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"Los vikingos y sus expediciones a la Península Ibérica", de Iván Curto Adrados

Editorial La Ergástula
sábado 26 de septiembre de 2020, 17:00h
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Los vikingos y sus expediciones a la Península Ibérica
Los vikingos y sus expediciones a la Península Ibérica
La obra se inicia con una Introducción más que reseñable. Se refiere, pormenorizadamente, a la muerte de uno de los monarcas vikingos noruegos más conocidos, Oláfr Haraldsson, futuro San Olafr, muerto en la batalla de Stiklarsrtaoir cuando trataba de recuperar el trono frente a numerosos granjeros noruegos que deseaban, y consiguieron, impedírselo; la descripción de su muerte es literariamente encomiable.

El término vikingr se refiere a las aventuras marineras de hacer el corsario; hoy la historiografía se refiere a: “aquella persona que, poseyendo una cultura, lengua y religión de características escandinavas, se dedicó a cualquier actividad-no solo al saqueo, el robo o la incursión-tanto dentro como fuera del ámbito geográfico nórdico entre los siglos IX y XI d. C.”. Los europeos, cristianos o musulmanes que los sufrieron los denominaron de muy diversas formas, desde Nordmanna hasta madjus. Se conoce al período vikingo, en la Alta Edad Media, desde los finales del siglo VIII a mediados del siglo XI.

Desde el año 793, con la masacre de los monjes del monasterio de Lindisfarne-Northumberland (año-793), hasta la batalla de Hastings, 1066, en la que el duque Guillermo el Conquistador aplastó al rey Haraldr Hardradi. Pero, la arqueología ha ido demostrando que esas fechas son meramente ilustrativas, ya que existieron previos contactos entre vikingos y europeos. Se define Escandinavia como el solar de los vikingos, hoy sería la suma de Noruega+Suecia+Dinamarca. En la época vikinga estos tres territorios compartían lengua, religión, cultura y sociología; todos estos pueblos solían ser muy hospitalarios con sus visitantes. Los vikingos buscarían su fortuna en rutas diversas: la occidental, que los llevó al saqueo o al comercio con Inglaterra, Escocia e Irlanda, en su exploración llegarían hasta Groenlandia, y hasta Vinland (año-1000) ya en la América del Norte. La oriental, de carácter marcadamente comercial, estuvo al cuidado de los suecos, llamados rus o varegos por los bizantinos, llegando hasta el Imperio Romano de Bizancio y el Khalifato de Bagdad. Las causas de su llegada eran múltiples: los clérigos cristianos estimaban que eran el brazo ejecutor de Dios por los pecados de los hombres.

Paradigmático el texto del canciller de Carlomagno, Alcuino de York, tras Lindisfarne: “Considerad cuidadosamente, hermanos, y examinad diligentemente, no sea que acaso este desacostumbrado e inaudito mal fuera merecido por alguna práctica maligna”. Las teorías de la diáspora vikinga son varias, desde: la demográfica incrementada, clima cálido y seco, pujantes centros comerciales en torno a los Mares Báltico y del Norte, la promoción que producían las hazañas guerreras y la adquisición de tierras, el amenazante creciente poder imperialista de Carlomagno, los conflictos sucesorios y la eclosión del poder de los monarcas escandinavos (ss. IX-X), etc.

El vikingo que arribó a la Península Ibérica era un joven, pero envejecido prematuramente; su mortalidad infantil era muy elevada, el 50% de las mujeres fallecían antes de los 35 años, y la edad media de los varones era de 50 años. Padecían enfermedades intestinales provocadas por parásitos lumbricoides. Los varones medían entre 1’70-1’75 y las mujeres de 1’56-1’61, aunque el rey Harald Hardradi de Noruega midiese 2’10 metros. Los cronistas mahometanos escriben: “extraordinarios por su tamaño, su físico y su valor. Parecían palmeras. Eran rubios y rubicundos”. Eran los más limpios de su época: “baños de cuerpo entero cada sábado, acicalamiento de cara y manos a diario, cambios frecuentes de ropa y despiojado del pelo de manera regular”. La lealtad familiar era el paradigma de la sociedad vikinga. La expansión vikinga motivó el crecimiento de la esclavitud en su sociedad, sus pilares económicos eran el secuestro y el comercio; los esclavos no poseían nada, ni heredaban nada.

Su economía era de autoabastecimiento, a base de una producción agrícola y ganadera en torno a granjas más o menos aisladas, pero cazaban y pescaban ciervos, renos, martas, osos, jabalíes, morsas y ballenas. Se desplazaban y colonizaban por medio de sus marineros y veleros navíos: ferja-transporte de pequeñas cargas, knörr-transoceánicos, langskip-de guerra rápido; eran de vela y jarcia, pero disponían de remos. Lanzas, hachas, escudos y las más caras espadas eran su armamento. Eran impasibles frente a la muerte, por ello Ragnarr Loobrók “muere riendo cuando le llega su hora”. El Ásgaror o Tierra del Dios era donde vivían los dioses emparentados entre sí llamados Aesir-ases.

La relación con la Península Ibérica figura ya en las Crónicas Asturianas; y las leonesas del siglo XII, la Silense y la Iriense, y de ahí convergen en la legionense Crónica Compostelana, y en el historiador del Regnum Imperium Legionensis por antonomasia como fue el canónigo Lucas de Tui. Los cronistas musulmanes también los mencionan, desde Ibn al-Qutiyya, Ibn Hayyan, Al-Bakri, Ibn-Idari hasta Ibn Jaldun. Y los europeos: Annales Bertiniani, los Anales Irlandeses, el Heimskringla o el De Moribus et Actis Primorum Normanniae Ducum-siglo XI, etc. La arribada es en el año 844, en el momento regio de Ramiro I de Oviedo. “Por el mismo tiempo el pueblo de los normandos, antes desconocido para nosotros-un pueblo pagano e infinitamente cruel-vino con una armada a nuestras tierras”. El primero de los hispano-agarenos en visitar Escandinavia fue Al-Gazal, hacia 845. Este pequeño acercamiento pretende resaltar una auténtica joya historiográfica y esclarecedora. Roma locuta, causa finita!

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