www.todoliteratura.es

Rafael Balanzá

12/01/2023@06:00:00

Por si todavía no lo saben, permítanme sorprenderles con la noticia: 2023 es un año electoral en España. Eso significa que nos van a estar machacando varios meses con el taladro político-informativo, que horadará primero nuestro parietal y luego, sin compasión, penetrará con su broca mediática hasta las íntimas entretelas de nuestro córtex; pero no teman, porque si siguen leyendo estas líneas pueden evitar la trepanación. Me propongo analizar la política nacional a partir de uno de los más rotundos clásicos literarios del siglo XX.

Ha publicado Luis Ventoso, quien ha sido muchos años director adjunto de ABC, en El Debate un controvertido artículo titulado “Una España sin colosos literarios”. El cariz provocador de la pieza no defrauda las expectativas generadas por un apellido que anuncia turbulencias y hasta tempestades. En efecto, ha hecho algún ruido y, también, ha encontrado eco entre algunos de sus colegas –a mí me llegó a través de una oportuna mención de Juan Carlos Laviana- e incluso parece haber picado a uno de los aludidos, Arturo Pérez Reverte; el cual, según nos informó recientemente el propio Ventoso a través de su cuenta de Twitter, ha bloqueado al periodista en la red del pájaro azul; esa ruidosa pajarera que anda muy revuelta desde que Elon Musk ha estrenado el enésimo juguete adquirido con el dinero de papá.

Hay cierta paradoja, en torno a la literatura, que se ha expresado muchas veces de distintos modos. Hace poco lo planteaba en Twitter Rafael Narbona, con notable contundencia. ¿Qué sentido tiene escribir para decir que nada merece la pena y que la vida es pura basura? Prima facie, da la impresión, en efecto, de que realmente tiene poco o ninguno. Si nada merece la pena ni siquiera merecerá la pena escribirlo, ¿no?

El asunto de este artículo es el paradero de la generación de escritores que nacieron en torno al año 1970 y a lo largo de ese decenio que trajo la democracia a nuestro país. Pero antes de entrar en harina, quisiera reseñar aquí una curiosa anécdota que tal vez viera en algún documental, o quizá leí en alguna parte, o puede que alguien me refiriese, sobre el modo en que ciertos nativos capturan a los monos en África. Esos astutos cazadores utilizan a modo de trampa los termiteros, en los que practican orificios del tamaño preciso para que los monos logren meter la mano pero no puedan sacarla con el puño cerrado lleno de termitas. Y así, no pocos de ellos, incapaces de controlar su pulsión, caen prisioneros. Con la venia del lector, me guardo este comodín para el final.

El título del presente artículo amalgama los de sendos ensayos relevantes de nuestra reciente literatura, “dignidad” de Javier Gomá y “Las armas y las letras” de Andrés Trapiello. El primero de estos libros plantea una aproximación al concepto de dignidad en el contexto de la civilización occidental, para a continuación ocuparse de su relación con la cultura y, por último, abordar su dimensión pública, y especialmente la conquista de la dignidad nacional española, gracias a una transición, ejemplar según el autor, que permitió a nuestro país ingresar como socio de pleno derecho en el selecto club de las democracias liberales.

Prefacio Kundera
Extrañamente, no había leído todavía una de las obras tempranas de Milan Kundera: “El libro de la risa y el olvido”. Acabo de hacerlo con gran placer, creo que es una de sus mejores novelas. Podemos describirla, con toda justicia, como “novela de ideas”; esa clase de ficciones entreveradas de ensayo, generalmente en torno a una idea-eje (dos, en este caso) que inundan con un potente chorro de luz el escenario social en el que se desarrollan. Aquí se trata, principalmente, de la Checoslovaquia comunista, y los personajes que vemos en escena no son únicamente iluminados por fuera, sino que también podemos escudriñarlos hasta los huesos gracias al poderoso y humorístico aparato de rayos X que emplea el autor.

Revisando el otro día una entrevista que me hizo el veterano periodista de cultura Antonio Arco para La Verdad de Murcia, descubro, con no poco estupor, que ya hablaba yo de un virus muy peligroso en 2018. Bien es verdad que no me refería exactamente al Covid-19. “El mundo va a ser destruido por la estupidez, no por el mal”, rezaba el titular de aquella conversación impresa a doble página. También me refería, de paso, a otras amenazas para la especie humana, incluyendo la degradación de los ecosistemas y los desequilibrios de la economía y de la demografía. La ventaja de ser un cenizo es que uno corre un riesgo mucho menor de equivocarse que cualquier optimista. Aunque lo de la pandemia, en concreto, no puedo decir que lo viera venir, por mucho que el cine y algún magnate informático nos habían advertido sobre esta posibilidad.

Autor de "Los dioses carnívoros"

Rafael Balanzá es un escritor profundamente peculiar y original como demuestran sus libros. Con su novela “Los asesinos lentos” se hizo el Premio de Novela Café Gijón 2009, después siguieron “La noche hambrienta” y “Recado de un muerto”. Cuatro años de paréntesis han dado como resultado “Los dioses carnívoros”, una novela donde mezcla el terror psicológico con una trama criminal.

  • 1

Arriesguemos de entrada una hipótesis discutible. Hay generaciones que hacen historia y otras que padecen la historia que hicieron sus mayores. No creo que sea muy original, pero tampoco doy ahora en el trastero desordenado de mi memoria lectora con un precedente claro de mi teoría. Vamos, pues, con la casuística, que será, me parece, lo más clarificador.

Hay pocas cosas más peligrosas, en efecto. Bernard-Henry Lévy desarrolló esta idea en un ensayo publicado en los noventa, y ya entonces era una noción bastante trillada. La obsesión por la pureza que ha perturbado últimamente hasta el delirio a algunos de nuestros políticos deriva con mucha facilidad en una patología de la que la historia ofrece un escalofriante museo teratológico.

Uno de los títulos más sucintamente ajustados al contenido de la obra es, sin ninguna duda, el de la implacable novela de Coetzee. Dedicaré este artículo a un asunto que ya ha aflorado en entregas anteriores, de modo explícito o en filigrana, y que consigno ahora en forma de pregunta directa: ¿Debería seguir siendo en el futuro, como parece haberlo sido en el pasado, misión principal de la literatura la de reflejar los aspectos más problemáticos, sórdidos o desagradables de nuestra experiencia? Es decir, ¿debe la literatura, sobre todo y ante todo, reflejar la desgracia?

Los test de psicometría no pueden medir la inteligencia, pero miden bastante bien la estupidez; sobre todo la de sus más enfervorizados devotos. Sostienen los expertos que son predictivos del éxito académico, e incluso del laboral. Probablemente lo sean, pero la inteligencia es una mariposa muy difícil de atrapar con las redes de la mera eficacia o de la utilidad. No se trata de que esos test sean inútiles o falsos, ni mucho menos; se trata de que lo que cuantifican y evalúan son, en todo caso, las capacidades y aptitudes del cerebro en relación con objetivos específicos y tareas concretas.

Vengo colaborando en Todo Literatura con una serie de artículos sobre el mundo editorial y sus contornos. Dado el nombre de la revista, supongo que esto no requiere mayor explicación; si es que el sentido común -que era en tiempos de Descartes la cosa mejor repartida del mundo, y no los virus y la nieve como sucede estos días- nos asiste a mí y a mis conspicuos lectores.

El pasado mes de marzo conversé con Javier Gomá durante una hora y diez minutos en la Fundación Juan March de Madrid. El documento audiovisual que lo atestigua, del cual adjuntamos un link, ha recibido ya multitud de visitas.

"La realidad es misteriosa"

Rafael Balanzá acaba de publicar su tercera novela "Recado de un muerto", una obra que se mueve entre la novela negra y el thriller.