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DUALIDAD VITAL

viernes 09 de noviembre de 2018, 09:59h
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En distintos grados de intimidad el poeta extremeño Fran Ignacio Mendoza, alter ego de Fransilvania, ofrece una nueva entrega lírica, la duodécima, titulada "Final e inicio –el nexo constante–", editada por Tau Editores. Una más a su dilatada trayectoria, pues, desde principios de siglo, su prolífica escritura está dejando una buena cosecha de títulos, de entre los que cabría destacar: Las palabras justas (2012), El lenguaje interior (2015) o Ritos pánicos (2017).

Fran Ignacio Mendoza
Fran Ignacio Mendoza

En nuestros días, es raro no ver identificado en un libro el compromiso con la existencia. En este caso, y de un modo especial, el sujeto poético, en su precariedad, trata de unir vida y muerte en un hilo o nexo, o mejor dicho, lo que vuelve a emerger después del final. Acaso si aceptase su destino, hallaría el amor –única coraza y exclusivo sanador–, el deseo por el otro y su correspondencia. Entonces, lanzaría preguntas sobre la existencia a sí mismo que, lejos de diluirse en el aire, serían llamadas que buscan lectores. Pero la incertidumbre se cruza en el camino. Y es el inconsciente, fruto de ensoñaciones, el que camina alegre, sanado. Nada es gratuito en Final e inicio –el nexo constante–; todo es doloroso, hondo.

Desde el equilibrio de la creación, Fran trata de romper las normas del verso, a veces, con un lenguaje técnico (correspondiente al ámbito sanitario) aunque, en muchos términos, sobradamente conocidos por todos. En esa fractura reconocemos un filo irreverente. Así, se explicaría la pensada estructura del libro y el empleo del verso libre.

Son varias las vías que cruzan el libro, pues el proceso clínico se ha superado. Como en los anteriores libros de Mendoza, Final e inicio se muestra como un todo unitario: ingreso y alta del sujeto. Así, actúa como apósito al sufrimiento y al desconsuelo, y, al mismo tiempo, como hoja alegre agitada al viento. Y, desde un punto de vista intertextual, conectados con otros textos del propio autor (págs. 9 y 49).

Como contrapunto a los conductos alienados de las gélidas salas de los hospitales, el amor recrea un espacio simbólico de ilusión. A propósito, deja escrito Jesús Manrique en el epílogo (p. 93): es ahí donde el poemario tiene su mayor cualidad, en ese confundir entre lo real y lo deseado, entre lo real y lo deseado, entre lo que no está y es ausencia o forma parte de nuestro imaginario.

La luz será, entonces, una incontestable incertidumbre encargada de alumbrar ese trayecto, e igualmente se muestra en su opacidad al ejemplificar la mala hora («en las horas negras»): «Desorientación en los ingresos / y en las despedidas no esperadas».

El ritmo del poemario se concentra en los guiños al lector, a través de repeticiones de palabras, e incluso, mediante versos, en poemas contiguos o cercanos («El trayecto de vuelta / escolta los biorritmos»), en la sugerencia que provoca el empleo de vocablos pertenecientes a los campos semánticos sanitario y existencial y también en lo que elude, en lo que no hace falta explicar porque está presente en la mente de todos. Así, se pone en la piel de otros, en «Gastroenteritis»: «Me harán un cultivo / para determina / qué bacteria persiste / en mi vientre descompuesto». Para terminar con el verso brutal del existir: «En la suela de los días pasados».

La elección de la primera persona por parte del autor es reveladora de que la experiencia vivida o imaginaria tiene una base real. Pero la seriedad también da lugar a la broma, al divertimento como una manera de quitar hierro al asunto. En esta línea, debe destacarse el poema titulado «Analíticas y vampiros», donde la comparación establecida hace que lo experimental trascienda y los lectores lleguen a compartir el mismo miedo que siente el sujeto a las agujas en una extracción de sangre:

Las analíticas en ayunas

recién caídos de otra esfera.

Siempre

presiento a Nosferatu

aferrado a mi antebrazo,

insaciable de hemoglobina,

leucocitos y plasma.

Hay un punto donde las palabras horadan, al unísono, la esencia del ser y la propia finitud. Entonces, las palabras de la infancia o de la primera juventud, al compararse en el tiempo, son envueltas por una pátina de óxido; en cambio, las hirientes, las más duras, y, en forma de elipsis, dejan en silencio al sujeto, acaso a quien ha recibido una noticia terrible pronunciada por un médico y deja de emitir señales quedando el estremecedor mutismo: «Todo palidece / cuando las buenas palabras / se tornan en jabalinas» (en el poema «Las buenas palabras, ahora»).

Como buen caminante, el sujeto trata de apresar las palabras más relevantes, incluso las que fueron condenadas por la culpa. En ese esfuerzo por descifrar a qué le conducen y dando tumbos, mutando a lo largo de una jornada cualquiera, nos lanza la vibrante pregunta en el último verso de «Gramática exudativa»: «¿Somos nosotros al final del día?».

Al haber resuelto el dilema con las palabras, el poemario se abre abiertamente y, sin pudor alguno, al deseo, al sonoro pálpito, incluso al momento experimentado después de la entrega que sigue latiendo, como puede leerse en «Gramática exudativa I»:

Hace un segundo

que la maraña de tropiezos

me segrega

sustantivos en sábana,

un cauce imparable

que no aminora tensiones […]

Desde una alteridad reveladora, el yo se aloja en el paciente, en los familiares, en el enfermero, incluso en las mismas paredes de la sala hospitalaria. Desde el yo-sujeto, el yo-personaje al yo-objeto. Un yo que se pregunta, un yo consciente, un yo en tránsito, un yo que necesita ser querido, un yo que se siente aliviado, un yo que sale consolado... Esta multiplicidad de personas que adquiere el sujeto adquiere el sentido de una visión compleja ante un padecimiento o posible enfermedad. Un yo transmutado en pluralidad, tras un proceso de desvelamiento onírico, en un nosotros, justo cuando el poemario adquiere su visión más crítica: «Nos acomodamos a la sombra del autoengaño». Aunque, por otro lado, sea lógico, que «El temor a extraviarnos en la luz / y pasar a otro mundo es evidente» (en «Gramática exudativa III»).

El tono elegíaco se va aminorando para dar paso al apartado más lírico, donde la contención expresiva, las connotaciones y las elipsis verbales provocan imágenes visuales muy potentes, creadas por Mendoza casi inconscientemente, como fruto de asociaciones oníricas, o acaso, influidas por la devoción a la pintura, e incluso algunas influidas por la huella cinematográfica. Los surcos del arte se reflejan en varios de estos poemas: en la pintura, en el cine, en la música y en la literatura. Baste como muestra estos versos pertenecientes a «Equidistancia universal III»:

Somos estelas en el universo.

Carne sin destino

macerada en el mar.

Orilla sin arbustos,

penumbra orbicular

camino a la incertidumbre.

Sal en los labios.

Soledad de puertos

y de espinos

en las fronteras.

Estelas rutilantes

de los sueños.

En esa indagación dual del ser, en ese internamiento a través de múltiples personalidades, el sujeto se inclina al temblor de unas manos conocidas, a la emoción de un ser cercano. No es simple constatación de la realidad, sino de una tensión que la renueva y es transmitida en esencia. Tan fácil como una pequeña muestra de cariño para calmar y curar al enfermo: «Entras, / me acercas de nuevo el agua / y me sonríes», para terminar diciendo del amor que en el emocionante «Es la magia que nos construye» («Detonación interna I»).

No se puede prescindir de la dualidad de la vida, de la visión plural, de la quintaesencia del ser. El poeta cacereño enfrenta al lector a la cara y al envés: la enfermedad y la sanación. El regusto a hiel de la primera parte aparece cuando el lector no le queda más remedio que acercarse a enfrentarse a la enfermedad a través de pruebas. Conforme avanzamos por el poemario, nos embarga la melancolía de quien se enfrenta a la más cruda realidad, mostrándonos el ciclo de un ingreso clínico. La naturaleza recuerda, desde un modo crítico, la visita de los familiares o conocidos y el mimo necesitado de la madre en la imagen del vaso de agua («encontré la llave / y el cuenco de agua fresca / que mi madre me servía»). Lo que recibe el sujeto de los demás, su carga genética. Las ensoñaciones irán dando paso, en los poemas que cierran el libro, a la «restauración», a la V, entendida como alta. Y a través de la llama de amor viva, el sujeto enfermo, tras la anestesia o una ensoñación, abre los ojos, sana («Ahora lo haces tú / y me despejas»).

Fran Ignacio Mendoza ha conseguido emocionar, de nuevo, con Final e inicio –el nexo constante–, en un ejercicio de honda introspección del ser, y en ese reconocerse en el otro mediante sugerentes imágenes. Una invitación para conocer de primera mano y perder el miedo a los dos ángulos de la existencia, y en la aproximación a la muerte, la esperanza de la cura.

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