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"Un año en la vida de la antigua Grecia", de Philip Matyszak

Ed. Crítica. 2024
viernes 23 de octubre de 2026, 21:20h
Un año en la vida de la Antigua Grecia
Un año en la vida de la Antigua Grecia

Otro libro muy cuidadoso de la editorial Crítica, que sigue sin perder su esencia de calidad. Este magnífico volumen, original como pocos, realiza un estudio preciso sobre las costumbres y la sociología de los griegos durante un año. Comenzaremos, pues, con el análisis. En la Grecia de la Edad Antigua, la cuestión de la cronología anual era sumamente complicada, ya que cada una de las poleis utilizaban una fecha diferente y determinada para el cómputo de los años, desde la fundación de la referida polis, un hecho legendario y definitorio, o dedicado a un personaje especialmente conspicuo. Inclusive los reyes en Esparta o los arcontes en Atenas podían considerar que el calendario tenía un mes excesivamente apretado para las necesidades municipales, y, por lo tanto, incrementaban los días, que luego se los quitaban a otro mes menos dificultoso. 

“El ciclo agrícola anual estaba determinado por el cultivo elegido y por el terreno en el que se sembraba. En la Grecia antigua no había muchos campos que fueran lo bastante fértiles como para soportar dos cosechas al año, y si se querían sembrar plantas bianuales era necesario disponer de una buena fuente de agua para regar la tierra durante la larga sequía estival. Esto hacía que la mayor parte de los campesinos comenzaran el año con la llegada de las lluvias otoñales, puesto que era mejor esperar a que lloviese antes de iniciar la siembra que tener que abrir el suelo endurecido por el sol del verano, una labor tremendamente dura para unas gentes que, por lo general, solo disponían de los aperos más básicos -hasta los tiempos medievales, cuando comenzó la labranza profunda, la tierra solía abrirse en lugar de removerse-. Por lo general, los cereales se cosechaban y se procesaban durante los meses de junio y julio, mientras que otros frutos como las aceitunas o los higos se recogían a principios del otoño, por lo que los campesinos podían contar, al menos, con un trago de vino del año después de una dura jornada de trabajo preparando los campos”.

El autor ha pretendido reconstruir con nombres griegos, pero supuestos, cual, era la vida cotidiana de esas personas corrientes que en el año 248 a.C. vivían en la capital de la región del Ática, y en otras tantas tan cosmopolitas como ella. La latifundista es Ífita, y su único calendario es aquel que define el eterno devenir de las estaciones. Ya que, con un verano seco y caluroso, será el comienzo del otoño el momento propicio para revisar las semillas, y aventurarse a que será lo que le deparará el crudo invierno helénico. La obra recoge los avatares de ocho personajes, como el anterior primigenio, a lo largo de un año, todo ello a mediados del siglo III a.C., que viven en diversos lugares del Mediterráneo Oriental, y que se van a reunir justamente en el momento de la celebración de la 133ª Olimpiada. Los personajes, reitero, son ficticios, pero su fenotipo correspondería a seres total y absolutamente reales, con sus pros y sus contras. A favor de toda la delineación de los mismos está tanto la historia como la arqueología. Son la ya citada Ífita, una agricultora de Elis. Perseo de Citio/Chipre, que representa al prototípico diplomático al servicio del Rey Antígono II Gonatas de Macedonia. Tracia, es una joven esclava que se ve obligada, por el continuo mal trato que recibe, a escapar de su dueña ateniense. Similo de Neápolis, es un atleta que se dedica a la velocidad olímpica. Apia, es una joven novia ateniense, que narra todo lo que representaba ser una futura esposa en la Atenas de dicha época histórica. Metón, es un arquitecto, que se encarga de la construcción de edificios de prestigio en la capital del Ática. Sacón de Alejandría, es el paradigmático mercader, y es preciso no olvidar que en Egipto gobierna la dinastía de los Ptolemaicos, y por lo tanto, Alejandría es su capital. Y, por fin, el último personaje es Calia, un típico intérprete de música con el instrumento de la lira. Los monarcas que rigen la política en esta época son: ANTÍGONO II GONATAS (277-239 a.C.), PTOLOMEO II FILADELFO (284-246 a.C.), y ANTÍOCO II TEOS (287-ca. 246 a.C.).

“Tras la muerte de Alejandro Magno, uno de sus generales, un hombre llamado Ptolomeo, se dirigió a Egipto lo más rápido que pudo. Ptolomeo sabía que los demás generales iban a desgarrar su Imperio tratando de hacerse con el poder, y él quería gobernar en Egipto, que había sido sometido por Alejandro en el año 332 a.C. Ptolomeo, sin embargo, no intentó convertir Egipto en un estado macedonio, sino que simplemente se situó a la cabeza de la jerarquía política y religiosa proclamándose faraón. A partir de ese momento, Egipto pasó a estar formado esencialmente por la muy griega ciudad de Alejandría en el delta del Nilo, por algún que otro asentamiento heleno adicional desperdigado por el territorio egipcio, y por el resto del país, donde la vida continuó siendo tal como había sido durante milenios. Ptolomeo tuvo varios enfrentamientos bélicos con los reyes seléucidas, que dominaban la retaguardia del Imperio de Alejandro, y se empeñó en arrebatarle el control de Grecia a los macedonios. Su muerte en el 246 a.C. produjo un alivio generalizado en el mundo helenístico. El nuevo faraón, hijo del monarca, se llama Ptolomeo en honor de su padre, y ‘Filadelfo’/amante hermano en honor de su hermana, con la que se casó. Ptolomeo II convirtió Alejandría en un célebre centro de la cultura griega, al mismo tiempo que imitaba a su padre en su infatigable intento de derrocar al resto de los soberanos helenísticos”.

El libro nos aproxima al territorio del Mediterráneo Oriental en el período helenístico. El escenario es el relativo a los Juegos Olímpicos, que es presentado con todo lujo de detalles, y, curiosamente, como en la actualidad, explicita lo que suponían en lo económico-social con mayúsculas para todos los seres humanos que se encontraban a su alrededor. El estilo es muy ordenado y riguroso, ya que el historiador novela los hechos, sensu stricto, dándole un brío efectista esencial. El profesor Matyszak se ha aproximado, siempre certeramente, a la Historia con mayúsculas, dentro de la Época Antigua, por lo que esta obra la domina con amplitud y sin el más mínimo problema.

“Cuando el caudillo macedonio Ptolomeo I asumió el mando de Egipto, necesitaba demostrar a sus nuevos súbditos que era un faraón egipcio tradicional y a los griegos que era tan griego como el que más. Era una difícil tarea, pero Ptolomeo consiguió cuadrar el círculo a través de uno de los cultos egipcios más antiguos: la veneración del sagrado toro Apis. Considerado como la encarnación de un dios, cuando un toro Apis fallecía era adorado como tal, y Ptolomeo desarrolló esta idea tomando el nombre de Osiris-Apis de dicho dios y helenizándolo en la forma de Serapis. Se trataba de una divinidad que en muchos aspectos fue creada a medida: Ptolomeo quería un dios unívocamente egipcio que no pudiera vincularse a primera vista con ningún miembro del panteón griego, pero que tuviera atributos de varios de ellos. A diferencia de los conocidos dioses con cabeza de animal de los egipcios, Serapis tenía cabeza humana y se adaptaba más al estilo griego, y su culto se fomentó con fuerza por todo el mundo helenístico en una estrategia de propaganda favorable a Ptolomeo, ya que Serapis y la diosa Isis se consideraban los protectores y benefactores del faraón. El principal templo del dios en Egipto, el Serapeión de Alejandría, fue uno de los mayores templos del mundo antiguo y se mantuvo en pie hasta el año 391 d.C., cuando una turba cristiana lo destruyó por considerarlo un bastión del paganismo”.

Por consiguiente y como resumen final, se puede indicar que el libro aborda la vida cotidiana del pueblo helénico, y, por lo tanto, enunciando y analizando, de forma pormenorizada, todos los eventos culturales, de una enorme riqueza, religiosos muy ritualizados, y sociales, ya que era una sociedad muy complicada y sinuosa, con grandes diferencias sociales, y antagonismos obvios, verbigracia entre Esparta, Atenas, Tebas, Corinto, etc. «Estamos en el año 248 a.C. y los antiguos griegos esperaban con ansia los 133º Juegos Olímpicos. Celebrados cada cuatro años en honor de Zeus, rey de los dioses Olímpicos, los juegos son el punto culminante del calendario antiguo y un evento tanto social como deportivo. En ‘Un año en la vida de la antigua Grecia’, pasearemos doce meses en compañía de un elenco diverso de personajes, entre ellos una esclava fugitiva, un diplomático, un velocista y una futura novia, asistiremos al drama y la emoción de la construcción olímpica a través de sus ojos y veremos cómo las ciudades-estado dejaban de lado sus diferencias políticas con la esperanza de ganar una corona olímpica». Por consiguiente, deseo cualificar a esta obra como fluida, amena, accesible y didáctica, y lógicamente más que necesaria. «Libidines ad potiudum incitantur. ET. Dei providentia, hominum confusione. ET. O puer, qui Omnia nomini debes».

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