El valor de las enseñanzas morales de las fábulas de Juan Eugenio de HartzenbuschDe las fábulas de Hartzenbusch reproducimos y comentamos la XXIV (“Los polvos de la madre Celestinas”) y la XL (“La luciérnaga y el sapo”).
Los polvos de la madre Celestina
Señor nuestro, (preguntó Raimundo)
los polvos de la madre Celestina,
que todo lo alcanzaban en el mundo,
¿se sabe o se imagina
de qué pudieran ser? -Cuatro ingredientes
(díjole el preceptor) omnipotentes
entraban en la mágica mixtura:
oro, saber, esfuerzo y hermosura.
Hoy, lo que tantas maravillas obra
es el oro no más; el resto sobra.
Por gracia, no de Dios, reina el dinero,
soberano señor del mundo entero.
Juan Eugenio de Hartzenbusch: Obrasescogidas. París, Baudry, Librería Europea, 1850.
El DRAE recoge la expresión “polvo de la madre Celestina”, que define como “modo secreto y maravilloso con que se hace algo”. Y hay que remontarse a 1499 para que Fernando de Rojas, en su Comedia de Calisto y Melibea introduzca en nuestra literatura el personaje de Celestina, una vieja alcahueta y hechicera que, entre otras ocupaciones, se dedicaba a elaborar brebajes con que manipular la voluntad de las personas en el terreno amoroso; y a la que solo le mueve la codicia (y así, en el acto XII, antes de que Pármeno, criado de Calisto, la acuchille, por negarse a repartir los beneficio obtenidos por facilitar la relación adúltera entre Calisto y Melibea, el otro criado, Sempronio, la increpa de esta manera: “¡Oh vieja avarienta, garganta muerta de sed por dinero!”). Sea como fuerte, “los polvos de la madre Celestina” aluden a cualquier “estratagema mágica” de la que alguien se vale para solucionar problemas con astucia. Y, a partir de aquí, la fábula comienza con el deseo de un tal Raimundo, manifestado a su preceptor, de conocer los ingredientes con que la “madre Celestina” -“madre”, en la época de la obra de Rojas, era un tratamiento respetuoso hacia una persona de edad- fabricaba esos polvos “que todo lo alcanzaban en el mundo” (verso 3); ingredientes que el preceptor califica como “omnipotentes” (verso 6), en esa “mágica mixtura” (verso 7, en el que se reafirma el carácter maravilloso de esos polvos); y que enumera en el verso 8: “oro, saber, esfuerzo y hermosura”. En realidad, los valores que estos ingredientes simbolizan poco tienen que ver con el fin que se persigue con dichos polvos; sin embargo, en los versos 9-10 se encuentra la justificación: “Hoy, lo que tantas maravillas obra / es el oro no más; el resto sobra”. Es decir, que el “hoy” de Hartzenbusch, como si el tiempo se hubiera detenido, se instala en el “ayer” de Francisco de Quevedo, al que pertenece la célebre letrilla satírica “Poderoso caballero es Don dinero”. Volviendo a la fábula de Hartzenbusch, queda claro que el dinero -“el oro”- es lo único que mueve el mundo; y que conceptos “sabiduría” -conocimiento profundo en ciencias, letras o artes-, “esfuerzo” -que implica mover el ánimo de manera vigorosa para conseguir algo vendiendo las dificultades- y “hermosura” -belleza que puede percibirse sensorialmente- se han batido en retirada. La conclusión de la fábula es demoledora para los valores del espíritu: “Por gracia, no de Dios, reina el dinero, / soberano señor del mundo entero” (versos 11 y 12). Estos dos últimos versos requieren un comentario aparte. La avaricia humana que solo busca el beneficio económico es incompatible con principios ético-morales, al superponerse a valores de índole espiritual. En la fábula -y fuera de ella- el dinero ha pasado a ser “soberano señor del mundo entero” -lo que implica desigualdades sociales-; y se le rinde culto: estamos ante el “reino del dinero”, y no precisamente “por la gracia de Dios”. El dinero es pues algo así como un monarca absoluto que se instala en las conciencias desplazando otros valores que dignifican al ser humano. De “los polvos de la madre Celestina” hemos pasado a un materialismo degradante. Y Hartzenbusch pretende hacérnoslo ver. Desde una perspectiva métrica, el poema se divide en dos agrupaciones estróficas: la primera, del verso 1 al 10 -diálogo entre Raimundo y su preceptor-; y la segunda, los versos 11 y 12 -reflexión final-. Todos los versos son endecasílabos, salvo el 4, que es heptasílabo. Esta es la distribución de rimas consonantes: ABAb (versos 1-4, un serventesio con rimas cruzadas; versos 1 y 3, /-úndo/: “Raimundo/mundo”); versos 2 y 4, /-ína/: “Celestina/imagina”). Y a este serventesio siguen tres pareados sucesivos: versos 5 y 6, rima en /-éntes/ (CC, “ingredientes/omnipotentes”); versos 7 y 8, rima en /-úra/ (DD: “hermosura/mixtura”); y versos 9 y 10: rima en /-óbra/ (EE: “obra/sobra”). La segunda estrofa es otro pareado con rima consonante /-éro/ (FF: “dinero/entero”). La aliteración de nasales le da una sonoridad especial; y no por casualidad, el acento rítmico en sexta sílaba recae en las palabras “Diós” (verso 11) y “señór” (verso 12).
Harzenbusch escribió una comedia de magia en tres actos que lleva precisamente el título de Los polvos de la madre Celestina.
La luciérnaga y el sapo
En el silencio de la noche oscura
sale de la espesura
incauta la luciérnaga modesta,
y su templado brillo
hace en la oscuridad el gusanillo. 5
Un sapo vil, a quien la luz enoja,
tiro traidor le asesta,
y de su boca inmunda
la saliva mortífera le arroja.
La luciérnaga dijo moribunda: 10
¿Qué te hice yo para que así atentaras
a mi vida inocente?
Y el monstruo respondió: Bicho imprudente,
siempre las distinciones valen caras:
no te escupiera yo si no brillaras. 15
El tema del texto se percibe con nitidez: Hartzenbusch critica la envidia hacia el talento ajeno de quienes son incapaces de destacar por sí mismos, porque “siempre las distinciones valen caras” (verso 14). La estrofa empleada en una silva de 15 versos, de los cuales son heptasílabos el 4, el 7, el 8 y el 12; y los once restantes son endecasílabos. Esta es la distribución de las rimas consonantes: AABcCDbeDEFgGFF, según el siguiente esquema:
versos 1 y 2. Rima /-úra/ [AA] (“oscura/espesura”): versos 3 y 7. Rima /-ésta/ [Bb] (“modesta/asesta”); versos 4 y 5. Rima /-íllo/ [cC] (“brillo/gusanillo”): versos 6 y 9. Rima /-ója/ [DD] (“enoja/arroja”); versos 8 y 10. Rima /-únda/ [eE] (“inmunda/moribunda”); versos 11, 14 y 15. Ríma [FFF]/-áras/ (“atentaras/caras/brillaras”): versos 12 y 13. Rima /-énte/ [gG] (“inocente/imprudente”).
De los versos 1 al 9, el narrador, en tercera persona, presenta el maco espacio-temporal en que se va a desarrollar la acción (en un lugar muy poblado de árboles y matorrales -espesura-, y en una noche cerrada); a los personajes (una luciérnaga, que despide una luz fosforescente, y un sapo, de larga y pegajosa lengua); y el conflicto que surge entre ambos (el sapo ataca mortalmente a la luciérnaga, envidioso de la luminosidad que irradia su cuerpo). Los adjetivos ayudan a caracterizar a los personajes; y así, la luciérnaga es “incauta” y “modesta” (verso 3, con el adjetivo a ambos lados del nombre), y el brillo de su cuerpo en forma de “gusanillo” es “templado” (verso 4); en cambio, el sapo es “vil” (verso 6), tiene una boca “inmunda” (verso 8) y una saliva “mortífera” (verso 9). Los adjetivos subrayan, además, la oscuridad de una noche silenciosa (verso 1: “noche oscura”, en la que el cuerpo de la luciérnaga pone una nota de luz, que desencadena la agresividad del sapo), y cómo es el ataque del sapo, que laza su lengua contra la luciérnaga, asestándole un “tiro traidor” (verso 7, en el que la aliteración de dentales lo hace más “audible”: “tiro traidor le asesta”). Del verso 10 al 15, el narrador solo interviene para estructurar el diálogo, mediante verbos de lengua que dan entrada a cada uno de sus parlamentos (“luciérnaga/dijo” -verso 10-; “monstruo [el sapo]/respondió” -verso 13-). La luciérnaga no comprende por qué el sapo la ha atacado hasta dejarla próxima a la muerte (versos 11-12: “¿Qué te hice yo para que así atentaras / a mi vida inocente?”); y el sapo, en su contestación, solo muestra la envidia que lo corroe (versos 14-15: “siempre las distinciones valen caras: / no te escupiera yo si no brillaras”). Y de aquí se infiere la moraleja: hay quienes no perdonan que otros brillen -sin hacer daño a nadie-y se muestran intolerantes cuanto más excelentes son. Así es la esencia destructiva de la envidia. En 1871, Hartzenbusch publicó esta variante de la fábula, más breve -simplemente se han suprimido los versos 1 a 5- y, en cierto modo, con un mensaje más contundente: Un sapo vil, a quien la luz enoja,
tiro traidor le asesta, y de su boca inmunda la saliva mortífera le arroja. La luciérnaga dijo moribunda:
—¿Qué te hice yo para que así atentaras a mi vida inocente? Y el monstruo respondió: —Bicho imprudente, siempre las distinciones valen caras: no te escupiera yo, si no brillaras.
La fábula sigue siendo una silva en la que se combinan tres versos heptasílabos y siete endecasílabos, con la siguiente distribución de rimas consonantes: AbcACBdDEE. El mensaje moral sigue, pues, siendo el mismo: la censura de la envidia, que nace del fastidio que a otros les provoca el talento natural de ciertas personas que brillan con luz propia. Puedes comprar su obra en:
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