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"Waterloo. 18 de junio de 1815. La batalla por la Europa moderna", de Andrew Roberts

Ed. Siglo XXI de España
Por José María Manuel García-Osuna Rodríguez
miércoles 05 de enero de 2022, 13:07h
Waterloo
Waterloo

Tras el más o menos voluntario exilio en la isla de Elba; el emperador de los franceses, Napoleón I Bonaparte decide que ha llegado el momento de volver a Francia, y recuperar su trono, el 1 de marzo de 1815, desembarcando en Frejus-Antibes. El emperador tiene la certidumbre de que no habrá ningún problema para ser aceptado por los tronos europeos.

El Gran Corso había tratado de modernizar todo aquel maremagno que había embarrado Francia tras la dilatada época de la guillotina. Pero su absoluto e imperial poder terminó corrompiendo su régimen. En el momento evolutivo de su vida llegó a ser un tirano voraz, con un imperialismo genocida, y un obstáculo insalvable para la paz en Europa. Será, por consiguiente, esta batalla de Waterloo la que produzca el desmoronamiento final del Imperio napoleónico, y la propia muerte, probablemente envenenado, en la isla de Santa Elena. “No cabe la menor duda de que, mientras la historia siga siendo objeto de lectura, la batalla de Waterloo será objeto de amplia y vehemente discusión; ni de que, mientras se siga estudiando el arte de la guerra, sus grandes rasgos y sus detalles más importantes serán objeto de ardorosas investigaciones y consideraciones por parte de los militares”. Será la primera y única vez en que Napoleón y Wellington se enfrenten. Aunque la victoria de los enemigos de Bonaparte fuese en el último momento y cogida por alfileres.

El emperador da una de cal y otra de arena, tendiendo la mano a sus enemigos y, a la par, preparando miles de cartas de pésame con las que comunicará a sus familias la muerte de sus soldados. El domingo 11 de junio de 1815 el emperador cenó con su familia; para el lunes, sin la más mínima muestra de desidia o de apatía, y, como siempre había hecho a lo largo de su devenir vivencial, tomó la iniciativa, dirigiéndose en su carruaje hacia el norte, 72 horas después ya había cruzado la frontera de Bélgica, territorio, el de los valones, que él consideraba parte de Francia; como así lo había calificado en el pasado remoto, Gayo Julio César cuando escribió aquello de que los más eximios o mejores de entre los galos lo eran los belgas. Iba ya acompañado de un ejército de 12.000 soldados. En su fuero interno, Napoleón I tenía esperanzas, sin la más mínima base política, de que podía recuperar el trono y expulsar del mismo al rey burgués Luis XVIII, sin tener que llegar a la conflagración bélica, que se antojaba que sería definitiva y el ser o no ser para él , arrumbando, si caía derrotado, todos sus planes. El 13 de marzo, en el congreso de Viena, regido por aquel maquiavélico y, políticamente, amoral Príncipe de Metternich, resolvieron, sin circunloquios, que debería ser considerado como: “un proscrito y un perturbador de la tranquilidad del mundo”. No había otra solución, para conseguir mantenerse en el trono de las Tullerías, abandonado por el rey Borbón el 18 de marzo, que luchar con fiereza y arrojo contra Austria, Prusia, Rusia e Inglaterra, sin olvidar a los suecos de su anterior mariscal Jean Baptiste Bernadotte, casado ahora con su primera novia Désirée Clary. El tiempo, que siempre había sido su aliado, corría ahora en su contra. “La estrategia de Napoleón vino dictada por el hecho de que aunque grandes ejércitos enemigos se estaban movilizando hacia Francia, solo podrían llegar dispersos a sus fronteras. Por tanto, confiaba en derrotarlos de uno en uno gracias a su superioridad como estratega militar, que le había permitido ganar sesenta y dos de las setenta y dos batallas libradas a lo largo de su carrera”.

Nunca le permitirían entrar en aquel club selecto de águilas corrompidas, las cuales desaparecerían con estrépito en 1914 a 1918, salvo la taimada e insular inglesa. Se colige, a pesar de la dificultad del cálculo, que la milicia napoleónica estaba conformada por 20.000 soldados en París mandados por el mariscal Davout. 10.000 deberían aplastar la siempre levantisca y católica región de La Vendée. 123.000 soldados para el ejército del norte. En total 238.000; a los que era preciso añadir 115.000 que estaban de permiso o licenciados. 46.000 reclutas, siendo ya instruidos y, sobre todo, su efectiva Guardia Nacional, que desde las fortalezas de las fronteras acudirían, sin la más mínima reserva, a la llamada de socorro de su emperador. Con todo este número de efectivos esperaba ganar lo que le era más preciso, es decir ‘tiempo’. Pensaba en que le sería posible obtener una rápida victoria sobre los primeros que le iban a salir al paso, que serían los orgullosos ingleses del duque de Wellington, y los tenaces prusianos del mariscal Blücher. La victoria sería rápida y contundente, y la Gloire et la Grandeur de Francia sería restablecida sine die, o cuanto menos mientras él estuviera en el trono francés. “Su objetivo era derrotar al uno o al otro antes de que tuvieran tiempo de aunar fuerzas y después, obligándolos a retroceder sobre sus divergentes caminos, entrar en Bruselas como conquistador. A partir de ahí (…) el pueblo belga se alzaría contra los holandeses, los franceses, hartos ya de guerra, se sentirían reconfortados y le seguirían, el Gobierno ‘tory’ de Londres caería y su suegro austriaco (el emperador Francisco II), privado de la protección británica, imploraría la paz”.

La urgencia bonapartista estribaba en que los británicos repatriaban, desde América, a buen número de sus cuerpos de ejército. El zar Alejandro I enviaba a unos 200.000 rusos ya contra las fronteras francesas; estaban acompañados de no menos de 210.000 austriacos; tenía noticias más alarmantes relativas a que por el sur podría ser atacado por una fuerza conjunta de españoles y de portugueses en número de 80.000. Napoleón necesitaba movilizar su aguda inteligencia, para por lo menos cogerlos por sorpresa. Para todo ello, Napoleón confiaba en que los problemas logísticos, relativos a como deberían comunicarse y abastecerse todas las fuerzas de sus enemigos, se pondrían a su favor, ya que tenía noticias fidedignas de la existencia de ciertas diferencias políticas surgidas entre sus enemigos, en el reciente Congreso de Viena. Él deseaba gobernar Francia y legarle el trono a su hijo, ‘el aguilucho’, Napoleón II, el rey de Roma. El resto de este extraordinario libro se encuentra en sus páginas, que recomiendo con toda energía, interés e ilusión. ¡Formidable!Vanitas vanitatum et omnia vanitas”.

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