Esta colección de biografías ilustradas, con este número conforma ya la décima aparición, fomentada por esa magnífica alianza entre Jesús Marchamalo y el polifacético artístico, Antonio Santos. Si la originalidad, el inimitable estilo y la fuerza expresiva del ilustrador nos remite con dos colores sustanciales y un trazo sintético tan sugerente a la época, al espíritu de la época en la que desarrollaron sus obras tres autoras absolutamente imprescindibles, la palabra genuina, precisa y con toda la carga simbólica de la historia, el escritor nos adentra en el vitalismo y el compromiso de las tres escritoras, con una apasionada defensa de lo que debe ser la libertad creativa. En cualquier caso, Marchamalo y Santos demuestran su enorme capacidad por bucear en la condición humana. A ello le sumamos, la mutua admiración y la amistad, y con ello, le conferimos al arte y a la literatura, una dimensión humanista, solidaria, amena dentro del rigor. Sepan, lectoras y lectores, que los diez títulos publicados conforman ya un decálogo de joyas literarias, repletas de aromas cautivadores, los “Marchamalines” que diría Luis Landero, del que aprendemos que su talento literario supera con creces sus dotes de bailarín; sin embargo, las enseñanzas de Carmen Martín Gaite le sirvieron para adentrarse en esos menesteres, lo que “no es algo de lo que todo el mundo pueda presumir”. Marchamalo es ante todo un lector excepcional, que, a partir de sus lecturas traza el grado supremo del placer que le genera y que sabe transmitir con tanta elegancia como exactitud. A todas luces, para que en apenas 60 páginas y una veintena de grabados, el lector se haga una composición de lugar más que certera, los dos autores deben manejar con maestría el espacio del detalle. A partir del nombre de una calle, del discurso del Premio Cervantes o de una simple visita, se entreteje con datos, anécdotas y un ritmo narrativo singular todo lo que hemos de saber para empezar a conocer y apreciar el tiempo y espacio literarios que Carmen Laforêt, Ana María Matute y Carmen Martín Gaite crearon y recrearon. Recordemos que, con anterioridad se editaron Retrato de Baroja con abrigo, Kafka con sombrero, Pessoa, gafas y pajarita, El bolso de Blixen, Virginia Woolf las olas, Stefan Zweig la tinta violeta, Delibes en bicicleta, Hierro fumando y Dickinson y las violetas. Venga de donde venga, la elección de personajes, probablemente, centenarios, exposiciones, reediciones de libros están detrás, pero lo que va por delante es la irrefutable necesidad de reivindicar la modernidad y el talento escritural de las tres escritoras. Una labor que a ciencia cierta requiere tanta exigencia como documentación, legitimando ese prurito por indagar en biografías. Como botón de muestra dos fechas. Carmen Martin Gaite que viaje a Nueva York en 1985, encontrando allí las semillas de su libro incontestable, Caperucita en Manhattan. Luego, 1989, fecha de publicación de la novela Juegos de la edad tardía de Luis Landero, que a la postre, merecería el Premio de la Crítica y también el Premio Nacional de Literatura. Con ello, la anécdota de Carmen Martín Gaite enseñando unos pasos de baile a Luis Landero, con Alberto Pérez al micrófono cantando un bolero. La paradoja. La paradoja siempre, pues viven en la sombría España del dictador Franco y pese a todo, hay poesía, arte, mujeres valientes y familiares. Por ejemplo, Carmen Laforêt, tímida, solitaria, refugiada en una vida en el campo, probablemente o seguramente luchando contra conflictos externos e internos. Autora de una novela existencialista de posguerra, deslumbrante Nada, mostrando un ambiente familiar asfixiante, miserable y violento, en cierto modo, recogiendo las acciones malvadas y continuadas de su madrastra en la vida real. Ramón Sender, después de años de correspondencia la invitó a vivir con él en Estados Unidos. En el mismo paralelo, Ana María Matute, sorprende desde la niñez, capaz de entregar cuentos inolvidables y sufrir el acoso de una separación matrimonial, que, en la época, conllevaba directamente no ver a tu hijo. Carmen Martin Gaite, como en los dos casos anteriores, debe mucho a la figura paterna, en tanto en cuanto, recibió enseñanza en casa para evitar los magisterios religiosos. El fallecimiento de su hija siendo joven, también le encierra en ciertos temores. Da la sensación que para las tres mujeres, los detalles de la vida personal requerían cierta liberación y, la literatura, era no sólo una tabla de salvación sino un espacio de placer, libertad e incluso de terapia. La literatura es una vía de escape legítima, una huida legal. Me viene a la cabeza, la frase extraída de una hoja de ruta del poeta Blaise Cendrars, “cuando se ama, hay que huir”. Sin duda, los dibujos de los zapatos de la hija de Martin Gaite, el ataúd de la madre de Laforet, o Matute de niña, arrastrando viajes y problemas de salud, pero con sus muñecas y trenes de madera en la cama La literatura para las tres fue un modo de salvación ante una realidad hostil ya desde la infancia. Lectura y escritura transitan a la par que sus vivencias. Entre realidades similares, las tres obtienen el Premio Nadal, mostrando una literatura solvente desde la juventud, lo que bien mirado, no es moneda común, mucho menos en una época histórica que no era especialmente generosa con la condición femenina. Por tanto, hemos de agradecer el magistral trabajo del tándem Marchamalo-Santos, capaz de aprehender los mundos de tres escritores absolutamente incontestables. Percibimos los matices de la prosa sensible, sobria, introspectiva que fijaba una suerte de realismo impresionista, que transmitía tanto asombro como angustia en la figura de Carmen Laforet. De igual modo, la otra Carmen, Martín Gaite, subrayó el realismo psicológico e intimista con una prosa a iguales dosis de sencillez y de precisión, con una profundidad analítica que combinaba el detalle cotidiano con un devenir lírico que hacía brillar la soledad y el marco dialógico, la búsqueda de identidad y el universo femenino. Así, aparece Ana María Matute y nos funde un descarnado realismo prosaico con un hondo transcurrir poético, aunando fantasía y ternura, denuncia social y un don narrativo simplemente extraordinario. Después de Carmen Conde y Elena Quiroga, Ana María Matute también ingresa en la Real Academia Española. Desde entonces, la lista se va completando, por fortuna, Carmen Iglesias, Margarita Salas, Inés Fernández-Ordóñez, Soledad Puértolas, Carme Riera, Aurora Egido, Adela Cortina, Clara Sánchez, Dolores Corbella, Asunción Gómez-Pérez. Insistiremos una vez más. Tres amigas deben formar parte de nuestras bibliotecas.
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