A decir verdad, la Clownización de la política se expande como una pandemia y amenaza con alcanzar niveles críticos en 2026. Es lo que tiene degradar el debate público en un espectáculo multimedia, cuanto más banal más viral. Hace un siglo nuestros próceres se legitimaban entrando en la academia. Hoy les vale con erigirse en tiktokers.
Suscitar una sonrisa, dicen sus expertos, te acerca a la gente. Sabio y bien maquiavélico consejo. Ya que no paran de reírse de nosotros, que se rían con nosotros. Pero sucede que la risa es un asunto muy serio.
Piénsenlo un poco: ¿No les parece que de un tiempo a esta parte nos reímos más de todo y de todos? Parece una pregunta banal y, sin embargo, afecta a lo medular de la condición humana. Porque, ¿de dónde viene y para qué sirve la risa? Biológicamente, es una respiración particular vinculada a un mecanismo neurológico. ¿Qué lo desencadena? Ahí está el quid. No todos nos reímos de las mismas cosas, ni de la misma manera.
Platón discernía tres categorías: la risa de superioridad, propia de los que se creen más sabios de lo que son; la risa maliciosa, generada por los descalabros de los demás; y la dionisiaca, vinculada a los excesos. Por esa razón en ‘La República’, encomienda su control a los guardianes de la polis. Igual que Aristóteles, según Umberto Eco en ‘El nombre de la rosa’. Había que proscribirla “porque aniquilaba el miedo a los dioses”.
Hoy diríamos a los gobernantes. Para categorizar el cuarto tipo de risa: la risa defensiva, como mecanismo de resistencia ante una realidad progresivamente canceladora, larvadamente autoritaria. De lo micro a lo macro, ¿qué otra cosa podemos hacer ante lo que está sucediendo, tanto en nuestro irrisorio país de Jauja como a escala global? Basta echar un vistazo a la Operación Trump en Venezuela -la comentaremos mejor la semana próxima-, con sus dos derivadas más hilarantes: el teatro de marionetas de la Unión Europea, incluido el retablo de maese Pedro (Sánchez), y el clamoroso silencio de los demócratas norteamericanos, con Obama a la cabeza –“Calladito está más guapo”-.
“Rire ou périr, il faut choisir” -reír o perecer, hay que elegir-. La frase es de Rabelais, pero, todavía recientes las efusiones del día de Reyes, no se me ocurre mejor regalo: reírnos más, incluso de nosotros mismos.
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