La obra se instala en esa zona fronteriza donde la bufonada cómica deja de ser simple entretenimiento y empieza a enseñar los dientes. El humor es aquí una forma de conocimiento, una cuchillada que penetra en la solemnidad del mito para descubrir debajo de ella la carne palpitante de la política, el poder, la rebelión y el miedo. Hay algo de Darío Fo, según nos cuentan, en esta manera de convertir la risa en arma y de conceder al bufón el privilegio de decir aquello que los poderosos preferirían no escuchar.
Y entonces aparece Alberto Castrillo-Ferrer. O, mejor dicho, desaparece Alberto Castrillo-Ferrer para convertirse en una multitud.
Un actor rugidor, de una fisicidad (dudo de si existe esa palabra) extraordinaria, capaz de pasar de un dios a otro con la velocidad de un relámpago, de mudar la voz, el gesto, la respiración, la postura, el centro de gravedad. Su cuerpo funciona como el propio escenario, es máscara, criatura, montaña, animal, templo y campo de batalla. No interpreta a veinte o treinta personajes: los hace aparecer, los convoca, los exhuma.
El resultado tiene algo de monólogo sempiterno, de relato que no encuentra nunca un punto final porque los mitos no terminan, se transforman, se repiten, cambian de rostro, borracho de lucidez, sabedor de que la embriaguez y la imaginación son dos maneras de atravesar la realidad sin pedirle permiso.
El clown gestual convive así con la palabra incisiva. El cuerpo hace reír y, un instante después, ese mismo cuerpo se retuerce bajo el peso de una tragedia antiquísima. La risa se convierte en estremecimiento. El gesto grotesco desemboca en una imagen de violencia. La criatura olímpica se desnuda de su divinidad y muestra aquello que nunca dejó de ser: un ser dominado por el deseo, la soberbia, la ira, la envidia, el amor y la necesidad de poder. ¡Toma ya!
Estos dioses tienen todos los atributos menos uno: la inocencia. Son criaturas del Olimpo, sí, pero criaturas contaminadas por la humanidad. O puede que sea al contrario, somos nosotros quienes seguimos contaminados por ellos. Zeus continúa rugiendo desde las alturas con la desollación de su ira, Prometeo continúa pagando por haber entregado el fuego, Pandora continúa abriendo aquello que no debía abrirse, Epimeteo continúa llegando tarde, y Dioniso continúa recordándonos que el teatro es ese lugar donde los muertos, los dioses y los hombres pueden compartir durante un instante el mismo cuerpo.
El espacio escénico, reducido a lo esencial, adquiere una dimensión circular y centrífuga. No hay un mundo que contemplar, hay un mundo que se genera delante de nuestros ojos. El vacío se llena mediante la imaginación. El decorado está en el cuerpo del intérprete y en la mirada del espectador. Cada gesto abre una puerta, cada voz levanta una arquitectura, cada transformación modifica el universo.
Es un teatro sin red. Un teatro en el que los personajes no se desangran, sino que se metamorfosean. La violencia no necesita sangre porque está inscrita en el movimiento, en la respiración, en la torsión de un rostro, en la súbita aparición de una mirada. La ira de Zeus puede caber en un cuerpo humano, el tormento de Prometeo también. El Olimpo entero puede caber en un solo actor.
Y ahí reside una de las grandes virtudes del monólogo: en su capacidad para convertir la desmesura mitológica en presencia física.
Las figuras de este postrer Olimpo aparecen cargadas de un fulgor antiguo, pero no son reliquias. Arrastran hasta las tablas sus malevolencias y sus candores, sus miserias y sus grandezas, como si hubieran estado esperando durante siglos el momento exacto para volver a presentarse ante nosotros. Amanecen en el escenario y allí permanecen, eternamente. Precisamente porque son inmortales.
Prometeo deja de ser únicamente el titán que robó el fuego. Se convierte en una imagen del insumiso, del padre que desafía al poder para mejorar la suerte de sus hijos, del rebelde condenado a pagar por haber entregado a los hombres aquello que los dioses querían reservarse para sí mismos. Y el fuego que entrega ya no es solamente fuego. Es conocimiento, es lenguaje, es imaginación, es teatro.
Es también la posibilidad de reírse del poder. De ahí que la bufonada sea tan importante. El bufón no destrona al dios: lo obliga a mirarse en el espejo. Y cuando Zeus contempla su propio rostro deformado por la máscara del clown, el Olimpo entero se tambalea.
Prometeo, bufón y mártir avanza así entre el mito y la caricatura, entre la tragedia y la carcajada, entre el gesto animal y la palabra incendiaria. Hay algo de aquel estremecido mundo del averno en el que las criaturas continúan condenadas a representar sus pasiones una y otra vez, pero también hay algo profundamente terrestre: la sospecha de que los dioses no son más que nuestras propias criaturas, gigantescas proyecciones de aquello que todavía no sabemos resolver.
Y al final queda el actor, solo, sin escenografía, sin más artificio que su cuerpo y su voz. Un cuerpo convertido en Olimpo, en infierno, en plaza pública, en taberna, en tribunal y en campo de batalla. Un cuerpo que se multiplica hasta alcanzar una multitud y que, sin embargo, termina devolviéndonos al principio: un hombre frente a otros hombres contando una historia.
Ahí está el verdadero fuego de esta propuesta. En contar, en mantener encendida la llama del relato, en recordar que mientras haya alguien dispuesto a subir a unas tablas y hacer nacer un dios con un gesto, una carcajada o un rugido, la mitología no estará muerta.
Simplemente estará esperando su próxima metamorfosis.
INFORMACIÓN
PROMETEO, BUFÓN Y MÁRTIR
Coproducción El Gato Negro (España) – StivalaccioTeatro (Italia)
Intérpretes: Alberto Castrillo-Ferrer
Dirección y texto: Marco Zoppello
Espacio: Teatro Tribueñe