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"Azaña. Los que le llamábamos don Manuel", más que una biografía es una semblanza personalísima de Josefina Carabias, una de las pioneras del periodismo en nuestro país

viernes 29 de enero de 2021, 17:19h
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Azaña. Los que le llamábamos don Manuel
Azaña. Los que le llamábamos don Manuel

“Creo que todos los que hemos vivido una época histórica —en algunas cosas tan distinta, en otras tan semejante a la actual— tenemos el deber de contar lo que vimos, aunque sea mal contado, como es mi caso”, escribe Josefina Carabias en las primeras páginas de Azaña, el libro en torno al presidente de la República del 11 de mayo de 1936 hasta 3 de marzo de 1939.

En estas pocas líneas, ya nos advierte de que las páginas que siguen no componen una mera biografía, sino que son un retrato de una época, de aquella que va desde los años previos a la República hasta el final de la Guerra Civil. Podría decirse que Azaña es un retrato sobre el proyecto republicano, desde sus albores hasta su final, pasando evidentemente por los años en los que la República, a pesar de los conflictos internos y los innumerables obstáculos, se convirtió en una realidad y ya no en ese proyecto en torno al cual discutían en el Ateneo, en el Comité Revolucionario, del que formaban parte, evidentemente, Azaña, Alcalá Zamora, Largo Caballero, Indalecio Prieto, Miguel Maura, Álvaro de Albornoz, Marcelino Domingo, entre otros.

Carabias comienza su recorrido histórico en la dictablanda de Berenguer, momento en que Azaña presidía el Ateneo de Madrid, que había recuperado parte de la libertad perdida durante la dictadura de Primo de Rivera y en el que muchos jóvenes, entre las que se encontraba la propia Carabias, que todavía no había entrado a formar parte de la redacción de La Voz, se formaban con los más grandes intelectuales de la época, empezando por Valle-Inclán, figura recurrente a lo largo de todo el libro y con quien Carabias mantendrá una relación bastante estrecha, entrevistándole en más de una ocasión. Particularmente conocida es la entrevista que le hizo nada más entrar a trabajar a La Voz, puesto que, como ella misma le confesaría al escritor gallego, al no encontrarle en ninguno de sus lugares de frecuentación habitual, tuvo que inventársela: “Como hubiera sido horrible fracasar en lo primero que me mandaba un director al que acababa de conocer, no he tenido más remedio que hacer la interviú de memoria. Quiero decir que he puesto las cosas que le había oído a usted otras veces”. Una sonrisa de aceptación fue la respuesta de Valle-Inclán ante la sinceridad de la periodista, cuyo primer día en La Voz no pudo ser más glorioso.

Más allá de su vida privada, Carabias describe a Azaña como algo más que un político, subrayando su interés por la literatura, su intensa actividad en el Ateneo, del que fue director y al que siguió acudiendo hasta el final. De hecho, fue precisamente en el Ateneo donde comenzó la vida política de este hombre, del que la periodista destaca su inteligencia y su brillante oratoria.

Azaña siempre se definió como un burgués -de ahí los conflictos con los socialistas, herederos de Pablo Iglesias, que veían con desconfianza la posibilidad de gobernar con un partido que no renegaba de pertenecer a la burguesía- “una vez disueltas las Cortes, resultó que los socialistas, o al menos los más influyentes de entre ellos, pensaron que les convenía más ir a las elecciones solos. Era la única forma de paliar el desgaste que les ha¬bía ocasionado la colaboración con el Gobierno. Así podrían prometer a su electorado lo que no les había sido posible hacer formando parte de un Gobierno todo lo republicano que se quisiera, pero, al fin, burgués”-, le gustó vivir bien rodeado de libros, combinando su pasión por la política con sus intereses literarios, que se reflejan constantemente, como apunta Carabias, para quien Azaña terminó revelándose como gran escritor en sus textos memorialísticos: “Todavía no había descubierto que solamente llegó a ser un gran literato cuando no se propuso «hacer literatura». La prueba la tuvimos muchos años más tarde, al comprobar toda la emoción y el garbo de escritor que late en muchas páginas de sus memorias”, afirma la periodista, añadiendo: “También hay emoción y creación de escritor en algunos de sus discursos, muchos de ellos improvisados”.

Josefina Carabias debutó como periodista en 1931 para La Estampa. Es en este periódico donde publicará los reportajes más destacados en torno a la mujer y, en concreto, en torno a
esa nueva mujer que estaba naciendo de manos de la República. “El matrimonio se funda en la igualdad de derechos para ambos sexos y podrá disolverse por mutuo disenso o a petición de cualquiera de los cónyuges, con alegación en este caso de justa causa”, escribiría, por ejemplo, en un artículo para dicho medio, donde publicaría una entrevista a Victoria Kent, recién nombrada Directora de Prisiones, un encargo del por entonces director de La Estampa, Vicente Sánchez-Ocaña. Por entonces, firmaba sus artículos como Pepita Carabias, pero, animada por su compañero de redacción Luis G. Linares, comenzará a firmar como Josefina Carabias. Con su nombre y apellido, aterrizó ese mismo 1931 en La Voz.

Frecuentaba con asiduidad y cercanía a Azaña y era testigo de primera mano de la vida parlamentaria de la Segunda República. En efecto, se convirtió por entonces en una de las más destacadas cronistas parlamentarias, cuya carrera, sin embargo, se vio truncada con el estallido de la guerra. En el invierno de 1936, ya casada, marchó a Francia donde vivió primero en Paris y tras la llegada de los alemanes, con su hija Carmen, en el sur. Su marido, José Rico Godoy, estaba preso en Madrid desde abril de 1939.

Volvió a Madrid cuando éste salió de la cárcel, a finales de 1942 y, aunque las autoridades la prohibieron escribir con su nombre, utilizó pseudónimos o simplemente no firmaba, todas las colaboraciones que podía conseguir, en Destino, en ABC, en Radio España. Recuperó su identidad en 1948 y se incorporó como redactora en el diario Informaciones. En 1951 le fue otorgado el Premio Luca de Tena (justamente el mismo año que el Cavia fue para su querido amigo y antiguo compañero Julio Camba). Ese premio del ABC, fue decisivo en el lanzamiento de su “segunda carrera” en España, sin haber tenido que renunciar a sus ideas ni doblegarse ante nadie. Carabias nunca había escondido sus principios progresistas y, a través de sus artículos y reportajes, siempre había defendido la causa feminista, la igualdad laboral entre hombres y mujeres y, sobre todo, la emancipación de la mujer que solo podía tener lugar a través de la educación y la cultura: “La mujer es un pueblo subdesarrollado, y no por culpa de ellas, claro, como tampoco es culpa de esos pueblos. Pero ésa es la realidad, y la única salida es la ilustración, la cultura, el ponerse a la altura del hombre que está al lado y hacer que desaparezca de una vez esa frase masculina del “tú, cállate, que de esto no entiendes” que dicen a su mujer hasta los hombres más brutos. Mientras la mujer no se ilustre, por más medidas que se tomen, por más leyes que se dicten, no hay nada que hacer”. Así contestaba a una de las muchas preguntas de la entrevista que en 1971 le realizó Juby Bustamante, a quien confesaba que, si bien no se podía comparar la mujer española con la norteamericana o la francesa, a quien había conocido bien en sus años como corresponsal, todavía había mucho que hacer. Y si bien no se sentía identificada con el nuevo feminismo norteamericano, Carabias entendía perfectamente su sentido y su relevancia social.

En 1954 es enviada como corresponsal en Estados Unidos con un sueldo de 1000 dólares al mes desde donde escribiría crónicas para tres diferentes medios: Informaciones, El Noticiero Universal, de Barcelona, y La Gaceta del Norte, de Bilbao. En Norteamérica, escribe crónicas de carácter costumbrista, tratando de descubrir a sus lectores la realidad de un país que solamente se conocía a través de las películas hollywoodienses. Con humor, escribe crónicas como El presidente de EEUU tiene que ser guapo, en las que queda reflejada la mentalidad estadounidense, su carácter conservador y racista: “Según los americanos con quienes he hablado de este asunto, este país no ha elegido ni elegirá jamás como presidente a un negro, a un católico, a un enfermo, a un anciano, a un comunista, a un divorciado, a un ateo, a un resentido, a un hombre físicamente desagradable, ni a uno que no sepa reír en público a carcajadas”.

En 1959, dejaría Estados Unidos y se trasladaría a Francia como corresponsal contratada por Editorial Católica, propietaria del periódico Ya, donde seguiría escribiendo tras su regreso a España en 1967. Su columna diaria Escribe Josefina Carabias se convirtió en lectura casi obligada para la mayor parte de los lectores, a quienes la periodista no abandonó hasta el final. Escribió hasta que ya no pudo más, hasta su fallecimiento, el 20 de septiembre de 1980.

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