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Andrés Ortiz Tafur y sus últimos deseos

Sílex Ediciones
Por Custodio Tejada
lunes 22 de noviembre de 2021, 07:59h

La imagen de la cubierta es también del autor: un tendedero con una colada tendida que desprende una paciencia infinita, donde un banco parece esperarte al atardecer o al amanecer. Todo un presagio de la silla cómplice que te espera dentro, una forma de ser y de estar en la vida y en las ideas, pero también en la literatura y en el mundo. 89 relatos/capítulos/artículos (muchos publicados en prensa), más un prólogo de Ernesto Calabuig y “Agradecimientos”. 200 páginas en total. El libro alterna las páginas escritas y en blanco, los textos en las páginas impares y las pares permanecen inmaculadas. La mayoría de los fragmentos/artefactos/ensiemplos solo tienen un párrafo, de unos 20 o 25 renglones en su mayoría, de unos 1100 caracteres aproximadamente y sobre 280 palabras cada uno, con un empaque posmoderno y a la vez costumbrista. Se balancea en un terreno fronterizo y movedizo, a caballo entre el diario, la crónica, la autoficción, lo poético, lo pictórico, lo filosófico, lo periodístico, lo autobiográfico, lo político, lo didáctico, lo moralizante… Este libro es un espacio yoísta que busca o pretende ser una voz colectiva o erigirse en opinión pública, una colada ecléctica (en sus dos acepciones: como ropa tendida, pero también como masa de lava que también expulsa bombas volcánicas) de 89 retazos/retales/prendas/vestidos que como un tendedero existencial pone el autor a secar al sol de los ojos lectores. Es su forma/código de entender el cuerpo ciudadano y la belleza ideal de estar/caminar en el mundo, en este caso en Santiago-Pontones, como paradigma de la España vacía-da y el mundo globalizado posmoderno. Ante todo, Los últimos deseos, es un territorio geográfico y literario, pero también un territorio intertextual y algorítmico, fundamentalmente con “La España vacía” de Sergio del Molino como late motiv que todo lo enmarca, pero a mi entender también con Pedro Antonio de Alarcón, Gerald Brenan y don Juan Manuel. En este libro el autor establece un pacto claro consigo mismo, pero también con el lector, como paradigma del otro, y en cierta medida, tienes la sensación de estar viviendo una inercia que te empuja a pensar que el conde Lucanor estuviera hablando con Patronio sobre sus reglas, sus valores, su pensamiento, su mirada, sus deseos de simetría y orden hasta convertirse en un relato catecismo de época. Escrito con una prosa brillante que engancha y seduce es un libro de ágil y amena lectura.

Los últimos deseos
Los últimos deseos

En toda sociedad y en toda época siempre se le pretende buscar a cada cosa un patrón, un canon y una medida. Tanto para leer como para vivir hay que alejarse, cuanto más mejor, de las susceptibilidades y demás ñoñerías. Si algo mágico hace la lectura es que termina construyendo consciencias. La lectura profunda de un libro produce un trance telepático e hipnótico que genera hipervínculos entre el autor y el lector hasta empatizar o ecpatizar, según el momento y la causa. La lectura adecuada consigue que la biblioterapia se convierta en un modo de sanación o solución a nuestros problemas cotidianos, pero la lectura inadecuada puede provocar la enfermedad y hasta la muerte, entendida ésta como antesala de otro reinicio. Todo libro pretende transmitir un punto de vista, en definitiva, un modo de ser y de estar en el mundo y en las ideas. Quizá escribir o leer no sea una virtud como a veces lo pintamos, sino el mayor de los defectos, por lo que a veces encierra de vanagloria y supremacismo. Pero éste no es el caso, porque creo que he leído este libro al alimón de cómo ha sido escrito, observado y vivido. Unos fragmentos los he leído en el coche mientras esperaba, otros sentado en la terraza de un bar a la luz de un café o una cerveza, otros en el parque a la sombra de un árbol, algunos debajo del flexo, varios en la mesa camilla abrazado por el sofá o en la cama antes de irme a dormir, en la habitación de un hotel o en la parada del autobús rodeado de viajeros. Una forma de leer muy posmoderna. Es una intuición, claro, y como toda intuición tiene algo de fantasía y algo de premonición. Cuando uno emite una opinión lectora lo que menos quiere es meter la perra en las cebollas, pero hemos de saber que toda reseña o ensayo de un libro, por disparatada que sea, es una especie de fajana literaria de dicho texto. Y como bien dice Andrés Ortiz Tafur metalingüísticamente: “Malditas palabras, no solo se las lleva el viento, también se abren a infinidad de reinterpretaciones”. P.81

Nos aconseja el filósofo Gustavo Bueno en su ensayo “El mito de la cultura”: “Toma tu barco y huye, hombre feliz, a toda vela desplegada de cualquier forma de cultura”, y también nos previene que “el ideal de la cultura es como la forma actual del opio del pueblo”, o que “la cultura es la gran justificación de nuestro tiempo: los poderes… se legitiman ante los ciudadanos por la cultura”. La cultura, esa patente de corso, esa nueva diosa y esa nueva fe que nos hace fieles adeptos y devotos creyentes que se salvan por la mera fe en ella.

¿Ha muerto el espíritu crítico y el pensamiento aspersor ha ocupado su lugar? Wikipedia nos dice que “el término -corrección política- juega un papel importante en la guerra cultural de los Estados Unidos entre progresistas y conservadores”. “Se utiliza para descubrir el lenguaje, las políticas o las medidas destinadas a evitar ofender o poner en desventaja a personas de grupos particulares de la sociedad”. Aunque desde esta perspectiva también podría ser el lenguaje, las políticas o las medidas adoptadas para ofender, infravalorar, descalificar a las voces disidentes, disconformes o críticas, o a personas de otros grupos particulares de la sociedad que son contrarios a esos planteamientos hegemónicos. La corrección política o lo políticamente correcto, entendido como dogma de época, es una forma de supremacismo moral, una especie de “bulling o acoso” a otras formas de pensamiento y consciencias distintas, a las que se les niega cualquier tipo de tolerancia, respeto y espíritu crítico. ¿Tiene que ver la corrección política más con la verdad oficial o con la hegemonía dominante y mediática que con aquella luz de la Ilustración? Ángels Barceló nos induce a que “a los negacionistas no hay que darles voz ni hacerles caso; no hay que ponerles el megáfono ni el altavoz”. El verdadero problema llegará cuando tildemos de negacionistas (podemos escribir aquí cualquier otro término concepto) a quien ose oponerse a la “verdad oficial”. Entonces nos acordaremos de aquellos famosos versos de Martin Niemöller, ahora el negacionista eres tú y estás solo. En el periódico ABC podemos leer un artículo titulado “Corrección política y cristianismo” de Rafael Sánchez Saus donde dice: “La corrección política se ha convertido en la megaideología de nuestro tiempo… una mescolanza de discursos procedentes de la ideología de género, de la versión más radical del feminismo, del ecologismo catastrofista, del migracionismo y la multiculturalidad, del racismo inverso y del revisionismo histórico que conduce a una condena absoluta de la civilización occidental y sus frutos… coincidentes todas en la negación radical de la transcendencia, aspiran a fundar una nueva sociedad, una nueva tierra, una nueva naturaleza en la que el hombre ya no es el centro de la creación… presentado como el animal más dañino y perturbador. La consecución de esos fines justifica una actitud de intolerancia al discrepante… que utiliza para su imposición a los pueblos los enormes recursos que la globalización pone en manos de las élites gobernantes, de las grandes corporaciones, de los grupos de presión con capacidad para determinar los acuerdos de los grandes organismos.” Nos cuenta Carlos Marzal en una entrevista para la revista Makma que “El problema es de naturaleza eclesiástica…No hay que levantar iglesias de ningún género”, o “se nos viene encima una época de oscurantismo biempensante. Corre por el mundo desde hace mucho el jinete apocalíptico de la corrección política”, y del doble rasero (añado yo). “Quienquiera aprender no tiene más que abrir los ojos”. Y la corrección política no es otra cosa que pensar, decir y reproducir lo que la hegemonía dominante y mediática quiere que digas, que oigas y que pienses, y donde el espíritu crítico siempre apunta en la misma dirección, sin cuestionarse otras alternativas ni dudas porque todo lo tienen muy claro, en cualquier caso, el otro es siempre el equivocado y no puede tener ninguna parte de razón ni de espacio público. Su éxito radica en el silencio del otro, en su desaparición y en su mofa. La corrección política quiere ciudadanos aislados y sumisos como creyentes fanáticos. Darío Villanueva asevera que “la corrección política es una nueva forma de censura, una censura perversa…” y la relaciona con el término “posverdad”, la pérdida de la capacidad crítica y la preponderancia de los sentimientos sobre los hechos. Y añado yo que, si la verdad nos hace libres, la posverdad nos convierte en esclavos. En el ensayo “La corrección política. ¿Hay vida inteligente entre el insulto gratuito y la dictadura del buenismo?”, fruto de la mesa redonda de Munk, Michelle Goldberg, columnista del New York Times dice que: “lo que Jordan Peterson llama corrección política, para mí es progreso”. El filósofo Jesús Conill manifiesta que “El presunto progreso se está convirtiendo en nuevas formas de servidumbre, de sometimiento consentido, pero sin auténtico sentido personal” o “Si el ejercicio filosófico (-lo mismo que la literatura, añado yo-) no sirve para formar un potente sentido crítico, si no sirve para que se escuche la voz de los que están siendo silenciados por el poder de la opinión pública dominante no estará cumpliendo su tarea de impulso liberador”. Y Pablo Salazar en su artículo “El negocio de la corrección política” para el periódico “Las Provincias” dice que “la dictadura de la corrección política, que entre otros muchos mandamientos se basa en la crítica del capitalismo, se transforma cuando conviene en un magnífico negocio que enriquece a algunos de sus más devotos militantes”. María Elvira Roca Barea dice en una entrevista para El Debate que” La literatura actual, española o no, está pagando la censura y el puritanismo que se ha adueñado del espacio público en las últimas décadas. Las nuevas religiones ideológicas muestran una capacidad de intimidación extraordinaria y esa falta de libertad la acusa la literatura de manera muy especial”. Se podría decir, por tanto, que la corrección política sería algo así como una supralínea editorial de corte ideológico transversal, cuya toma de partido no surge de abajo hacia arriba, sino que se está imponiendo de arriba hacia abajo con toda la fuerza mediática a su alcance, con la fuerza del rodillo, la censura y la doble vara de medir (subvenciones, premios y demás prebendas de por medio) con el fin de imponer otra consciencia y otra hegemonía cultural más afín a los intereses de los verdaderamente poderosos a nivel global, y que se usa como estrategia para hurtar los debates, la luz de la razón, la libertad de expresión y la crítica recurriendo a un abanico de epítetos descalificadores y neutralizadores a modo de mantras alienantes. O sea, para conseguir que el rebaño esté preparado para obedecer a los nuevos pastores y acepten como palabra sagrada las nuevas posverdades reveladas de la nueva religión imperante.

La neurocientífica Mayanne Wolf en su libro “Proust y el Calamar. Historia y Ciencia del Cerebro Lector” (en español “Cómo aprendemos a leer”) dice que “la lectura es un conjunto adquirido de habilidades que cambia literalmente el cerebro”, o, “la lectura profunda significa que hacemos analogías, hacemos inferencias, lo que nos permite ser seres humanos verdaderamente críticos, analíticos, empáticos”. Y Ella Berthoud afirma que “la lectura en realidad tiene muchos beneficios terapéuticos”, “tu cerebro entra en un estado meditativo, un proceso físico que ralentiza los latidos del corazón, te calma y reduce la ansiedad.” Para Robert P. Waxler y Maureen P. Hall “la lectura profunda proporciona una forma de descubrir cómo todos estamos conectados con el mundo y con nuestras propias historias en evolución. Al leer profundamente, encontramos nuestras propias tramas e historias que se desarrollan a través del lenguaje y la voz de los demás”. Y la investigadora Nicole Speer añade que la lectura profunda “de ninguna manera es un ejercicio pasivo, el lector se convierte en el libro”. El psicólogo Víctor Nell en su estudio “La psicología de la lectura por placer” dice: “La combinación de decodificación rápida y fluida de palabras y el progreso lento de páginas, sin prisas, le da a los lectores tiempo para enriquecer su lectura con reflexión, análisis y recuerdos y opiniones propias. Les da tiempo para establecer una relación íntima con el autor”. “Nuestro cerebro cambia, se transforma debido a la experiencia, las lecturas y el trueque con otros cerebros” –escribe oportunamente Andrés Ortiz Tafur en el relato/capítulo “Tierra a la vista” de la página 91.

Para Julia Musitano la autoficción es una “espectacularización de la intimidad”. Aina Vidal-Pérez y Neus Rotger, de la UOC-Universitat Oberta de Catalunya, dicen en el artículo (en Theconversatión.com) ¿Qué pasa con la autoficción en la literatura?: “además de sus posibilidades en materia de teoría narrativa, la crítica literaria debe entregarse a estudiar este boom y el mercado que lo consagra como síntoma del triunfo del individualismo alienante y la ideología adulterada”. “Parece haber consenso al considerarlo una forma ambigua, entre lo factual y lo ficcional. Esto exige la negociación continua con el lector, cuya recepción del texto oscila entre la veracidad de la autobiografía y la verosimilitud de la narración. La autoficción plantea la posibilidad de proyectar una escritura del yo no necesariamente factual, de reconocer el carácter esquivo de la subjetividad y de ubicar al sujeto en un cuestionamiento perenne”. Y continúan: “no es tan importante la autenticidad de los hechos narrados, sino el emplazamiento de la experiencia de lo real en el propio tejido narrativo”. “Multitud de autoficciones están motivadas por la convicción del potencial colectivo de las historias individuales”, “es evidente que la autoficción… reproducen las lógicas del neoliberalismo y alimentan narrativas narcisistas del sujeto contemporáneo…” Y para Rodrigo Mendoza “solo queda pensar que quizás confundimos con egocentrismo lo que en realidad pretende ser reapropiación de la realidad a partir del yo”. O como diría Serge Doubrovsky, la autoficción es “una ficción de acontecimientos estrictamente reales”. La autoficción rompería el pacto autobiográfico y el novelesco para crear un pacto más ambiguo entre ambos.

Parece que nos hemos enterado de golpe y porrazo que hoy todo encierra un algoritmo secreto que nos libera o esclaviza a voluntad de quien lo maneja y conoce. Oímos con frecuencia en la actualidad hablar de “trading algorítmico”, de algoritmos de supremacía cuántica, de algoritmos de control o de censura y manipulación algorítmica. En esta época en la que vivimos todo tiene y a todo le aplicamos un algoritmo que lo convierte en una especie de panacea/verdad revelada o en una mano negra que mece la cuna, según sea el caso y los intereses. Si ser humano es solo cuestión de un algoritmo, qué importa lo demás. En el artículo de Ángel Gómez Fuentes publicado en ABC Cultura se plantea la siguiente cuestión: ¿Esconde un algoritmo secreto el “Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci? Roberto Concas, un investigador italiano, sostiene que el dibujo contiene el algoritmo de la divina proporción, el número de oro. El dibujo representa el “canon de las proporciones humanas”. En el Renacimiento se pensaba que el hombre era el centro del universo (antropocentrismo). Leemos en prensa que la Inteligencia Artificial se vuelve artista y nos deja una alternativa a la décima sinfonía de Beethoven terminada por un algoritmo. Dice también Ahmed Elgammal (miembro del equipo multidisciplinar entre humanos y máquinas que llevan a cabo el proyecto “Beethoven X” que “El algoritmo aprende cómo desarrolla Beethoven un segmento de música, cómo armoniza una melodía, cómo enlaza las diferentes secciones de la sinfonía, cómo orquesta sus composiciones. En todas estas tareas la I. A. tuvo que analizar mucha música para entender cómo lo hacía Beethoven”. Un informe del Foro Económico Mundial publicó un titular que decía: “Los jóvenes confían más en los algoritmos que en los políticos”. Frances Haugen, una extrabajadora de Facebook asegura que los algoritmos de Facebook están diseñados para generar división, y que aumentarán en un futuro los enfrentamientos y altercados por esto, y que esos sitios son dañinos para la salud mental de los jóvenes. A lo que yo me pregunto: ¿Cuándo leemos un libro o la prensa hay “algoritmos secretos de control de pensamiento” que nos acechan para esclavizarnos y transformarnos en contra de nuestra voluntad o para enfrentarnos/ unirnos/señalarnos en función de ciertas premisas no desveladas?

Para Walt Whitman “la fe es el antiséptico del alma”. Y Rosa Berbel dice que en el proceso creativo “me inspira la tensión que existe entre lenguaje y realidad y cómo irrumpe lo político en el centro de esa tensión… También todo lo que la poesía tiene de anticipación, de proyecto de futuro, de especulación, y todos los temas que podamos asociar con esta naturaleza utópica.” Y para José María Merino “La literatura nos ha enseñado a saber lo que nos pasa”. Eduard Punset afirma que el cerebro humano “puede y necesita cambiar de opinión para evolucionar”. Así que con todas estas mimbres emprendo el viaje lector.

Dice Ernesto Calabuig en el prólogo: “Los últimos deseos, suponen el relato o el tejido de toda una aventura personal y espiritual: la crónica, a fogonazos, de un recomienzo”, “El libro se presenta como una sucesión veloz de textos breves que no se dejan clasificar ni etiquetar del todo, pues discurren entre la poesía, la filosofía de la vida, el artículo de diario o el cuaderno de bitácora de una navegación de caminante que se pierde por los senderos… Estampas de la vida…”, “Una idea dominante que impregna todo el libro: sin amor, y sin sumergirse en él hasta el cuello… para qué demonios vivir esta vida… y sexo, pues el sexo como motor y parte fundamental de nuestras vidas juega también un papel importante en este libro”. “Hay en este libro tanta rebeldía humana y política como aceptación serena de las reglas de la naturaleza y del tiempo propio", "es, sobre todo, un libro comprometido con su tiempo, que sabe reivindicar la necesidad del aprendizaje”. “Los últimos deseos desborda sabiduría de la vida y belleza, pues la nueva mirada sobre el paisaje propicia fogonazos de luz entre las tormentas reales y metafóricas del mundo”. Juan Carlos Sierra en su artículo “Razones para leer a Andrés”, publicado en Estado Crítico, dice: “Se trata de un libro que principalmente canta un mundo casi aniquilado por la modernidad o posmodernidad, pero en cierto sentido, dependen de ella, se nutre de ella”. “Hay un estilo, una voz, una forma muy personal de contar la realidad… una postura ante la vida… la mirada de Ortiz Tafur es su forma de estar en el mundo y de escribirlo, de enfrentarse a él y a sus contradicciones…” Juan Gaitán en su artículo “Vida al microscopio” publicado en varios medios afirma: “Andrés Ortiz Tafur es un escritor con la mirada siempre puesta en el microscopio… mira siempre a lo pequeño y tiene la habilidad, la maestría de hacerlo inmenso… nos va contando las cosas que ve y que piensa”. Olga Beltrán Filarski dice en Facebook: “Todo un canto a la sencillez de las cosas verdaderamente importantes”, “Textos profundos, poéticos, lúcidos y repletos de un agudo y sarcástico sentido del humor”, con un “espíritu reflexivo, crítico e inteligente tan poco común en los tiempos que corren, su visión particular del mundo y de la vida”. Jesualdo Jiménez de Cisneros Quesada afirma que “Los últimos deseos son, una invitación a la pausa, una concesión al tiempo, a la escucha en primera persona… una mirada descarnada del mundo, otras dulce, a veces escarmentada, pero en ningún caso ciega”. Paco Huelva comenta en Todoliteratura: “Una colección de textos compuestos por artilugios que caminan por una senda abierta entre el periodismo y el cuento que se han dado en llamar articuentos, y cuyo mayor representante en España es a mi entender Juan José Millás…, aunque Ortiz Tafur no le anda a la zaga en cuanto a excelencia”. Nos lleva “a los lectores al asombro de lo cotidiano, a la grandeza de las pequeñas cosas, a la extrañeza, en definitiva, a lo simple y universal”. Y Ángel Silvelo Gabriel manifiesta en su blog: “De esta dictadura de la inmediatez y el instante nace Los últimos deseos: reflexiones, anécdotas, recuerdos, miradas, rastros, confesiones, e incluso alguna certeza que en forma de latigazos lucha a través de la palabra contra aquello que nos invade como la peor de las desgracias: la natural imposición de lo efímero”, “la anécdota acaba siendo derrotada por la innegable verdad de la intrahistoria que nos cuenta”, “Muchos de estos textos están escritos a modo de relatos cortos o microrrelatos”. Almudena Mestre escribe en la revista Turia: “Una prosa de máxima belleza”, “se podría decir que es una miscelánea, una mescolanza de frases, reflexiones, pensamientos e ideas que atraviesan de forma tangencial la mente de su autor”, “se podría decir que se trata de un discurso autobiográfico, escrito sobre las escenas cotidianas” o ”Cada relato es un cuadro, una escenificación de la realidad… La forma de expresión del autor es pausada, relajada, donde el autor da valor a lo anodino, a la familia, a sus recuerdos y añoranzas. Un narrador omnisciente que sabe y conoce todas las voces narrativas. Ortiz Tafur es un gran escritor que mantiene la tensión, la intensidad y la esfericidad en cada una de sus historias… unas reales y otras ficcionalizadas”.

Andrés Ortiz Tafur, retirado en Santiago-Pontones como un asceta actual, desde la autorreflexión nos deja su esencia y su consciencia en esta especie de diario revelado por las circunstancias posmodernas, que diría Ortega y Gasset. Se podría hacer un bosquejo o un retrato del autor utilizando sus propias expresiones. Es un bibliotecario y músico que colabora en prensa y trabaja “con libros en una isla del norte enclavada en el sur” al que le “gusta imaginar que otro mundo es posible” -como nos confiesa en su relato “Carta a los Reyes”, y que desea “una vacuna para paliar la estupidez” a la vez que aspira a tener “siempre hambre” por la vida y a no perder “la costumbre de decir hola y adiós”.

Dice Hans-Georf Gadamer: “Hay en griego una palabra que ahora podrá parecer chocante, y que se lo parecía sin duda a los griegos, aunque no formulasen mayores interrogantes al respecto: la –philautía- el –amor a sí mismo-. Pues bien, de eso se trata, de hallar en el amor a sí mismo el verdadero fundamento y condición de cualquier tipo de vinculación con otros y de vinculatividad para uno mismo”, o “la primera amistad que se necesita es la de uno consigo mismo, si no la hay, ni se está para el otro ni se llega a estar realmente vinculado con él”. Y eso es lo que hace Ortiz Tafur, escribe un tratado de amistad y reconciliación, primero consigo mismo y después con el otro (familiares y amigos que fallecieron, vecinos…), con los que tiene más cerca y también con nosotros los lectores. Es un libro para leer a pequeños sorbos y sin prisas, tal y como ha sido escrito. Y como toda mirada crítica, puede que tenga ángulos muertos, pero la suya es una mirada limpia, no para imponer un punto de vista que simplemente comparte, sino para ampliar perspectivas y planteamientos. El libro, un tendedero con prendas tendidas al sol, contiene algoritmos posmodernos que lo convierten también en un hijo de su época. Es un libro homenaje por la cantidad de nombres que contiene y lugares que frecuenta. Otro rasgo distintivo de este libro es el sentido del humor que roza el sarcasmo. Está escrito con una prosa brillante que engancha y seduce, de ágil y amena lectura que invita a seguir leyendo con voracidad. La forma de contar de Ortiz Tafur tiene una dimensión autorreferencial y un pacto autobiográfico evidente. El “yo diarístico” utilizado convierte al autor en un personaje literario más de los que aparecen en el texto. Los fragmentos arrastran al lector a la intimidad y a la confidencia, interpelándolo hasta tal punto que se convierte en otro personaje más de la trama del libro y su argumento, y sin el cual el proceso unidireccional marcado (emisor-receptor) no estaría completo.

En el primer fragmento del libro “La silla” el autor nos pide también a los lectores (como le pide al genio de la lámpara, a Dios o a sus vecinos…) que nos sentemos a su vera en la silla que tiene en la puerta de su casa y echemos un ratico de “cháchara” útil y provechosa. Invitación que nos da una pista para afrontar la lectura y el papel que nos otorga. La base inspiradora del libro está en la oralidad y en el diálogo, en la capacidad que tiene Andrés de escuchar al otro y a sí mismo. A través de sus monólogos interiores nos invita constantemente a ponernos en la piel del prójimo, y utiliza los nombres/palabras como puertas o ventanas o espines, como mantras que transportan y redimen. “Huelga imaginarnos en otra época… no me puede resultar más maravillosa esta adicción que estamos manifestando por los demás” –leemos en la página 153. O “… les pediría que trataran de ponerse durante un segundo en el lugar del huérfano, de la persona sola que arrastra la imposibilidad de un adiós…que se coloquen en la piel del enfermo, del muerto o de los que sobreviven”, “He escrito el nombre de los que ya no están por orden cronológico para que no se enfaden, y el de ciudades a las que ya no sé si volveré porque son parte de esos nombres” –nos dice.

Como “La literalidad no existe” y “A la literalidad hay que reinterpretarla”, o “la literalidad, en realidad, compone apenas un inventario de embustes hermosos” –susurra en la página 119, cada lector deberá buscar su “maravillosa subjetividad”, “sin ira”, y disfrutar de estos textos espejos que a todos nos refleja y seducen, tanto como al autor. “Resolviendo mi verdad inicial en una hermosa mentira, quizá en la mentira más hermosa de mi mundo” –como leemos en la página 73. Así pues, escribo esta opinión lectora con la sensación de ser ese “majadero que se sitúa a cientos de kilómetros” del que habla el autor en la página 113 en el relato “Telaraña social”, y con el que coincido plenamente: “lo que no quiero son sobresaltos: si justo en este momento Aladino me dijera –pide un deseo- elegiría un invierno tranquilo”, “e interactuar con los que tenemos cerca”, y en ellos yo incluyo todos los bares y todos los libros que haya a mi alcance, ya que un libro o un bar es como si fuera alguien de nuestra familia o de nuestros amigos, otra forma de “Telaraña social”, nuestros confidentes en muchas ocasiones, y entre ellos, por supuesto que colocaría “Los últimos deseos” de Andrés Ortiz Tafur.

Los últimos deseos es un libro fronterizo y ecléctico, que se sitúa en los límites difusos de la autoficción, del diario, la autobiografía, la novela, la crónica, la poesía, el artículo, el cuento, el articuento, el microrrelato, el aforismo… El autor, como si fuera un acuarelista del lenguaje, escribe/relata/pinta un diario/crónica/novela “sui géneris”, donde el eje narrativo del conjunto, como argamasa que todo lo pega, se centra en la idea sólida de la España vacía-da o rural, como contrapeso a esa otra posmodernidad líquida urbanita que también impregna su mirada en gran medida, y donde mezcla vida, emociones, memoria, pensamientos, ruidos, silencios, creencias, acontecimientos-anécdotas-batallas, deseos, palabras… Todo como una forma de darle credibilidad o verosimilitud al texto en cuestión. Es una especie de bitácora donde entrelaza presente-pasado-futuro, donde toma partido y se posiciona mojándose hasta el tuétano, según su mirada y su bagaje, y así afronta Halloween y el día de los muertos, por ejemplo. “De modo que me hallo en el instante perfecto para renunciar a Halloween y a sus estúpidas calabazas y reivindicar con furia el día de los muertos que nos enseñaron a caminar” –nos confiesa rememorando a su madre en la página 49. Y es que en el libro también hay algo de canto y culto a la identidad, a no dejarse llevar, a reivindicar una forma de ser y de estar sin perder el legado recibido y las raíces. Estos relatos/fragmentos/ensiemplos son su verdadero equipaje, su gran viaje interior a través del espacio y del tiempo, la forma fragmentada de recomponer el puzle de su alma. “Los apuntes al natural de Andrés –concisos, poéticos y esenciales- dibujan el mundo entero desde un rincón serrano. Al final de la lectura, sientes que llevas todo el día charlando con un buen amigo en la puerta de su casa, y se os ha hecho de noche sin darte cuenta” –nos dice certeramente Sergio de Molino en la contraportada. Incluso el autor, inmerso o sumergido en Santiago-Pontones, se siente parte de “una España vacía en el interior del vacío que genera el olvido de las distintas administraciones” (p.59) o de “la España vacía a la que asomamos en verano y fiestas de guardar” – nos dice en el relato poema “El paraíso” de la página 83. “Existen oportunidades en la España vacía” -afirma en la página 197. O “Con la historia y los personajes que la conforman ocurre igual: de las cenizas de aquellos fuegos nos servimos para hacer más camino, y si dinamitamos cualquier trayecto anterior lo único que conseguimos es derribar puentes y sembrar precipicios” –presagia en la página 91 en el fragmento titulado “Tierra a la vista”.

Al leer este libro de Andrés Ortiz Tafur me acordé de Gerald Brenan y sus paseos y caminatas por Yegen y Las Alpujarras, y también de mi paisano Pedro Antonio de Alarcón y de su libro “Diario de un testigo de la Guerra de África”. No sé por qué capricho de vasos comunicantes que pueda haber en mi cerebro he establecido este paralelismo. ¡Qué caprichosas son a veces las sinestesias librescas! A no ser que transcurrir por la vida que nos ha tocado vivir en esta época posmoderna sea hoy una guerra encubierta, una guerra cultural llena de peligros y emociones, y por tanto, sobrevivir sea toda una heroicidad digna de contarse como intrahistoria para las generaciones venideras y distracción/deleite de las presentes. Y es ahí donde le encuentro ese pellizco de cronista que hace de la cotidianeidad su campo de batalla, y por tanto, convierte la intrahistoria en el componente principal de su materia narrativa o late motiv de cronista de guerra. El autor demuestra con “Los últimos deseos” que desde la periferia, o desde el epicentro múltiple de la España vacía-da es posible estar conectado al epicentro de la actualidad y la contemporaneidad globalizada y posmoderna, sin necesidad de ser un urbanita complaciente y servicial del sistema imperante, o al menos, intentarlo. El autor nos plantea una realidad rural desde la sorpresa y el descubrimiento de alguien que llega, que viene de fuera, que proyecta su mirada de observador cuántico y crea su propia realidad paralela, por lo que tiene de valoración e interpretación de los fenómenos observados, y desde ahí, nos plantea que hay otros “modus vivendi” y otros “modus operandi”, distintos y alternativos, a veces como una cuestión de fe. Lo que ha hecho Ortiz Tafur escribiendo este libro ha sido renacer a lo autóctono como puerta de entrada al mundo globalizado para “escriturar en rodillas y codos, crear un banco para lo pequeño e insustancial y levantar una pared para dibujar corazones de tiza, con todos nuestros nombres dentro”. Y lo mismo nos plantea un combate entre Greta Thunberg vs. Jesús de Nazaret, que nos lleva a Santiago-Pontones como símbolo y paradigma de la España vacía o a la crítica del consumismo y su modo de vida con solo enunciar un puñado de nombres: “Halloween, Black Friday, Cyber Monday” Media Markt, Decathlon, Leroy Merlin, Zara, Bershka, Netflix, HBO. O nos lleva de un cine de verano a Whatsapp o a Amazon, o de los gatos callejeros a las gallinas y a las fakenews… y un largo etcétera que te invito a que descubras relajadamente. Porque cada capítulo/fragmento es el resultado de un monólogo interior previamente experimentado a la luz de una cerveza, una paseo o una silla. Y lo mismo va de los recuerdos a las premoniciones que de las intuiciones a los sentimientos, que viaja de los sentidos a los deseos o de las emociones a las ideas, en un traqueteo de tren con destino a los sueños y a la utopía de una nueva fe. Su lectura es toda una inercia, un punto de fuga como el futuro que nos plantea, un periplo vital y existencial, de reencuentro consigo mismo y a través de sí con el otro, que actúa como eje de salvación, igual que la escritura. Nos habla del tabaco, de saber ganar y perder, del sexo y del amor, del dolor, del silencio, del cielo y de Dios, de estar vivo y de la muerte, como buen caminante nos habla “de la cantimplora medio llena” y del vaso medio vacío, de los talones de Aquiles, del fascismo, del machismo, del racismo, de la homofobia… Porque cada fragmento es un flash(-back), un destello, un fogonazo que encandila con su retahíla de nombres/palabras que actúan como letanías o mantras y que por sí solos teletransportan a otros mundos paralelos, a otras ideas, a otras culturas, a otras épocas, a otros sentimientos y lugares y a otros libros. “¿Qué habría sido de este pedazo de la Sierra de Segura sin los hipitanos? Gracias por tanto Manolo, Consuelo, Kino, Lola, Julián, Concha, Adolfo, Teodoro… Buen viaje, Wolfram. Te queremos.” –enumera en la página 69, o cuando habla del beneficio de los peones camineros en su relato “De Cajón”. Y es que Ortiz Tafur consigue con su escritura que detrás de cada palabra/de cada nombre halla o se intuya una historia, una aventura, un sentido, una peripecia y un destino. Otro mundo posible e imaginario.

Ortiz Tafur (como un monologuista interior) pretende con este libro convertirse en un icono de la España vacía-da y de la consciencia rural, pero también de la posmodernidad, y establecer cual “Hombre de Vitruvio”, en este caso “Hombre de Santiago-Pontones”, una especie de canon de las proporciones ciudadanas y “ortiztafurianas”, a través de una mirada simultáneamente rural y posmoderna, sólida y líquida, la suya propia, que conforme leemos intenta contagiarnos. Porque eso es lo que hace, “una reapropiación de la realidad a partir del yo”, con el ensayo La España vacía de Sergio del Molino de fondo, como late motiv que le da empaque y todo lo enmarca, y de la vida de un tiempo y un espacio que habita y del que se ha erigido en portavoz. “Los últimos deseos”, la historia/intrahistoria de un urbanita que se hace rural, es un modo de ser y de estar en el mundo, una forma de ver la realidad con toda la poesía que tiene dentro. En sus páginas hay un pacto poético, un pacto periodístico, un pacto autobiográfico, un pacto filosófico-político, un pacto diarístico, un pacto narrativo y literario, un pacto lector, un pacto ambiguo entre autobiografía y novela…, pero también tiene algo de documental, de testimonio, de introspección… y también de medida de todas las cosas e ideas. Andrés nos muestra desde su perspectiva unas proporciones ideales de vida y de pensamiento, de consciencia y de razón de ser en esta época que padecemos y disfrutamos a la vez. El autor ha establecido a lo largo y ancho de las páginas de Los últimos deseos un pacto literario-filosófico-político con la intención de hacernos entrega del algoritmo que debe regir en nuestra fe y en nuestra época como signo de estar al día y a la moda o “mainstream”. Ya que el fin último de sus deseos es revelar las proporciones vitales perfectas para ser humanamente felices o por lo menos intentarlo. Si no busca la equidistancia sí es cierto que busca el equilibrio como una forma de estar en el mundo y apostar por la convivencia que ofrece “una silla en la puerta de casa”. “Lo único cierto de esta historia que contemplo son mis suposiciones, ciertas en mi cabeza, en las emociones que me genera: y a partir de ellas armo mis soluciones” –nos confiesa el autor en la página 53. La voz yoísta de Ortiz Tafur se hace altavoz en tanto en cuanto quiere convertirse o canalizarse en una voz colectiva y mediática, transformarse por efecto codificador/descodificador en opinión pública. Unos textos que al publicarlos en prensa se hicieron hijos de lo efímero, pero que al adoptar aspecto de libro ahora adquieren el rango de texto sagrado o iniciático que aspira a perdurar en los estantes de alguna biblioteca y en la memoria de los lectores y sus clubes. Tener una columna fija en un periódico podría entenderse hoy como la versión más moderna de tener un púlpito y una feligresía atenta. Y al juntar todas esas columnas para armar un libro, de alguna manera podría interpretarse como la fórmula ideal de hacer una especie de libro evangelio según Ortiz Tafur, con la intención de transmitir una buenanueva, la que él ve. Son textos que tienen mucho de retrato y de autorretrato, pero también de paisaje geográfico y humano. Sus fragmentos son concisos y breves, con una línea editorial donde la expresión “joder” es su forma de decir amén. Se convierten en el vehículo perfecto para mostrar el reflejo de una época en lucha, mundo rural versus una sociedad posmoderna entre otras. Sus “ensiemplos” reúnen todos los ingredientes necesarios para convertirse en un plato exquisito al alcance de los paladares contemporáneos más exigentes: Una pizca del costumbrismo de la España vacía-da, una pizca de poesía y aforismos, una pizca de filosofía, una pizca de memoria/recuerdos/nostalgia/confidencias que le da un toque romántico, de tiempo y espacio líquidos, una pizca de cultura/viajes/música/lugares que le da a la vez un toque rural y cosmopolita, una pizca de emociones y sentimientos, una pizca de sexo y de tacos, una pizca de denuncia social, una pizca de opinión política... Todo muy bien condimentado para que brille la magia de los sentidos y el hambre lectora.

¿Y qué nos transmite Los últimos deseos? Una forma de ser y de estar en la vida y en las ideas, pero también en la literatura y en el mundo. El libro termina siendo una construcción identitaria, un espacio yoísta que consigue hacerse voz colectiva, como en su día ocurrió con el ensayo “La España vacía” de Sergio del Molino. ¿Y qué pretende Andrés Ortiz Tafur con este libro previamente publicado en prensa? Además de obsequiarnos con un buen ratico de lectura, el autor nos deja su algoritmo interpretativo y operativo de una realidad y una época, una mirada, la suya, que al leerla termina configurando de alguna manera la nuestra, por ósmosis algorítmica. El autor se eucaristiza al hacerse opinión pública. “Entendemos la libertad como un derecho cuando, en realidad, encierra el deber más poderoso del que disponemos…la libertad no reside en el barco…sino en el mar, y que nuestra máxima obligación consiste en protegerlo de la basura” –dice aforísticamente en la página 159. Desde una autoficción peculiar, Andrés Ortiz Tafur establece un pacto con el lector y los buenos deseos, y nos habla de la “metaciudadanía” que va más allá de vivir en el campo o en la ciudad, aunque también nos plantee ese combate duro entre el mundo urbano vs. rural. “Sale más a cuenta una hora rascándose la entrepierna con la mirada prestada al horizonte, que una hora en un tren de cercanías con la atención puesta en la pantalla de un Iphone 10” –manifiesta en la página 173. Aunque lo que más abundan son las oraciones enunciativas, hay algunas preguntas desperdigadas entre sus fragmentos que nos dejan en estado de shock: “¿qué mierda se hace en un atasco?, ¿Qué hay de raro en detenerse a admirar el último hit de los pájaros o una puesta de sol o la nieve en la cima de las montañas?, ¿Caminamos en círculos?, ¿Pero qué se hace después, cuando todas la luces se apagan?”

Los últimos deseos, como un bucle espacio-temporal o de pensamiento, repite fragmento tras fragmento la mirada interior o el punto de vista de Andrés Ortiz Tafur en un alarde de testimonio omnisciente. Vitruvio escribió en “De Arquitectura: “Para que un edificio sea hermoso debe tener una simetría y proporciones perfectas, como las que se encuentran en la naturaleza”, “y dado que el objeto más perfecto de la naturaleza es el hombre, un edificio perfecto debía ser proporcionado como el cuerpo humano”. Y no sé por qué capricho de la corteza cerebral y de las analogías, mi mente también ha establecido una relación entre el “Hombre de Vitruvio” y Andrés Ortiz Tafur, quizá porque el texto proyecta una consciencia que intenta convertirse en la medida de todas las cosas y del buen ciudadano, de toda una época y un lugar, fundamentándose en una mirada que se moja hasta conseguir hacer de Los últimos deseos un gran edificio de época posmoderna con una arquitectura de reciclaje costumbrista. ¿Para qué escribimos, para ganar dinero, para cambiar uno, para cambiar el rumbo de la historia, para satisfacer el ego, para hacer amigos y enemigos…? Pues contado en primera persona, el autor narrador lo que hace con su edificio literario es llenarlo de humanidad y antropofugismo rural y posmoderno, de personas y costumbres y animales y lugares, para darle vida, para darle la proporción perfecta de habitabilidad a la existencia ideal y centríguga que propone. Lo que hace el autor es un selfie personal, literario, existencial y ético del mundo que él ve. Andrés Ortiz Tafur literaturiza su vida, sus pensamientos, su existencia y su mirada. El autor, atento a las pequeñas cosas de su día a día convierte lo anecdótico en un tesoro de la intrahistoria, está sujeto a una búsqueda y captura constante de la sorpresa y el detalle, siempre a través de la mirada justa y la conciencia exacta, siempre a la orden de un punto de vista como mandan los cánones de la actualidad del siglo XXI, y establecer así el canon ideológico-religioso idóneo de ser y de estar en el mundo a estas alturas de la Historia y de su proporción algorítmica y áurea.

En algunos momentos he leído Los últimos deseos como si el conde Lucanor estuviera hablando con Patronio. Y es que las columnas fragmentos/artefactos/ensiemplos/ de Ortiz Tafur (salvando las distancias) podemos leerlos como si fueran una versión moderna o posmoderna de Los cuentos del conde Lucanor de don Juan Manuel, ya que de alguna manera comparten con aquellos una función didáctica y moralizadora. Los últimos deseos terminan siendo el proyecto de una construcción identitaria. “Yo pierdo si tú pierdes y él pierde; nosotros perdemos si vosotros perdéis y ellos pierden” –nos ilumina el autor en la página 79. O “Nunca más a la homofobia. Nunca más al machismo, al racismo, a cualquier clase de desigualdad o discriminación. Nunca más como Nuevo Catecismo. Nunca más, joder”, “ese afán inmotivado por escudriñar en las diferencias, establecer bandos y levantar un muro, no tiene ningún sentido”, “nos toca revertir la historia, no basta con mejorarla… eso se consigue rompiendo, sin miedo” –predica en la página 87, en la 101 y en la 135 respectivamente. “Tienden a estrujar al máximo la tragedia cuando apuntan hacia arriba y a relativizar hasta el tuétano los dramas cuando les toca mirar hacia abajo” –relata como “Una adivinanza” en la página 39. O “Nos afanamos en la búsqueda de culpables, esa solemne estupidez se erige en nuestro late motiv” en la 155. Y es que “Visto así, se podría decir que somos perfectos, como la cerveza que inaugura el fin de semana”, nunca mejor dicho.

El libro cuesta 18 euros, pero eso es lo de menos, “porque no se trata de una cuestión monetaria, sino de qué hacer con el tiempo, una vez que se ha cumplido hasta el último de nuestros deseos” –podemos leer en el relato/capítulo “Domingo” de la página 105. Y es que al terminar de leerlo tienes la sensación de haber recorrido muchos kilómetros y muchos días sin haberte movido del sitio, sentado en la misma silla. Pasen y lean Los últimos deseos de Andrés Ortiz Tafur, un rebelde con causa que ha encontrado un filón de época en Santiago-Pontones. Pero como dice Javier Sánchez Menéndez en su artículo “Servilismo crítico” publicado en el Diario Córdoba: “Procuro decir a todos aquellos interesados en la lectura de una obra que nunca se lean una reseña. Que sean ellos, además de lectores, sus propios críticos”, y añado yo, máxime si es tan extensa y banal como la mía. Y parafraseando al autor “ya, perdonad, lo siento. Qué tonterías digo”, disculpen mis “pajas mentales”, pero por favor lean Los últimos deseos de Andrés Ortiz Tafur.

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