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Félix de Azúa
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Félix de Azúa (Foto: Archivo)

Historia de unos idiotas contada por ellos mismos

Por Rafael Balanzá
jueves 08 de julio de 2021, 03:00h
Los test de psicometría no pueden medir la inteligencia, pero miden bastante bien la estupidez; sobre todo la de sus más enfervorizados devotos. Sostienen los expertos que son predictivos del éxito académico, e incluso del laboral. Probablemente lo sean, pero la inteligencia es una mariposa muy difícil de atrapar con las redes de la mera eficacia o de la utilidad. No se trata de que esos test sean inútiles o falsos, ni mucho menos; se trata de que lo que cuantifican y evalúan son, en todo caso, las capacidades y aptitudes del cerebro en relación con objetivos específicos y tareas concretas.
Historia de un idiota contada por él mismo
Historia de un idiota contada por él mismo

La inteligencia en sí es inconmensurable, por la sencilla razón de que resulta indefinible. La mariposa revolotea siempre fuera de la red. En 1989 Roger Penrose nos explicó, en “La nueva mente del emperador”, en qué sentido estaban fallando todos los pronósticos que nos anunciaban una verdadera inteligencia artificial para finales del siglo XX, y cuáles eran las razones de ese fracaso, aduciendo el célebre teorema del lógico y matemático Kurt Gödel. La cuestión es que el núcleo de lo que llamamos inteligencia humana resulta ser el inescrutable (epistemológicamente) aunque fácilmente accesible (empíricamente) fenómeno de la conciencia. Y si no sabemos qué cosa es exactamente la conciencia –John Searle y Daniel Dennett, por ejemplo, todavía no se han puesto de acuerdo- será una temeridad tratar de formular una definición no tautológica de la inteligencia.

Habría que distinguir, sospecho, entre la inteligencia pura o esencial que residiría, sobre todo, en la (auto)consciencia, y la inteligencia aplicada, o conducta inteligente. Pero aquello que consideramos conducta inteligente depende siempre de un contexto cultural y axiológico plagado de convenciones y prejuicios que conforman un telos relativamente arbitrario. En una cultura que profesa como valor capital el respeto a la armonía natural y a toda forma de vida, la actitud piadosa de quien es capaz de permanecer mudo e inmóvil casi todo el tiempo se interpretará como prueba de una gran inteligencia. En Occidente, donde el hombre, como bien anotó Hölderlin, habita poéticamente la tierra (transformándola, apropiándosela, de acuerdo con la etimología del verbo griego poiein) más que en cualquier otro lugar, esa misma conducta, la del sabio del cuento hindú de la frase anterior, será considerada la típica de un imbécil.

Es bien conocido el hecho de que grandes físicos, incluso algunos premios nobel, eran incapaces de una respuesta emocional normal y había que situar su inteligencia en algún punto del amplio y brumoso espectro autista, tal vez en la categoría Asperger. Ser capaz de hacer rotar un sólido con la imaginación era una cualidad muy apreciada cuando se estaban construyendo los primeros puentes colgantes y ferrocarriles; hoy un ordenador puede acometer esa tarea con más garantías que nosotros, lo que ha situado a los programadores informáticos un poco por encima -en la estima social, e incluso en la remuneración- de los ingenieros de caminos. Pero podemos ir más allá en la indagación del lábil concepto inteligencia con otro cuento, esta vez sacado del molde del noir.

Una pandilla de amigos juega a las cartas en una burbuja de luz cetrina, seccionando columnas de humo con el filo de sus naipes y gruñendo de aburrimiento; es una partida tediosa con insignificantes oscilaciones de la suerte. Son cuatro: un gran físico, un eminente filósofo, un músico brillante y un acuarelista fracasado y sin talento. Este último –el más tonto, sin duda, de acuerdo con la psicometría- convence a los otros tres para perpetrar un atraco brutal en el que dejarán a sus espaldas una ristra de cadáveres. ¡Pero esta es una hipótesis descabellada! Objetarán ustedes. Lo será sólo hasta que les revele los nombres de los integrantes de la banda: Werner Heisenberg, Martin Heidegger, Richard Strauss y Adolf Hitler. ¿Quién era el más tonto de ellos? Ciertamente, no el que logró la obediencia de los demás. Decir otra cosa es engañarse.

Una vez recogimos a Arrabal en Albacete y lo llevamos a Murcia, ya que debía pronunciar una conferencia en un observatorio artístico, el CENDEAC, verdadero sumidero de inteligencia costeado por nuestra Comunidad. El coche lo conducía Manuel Moyano y en el trayecto hablamos, precisamente, del asunto de este artículo. Arrabal había sido distinguido en su infancia por los jerarcas franquistas de la educación con un diploma que acreditaba sus brillantes resultados en un test psicométrico; lo que no le ha impedido nunca burlarse, con saña arrabaliana, de la psicometría. Nos comentó en el coche que su buen amigo Milan Kundera –a quien tanto admira- nunca habría podido obtener un diploma semejante. Arrabal no pretendía con esto menospreciar a Kundera, por supuesto, sino, en todo caso, a los expertos y gurús de la inteligencia.

Idiotas

Sostengo en este artículo –ha llegado el momento de declarar su lamentable tesis- que pertenezco a una generación de idiotas. No hablo en sentido figurado. Mis palabras deben entenderse literalmente. Los ciudadanos occidentales, y en particular los españoles, somos hoy más lerdos, más estúpidos que los de cualquier cohorte generacional anterior, aunque tal vez menos que los de las venideras. En el arte, la literatura o el pensamiento esta generación no ha sabido encontrar a sus propios referentes. En política se ha limitado a resucitar versiones paródicas y raquíticas de los más sombríos y sórdidos paradigmas del pasado.

Mi propia concepción de la inteligencia incluye la dimensión existencial y, por extensión, estética, cultural y, sobre todo, espiritual de la persona. Y en este orden de cosas, no cabe duda del triunfo absoluto de la oligofrenia. El escritor Santiago Casero Gonz señaló recientemente en Twitter la influencia que ejerció sobre nosotros –lectores jóvenes, entonces- uno de los títulos tempranos de la narrativa de Félix de Azua: “Historia de un idiota contada por él mismo”. Este fue el lance que me impulsó a buscar el libro en Google. Sentía cierta curiosidad por conocer la recepción de que gozaba entre las nuevas generaciones. Con asombro -y un arrebolado brote de indignación-, constaté que en una popular web de reseñas (mucho más influyentes hoy, como sabemos, que los suplementos culturales) el libro era tratado casi con desprecio, y los lectores le asignaban una calificación muy baja. Para que se hagan una idea, en una escala decimal, varias unidades por debajo de mis propios libros.

No me escandaliza que el texto de Azua guste poco a los nuevos lectores, lo que sería, claro está, muy legítimo. Lo que me arranca el grito de los riñones y me lo transporta al firmamento es que el contenido de tales infracríticas o pedos digitales (versión cibernética de los flatus vocis latinos) revelan a las claras el desconocimiento de la tradición literaria con la que conectaba aquella novela; la ignorancia absoluta de los propósitos estéticos del autor, la incapacidad manifiesta para captar la ironía de un discurso cuyo mérito reside, precisamente, en el desenvolvimiento de una inteligencia que se somete a sí misma a escrutinio e indaga en el origen de su pugna con el mundo.

Escarbando en la obviedad, cabría señalar que “Historia de un idiota” se integra en una gran corriente literaria del siglo pasado definida por la desafiante premisa de que una buena novela podía muy bien contar casi nada. O para ser más precisos: debía atreverse a contar la nada. En ese abigarrado conjunto de obras figuran “Ulises” de Joyce (el ordinario periplo de un agente publicitario por Dublín), “El Castillo” de Kafka (aquí el paseo se lo da un agrimensor), “La montaña mágica” de Mann o “El desierto de los tártaros” de Buzzati. Y ya en el confín de la “antinarrativa” hallaríamos la trilogía de Samuel Beckett o las obras experimentales de Alain Robbe-Grillet, entre otras.

No importa mucho aquí cuál sea mi valoración de la escritura de Azua; lo que señalo es la falta de fundamento de esas otras opiniones que leí, expresadas con toda la insolente bravuconería de que la empoderada vulgaridad es capaz. Lo triste, lo paradójico, lo trágico en este caso es que aquella novela, cuyo tema central era, precisamente, la irrefrenable deriva colectiva hacia la estupidez, parece haber caído finalmente víctima de ella. Entre los nuevos lectores no sólo apenas encontramos a quienes sean capaces de disfrutar la obra, sino que echamos de menos a aquellos que pudieran exponer juicios adversos sólidamente fundados. Un rechazo expresado con semejante torpeza es el fruto esperable de la incomprensión y de la estulticia.

¿Y por qué no se hunde todo?

Y si nos hemos vuelto realmente tan idiotas como digo, ¿por qué no se hunde todo, y el mundo, entre pandemias, aún sigue funcionando? Respondo con una única palabra: tecnología. No en el sentido de fenómenos tan en boga como la inteligencia artificial o las redes sociales (que no hacen otra cosa que redirigir e intensificar, en un feedback orientado al consumo, las corrientes de estupidez ya existentes) sino en el del vocablo griego tekné, mucho más amplio por su etimología. Ella, la tekné “acumulada”, es lo que permite avanzar todavía, incluso con una brecha en el costado, al flamante Titánic en el que navegamos. Nos salva, sobre todo, la estructura jurídica y social desarrollada por generaciones anteriores. Aunque ya nadie recuerde los orígenes de esta gran nave que nos transporta y los planos amarilleen en algún depósito sellado, aunque el contacto con la tradición esté del todo perdido, la gran máquina funciona todavía gracias a su formidable diseño técnico. El tejido productivo y la arquitectura institucional siguen en marcha, incluso sin nadie a los mandos. Viajamos hacia la extinción en una auténtica nave de los idiotas. Nuestro más fiel retrato es el cuadro de El Bosco.

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