Estamos ante una obra de Historia Moderna que posee una gran enjundia, sobre todo porque los años de viudedad del Rey Fernando V de León y de Castilla, II de Aragón y I de Navarra pudieron mutar, en un baremo de 180º todo lo que se había edificado hasta ese momento. Desde el punto de vista médico, puedo diagnosticar que las múltiples muertes que se producían en la época eran metabolizadas con relativa dificultad, aunque mejor aceptadas, por ser más habituales que en la actualidad. Aunque eso no significaba que no apareciesen síndromes maniaco-depresivos de muy difícil evolución, y que conllevaban cambios en la forma de gobernar. Entre los años 1480 y 1491, los Reyes Isabel I y Fernando V de Castilla y de León se decidieron a reorganizar la Corona de los Reinos de Castilla y de León, para tatar de corregir el desastre motivado, aunque fuese de forma involuntaria, por el reinado del Rey Enrique IV “el Impotente” de Castilla y de León, con el importante cisma político provocado por la existencia política reivindicativa e indeseada, de la Excelente Señora Juana “la Beltraneja”. Todo ello estará contenido en la legislación aprobada en las Cortes de Toledo del año de 1480. En este momento histórico se va a producir un hecho, con el que no habían contado, pero que se lo puso en bandeja el sultán nazarí de Granada Boabdil “el Chico”, con su claro intento de no respetar pactos y tratados existentes con los Reyes Católicos. Además, los impuestos cobrados a las taifas mahometanas andalusíes eran claramente un dinero que demostraba, de forma prístina, que su estancia en las Españas estaría permitida mientras pagasen esas parias, y no era un derecho adquirido motu proprio por existir como territorios musulmanes, sino que seguirían siendo extranjeros et nunc et semper. La conquista del emirato nazarí de Granada, entre 1482 y 1491, ocuparía el empeño máximo de los monarcas de León y de Castilla. Realizaré un análisis previo, riguroso y coherente, sobre el porqué, historiográficamente hablando, Fernando “el Católico” el Rey de León, si es cualificado como el V de su nómina, y no se debe obviar, por lo menos por un riguroso leonesista medievalista como es este humilde servidor escribiente, que ese es su numeral como monarca de León, y no de Castilla, lo que nunca debe ser aceptado. En primer lugar, Fernando I Sánchez es Rey-consorte de León, Castilla ni existe como tal, y solo son una serie de condados nominativos de sus magnates, siempre dependientes en mayor o menor cuantía del monarca legionense de turno. Así figura en un diploma del infante Sancho: ‘…Imperando el príncipe Sancho en Burgos, y mi hermano el emperador Alfonso en León…’. Texto del profesor medievalista castellano-castellanista de Burgos, padre jesuita Gonzalo Martínez Díez (2005. Tomo II, p. 713): “Podemos y debemos afirmar con absoluta certeza el hecho de que Fernando nunca fue rey de Castilla y que esta nunca cambió su naturaleza de condado, subordinado al rey de León, para convertirse en un reino, hasta la muerte de Fernando I el año 1065”. Lo que antecede está claro en el Testamento de los Reyes de León Sancha I y Fernando I, donde se indica sin ambages que la reina es la Propietaria de la Corona, y quien divide ella entre sus hijos: “Fredenandus annos viginti septem regnavit: qui in vita sua cum uxore sua nomine Sancia, Regis Adefonsi filia, ad quam Regnum pertinebat, ipsum Regnum inter tres filios ejus”. El vocablo latino ‘pertinebat’ indica a quien pertenecía el Reino-Corona de León, que lo abarcaba todo, y quien era la persona regia que decidía la división filial. El segundo Fernando es Rey-privativo de León. El tercer Fernando y Santo, infante leonés nato en un pueblo de la leonesa Zamora, debería ser definido ya como Rey de Castilla (I) y de León (III), e indica en sus normas que aplicará en la Castiella Novísima, léase Andalucía, el buen Fuero Juzgo o Fuero de los Jueces del Reino de León. Si Lucas de Tui/Tuy “el Tudense”, cronista e historiador brillante y leonesista hubiese vivido lo suficiente, León hubiese sido prelación lógica sobre Castilla. El cuarto es Fernando IV “el Emplazado” de Castilla (II) y de León (IV), todo ello dentro de la ortodoxia historiográfica más rigurosa posible. Luego, Fernando “el Católico” es V de León y III de Castilla, sensu stricto y de rigor absoluto. “Por aquellos años se planteó una nueva estrategia de política exterior basada en el mantenimiento del equilibrio italiano (estrechas relaciones con la Santa Sede, protectorado sobre Nápoles), y en el esbozo de una alianza atlántica con el rey de Inglaterra y el duque de Borgoña, que contrapesará el predominio francés, pero Fernando el Católico tuvo que renunciar a su intento de recuperar Rosellón y Cerdaña en 1484 y se limitó años después, a enviar algunas tropas a Bretaña con el objeto de dificultar la plena integración de este ducado en Francia, aunque finalmente así sucedió. Al mismo tiempo, se ponía el mayor cuidado en que los reyes de Navarra no entraran en la órbita política de los franceses”. Todo aquel planteamiento político tan elaborado, sobre todo por medio de aquella mente tan preclara que poseía el monarca aragonés, quedó entonces en un segundo plano, ya que la prioridad era la recuperación territorial del Reino de Granada. Luego se intentaría la unificación peninsular definitiva incluyendo al Reino de Portugal, que ya había sido parte esencial medieval del Regnum Imperium Legionensis. No obstante, no se suspendieron todas las operaciones políticas o militares, ya que verbigracia las relativas al Mediterráneo era preciso mantenerlas, porque el Sultanato de la Sublime Puerta tenía una relación directa con la resolución reconquistadora mahometana de Granada, ya que desde siempre los Reinos de León y de Castilla habían dirigido el fenómeno sociopolítico y militar de recuperación territorial, ya desde Alfonso II “el Casto” de Oviedo y, sobre todo, en la mentalidad del Rey Alfonso III “el Magno” de León. «Entre la muerte de Isabel I de Castilla (Y DE LEÓN) y la venida de su nieto Carlos a España transcurren trece años tenidos por cierto aire de provisionalidad, atravesados también por diversas convulsiones políticas y por las consecuencias de sucesos inesperados que podían afectar a la continuidad dinástica. Pese a todo, los historiadores los han considerado como una prolongación del reinado conjunto de Isabel y Fernando, debido a la estabilidad de la gobernación -así se la llamó- del rey Fernando en Castilla (Y EN LEÓN). Pero lo cierto es que fueron tiempos tanto de certidumbre como de singulares realizaciones políticas. En el primer aspecto, la sucesión al trono castellano (Y LEONÉS) pasó desde 1497 por avatares diversos y la incapacidad de la reina Juana complicó la situación. Por otra parte, Fernando, como rey de Aragón y gobernador de Castilla (Y DE LEÓN), llevó a cabo una política exterior cuajada de novedades con la que consiguió culminar los grandes proyectos que ya venía desarrollando en los ámbitos italianos, europeos y, también, norteafricanos porque, en el transcurso de variadas situaciones y coyunturas políticas, consolidó su trono en Nápoles, conquistó Orán y logró la incorporación de Navarra a sus dominios, además de fomentar decisivamente la explotación y colonización en las Indias, que eran realidades incipientes cuando falleció Isabel I». La conquista del Reino de Granada, en el año de 1492, fue el momento culmen del Reinado de los Reyes Católicos. Sería el episodio histórico final y vital de la Reconquista, aunque no todos los habitantes hispanos de ese momento de la Historia lo contemplaron de la misma forma. Sí es verdad que con ello se había conseguido aprovechar el ya periclitado reino nazarí, tras una lucha multisecular para conseguir restablecer la situación tal como había estado antes del año 711 d. C. Además, era más que necesario otorgar carta de naturaleza al axioma acuñado por la monarquía de Francia de Cuius Regio, Eius Religio, una sola religión, obviamente la única verdadera al 100% que es la cristiana-católica, y dentro de un solo y único estado; por consiguiente, los hebreos y los moros deberían aceptar la conversión al catolicismo, aunque si no era así deberían marcharse pacíficamente de sus, asimismo, tierras ancestrales de las Españas, y se les ayudaría a ello de la mejor manera posible. A la par, firmarían unas capitulaciones con un extraño marino llamado Cristóbal Colón, quien ya había sido expulsado, de forma pacífica, del vecino Reino de Portugal, por causa de sus estrambóticas y crípticas consideraciones, que realizaba con respecto a llegar por occidente hacia la ruta de las especias. Sus exigencias de ser nominado como Almirante de la Mar Oceana y Visorrey, chocaban frontalmente con el concepto fernandino de ser Rey. Para poder obtener todo ello, el Rey Fernando “el Católico” trazaría los pertinentes planes políticos, y serían los Reinos de Castilla y de León los que deberían aportar los recursos económicos y militares para poder alcanzar todo ello. “Su comienzo tuvo como escenario Barcelona, donde, en enero de 1493, se firmó un tratado con Carlos VIII de Francia que restituía a Fernando los condados catalanes del Rosellón y la Cerdaña. Pero la armonía inicial pronto se trocó en hostilidad en cuanto el rey francés intervino en Italia para conseguir el dominio de Nápoles. Las guerras de 1495-97 y 1500-1503, con frentes principales en Nápoles y en el Rosellón, acabaron con la victoria de los Reyes Católicos y la integración del reino napolitano en los dominios de Fernando”. Estamos en el momento central en el que la Reina Isabel I observa como su salud va declinando de forma paulatina, con un influjo cada vez más pequeño para el mundo de la política. La vida le ha golpeado terriblemente, y de forma inmisericorde; en octubre de 1497 muere el príncipe de Asturias, Juan, luego la nueva heredera, la primogénita Isabel en 1499, y su hijo y heredero de tierras, reinos e ilusiones, Miguel de la Paz en julio del año 1500. A continuación, se producirá el indigno comportamiento de Felipe I “el Hermoso”, el esposo incalificable de la infanta Juana, y por fin, desgraciadamente, la propia muerte de la Reina Isabel I por causa de un adenocarcinoma de ovario con carcinomatosis y toda la terrible sintomatología acompañante. En suma, este libro merece todos los parabienes habidos y por haber, siendo de una lectura obligatoria e inteligente, con la precisa adecuación de los Reinos de Castilla y de León. ¡Sobresaliente, justo y necesario! «Primum non nocere, secundum cavere, tertium sanare. ET. Civitas optimo iure ». Puedes comprar el libro en:
Noticias relacionadas+ 0 comentarios
|
|
|