Carlos Murciano: El testimonio vivo de una trayectoria poética excepcional jueves 10 de septiembre de 2026, 12:11h
Cuando redactamos estas líneas, Carlos Murciano sigue con nosotros, a sus casi 95 años de edad (nació en Arcos de la Frontera el 21 de noviembre de 1931) ¡Un monumento vivo de la mejor poesía contemporánea española!
Murciano es además musicólogo y crítico literario y de arte; y también ha cultivado la narrativa en obras como Las manos en el agua (1981), El mar sigue esperando (Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, 1982)… Pero -insistimos- es, fundamentalmente, un poeta cuya poesía se dirige tanto a adultos como a niños. Entre sus obras líricas destacan las siguientes: A modo de esperanza (Accésit del Premio de Poesía Adonáis, 1954), Viento en la carne (1955), Un día más o menos (1962; Premio Ciudad de Barcelona, 1963), Los años y las sombras (Premio Ausias March, 1966), Libro de epitafios (1967, Premio Juan Boscán, 1966), Este claro silencio (Premio Nacional de Literatura, 1970), Del tiempo y soledad (1978), Quizá mis lentos ojos (1986), Como si nada (Premio Searus de Poesía, 1988), Sonetos de la otra casa (1996, Premio de Poesía Feria de Madrid-Jardines del Buen Retiro). Precisamente en este año (el 11 de noviembre de 1996) intervino en la vigesimonovena “Tertulia de Autor”, en el Plató de Canal Norte TV, organizada por el Colectivo Helicón de Poesía, con la colaboración de la Universidad Popular José Hierro de San Sebastián de los Reyes. En este caso la presentación corríó a cargo de Manuel López Azorín. Por su indiscutible interés, ofrecemos el enlace que nos permite conocer mejor al poeta: https://www.youtube.com/watch?v=R6AatojWut4 Y Carlos Murciano ha continuado publicando versos de gran inspiración y belleza: Algo tiembla (Premio de Poesía Ángaro, 2010), Sonetos para ella (editorial Ars Poética, Oviedo, 2018), y en la que se recopilan poemas escritos por Murciano a lo largo de 60 años (1958-2018) dedicados a su esposa ya fallecida. Y si tuviéramos que definir con mínimas palabras estos poemas, serían «hondura de pensamiento y sentimiento» y «dominio del soneto de corte clásico. Y todavía en 2021 Ars poética publica En la esquina más última, obra en la que el poeta asume su soledad, pero en ningún caso el olvido que la distancia temporal podría acarrear, porque el “yo que ama” y el “tú objeto del amor” siguen en perpetua comunión espiritual. Con esta claridad lo expresa en el soneto titulado “Cuando manda el corazón”, que pertenece a este poemario, y más en concreto en estos versos: “porque se impone el corazón y manda. / Y el verbo se libera y se desmanda”, como señala en dos de sus versos. Y es del poemario La esquina más última de donde extraemos el poema que vamos a comentar, titulado “La tórtola”, en el que se demuestra, entre otras cosas, el dominio que Murciano tiene de esta forma poética. “En la esquina más última consta de dos partes: la primera más extensa, integrada por treinta y cinco sonetos y la segunda por tres trípticos de sugestiva materia. El eje central del conjunto es un lirismo esencialmente amoroso, intimista, existencial y, en ocasiones, lúdico e imaginativo. Esa presencia amorosa que abre el volumen y que signa desde siempre el quehacer del vate andaluz, adquiere esta vez matices singulares que le confieren un carácter de constante renovación”.
La tórtola En el pino la tórtola reitera
No puede ser, No puede ser, e insiste
¿Qué haces aquí en Madrid, pájaro triste
ahora que irrumpe ya la primavera?
Allá en el Sur, tu cantinela era
la afirmación de que la pena existe.
¿Cuántas veces me heriste y me envolviste
en el girar de tu devanadera?
Si la nostalgia te acongoja, espántala,
tórtola tántala, cúbrela, encántala,
con un mirlar de trinos de alegría.
Pero no me desmontes pieza a pieza
el juguete feroz de tu tristeza,
igual que en mi rincón de Andalucía.
La tórtola es un motivo simbólico y literario tradicionalmente asociada a la viudez, la fidelidad amorosa y la melancolía, y muy presente en la lírica hispánica, ya sea en el Siglo de Oro (de San Juan de la Cruz a Góngora), ya sea en su transfiguración actual, en particular a la hora de reconfigurar el sentimiento de la naturaleza. Y aquí es donde situamos a Carlos Murciano con su poema. Empecemos por analizar desde una perspectiva métrica este soneto. Los 14 endecasílabos mantienen las rimas consonantes ABBA en los dos cuartetos, mientras que los tercetos presentan las rimas consonantes CCD / EED; una combinación esta poco frecuente, porque se han juntado dos rimas iguales al principio del primer terceto (CC…) y otras dos al principio del segundo terceto (DD…), lo que sin duda obstaculiza la continua fluidez de los tercetos encadenados y señala una mayor duración de la pausa versal del tercer verso del primer terceto (… D…), que además viene refrendadas por un punto ortográfico, lo que permite establecer un cierto contraste entre el contenido de ambos tercetos. Murciano piensa mucho los efectos rítmicos y tímbricos de sus versos y estrofas buscando las mayor expresividad posible. Las pausas internas (2 en los versos 2 y 10, y 1 en los versos 3, 5 y 9) ayudan a fijar el ritmo en un poema carente de encabalgamientos. Y a la sonoridad de las rimas en cuartetos y tercetos, se suman las palabras esdrújulas: “tórtola” (versos 1 y 10), “pájaro” (verso 3), “espántala” (verso 9), “tántala, cúbrela, encántala” (verso 10); los adverbios de lugar agudos “aquí” (verso 3); “allí” (verso 5); las palabras que inician las interrogaciones retóricas de los versos 3 (“¿Qué…?”, pronombre interrogativo) y 7 (“Cuántas…?”, determinante interrogativo); la reiteración léxica múltiple “No puede ser, No puede ser”) (verso 3); la mezcla de paronomasia y aliteración “tórtola/tántala” (verso 10); la asonancia interna “me heriste y me envolviste” (verso 7)… Todos estos recursos dotan al poema de una musicalidad estridente en algunos momentos, que puede sugerir el sonido rítmico y constante del propio canto de la tórtola, un arrullo grave, monótono y repetitivo. El poema se monta con la estructura de un apóstrofe lírico: el poeta, nostálgico, se dirige a la tórtola, y de ahí el empleo de vocativos (“pájaro triste” -verso 3-, “tórtola tántala” -verso 10-), de interrogaciones retóricas (versos 3-4: “¿Qué haces aquí en Madrid, pájaro triste / ahora que irrumpe ya la primavera?”, versos 7-8: “¿Cuántas veces me heriste y me envolviste / en el girar de tu devanadera?”), de verbos en presente de imperativo (“espántala” -verso 9-, “cúbrela, encántala” -verso 10-), o en presente de subjuntivo negativo con el mismo valor (“no me desmontes” -verso 12-), todo lo cual, es además, una manifestación de la función conativa (o apelativa) de la lengua, por lo que Lingüística y Estilística van de la mano. Y como telón de fondo, la naturaleza, tan distinta la de Madrid (en primavera -verso 4-) de la de Andalucía -verso 14-, el “rincón” emocional del poeta (“en mi rincón de Andalucía”, palabras finales del soneto). Es, pues, necesario referirse al contraste emocional que pone en pie el poema, utilizando dos entornos geográficos opuestos, Madrid y Andalucía, que evocan estados anímicos bien diferentes: por un lado, la primavera en Madrid: la tórtola, desde un pino urbano, se lamente insistentemente: “No puede ser, No puede ser, e insiste”; no hay alegría en su canto; y, por otro lado, la nostalgia del Sur, que para la tórtola suponía “un mirlar de trinos de alegría” (verso 11), y que ha dejado atrás. De esta manera, la tórtola es el espejo en que simbólica y sutilmente se refleja el propio Carlos Murciano. Y, en efecto, el poeta se ha permitido la licencia poética de escribir “un mirlar”, de manera que el nombre “mirlo” -que alude al pájaro cantor- ha pasado a ser un infinitivo verbal “un mirlar” -con el significado de la acción propia del mirlo-, y así, “un mirlar de trinos de alegría” es una imagen, mezcla de metáfora y sinestesia- con la que se sugiere que la tórtola debería imitar el gorjeo de los mirlos como forma de ahuyentar la tristeza que su canto evoca. Porque en el fondo la tórtola no canta para agradar, sino para testimoniar el sufrimiento, y de ahí el tono quejumbroso que envuelve al poema y a un poeta que ha dejado atrás “su” Andalucía natal, aunque en modo alguno sea un transterrado. Procedamos ahora al análisis estrofa por estrofa de un poema en el que el desarraigo y la melancolía existencial se ha apoderado del poeta, que nos acerca a su intimidad con la tórtola como pretexto de gran raigambre literaria, e incluso con sugerencias mitológica. Versos 1-4. La tórtola, encarnación de la melancolía -y espejo del alma del poeta- está fura de su hábitat natural, y su canto se carga de tintes negativos: “No puede ser, No puede ser, insiste” (verso 2): es la patética asunción de una realidad que no se desea. La interrogación retórica de los versos 3-4 (“¿Qué haces aquí en Madrid…?”) enmarca la tristeza que tórtola y poeta comparten, al sentirse desubicados en una gran ciudad, y precisamente cuando la primavera florece con su habitual vitalidad. La presencia del adverbio de tiempo “ya” en el verso 4 acentúa el dramatismo de una situación condicionada por un marco geográfico aparentemente hostil. El poeta, en el verso 1, ha situado a la tórtola precisamente en un pino, simbolizando así la permanencia de la tristeza, ya que al ser un árbol perenne -y adaptado al entorno natural y urbano de Madrid- no cambia sus hojas con el paso de las estaciones; y desde él la tórtola proyecta la triste monotonía de su canto.
Versos 5-8. El poeta rememora el Sur desde la nostalgia, como tiempo vivido y espacio abandonado (“Allá en el Sur”); y por eso, en un ligero hipérbaton, el complemento de lugar encabeza el verso, convertido en un auténtico “sujeto psicológico” -que no gramatical- Y la cantinela de la tórtola (entendida como repetición molesta e importuna de algo) se convierte en “la afirmación de que la pena existe” -verso 6-. y se instala así en un permanente recuerdo que nada tiene de abstracto; antes por el contrario, y según se explicita en la interrogación retórica de los versos 7-8, es la “devanadora” que lo envuelve lastimándolo sin cesar: “¿Cuántas veces me heriste y me envolviste / en el girar de tu devanadera?”. Y así, la pena se ha convertido metafóricamente en una “devanadora” [dispositivo sobre la que va girando un hilo en el que se enrolla]. Recordemos que, en la mitología romana, las Parcas eran tres deidades que hilaban (Cloto), devanaban (Láqusis) y cortaban (Átropos) el hilo de la vida; y de ahí lo apropiado del empleo del término “devanadora”, en tanto en cuanto se encarga de arrollar continuamente (“¿Cuántas veces...”) el hilo de la tristeza, formando una maraña imposible de deshacer, y creando una especie de bucle obsesivo (“me heriste y me envolviste”; “envolver” como sinónimo de “devanar”, e identificado mediante unión copulativa con “herir”, todo un acierto semántico para lograr la intensidad metafórica deseada y dotar a la tristeza de un poder de agresión indiscutible). Podemos afirmar, por tanto, que la cantinela de la tórtola actúa como un catalizador de la tristeza que adquiere dimensiones universales.
Versos 9-11. En este espléndido terceto, el poeta le pide a la tórtola -y lo hace desde la vehemencia del imperativo, en el que la nostalgia figura como pronombre enclítico, originando vocablos esdrújulos- que reprima su canto triste y lo sustituya por la alegría del trino del mirlo, que es melódico, aflautado, sonoro… (Adviértase que el poeta ha elegido al mirlo, porque además de la naturaleza de su canto, es un pájaro adaptado al medio natural y urbano de todas las provincias andaluzas). Y en este terceto incluye el poeta dos palabra de acuñación propia: “tántala” (verso 10) y “mirlar” (verso 11). En el verso 11 figura la combinación, aparentemente extraña, “tórtola tántala” y para entender su significado hay que recurrir a la mitología y traer a colación a Tántalo, castigado por los dioses a sufrir sed y hambre eternas: el agua y los frutos que aparentemente tenía a su disposición se retiraban de su alcance cada vez que quería beber o comer. La frustración de Tántalo en su condena recuerda a la de la tórtola, que no puede zafarse de la tristeza que siempre le acompaña. Y ese es el estado anímico del poeta: el de una “tórtola tántala”. Su estancamiento emocional se ha expresado con dos palabras en las que “se amontonan” los recursos poéticos: por un lado, la paronomasia (palabras de proximidad fonética pero de disparidad semántica) [“tót-/tán-”, “-tola/tala”]; y, por otro lado, la aliteración del fonema dental /t/ y de los fonemas vocálicos /a/ y /o/. Todo lo cual provoca una fuerte musicalidad que sugiere la omnipresencia de la tristeza a la que la tórtola está condenada de por vida; y, por eso, el poeta le pide: “espántala…. cúbrela, encántala” -para que desaparezca como por arte de magia-. Y además, hay que hacerlo “con un mirlar de trinos de alegría”, cambiando el canto doloroso por otro alegre, como es el del mirlo. ¡Qué más quisiera el poeta para sí mismo...! Y en este verso 11, de matices sinestésicos, es donde aparece el otro neologismo: “mirlar”, sustantivo verbal formado sobre la palabra “mirlo”, una de cuyas acciones más características es su cantar festivo, lo que para sí querría el poeta, que se ve como la tórtola, sumido en una tristeza insaciable y eterna.
Versos 12-14. El terceto que cierra el poema cuenta con un excelente verso montado obre una metáfora de paradójico sentido: la tristeza es vista como un “juguete” (un objeto diseñado para divertirse), aunque “feroz” y, por lo tanto, lo suficientemente agresivo como para destrozar emocionalmente a quien la padece (verso 13: “el juguete feroz de tu tristeza”). Si tenemos en cuenta que la tórtola, simbólicamente, es el alter ego del propio Carlos Murciano, que actúa como espejo en el que se refleja, su añoranza podría desmontar “pieza a pieza” [de manera detallada] una estabilidad emocional muy frágil, porque aunque el poeta se encuentra físicamente en Madrid, anímicamente está en su rincón de Andalucìa (verso 14). El arrullo de la tórtola se ha convertido así en una manifestación de fidelidad a sus propias raíces. Y así el poema termina como empieza: planteando el enfrentamiento geográfico entre un Madrid urbano y el paraíso perdido del Sur andaluz. Y la sensibilidad poética de Carlos Murciano ha transformado a la tórtola -con su lamento casi elegíaco- en el símbolo de la nostalgia que siente por un entorno vital del que se siente física, pero no emocionalmente, alejado. ********** Carlos Murciano recita el poema “18 de noviembre”, de su libro Un día más o menos (1962). En “Palabra virtual” (texto y voz). Antología multimedia de poesía y literatura.
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