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Etnobatanika
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“LA SABIDURÍA DE LA SAVIA”

Por Álvaro Bermejo
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beralvatelefonicanet/7/7/18
sábado 09 de marzo de 2024, 09:08h

Arriba, frente a la pirámide tutelar del Txindoki, la frondose viguería de roble que sostiene la catedral de las ermitas vascas, la de la Antigua, en Zumárraga, el lugar de los olmos. Dentro, una Andra Mari con una manzana en su diestra. En el dintel, pinturas en las que se advierten pigmentos vegetales. Hijos de otras hierbas son los ungüentos naturales que elabora Fermín Goenaga Epelde a la sombra de esa ermita, en el Landaburu baserria. ¿De qué estamos hablando? Del libro que presentaremos mañana en la Casa de Cultura de esta villa. Un viaje en torno a las plantas sanadoras y la vieja medicina popular de Euskal-Herria, incluida su derivada al mundo del akelarre, que lleva por título “Etnobotanika”.

Etnobotanika
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Por este nombre se conoce una ciencia emergente centrada en el estudio integral de las relaciones entre las comunidades humanas y el reino vegetal. Es decir, la fusión de un “oikos” y un “ethos”, un nicho natural y un comportamiento cultural, donde aquella primitiva medicina empírica se cruza con la mentalidad animista y la magia simpática.

Estrabón documenta cómo “los cántabros -y por añadidura los baskunes- eran muy dados a conocer las yerbas y buscarlas”. De ahí en adelante, el baserritarra se defendía de la enfermedad con remedios naturales, muchos elaborados por sus etxekoandres. Solía prevalecer la transmisión matrilineal. Pero ya en el XIX, un francés de paso, Francisque Michel, refiere que “por ser un oficio muy lucrativo, en familias de siete hermanos varones uno de ellos lo tomaba”.

Hablamos de un ayer en que el mundo rural no conocía otros médicos fuera de los de espuela, ni otra medicina que la de subsistencia, sujeta a los riesgos que cabe imaginar. Superada por la biomedicina contemporánea -en gran medida también de base vegetal- y por la expansión de los sistemas de salud pública, no podemos descuidar, sin embargo, todo lo que aportaba esa cultura de las pasmobelarrak a una memoria biocultural igualmente en trance de extinción, como la nuestra.

En este tiempo de erosión acelerada de la memoria, la carga simbólica que incorporaban aquellos remedios, sus conjuros y sus talismanes, constituyen un patrimonio antropológico de primer orden.

Si valoramos nuestras raíces, las más profundas son las que se hunden en la tierra. Lo acredita quien ha sido nuestro guía en este viaje. La ciencia avanza, pero a veces se complace en detenerse ante los ungüentos de Fermín, y él lo sabe. Antes que ninguna otra, fue la sabiduría de la savia.

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