La editorial Arzalia tiene una enorme elegancia y calidad en los libros que he recibido y de los que realizado ensayo-crítica. Suma, además, rigurosidad, necesidad de conocimiento y originalidad. El Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición siempre ha estado en el cenit de la discusión, enconada y a favor minoritaria o cuanto menos con rigor; y manipulando sin rubor mínimo y en contra con tics enormes de desconocimiento como postura mayoritaria. Pero, lo debatible siempre es complejo en las Españas, ya que el conocimiento histórico hispano o hispanoamericano es ciertamente rudimentario en porcentaje aceptable. Si nos ceñimos a la existencia del Tribunal del Santo Oficio en los Reinos de Castilla y de León y de Navarra y de Aragón, y evitamos indicar que nació, a priori en Francia (la eliminación de los templarios fue un juicio inquisitorial) por consejo o presión del Vaticano, es necesario indicar que los Reyes Católicos lo instauraron para resolver los problemas que para Cuius Regio Eius Religio estaban provocando los judíos-conversos, los cuales formaban parte de una élite preparada e inteligente, que formaba parte de lo que hoy se definiría como la burguesía. Se les había prohibido, por sanción papal que se dedicasen a la agricultura y a la ganadería, y entonces solo la banca y similares les podría permitir subsistir. En estas condiciones los cristianos-viejos, muchas veces peor preparados y envidiosos de ellos los acusaron de judaizar, aunque el porcentaje de los empecinados en el error era muy pequeño. Es prístino que el Santo Oficio siempre trató de defender, con bastante meticulosidad; aunque a veces la rectificación se producía sin ambages y se rehabilitaba al reo condenado injustamente; la ortodoxia del catolicismo, por lo tanto, judíos y musulmanes no eran objeto de su investigación, en ninguna circunstancia. No obstante, y como suele ocurrir, todavía, al otro lado de los Pirineos con los vecinos de Francia como intérpretes interesados del aserto, la existencia del Santo Oficio de la Inquisición sería utilizado, sin el más mínimo rubor, por los adversarios de la Monarquía Católica de las Españas, para poder arrumbar a los soberanos Isabel I “la Católica” de Castilla y de León, sobre todo, y a Fernando V de Castilla y de León, por taimado y astuto. El Romanticismo alimentaría este injusto sesgo, y los autosuficientes y presuntuosos liberales del siglo XIX, dueños de la pseudoverdad absoluta, considerarían que ese pseudoatraso hispánico estaba provocado por el Santo Oficio de la Inquisición. “Uno de los autores más relevantes en promover esta visión de la Inquisición fue Voltaire, que unió los argumentos religiosos y filosóficos de Bayle y los económicos y políticos de Montesquieu para crear definitivamente el mito moderno de las infinitas maldades del tribunal y de su influencia perniciosa en los países católicos. En su ‘Ensayo sobre las costumbres y el espíritu de las naciones’, acuñó la imagen que sería asumida una y otra vez en lo sucesivo. ‘Es preciso atribuir a este tribunal (de la Inquisición) la profunda ignorancia de la sana filosofía en que se encuentran sumidos los saberes en España, mientras en Alemania, Inglaterra, Francia, y la propia Italia, se han descubierto tantas verdades y ampliado la esfera de nuestros conocimientos’. Era ‘el monstruo’ a eliminar para que España dejase de ser un ‘país de ignorancia’. Semejante interpretación llevó a una formulación de la historia de España que identificó la evolución de la monarquía con la religión católica, la intransigencia, el oscurantismo y la escolástica, mientras se persiguió -a través de la Inquisición- a todo aquel que hubiera propuesto el racionalismo, el espíritu científico, y la reforma de la sociedad”. A España se le ha acusado, por medio de sus múltiples enemigos europeos y americanos, de una conspicua intolerancia religiosa, pero que no tiene el más mínimo fundamento histórico. A partir de Martín Lutero el mayor rechazo al diferente, en lo religioso, provendrá de los luteranos o evangélicos. En los países protestantes, como Países Bajos, Suiza, Inglaterra, Alemania y Suecia, entre otros de mayor o menos enjundia, y donde los católicos eran minoría, la persecución fue inmisericorde y sin paliativos. Hasta tal punto es así el hecho, que, hasta mediados del siglo XX, tanto en la calvinista Suecia como en el anglicano Reino Unido de la Gran Bretaña, los funcionarios públicos, incluyendo a sus propios monarcas, no podían ser católicos en ninguna circunstancia. “En Inglaterra hubo una incautación global, una desamortización efectiva, de los bienes de la Iglesia y de las órdenes monásticas desde Enrique VIII, y esos bienes se repartieron entre los afines al cisma. También hubo numerosos mártires católicos, ejecutados con procesos poco rigurosos. En algunas casas señoriales apareció un armario donde se ocultaban los curas católicos”. De forma inexplicable el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición ha sido perseguido como arquetipo hasta la saciedad. Me atrevo a indicar, y no me equivoco en el más mínimo %, que el comportamiento del Santo Oficio fue bastante cuidadoso, se revisaban n-veces los procesos, y los errores se aceptaban. Por ejemplo, personalidades de primer nivel como fray Luis de León, fray Bartolomé de Carranza, el propio Conde-Duque de Olivares que estuvo investigado, Santa Teresa de Jesús o Miguel de Cervantes y Saavedra que tuvieron sus más y sus menos con los inquisidores, fueron declarados inocentes, tras tiempo transcurrido. Entre 1478 y 1834, se estima de forma fehaciente que solo existieron entre 1540 y 1700 condenas a muerte, lo que sea como sea ya es una desgracia; de ellas 59 mujeres fueron condenadas a la hoguera por brujería. En Alemania se considera que fueron unas 25.000 las víctimas de la intolerancia religiosa de los luteranos. En Zumarragurdi se quemaron a seis personas, el resto de los imputados o acusados fueron absueltos. La agresión por medio de la falsía de las cifras contra el Santo Oficio proviene de un resentido y feroz enemigo, ex-secretario del Tribunal de la Inquisición, Juan Antonio Llorente (1756-1823), quien sin el más mínimo rubor escribe que se quemaron 32.000 herejes y 300.000 fueron llevados a juicio. ¡Inaceptable desde todos los puntos de vista! El hispanista Henry Kamen indica, con cifras muy aproximadas a la certidumbre, que no se quemaron como máximo más de 3.000 herejes, partiendo de la base de que la Corona de las Españas (España+Portugal) estaba conformada por una cifra aproximada de siete millones y medio de habitantes. “El arte, la música, la comunicación han usado el arquetipo inquisitorial hasta la saciedad. La mayoría de los grabados europeos sobre juicios, víctimas y prisiones del Santo Oficio son fantasías, e incluso Goya representó autos de fe que nunca había visto y eran puro producto de su imaginación. La ópera y la zarzuela han contribuido a difundir la oscuridad del tribunal con músicos tan ilustres como Vivaldi, Rameau, Beethoven, Donizetti, Verdi, Prokofiev. Y en la literatura ya hemos mencionado a Voltaire, pero podemos añadir a Schiller, Goethe, Merimée, Victor Hugo, Oscar Wilde o Antonin Artaud”. Cuando se producen importantes conversiones de hebreos al cristianismo-católico, el odio que desatan estos trabajadores e inteligentes cristianos-nuevos entre los cristianos-viejos es de tal calibre, que las algaradas populares y las matanzas de la minoría de conversos, denominadas como progromos, fue de tal magnitud, que se cortaron de raíz, y se prohibió con penas muy graves la muerte de los conversos. En Écija se produjo una masacre (1376-1390) encabezada por Ferrán Martínez, el arcediano de Écija, y virulento predicador antijudío. Existe un año y un hecho que son remarcables, y es la relación que realizó el arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo, con respecto a la visita pastoral realizada en 1476, a Córdoba, Toledo, Ciudad Real y Sevilla, los problemas eran muy importantes y violentos, ya que se acusaba de judaizar en secreto a los conversos… «La Inquisición española fue una mezcla de agencia de espionaje, unidad de asuntos internos y fuerza de orden público que, aunque tuviera como objetivo prioritario la persecución de delitos religiosos, acabó convirtiéndose -y esta es una de las sorpresas mayúsculas de este libro- en un brazo ‘político’ de la monarquía hispánica, realizando una labor de vigilancia global, con intervenciones quirúrgicas. El uso exhaustivo de fuentes desdeñadas hasta la fecha nos permite adentrarnos en las fascinantes biografías de moriscos, luteranos, espías, filibusteros, judaizantes o falsos religiosos que pululan en el inmenso espacio del imperio español: de Flandes a Italia, del Mediterráneo al Atlántico y, por supuesto, América. Frente a una visión truculenta y sanguinaria de la Inquisición española, que bebe tanto de la leyenda negra como del desprecio hacia las nuevas investigaciones, La Inquisición desconocida. El Imperio español y el Santo Oficio nos ofrece un retrato fresco, desmitificador y atractivo de una de las instituciones más importantes de la España moderna». Las conclusiones de este completo libro no dejan de ser un riguroso e inteligente compromiso del autor, donde deja claro que la Inquisición actuaba cuando el reo cometía algún delito dentro de la jurisdicción civil. En el siglo XVI, los Reyes Católicos, Carlos V y Felipe II justificaron su política social y religiosa, basándose en el catolicismo. Algunos de los hechos juzgados y condenados por el Santo Oficio pretendían perseguir cualquier tipo de delitos, que atentasen contra la estabilidad y la fuerza de los monarcas de las Españas. Por lo tanto, libro muy interesante, justo y necesario, y que va a incrementar el conocimiento sobre este hecho histórico que tanto influyo e influye en el concepto calificativo sobre las Españas. ¡Sobresaliente! «Humanum fuit errare, diabolicum est per animositatem in errore manere. ET. Attila, flagellum Dei». Puedes comprar el libro en:
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