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Fernando del Paso; punto y aparte

martes 27 de noviembre de 2018, 23:11h
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Hace un par de semanas se murió Fernando del Paso, ese escritor de novelones que, al segundo o tercer capítulo, amenazan con no terminarse nunca. De eso fui consciente desde el mismo momento en que, por una chamba, me tropecé con su inaugural José Trigo, y ya no pude sino perseguir por librerías de lance el resto de sus relatorias con la férrea convicción de que debía de leerlo todo y a toda costa.

Su tupida manera de tejer los párrafos y su prodigalidad con las voces cazadas al vuelo en la bullanguera calle o en las crónicas herrumbrosas de siglos me lo convertían en ineludible. Es más, si algo me reprochaba durante aquella pesquisa, era no haberlo descubierto antes, porque su excepcional manera de relatar lo convertían en un escritor aparte; tanto que la primera muestra la estaba palpando en ese momento: había transcurrido apenas un lustro desde que publicase su última y definitiva novela, Linda 67. Historia de un crimen, y ni de ella ni de sus hermanas quedaba el menor rastro por nuestras librerías de estreno. Y sin embargo, en absoluto se podía justificar con aquello de que las hubiese publicado en mínimas y meritorias editoriales difuntas; muy al contrario, las cuatro novelas de Fernando del Paso habían tenido la fortuna de aparecer bajo marcas de ringorrango, vigentes en toda su potencia y con casa a este y a aquel lado del Atlántico. Y tampoco podía argüir que se tratase de un desconocido, porque a los dos o tres amigos a los que comenté mi afanosa búsqueda, contaban en sus estanterías con Palinuro de México y hasta con alguna otra; supongamos, Noticias de un imperio.

La razón de su ausencia —o de su fugacísimo paso— por nuestras librerías era muy otra y concernía, qué duda cabe, a los hilvanes con que urdía sus novelas. Si por un lado exhibían aquella cosecha profusa de voces insólitas, provenientes de todas las fuentes imaginables; por otro, sus estructuras en perpetua colisión y hasta elusión se avenían poco con ese modelo de novela complaciente, tan cronológica y aseada y que gustan tanto de exhibirse a la vera del mar. Es más, a veces, como me sucede en Palinuro de México, dudaba de hallarme ante un relato, por gozoso o intrigante —e incluso por momentos arduo y hasta escarpado— que resultase el mero ejercicio de su lectura. Unir sus acontecimientos requería y requiere del lector un esfuerzo compositivo tal, que quizá podemos concluir que no existen dos Palinuros semejantes, sino tantos y tan diversos Palinuros como lectores se han zambullido en sus páginas. Y no me refiero a la representación imaginativa de sus personajes o de sus ambientes, sino a la peripecia misma, relatada en sus páginas.

Pero si Palinuro de México es un desafío y hasta un exceso, sus otras hermanas no dejan de retarnos como lectores, cada una de un modo tan peculiar y tan distinto de las otras, que todas juntas y vistas con la distancia que propicia la lectura bien digerida, cumplen fielmente la máxima confesada por el propio Del Paso: no escribir jamás dos novelas semejantes —se entiende que ni en la estructura, ni en el asunto, ni en la época en que transcurre la ficción—. Y no obstante, todas encierran una traza familiar que las convierte por un lado en jalones de aprendizaje para un escritor y, por el otro costado, en hallazgos rotundos para un lector desengañado. Al escritor le dictarán que la novela debe ser una apuesta por contar la vida desde un pliegue cada vez más audaz; y que su relato no concluirá mientras lo humano, lo genuinamente humano, las palabras, no cesen de pronunciarse y de ser lo que son: detonadores fantasía. En tanto que al lector avisado y harto de tanta estruendosa novedad huera, lo azuzarán para que se pertreche de diccionarios de toda índole, pues habrá descubierto con rubor que una de sus páginas le pinta una sonrisa agradecida y la siguiente, le hace ciscarse en la madre del novelista; y todo ello sin apearse de una sucesión de acontecimientos que o bien no se atisba hacia donde van; o bien, vienen tan enfrentados que, como sucede en Noticias de un imperio, uno no atina bien si asiste a una crónica de México con loca por medio —por muy emperatriz que sea—, o bien lee las memorias de una loca con largos excursos sobre la historia de México, para completar los huecos que la emperatriz tronada no quiere ni mentar.

En fin, que unos quince años más tarde de que doblase la última página de José Trigo, a Fernando del Paso le concedieron el Cervantes, y para Alcalá se vino desde su México sentado en una sillita de ruedas y con una corbata que era la viva bandera de España con refulgencias solares. Y me llenó de satisfacción aquel acierto, tanto como me desoló contemplar que al paisanaje que visitaba las librerías lo dejaba indiferente; si acaso, levantaba las tapas de sus novelas expuesta en las mesas con suspicacia, no fuera a escaparse de ellas la Fiera Corrupia. Por esa indiferencia que noté entonces y que he vuelto a percibir en la frialdad de las reseñas de nuestros diarios ahora, con ocasión de su muerte, me puse a escribir esta nenia, que no es sino una llamada a que lo lean, porque no saben lo que se pierden.

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