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Osvaldo Spoltore: “Me parece imposible que un gran ensayista escriba mala narrativa o poesía”

sábado 17 de noviembre de 2018, 20:37h
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Osvaldo Spoltore nació el 10 de agosto de 1956 en Buenos Aires, ciudad en la que reside, República Argentina. Integró el consejo de redacción de la Revista “Tamaño Oficio”. Fue incluido en la antología “Mar azul. Cielo azul. Blanca Vela – Homenaje a Arturo Cuadrado” (Ediciones Botella al Mar, 1999). Junto a Jorge Montesano, Emmanuel Muleiro, Haidé Daiban y Julio Aranda integra el volumen colectivo de poesía “Memoria del olvido” (Ediciones Botella al Mar, 2000). Poemario publicado: “Punto de furia” (Ediciones Febra, 2004).

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¿La prosa de qué articulistas, de qué ensayistas te resulta admirable? ¿Ubicás a alguno que habiendo escrito narrativa, poesía o dramaturgia, sin embargo vos lo prefieras como ensayista?

Confieso que me deslizo casi naturalmente a leer ensayos por sobre otro tipo de literatura. Pero es verdad que un mismo escritor de gran imaginación puede abrazar sus temas desde varios géneros. Es el caso de Borges. En el poema Mateo XXV se sitúa en primera persona como alcanzado por el Juicio Final, cerca del porteño barrio de Constitución, y ese juicio se emite desde una voz infinita con una sola palabra que él intenta traducir pobremente, con una enumeración de muchas cosas, ya que él está bajo un régimen temporal, que es el del poema. Si leemos, el “El Aleph” (cuento relatado en primera persona y dentro de una casa en el mismo barrio) o el ensayo “Nueva refutación del tiempo”, podemos verificar que su misma cosmovisión está en los tres, y son tres maravillas estéticas que vitalizan además por toda su ingeniosidad.

Pero no es sencillo encontrar a quien sea parejo y nos asombre continuamente en varios géneros con la misma excelencia poética. Hay ensayistas muy agudos, profundos como Ricardo Piglia, Juan José Saer, Abelardo Castillo, Santiago Kovadloff…, que también escribieron poesía o narrativa, pero a estos los aprecio más por sus ensayos. Esto quizás sea por ser un lector hedonista, pues si lo que leo no tiene música, un contenido que supere al mero entretenimiento, me aburre. También me parece que es imposible que un gran ensayista escriba mala narrativa o poesía. A la inversa, puede pasar. No todo “escribidor” de los dos géneros citados, cuenta con capacidad para escribir sólida ensayística, pues ésta exige mucha sagacidad en la elección y tratamiento del tema, sin olvidar la capacidad expresiva.

Y algo más: Domingo F. Sarmiento escribió el “Facundo” de forma excepcional; no era ficción (al menos literaria), pero esa calidad de ensayista que tenía me hace suponer que si se hubiera dedicado exclusivamente a la literatura de ficción, hubiera sido extraordinario.

¿Autores de la literatura universal que consideres grandes inventores de argumentos?

No es fácil responderte, no porque no tenga respuesta, sino porque los argumentos casi siempre son los mismos. Hasta en asuntos metafísicos o filosóficos, donde no habría argumentos pero sí un ordenamiento de ideas (en definitiva un texto, un tejido pero de ideas no de relatos o guiones). Por ejemplo, William Shakespeare inventaba menos argumentos de los que ya existían y los reescribía magníficamente para Teatro.

Hoy además tenemos una mayúscula producción e influencia del cine y lo audiovisual. Por eso somos de una generación difícil para ser sorprendidos por nuevos argumentos. En general, no estoy a gusto con largas descripciones y los malabares o juegos reiterados al hartazgo que encontramos en cine y televisión.

Pero lo que sí me maravilla es la capacidad potencial infinita que tienen las formas de aparecer: eso no cansa. Digamos que como en la Naturaleza, no habiendo dos atardeceres iguales, en literatura puede suceder lo mismo. Doy un ejemplo: me sorprendió en Gustave Flaubert su obsesión por escribir bien. En “Madame Bovary” me parece extraordinaria una página en la que da forma a un contrapunto donde entremezcla un diálogo, entre los amantes sentados dentro de una habitación, con frases de un discurso que un político profiere desde una tribuna. La anécdota es menor, pero me fascinó, la forma. Y llamativamente, cuando vi la película basada en la novela, esa instancia pasó totalmente desapercibida, aunque se respetara el texto original.

Además, los argumentos tienen fecha de vencimiento. Hasta el hecho de relatar puede ser más o menos importante, según las épocas, pues no es lo mismo hacerlo para simplemente entretener o si se trata de denunciar o abrir conciencias.

Hoy es interesante notar que los mercaderes del espectáculo cinematográfico, buscan argumentos universales, pues desean distribuir sus productos a nivel planetario. Así tenemos el éxito de la obra del británico J. R. R. Tolkien: la saga de “El señor de los anillos”. Pero leer —por citar sólo un caso— todas esas novelas, por más sofisticadas que sean, no me movilizan nada. Y ni hablar de las novelas o cuentos que los empezás a leer y ya sabés lo que va a pasar. ¡Nos invaden los estereotipos!

Quizás haya un avance en las series de televisión que han complejizado la línea argumental en varias, esa multilínea que te obliga a seguir varios argumentos al mismo tiempo; hay un sentido coral en todo eso, y así abren temáticas en varios personajes que en otras épocas eran secundarios y sólo estaban de soporte.

¿A qué escritores no debiera uno morirse sin haberlos leído?

Esa pregunta no me cabe. No hay deber de leer nada nunca. Es pura actividad humana y es infinita la cantidad de probabilidades de lectura. Si uno vive con los ojos abiertos, los escritores aparecerán solos. ¿Y por qué morirse y no leer más? ¿Quién dijo que después de morir ya no leeremos más? ¿Y si somos inmortales o morir es un simple sueño que termina en un suave despertar?

Por eso podría decirte coherentemente que yo seguiría leyendo y leyendo: “La Biblia”, “Ficciones” de Jorge Luis Borges, “Martín Fierro” de José Hernández, “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra. Y además está lo literario que se entromete en libros de no ficción. De mis muchos años de Facultad, estudiando Humanidades, he encontrado varios libros de autores que investigan desde lo académico Ciencias Sociales o Arte con una escritura profunda, y aunque hay más, cito sólo uno: “Teoría de la política internacional” de Kenneth N. Waltz [1924-2013]. Y concluyendo, debido a que está muy cerca de mí todos los días desde hace quince años, como un mural pegado a la pared de mi oficina, seguramente seguiré leyendo el poema “Mandala” de Horacio Castillo [1934-2010].

“Los odiosos ocho” (“The hateful eight”) es el título de un film de Quentin Tarantino. ¿Nos armarías una listita de aquellas ocho personas o personajes, de todos los tiempos, a los que pudieras calificar apropiadamente como “odiosos”?

No recordaba haber visto esa película, y la busqué por internet y descubrí que la había olvidado, lo que me demuestra, en mi caso, que los personajes no despertaron sentimientos fuertes para ser recordados como personas odiosas.

Quizás la pregunta va dirigida a mencionar seres perversos. El que odia es el personaje y puede que uno sufra una tensión natural de esa infamia de la cual es espectador. Es muy obvio que será despreciado —digamos justamente— quien con perversión sienta el placer de hacer sufrir a otro. Aunque creo que hay canallas, no soy inocente, y son comparativamente pocos: igual hay mucha maldad en el mundo. Una investigación en los Estados Unidos, donde hay estadísticas para todo, encontró que el 1% de varones y 0,5% de mujeres tienen una ausencia grave de empatía, definida como carencia absoluta de sensibilidad ante el dolor del otro, disvalor que seguramente tiene el perverso. Y ese porcentaje que parece pequeño, si hacemos cuentas, nos lleva a asegurar que miles de canallas habitan en una población de cientos de millones de personas. Además, recordemos que un sólo ser vil puede hacer mucho daño.

Pero me has hecho pensar. Si hiciera la listita, no desearía entrar en lugares (personas en este caso) comunes. Si consignara en la lista, perezosamente, a Hitler (o a cualquier otro político o persona famosa muy denigrada), seguro que reiteraría un estereotipo que otros han inflado hasta el cansancio. Y dije políticos pues son los que resuenan como los primeros más “odiados”, por cierta constante mental de no ver que odiosos hay en todos los rubros.

En mi lista, el primero será el tribuno romano Mesala, el compañero de la infancia de Ben-Hur, que luego, en la película, se hace su enemigo brutal. La vi en un reestreno. Y recuerdo que Mesala para mí fue la aparición del dolor de la maldad infinita e irrecuperable. Recién al escribir esto me doy cuenta. Nuevamente, es la forma, pues ese personaje representa la maldad como tantos otros, pero su manera de interpretarla me inspiró un dolor inmenso y lo admití como un ser odioso.

Pero me pedís una listita de ocho. (No sé por qué Tarantino eligió ocho. Quizás con uno alcance, el que los acapare a todos, quizás Mesala, el tribuno romano.) Pero me vienen a la mente algunos otros, son pocos. Como sabíamos que al aparecer se nos terminaría el disfrute, y el suspenso agrandó enormemente su maldad, agrego a El profesor James Moriarty. ¿Más odioso que un malvado que asesina a un personaje fascinante como Sherlock Holmes? ¿Más odioso que un tipo que viene a destruir una continuidad literaria que suponíamos infinita?

Y te dejo el último, la creación de José Hernández en “La vuelta de Martín Fierro”: el Viejo Vizcacha. Lo sentí odioso desde siempre. Cito de allí, los versos que representan las acciones del personaje que creo que merecen ser odiadas.

“Andaba rodiao de perros, / que eran todo su placer; / jamás dejó de tener / menos de media docena; / mataba vacas ajenas / para darles de comer. (…)

Una tarde halló una punta / de yeguas medio bichocas; / después que voltió unas pocas / las cerniaba con empeño; / yo vide venir al dueño, / pero me callé la boca. // El hombre venía jurioso / y nos cayó como un rayo; / se descolgó del caballo / revoliando el arriador, / y lo cruzó de un lazaso / áhi no más a mi tutor. (…)

Ustedes creerán tal vez / que el viejo se curaría: / no, señores, lo que hacía / con más cuidao, dende entonces, / era maniarlas de día / para cerdiar a la noche.”

La terquedad del malvado, esa incapacidad de echarse atrás, la pertinacia de no ceder, la de endurecerse más y más en su vida delincuencial, esas actitudes me parecen odiosas y odiables, pero aclaro, odiar la conducta o la acción es más noble y universal que odiar al actor, pues esto último, cuando no hay un rechazo profundo por lo primero, es simplemente un engaño a sí mismo.

*

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Osvaldo Spoltore y Rolando Revagliatti, noviembre 2018.

www.revagliatti.com

Link audio de Y desembarcaron las palabras: www.gema.com.ar/Ydesembarcaron.mp4

Lee: José Bravo

Video: https://www.youtube.com/watch?v=b5BIM61XjQY Presentación Antología “Memoria del Olvido - Año 2000 – En Sociedad Hebraica Argentina – Horacio Castillo – J.L. Manzur – Alejandrina Devescovi – Lucila Févola - Jorge A. Montesano – Julio Aranda – Haidé Daiban – Emmanuel Muleiro – Osvaldo Spoltore

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