La editorial Arzalia es muy cuidadosa y rigurosa en todas las obras que han llegado a mi poder. En este caso se trata de uno de los hechos más paradigmáticos de la historia del siglo XX. Los manuscritos del Mar Muerto de Qumrán tienen una relación directa y esencial con el nacimiento del moderno Estado de Israel, que como ya es público y notorio fue reconocido por las Naciones Unidas en mayo del año 1948. “El British Museum conserva una colección de manuscritos bíblicos que Moisés Shapira, un anticuario de Jerusalén, compró a un grupo de beduinos que se habían establecido en la región noroccidental del Mar Muerto durante los años 1878 y 1884. Adquiridos por el citado museo, viajaron a Londres, donde un especialista en caligrafías antiguas se apresuró a declarar que eran falsos. Tras un vaivén de acusaciones, Shapira apareció muerto en la habitación de un hotel de Róterdam el 8 de marzo de 1884. Desde entonces, los fragmentos manuscritos permanecen desaparecidos. Hoy podemos decir, sin riesgo a equivocarnos, que formaban parte de la serie de los manuscritos del Mar Muerto descubiertos más de medio siglo después”. El 14 de mayo de 1948, en la capital política del nuevo estado de Israel, Tel Aviv, se producía la proclamación de este nuevo estado hebreo, que tantos problemas está creando a la política del planeta Tierra, y les está creando a los mismos judíos. La causa global del hecho estriba en que los judíos que habían conseguido salvarse del exterminio del Partido y Régimen Nacionalsocialista Obrero Alemán, NSADP, habrían retornado a su tierra natal, desde las iniciales Diásporas de Pompeyo Magno y del emperador Adriano. Está claro que estos israelitas identificaban a aquella bíblica Tierra de Canaán, ‘donde mana leche y miel’, con su patria irredenta y prometida en el Antiguo Testamento por Yahwéh-Dios, es decir la tierra de los filisteos o Palestina, siendo los judíos el pueblo elegido por el Todopoderoso. Entre los años 1882 y 1938, casi medio millón de judíos venidos de casi todas las partes del mundo, y en todos los medios de transporte que pudieron conseguir, llegaron hasta la Palestina de los Imperios Otomano y Británico. Lo que pretendían aquellos judíos regresando a su tierra era demostrar que aquella era su sagrada tierra, y que Yahwéh se la había entregado a su pueblo elegido. “Sin embargo, fue un acontecimiento particular lo que precipitó la proclamación del nacimiento del Estado de Israel al mismo tiempo que comenzaba a reconocerse que los rollos encontrados en el desierto de Judá eran manuscritos hebreos redactados por judíos inmediatamente antes de la destrucción del Templo y de la ciudad de Jerusalén por los romanos, el año 70 d.C. El episodio en cuestión fue el atentado que provocó la voladura del hotel King David de Jerusalén, el 22 de julio de 1946. Las consecuencias de aquel acto precipitaron la salida de los británicos de la región y, en unos meses, el reconocimiento del Estado judío por parte de las Naciones Unidas”. El río por antonomasia de Israel es, como ya es público y notorio, el bíblico Jordán, el cual desemboca en el Mar Muerto, que es denominado asimismo como el Mar de la Sal. Está a unos 400 metros por debajo del nivel del mar; y la denominación de muerto proviene de que no posee ningún tipo de vida a su alrededor; existiendo algunas causas de ello: su gran profundidad, que llega en su punto más bajo a estar hasta 800 metros por debajo del nivel del Mar Mediterráneo, la densidad enorme del ambiente, y el alto grado de salinidad, lo que hace imposible que se desarrolle cualquier tipo de vegetación, bien sea flora o fauna marina. “En las inmediaciones de la desembocadura del Jordán en el Mar Muerto se sitúa el oasis de Jericó, la ciudad de las palmeras. Jericó es la urbe más antigua del mundo, la cuna de la civilización. Al sur, en la ribera noroeste del Mar Muerto, se descubrieron los manuscritos que nos ocupan, en el entorno arqueológico de Qumrán. En el centro sur de la costa se alza la fortaleza de Masada, último bastión judío frente a los romanos. En un lugar emblemático del litoral se localiza Ein Gedi, con sus abundantes fuentes de agua. La península de Lisán, en la ribera suroccidental, no solo establece los niveles más altos de densidad del agua, sino que confirma el proceso de evaporación y solidificación a que está sometido el Mar Muerto en su mitad meridional”. Los habitantes del desierto, llamados beduinos se pasaban numerosas temporadas acampados en lugares u oasis que tuviesen el pasto suficiente o bastante para que sus ganados, de cabras y de ovejas, pudiesen alimentarse sin problema. En esos lugares era donde montaban sus campamentos temporales, y durante ese tiempo eran los dueños absolutos y los responsables de dicho territorio. Concretamente en la tierra del Jericó meridional y el occidente septentrional del Mar Muerto, los beduinos allí residentes eran denominados como los Ta’amireh, de religión islámica suní, reconociéndose como que allí habitaban desde hacía trescientos años; por lo tanto, se les puede calificar como de seminómadas, ya que no realizaban las largas y duraderas travesías estacionales de los beduinos considerados ad hoc y sensu stricto. “Los Ta’amireh llevaban siglos deambulando por los desiertos de Judá y del Negev, y en algunas ocasiones por las montañas de la Transjordania. Además de criar camellos, tenían en las cabras y ovejas su principal fuente de ingresos. Sus antepasados habían inventado la manteca ghee, apreciada porque se conservaba durante semanas a pesar de las altas temperaturas, y habían llegado a ser los mayores recolectores de dátiles, que vendían a los comerciantes de Belén y Jerusalén. Todas las comunidades beduinas estaban dirigidas por un patriarca -como Abraham-, una suerte de líder. El de los Ta’amireh se llamaba Jum’a Mohammed. Era alto y delgado y lucía barba canosa sin arreglar, camuflada entre la kufiya palestina con la que protegía su cabeza calva. Siempre olía un perfume europeo que compraba en Belén. La edad de los patriarcas de las comunidades beduinas no se adivinaba fácilmente; tampoco la de Jum’a Mohammed. Aunque en aquella época de mediados del siglo XX debía de rondar la cincuentena”. Estamos en el mes de julio de 1946, cuando el hijo de trece años (Jum’a) de Jum’a Mohammed y otros dos familiares, más o menos de su misma edad, El-Dhib y Jalil Musa, con su rebaño de cabras negras se dirigen a las cuevas de Qumrán, en los alrededores del Mar Muerto, era el final de una noche cerrada, y dos horas antes del amanecer, cuando llegaron con sus animales a la carretera que unía Jericó con el oasis de Ein Gedi, en los alrededores de la gran fortaleza herodiana de Masada, donde los judíos del siglo primero llegaron hasta a ser exterminados por las legiones del SPQR. En ese momento escucharon un ruido que remedaba un resbalón de una de las cabras entre las piedras de las cuevas. Rápidamente iniciaron el ascenso, sumamente dificultoso, entre dichas rocas, para a continuación tratar de descolgarse en la cueva. “Todavía no había bajado un par de metros cuando sus plantas tocaron fondo. Sin moverse y con los dos pies en el suelo, sintió el roce del asustado animal, que se le había acercado. Con la tenue luz que se perdía en la parte superior de las paredes de la cueva, se agachó para recoger a la cabra herida. Fue en ese momento cuando tocó algo frío, duro, liso. Pensó en el vidrio roto. Con sumo cuidado fue recorriendo el tacto el perfil de aquel objeto. Notó que, en efecto, estaba fragmentado. Tomó un trozo en su mano y lo levantó para verlo a la luz. No era vidrio, era cerámica. Respiró con tranquilidad. El riesgo de hacerse daño parecía así menor. Volvió a extender la mano para continuar recorriendo aquella pieza de cerámica con las yemas de sus dedos que, de pronto, se toparon con un material diferente. El Dhib lo levantó y pudo comprobar que era un trozo de cuero. Volvió a sondear el suelo de la cueva con las manos y encontró otro pedazo de piel que una vez más sacó a la luz. Metió los dos fragmentos en el interior de su pantalón, sujetó a la cabra entre sus brazos y avisó a su primo para que agarrará con fuerza la improvisada cuerda que le ayudaría a salir de la gruta con el animal”. Este es el momento histórico crucial en el que salen a la luz de la historia los dos primeros rollos de los Manuscritos de Qumrán. La arqueología está en el centro y la base de los que somos historiadores, ya que subraya las teorías históricas, y las transforma en documentos historiográficos. «El descubrimiento de los manuscritos del Mar Muerto en 1947 es considerado el acontecimiento arqueológico más importante del siglo XX. Los documentos contienen los textos más antiguos de la Biblia hebrea y una amplia colección de escritos que describen el contexto social, político y religioso que se vivía en Jerusalén durante los orígenes del cristianismo. Desde el día en el que unos jóvenes beduinos recuperaron una cabra que se había perdido en una cueva del desierto la leyenda ha acompañado la historia de este descubrimiento. El autor, uno de los mayores expertos mundiales en la materia, mezcla el rigor del ensayo con una narración literaria, en un esfuerzo por reconstruir el día a día de lo que sucedió durante los primeros años de este importante hallazgo y la luz que proyecta hasta hoy. Meses después del descubrimiento, David Ben Gurión proclamaba la creación del Estado de Israel. Ese mismo día se iniciaba el conflicto más longevo de la historia reciente: la lucha entre palestinos y judíos por la propiedad de la tierra que comparten. El primer ministro hebreo, comprendió que los manuscritos no solo eran un importante hallazgo arqueológico sino la mejor demostración de que aquella tierra de la que habían sido expulsados, era de los judíos desde tiempos inmemoriales. Una trepidante mezcla de géneros y épocas convertida en un gran libro de historia sobre un tema todavía muy desconocido». La cuna de la civilización no es Jericó como escribe el autor, aunque indudablemente sí es la primera ciudad conocida, sino el Imperio de Sumer y sus ciudades-estado, tales como Ur, Uruk, Sippar, donde nació la escritura, etc. ¡Buen relato, interesante y esclarecedor de uno de los acontecimientos arqueológicos más importantes de la Historia de la Humanidad, en el pasado siglo XX! «Roma omnia venire. ET. Urbem venalem et mature perituram si emptorem invenerit». Puedes comprar el libro en:
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