía la curiosidad del buen Guerrita, que olvidado del mundo entero ante semejante tragedia, miró el espacio aquel rectangular, miró a los sargentos, que eran colocados en fila por los ayudantes, como a un metro de la tapia... Unos de rodillas, otros en pie... El que quería mirar para adelante miraba, y el que tenía miedo volvía la cara hacia la pared... Un cura les dijo algo y se retiró... Inmediatamente, las dos filas de tropa que habían de matar avanzaron... La primera fila se puso de rodillas, la segunda continuaba en pie. No se oía nada... Silencio de agonía. Nadie respiraba... ¡Fuego! y sentir el horroroso estrépito, y ver caer los cuerpos entre el humo y el polvo, fue todo uno. Caían, bien lo recordaba Guerra, en extrañas posturas y con un golpe sordo, como de fardos repletos, arrojados desde una gran altura. Todo fue obra de segundos, piernas por el aire, pantalones azules, cuerpos tendidos de largo a largo, otros en doblez, caras boca abajo, otras con la última vidriosa mirada fija en el alto cielo. Algún alarido estridente rasgó el silencio lúgubre, posterior a la descarga, y el humo se deshizo en jirones pálidos... Olor a pólvora.
El desconocido que parecía demente salió otra vez de entre los escombros, los ojos desencajados, los cabellos literalmente derechos sobre el cráneo. Por primera y última vez en su vida observó Guerra que la frase del cabello erizado no es vana figura retórica. La cabeza de aquel hombre era como un escobillón, su rostro una máscara griega contraída por la mueca del espanto... De su cuadrada boca salió, más que humana voz, un fiero rugido que decía: «¡Esto es una infamia, esto es una infamia...!» Ángel se quedó sin movimiento, quiso huir del espectáculo terrible y del hombre aquel, no pudo; se había quedado inerte, paralizado, frío. Aún vio algo más: algunos soldados se acercaron a rematar a los que aún vivían, disparándoles a quemarropa. Concluido el acto, avanzaron algunos señores, hermanos de la Paz y Caridad, y echaron sobre los cuerpos de las víctimas sábanas blancas. Más miedo le daba a Guerra el verlos así, que descubiertos. Echose a llorar, quiso rugir también como el desconocido energúmeno, a quien no volvió a ver, por más que lo buscaba en el rimero de cascote con espantados ojos. Podría creerse que se habría escurrido entre las piedras.
Información histórica.
Guillermo G. CALLEJA LEAL: “Madrid: De la noche de san Daniel al cuartel de San Gil”. Revista de historia militar, núm. 90, 2001, págs. 107-186.
https://bibliotecavirtual.defensa.gob.es/BVMDefensa/es/catalogo_imagenes/grupo.do?path=306494

La representación más conocida de la represión tras la sublevación es la ilustración “Los fusilamientos del 25 de junio de 1866”, una lámina e ilustración histórica creada por Juan de Alaminos (hacia 1892-1895) para la obra Historia contemporánea. Segunda parte de la Guerra Civil. Anales desde 1843 hasta el fallecimiento de don Alfonso XII. de Antonio Piraia.
Apoyo léxico. Correría. Andanza o aventura. Hablar pestes de alguien. Hablar mal de él. Desabrida. Insustancial, de poco interés. Fútil. De poca importancia. Edad del pavo. Edad en la que se pasa de la niñez a la adolescencia, lo cual influye en el carácter y en el modo de comportarse (con cambios físicos, emocionales, sociales y fisiológicos). Nada menos. Locución adverbial que se usa para enfatizar la importancia de lo que se expresa. Sabe Dios (cuándo). Expresión que se usa para manifestar la inseguridad o ignorancia de lo que se trata (en este caso referida a una circunstancia temporal indeterminada). Recelo. Temor, preocupación. Verificarse. Realizarse, efectuarse. Rumor público. Voz que corre entre la gente. Exhalación. Ligereza o velocidad en la acción. Andar alguien a la husma. Andar inquiriendo para saber lo oculto, sacándolo por conjeturas y señales. La Veterana. La Guardia Civil Veterana se crea en 1858 a partir de la Guardia Urbana de Madrid; y recibe este nombre porque en ella se integrarían los guardias más antiguos. Escabullirse. Apartarse de un lugar, sin que de momento se note, con disimulo o con habilidad. Lividez. Palidez intensa en el rostro. Atezado. Empalidecido, con pérdida de color en el rostro. Arremolinarse. Amontonarse la gente apiñándose desordenadamente. Culatazo. Golpe dado con la culata de un arma. A fuerza de. Locución prepositiva que, seguida de un sustantivo, indica la intensidad de lo designado por dicho sustantivo: “abrirse paso a fuerza de empujones”. Trance. Último estado o tiempo de la vida, próximo a la muerte. Alardear. Hacer ostentación, presumir de algo. Estoicismo. Dominio sobre la propia sensibilidad; entereza, firmeza, serenidad A espetaperros. De estampida, súbitamente y con mucha precipitación. Cuadro. Agrupación de personas que se ofrece a la vista, capaz de aterrorizar el ánimo. Hecatombe. Catástrofe con gran número de víctimas. Difuso. Vago, impreciso, difuminado, desvanecido. Encaramarse. Subirse a un lugar dificultoso de alcanzar. Entrambos. Ambos, uno y otro. El bueno de. En sentido irónico, persona simple, bonachona o chocante. ¡Fuego! Interjección usada para ordenar a la tropa que disipare las armas. Estrépito. Ruido considerable. Ser todo uno. Referencia a dos actos consecutivos, el segundo de los cuales es consecuencia ineludible del primero. Fardo. Paquete que contiene ropa y otros enseres, muy apretado, para poder llevarlo de una parte a otra. Vidriosa mirada. Tan inexpresiva como la de los muertos. Alarido estridente. Grito fuerte. Descarga. Disparo de un arma de fuego. Jirón. Porción pequeña de un todo. Vana figura retórica. Insustancial “adorno literario”. Escobilló. Cepillo de cerdas que se usa para barrer el suelo. Infamia. Indignidad, vileza. Inerte. Inmóvil, paralizado. Rematar. Poner fin a la vida de la persona que está en trance de muerte. A quemarropa. Desde muy cerca. Hermanos de la Paz y Caridad. Miembros de una Hermandad encargada de dar sepultura a las personas que eran condenadas a muerte y ejecutadas. Energúmeno. Persona exaltada. Rimero. Montón.
COMENTARIO.
La insurrección militar para derrocar a la reina Isabel II se produjo en el cuartel de artillería de San Gil el 22 de junio de 1866, y fue aplastada por las tropas de los generales Serrano y Zavala. La represión fue tan dura que 66 sargentos fueron fusilados el 25 de junio. Pérez Galdós presenció el paso de los sargentos en dirección al lugar de su ejecución, lo que le impresionó vivamente.
De hecho, en Memorias de un desmemoriado, escribe Pérez Galdós: «Como espectáculo prontísimo, el más trágico y siniestro que he visto en mi vida mencionaré el paso de los sargentos de Artillería llevados al patíbulo en coche, de dos en dos, por la calle de Alcalá arriba, para fusilarlos en las tapias de la antigua Plaza de Toros. / Transido de dolor, les vi pasar en compañía de otros amigos. No tuve valor para seguir la fúnebre traílla hasta el lugar del suplicio, y corrí a mi casa, tratando de buscar alivio a mis penas en mis amados libros y en los dramas imaginarios que nos embelesan más que los reales». (Madrid, Visor libros, 2004. Colección Letras madrileñas y contemporáneas, núm. 13).
Con doce o trece años, Ángel Guerra y algunos compañeros de instituto deciden acudir a presenciar el fusilamiento de los sargentos de San Gil, “un espectáculo muy nuevo para ellos [...] que sabe Dios cuándo se volvería a repetir”; un espectáculo calificado por Pérez Galdós como “siniestro” -con adjetivo antepuesto: “siniestro espectáculo”- y como “terrible” -con adjetivo pospuesto: “espectáculo terrible”-, y que alcanza la dimensión de una auténtica “infamia” (“¡Esto es una infamia, esto es una infamia...!”). Aunque para presenciarlo, llevados de una “curiosidad pueril”, hubiera que superar primero por parte de algunos, y contrastando con la intrepidez de Guerrita, un “inexplicable terror”, ese “instintivo recelo de las emociones demasiado fuertes”; por lo que “allá [hacia la Plaza de Toros, zona de la ejecución] fue la banda saltando de gozo”, lo que no deja de ser una muestra de esa irresponsabilidad en la conducta que caracteriza la “edad del pavo” -como apunta Pérez Galdós-, y para ello burlaron el cordón de la Veterana, a la altura de Cibeles, y pudieron presenciar, cerca del Retiro, el paso de la comitiva -una “fúnebre procesión”- procedente de la calle de Alcalá: los reos venían de dos en dos, “atados codo con codo”, montados en coches de alquiler, y escoltados por parejas de la Guardia Civil a caballo. Y, de esta forma, Pérez Galdós ha ubicado con toda exactitud, y como si estuviera trazando el plano de un callejero, el marco espacial madrileño en que se sitúan las acciones. Y ahora el novelista recuerda lo que sus ojos presenciaron, lo que le lleva a sentir una profunda conmiseración por los reos, expresada mediante un adjetivo que adquiere tintes interjectivos “¡Pobrecillos!”; y capta con descarnado realismo el aspecto de los semblantes de los sargentos que traducen su estado de ánimo: “Algunos llevaban ya la lividez de la muerte impresa en sus rostros atezados”. Adviértase la coherencia semántica entre “lividez de la muerte” y “rostros atezados”: cómo aquella se refleja en estos, y de ahí el empleo del nombre “lividez” y del adjetivo “atezados”; porque la inminencia de la ejecución “ya” ha hecho estragos en ellos, y por eso la muerte pone su nota desvaída de color de forma apremiante. Y si este era el semblante de la mayoría, el de una minoría pretendía aparentar una cierta serenidad anímica sin lograrlo, porque esta apariencia venía a ser “como máscara mal sujeta”, símil este -el semblante convertido en máscara- de una violenta expresividad, pues toda máscara implica un fingimiento, y por eso estaba “mal sujeta”, con lo que deja al descubierto unos rostros incapaces de “representar” una imagen en la que está ausente la turbación física y moral.
Y ahora Pérez Galdós centra su atención en el momento en que los reos -aludidos también con el vocablo “víctimas”- bajan de los coches para situarse ante el paredón de la Plaza de Toros en donde van a ser fusilados: confusión por doquier, gente arremolinada “que a la husma del siniestro espectáculo acudía”, chiquillos y mujeres acercándose a las víctimas, en medio de los culatazos con que la tropa pretendía dispersar a la muchedumbre... Y no falta la nota de algún dato ecdótico -percibido por Guerrita- a punto de producirse la ejecución: esa mujer que, entre empujones, consigue llegar hasta los sargentos para ofrecerles cigarros, y que provoca la despectiva respuesta de uno de ellos, con palabras cargadas de ironía -y calificadas por Pérez Galdós como “groseras”-, entre risotadas arrogantes que no responden precisamente a un ánimo sereno: “¿Para qué... quiero yo cigarrillos ahora?”; o aquella otra que pretendía venderles vasos de agua fresca...; actuaciones las de estas “intrépidas” mujeres, en cualquier caso, fuera de lugar, dado el “espantoso trance” por el que estaban pasando los sargentos, camino de una muerte segura e inminente.
Y ¿cómo afecta al ánimo de Angelito (si en líneas anteriores, Pérez Galdós “forzó” en el patronímico el diminutivo -“Guerrita”-, ahora completa el nombre con otro diminutivo en el antropónimo -“Angelito”-) toda esta situación? Aunque no se acobardó, le embargaba el miedo; un miedo que el novelista expresa con una diestra selección y distribución de las palabras que conforman una breve enumeración paralelística en la que el adverbio y el adjetivo aportan un ritmo intenso a la prosa: “le amargaba [el miedo] horrorosamente la boca; sentía dolorosa opresión el en pecho”; sin embargo, su “curiosidad” fue superior al “instintivo terror”, y no renunció a “meter su hocico en la hecatombe”, aunque para ello hubiera tenido que dejarse pisotear por los caballos de la tropa que intentaba contener a los curiosos, hipérbole esta que concuerda a la perfección con el vocablo “hecatombe” que expresa lo que está a punto de suceder. Y de nuevo, Pérez Galdós emplea la enumeración descriptiva a base de rápidas estructuras paralelísticas -complementos preposicionales con valor circunstancial- que aportan dinamismo a la acción realizada”: “Guerrita se coló […] por entre los caballos [de la Guardia Civil], por entre las piernas [de los curiosos], por entre los fusiles [de la tropa]; y para aludir a su habilidad para pasar desapercibido, Pérez Galdós recurre a dos eficaces símiles, de enorme eficacia plástica: “Sentíase más delgado que un papel y tan difuso como el aire”. Y, finalmente, encaramado a un “seco arbolillo”, se dispuso a presenciar, junto a un hombre aparentemente loco -que también había logrado “escabullirse” hasta aquel lugar-, el “espectáculo terrible” de los fusilamientos. Y Pérez Galdós vuelve a insistir en esa mezcla de curiosidad y miedo que experimenta “el buen Guerrita”, hasta el punto de que este avivaba aquella, en un complejo proceso psicológico de recíproca interacción: “El pavor mismo [le] encendía la curiosidad”, frase que resume con toda nitidez las circunstancias emocionales en las que se halla Angelito.
Y parece como si Pérez Galardón, a la hora de referir los fusilamiento de los sargentos de San Gil -que tiene en el recuerdo- desde la perspectiva de Ángel Guerra -que es quien los presencia en las ficción literaria-, tuviera muy presente el cuadro de Goya “El 3 de mayo en Madrid”, también conocido como “Los fusilamientos de la montaña de Príncipe Pío”.

Francisco de Goya: “El 3 de mayo en Madrid”
[“El texto está tan cerca del modelo pictórico -escribe Rubén Benítez- que no pudo ser escrito sin la presencia concreta de una reproducción o la muy vívida imagen del cuadro en el recuerdo. La escena de Galdós está enmarcada en 'el espacio aquel rectangular' que es el espacio de un cuadro; las figuras están colocadas en fila en Goya contra un montículo de tierra, en Galdós contra una pared. En ambas escenas, unos personajes están de rodillas, otros de pie; unos miran, otros se tapan los ojos o los fijan en la pared del fondo. Las extrañas posturas de los caídos coinciden con la pintura goyesca como así también el color de los pantalones. La imagen que persigue Guerra como símbolo del fratricidio constante es desde entonces la máscara de la tragedia griega, vista con reminiscencias de Saturno goyesco: 'el cabello erizado, la contracción de espanto en su boca cuadrangular'. Las pesadillas de Guerra y sus imaginaciones demoníacas se asocian con los caprichos y las pinturas negras de Goya.” cf. La literatura española en las obras de Galardón. Editum, Ediciones de la Universidad de Murcia, 1992, págs. 118-119. Colección Maior, núm. 38].
Y llega el momento de los fusilamientos; y Pérez Galdós sitúa a los sargentos ante el paredón, “colocados en fila por los ayudantes”, así como a las dos filas de tropa que los van a matar: aquellos, “unos de rodillas, otros de pie...”; y de estos, “la primera fila se puso de rodillas, la segunda continuaba en pie”. Y tras un “silencio de agonía” -combinación sintagmática esta de una intensa expresividad-, y con la respiración contenida, se da la orden de disparar -¡Fuego!”-, y un “horroroso estrépito” acompaña la caída de los cuerpos “entre el huno y el polvo”. Y gracias a lo que más adelante se llamará -en preceptiva literaria- “enumeración caótica”, Pérez Galdós logra componer una escena vertiginosa, de un realismo que asusta por su crueldad: “piernas por el aire, pantalones azules, cuerpos tendidos de largo a largo, otros en doblez, caras boca abajo, otros con la última vidriosa mirada fija en el alto cielo”. Y con posterioridad a la descarga de las armas, sigue la “enumeración caótica” que añade un mayor patetismo a la escena, multiplicando así la sensación de confusión y desorden que ahoga al lector: “alarido estridente”, “silencio lúgubre”, “jirones pálidos de humo”, “olor a pólvora”... Y es, en parte, la sabia adjetivación empleada la que contribuye a crear el clima trágico que la situación requiere: “extrañas posturas” adoptadas por los sargentos que caían muertos, provocando un “golpe sordo” contra el suelo, como si se tratara de “fardos repletos”, arrojados desde una “gran altura”. Y los adjetivos -a veces con ribetes anestésicos- van adquiriendo por momentos valores connotativos de sorprendente significado emocional que complementan la significación de los nombres a los que acompañan, incluso de manera redundante : “la última vidriosa mirada”, “algún alarido estridente”, “el silencio lúgubre”, el humo deshecho en “jirones pálidos”. Y todavía le quedaba a Guerra por contemplar cómo “algunos soldados se acercaron a rematar a los que aún vivían, disparándoles a quemarropa”, frases en las que el verbo “rematar” y la locución adverbial “a quemarropa” culminan ese in crescendo violento que provocan que el desconocido con pinta de demente que se encontraba junto a Guerra gritara con un “fiero rugido” que no tenía apariencia de voz humana: “¡Esto es una infamia, esto es una infamia...!”.
Precisamente en el último párrafo, Pérez Galdós se dedica a describir, de una parte, al “hombre que parecía un loco”, con quien había coincidido para asistir al “espectáculo terrible” de los fusilamientos; y, de otra, al propio Ángel Guerra; y lo hace recalcando las reacciones físicas que en ambos provocan las fuertes emociones vividas. Para la descripción del “desconocido que parecía demente”, Pérez Galdós recurre a una expresiva adjetivación y a símiles explícitos o implícitos que le sirven para reflejar primero su miedo y luego su indignación: “ojos desencajados”, como si le salieran de las cuencas; “cabellos literalmente derechos sobre el cráneo”, es decir, con el pelo erizado, y de ahí que su cabeza fuera como “un escobillón” -la imagen no puede ser más descriptiva-; y su rostro, similar al de “una máscara griega contraída por la mueca del espanto”, en imagen de dramática raigambre teatral; y de su “cuadrada boca” salió un “fiero rugido” -en una voz que no parecía humana- para expresar su irritación: “¡Esto es una infamia, esto es una infamia...!, en alusión a la canallada que se acababa de cometer.
Más escueto es Galdós a la hora de describir las reacciones emocionales de Ángel Guerra, fijándose en la parálisis de sus movimientos: “se había quedado inerte, paralizado, frío” -en una triada de adjetivos en construcción sintética muy apropiados semánticamente-, y “con espantados ojos”; y cuando los hermanos de la Paz y Caridad cubrieron los cuerpos de los fusilados con sábanas blancas, volvió a sentir un miedo cerval, se echó a llorar y, aunque quiso, no fue capaz de emitir rugido alguno en señal de protesta, como había hecho el “desconocido quien parecía demente”, y que había desaparecido.
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