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La novela de García Márquez inició una nueva era en la literatura hispánica

miércoles 07 de junio de 2017, 07:15h
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El viaje que Gabriel García Márquez hizo a los 23 años con su madre para vender la casa familiar de Aracataca tuvo el efecto de un huracán en la memoria del escritor colombiano. Fue a partir de aquel momento cuando decidió volver la mirada a su pasado y al de su familia. A la figura de su madre, Luisa Santiaga, la joven que se casó con el telegrafista de Aracataca contra la voluntad de sus padres; a la del abuelo Nicolás Márquez, aquel militar reconvertido en artesano que hacía pescaditos de oro, siempre a cuestas con el resentimiento de haber matado en duelo a su amigo Medardo Pacheco; a la de su hermana Margot, que de niña comía tierra del jardín de aquella casa y a las de sus once hermanos legítimos y otros nacidos de relaciones extramatrimoniales de un padre mujeriego; a los amigos y a las mujeres que enriquecieron sus pasiones… Con todo ese bagaje creó García Márquez una literatura que parece fruto de una imaginación fantástica pero que se nutre básicamente de su memoria.

La culminación de esa literatura llegó con “Cien años de soledad”, resultado de un imaginario que se forjó con las historias que escuchó de sus abuelos y de la gente que visitaba la casa y vivía en los pueblos por los que su familia itineraba: Aracataca, Barranquilla, Sincé, Sucre. En personajes peculiares, como el Belga, que se suicidó después de ver la película “Sin novedad en el frente”, adaptación de la novela de Erich Maria Remarke sobre la guerra en la que había participado; en el Padre Angarita, de quien se decía que vivía con el espíritu de un muerto al que se oía toser y silbar; en Pedro Espejo, el cura de Aracataca que levitó mientras tomaba una taza de chocolate…

La gestación de una obra de arte
Con todo este bagaje García Márquez comenzó a escribir “La casa”, un manuscrito que nunca publicó con ese título y que lo acompañó durante años, un tocho atado con una corbata azul de franjas amarillas del que salieron varios cuentos y una parte nada desdeñable de “Cien años de soledad”. En junio de 1954 publicó en un semanario colombiano un artículo titulado “La casa de los Buendía. Apuntes para una novela”. En “La casa” ya estaba el germen de lo que sería “Cien años de soledad” pero antes, en 1955, García Márquez publicó “La hojarasca”, su primera novela, y el reportaje novelado “Relato de un náufrago”. Y poco después “El coronel no tiene quien le escriba” (1961), “La mala hora“ (1962) y el libro de relatos “Los funerales de la mamá grande”.

García Márquez llegó a México para colaborar en las publicaciones de Gustavo Alatriste en julio de 1961 el día que los periódicos publicaban la noticia del suicidio de Hemingway. Ya se había casado con Mercedes Barcha y tenía dos hijos. Un día de 1965 interrumpió unas vacaciones en Acapulco como si acabara de tener una visión premonitoria, “fulminado por un cataclismo del alma” dijo, y decidió abandonar todas sus actividades para dedicarse a escribir “Cien años de soledad” de la misma manera que su abuela Tranquilina Iguarán Cotes, de ascendencia gallega, le contaba aquellas historias de vivos y de muertos que llenaban su imaginación cuando era un niño: como si todo fuera cierto. Cuando comenzó a escribir la novela empeñó su automóvil calculando que alcanzaría para vivir unos seis meses. Pero tardó año y medio en terminar el libro.

El propio García Márquez contó que, cuando finalizó su escritura, no tenía dinero ni para pagar en un solo envío los originales a Argentina, a la Editorial Sudamericana, por lo que tuvo que hacerlo en dos plazos. Por error puso la segunda parte de la novela en el primer envío. El editor Francisco Porrúa, ansioso por leer aquella primera parte, le anticipó el dinero para que pudiera mandársela.

La primera edición, de ocho mil ejemplares, se publicó en Argentina el 5 de junio de 1967. Se agotó en una semana. El éxito de la novela fue fulgurante y se extendió con rapidez a todo el mundo gracias también a las traducciones gestionadas por la agente española Carmen Balcells. La obra y la figura de García Márquez se situaron desde entonces en la primera línea de la literatura contemporánea, que ya nunca abandonarían.

Cuando se cumple medio siglo de la primera publicación de “Cien años de soledad” no es el momento de hacer una reseña más de las miles que se han escrito de la novela. Para quienes estén interesados en profundizar en la obra y en sus diversas interpretaciones remito al capítulo séptimo de la “Historia de un deicidio” de Mario Vargas Llosa y a los prólogos y epílogos de la excelente edición conmemorativa que la Real Academia Española hizo en 2007. También a la guía de lectura que el profesor Juan Manuel García Ramos publicó en la editorial Alhambra en 1989. Me gustaría sin embargo despertar el interés de nuevos lectores de la novela adelantándoles que hay allí ecos de Homero y de Cervantes, de “Las mil y una noches” y de La Biblia, de Juan Rulfo, de Jorge Luis Borges, de William Faulkner…

Me gustaría también incitar a la relectura a aquellos que ya conocen “Cien años de soledad”, en la seguridad de que, como me acaba de ocurrir al revisitar el texto, descubrirán nuevos y fascinantes argumentos, aspectos olvidados o que pasaron desapercibidos en la primera lectura, que enriquecen la valoración que ya teníamos sobre la novela.

Seguro que unos y otros gozarán con aquellos personajes que un día atraparon nuestros sentidos. Con Aureliano Buendía que, como el abuelo Nicolás, hacía artesanales pececitos de oro. Con Úrsula Iguarán, la matriarca, intentando poner orden en el caos de la larga familia de los Buendía. Con el gitano Melquíades pregonando con sus manos de gorrión que todas las cosas tienen vida propia: “todo es cuestión de despertarles el ánima”. Con Rebeca Buendía, la joven que comía tierra. Con Mauricio Babilonia, caminando rodeado de mariposas amarillas. Con el Padre Nicanor Reyna, que levitó después de haber ingerido una taza de chocolate espeso. Con el último Aureliano Buendía, que vio morir a su hijo devorado por las hormigas sin poder hacer nada, por estar amarrado a un castaño. Con Remedios la bella, que se paseaba desnuda por la casa, trastornaba a los hombres, comía sin horario, pintaba en las paredes con una varita embadurnada con sus propias heces y que un día, desde el jardín de la casa, ascendió a los cielos en cuerpo y alma envuelta en sábanas blancas de bramante.

Conocer por vez primera o regresar a esos y otros muchos personajes fascinantes que pueblan un universo narrado con imaginación, poesía, humor y encantamiento y con un lenguaje musical que mantiene la atención del lector con el mismo intenso magnetismo de la primera vez. Esa es la magia de la lectura. Tal vez sea eso el realismo mágico.

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