Los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial fueron terroríficos en aquella Europa arrasada hasta sus cimientos; y sobre todo en una Alemania desangrada, donde los alemanes pasaban a mejor vida de forma ingente. Se conoce que unos treinta mil alemanes perdían la vida/por día en los diferentes frentes: en los bombardeos contra las ciudades alemanas, sobre los trenes de aterrorizados refugiados que huían del ejército rojo soviético, contra los que escapaban por el mar Báltico, y los que malvivían en los campos de concentración. “Hitler fue el gran responsable de esta orgía de muerte y destrucción, junto con las instituciones que había creado, inseparables de su persona. Mermado por la enfermedad, acorralado, cuestionado u odiado por su propio pueblo, obligado a vivir bajo las bombas en un agujero húmedo, siguió no obstante alimentando la hoguera. Su pueblo no volvió a oír su voz después de la alocución difundida por radio el 30 de enero de 1945, pero su sola presencia, a seis metros bajo tierra, fue suficiente para mantener a ochenta millones de alemanes en estado de obediencia. Las organizaciones criminales que eran el partido nazi, la SS, la Gestapo, las Juventudes Hitlerianas o la Wehrmacht continuaron con su trabajo en su nombre. Siguieron sus consignas y su ejemplo, el de la radicalización, aunque en términos generales, porque también se dieron episodios de ‘sálvese quien pueda’ y juegos personales. Cuanto más disminuía la eficacia del Ejército y de la Administración, más se endurecía la ideología nacionalsocialista y encontraba sus connotaciones revolucionarias. Cuanto más cercana estaba la perspectiva de su destrucción total, más saldaba el régimen las cuentas con sus enemigos, reales o supuestos”. Lo realmente paradójico es que si Adolf Hitler, el Führer del Tercer Reich se hubiese muerto por sus propias patologías o por un atentado, como el del año 1944, la guerra se hubiese detenido sensu stricto. Todo dependía de su voluntad, desde los soldados hasta los obreros y los verdugos de las SS o de la Gestapo. Es muy esclarecedor el testimonio del mayordomo de Hitler con respecto a lo que opinaba del hecho, Heinz Linge: “Martin Bormann [el secretario de Hitler] tenía sin duda en sus manos el partido y a sus jefes, pero sin Hitler, incluso él, cuyo nombre apenas resultaba conocido para el pueblo, se habría visto absolutamente impotente”. En los estertores del final del régimen nacionalsocialista, los crímenes del sistema están a la orden del día, y se ahorcaba en las farolas de las ciudades a los soldados alemanes que trataban de escapar de la tragedia de la caída de los dioses. La obra narra los cien días finales del Führer hasta su suicidio en el bunker. Abarca la obra, en la forma de crónica diaria los días que van desde el 15 de enero de 1945 hasta su muerte hacia las 15:30 horas del 30 de abril del mismo año. Los soldados alemanes de la Wehrmacht con su sacrificio final habían conseguido otorgarle a Hitler unos cien días de vida adicionales. Se utiliza a los historiadores alemanes como lo esencial de la narración, aunque también las obras clásicas de Ian Kershaw y Richard Bessel. “La crónica cotidiana se ha construido cotejando una serie de documentos impresos. Diarios o agendas personales: los de Joseph Goebbels y Martin Bormann, del doctor Morell, de Wilfred von Oven; el diario de guerra del Alto Estado Mayor de la Wehrmacht, sus comunicados, las actas de los balances de la situación militar, las ordenanzas relativas a la organización del ejército; la recopilación de órdenes y decretos del Führer y el conjunto de sus discursos, llamamientos y declaraciones; los informes de los servicios de inteligencia de las SS, las decenas de memorias y recuerdos de actores y testigos, grandes o pequeños, que mantuvieron contacto con Hitler en sus últimas semanas, y especialmente los transcritos en 1948 por el capitán Michael Musmanno, investigador y juez en los inicios de Núremberg. En la bibliografía que se incluye al final de este libro se encontrará la relación de estos documentos”. Está claro que la psique de Hitler está muy bien analizada, ese espíritu rencoroso y vengativo típicamente de un psicópata, una personalidad desdoblada, probablemente por causa de algunos problemas en su terrible infancia bajo la férula de un padre agresivo, alcohólico y autoritario. Sus constantes ataques de ira, que es incapaz de contener, donde ridiculiza o amenaza a todos aquellos que se atreven a contradecirle, desde el Coronel-General Guderian hasta el Mariscal de Campo von Manstein. No le importa arrastrar a Alemania al desastre caótico más absoluto y sumirla en el fuego de la destrucción. Sea como sea, Adolf Hitler siempre repitió, quizás fundamentado el aserto en su habitual prepotencia inconsciente, que todo tendría una salida favorable si la determinación del pueblo y de los soldados alemanes llegaba hasta la totalidad de su entrega. Para llegar al final, el Führer utilizaría la fallida ofensiva de las Ardenas, y las armas secretas, V1 y V2, que en realidad tuvieron una eficacia relativa, ya que deberían haber sido lanzadas contra los ejércitos aliados. Pero, en realidad detrás de todo ello se encuentra una psicopatía evidente del personaje, que le habría conducido a una evasión de la realidad, creyendo que la posibilidad de escapar de una pavorosa derrota total era plausible. No obstante, existen otros testimonios de personalidades del régimen muy próximos a él, que manifiestan que ya desde la hecatombe de Stalingrado no creía en la más mínima posibilidad de victoria. Así lo refirió el Coronel-General Alfred Jodl en el Juicio de Núremberg, ya en el año 1946: “Ningún hombre en el mundo pensó y supo antes que Hitler que la guerra estaba perdida”; lo que ya colegiría en el mes de septiembre de 1942 cuando comprobó que su deseo de acceder al petróleo esencial de Bakú no estaba al alcance de sus militares. Él deseaba únicamente ganar la guerra como fuera, y si no era posible, nunca intentaría ningún tipo de acuerdo diplomático, ya que a partir de 1943 la guerra total sería el comienzo del fin hacía una carrera de obstáculos, que conduciría a Alemania al abismo. “¿Qué motivos pudieron impulsar a Hitler a continuar la lucha de manera tan obstinada cuando sabía que la derrota militar era inevitable? El primero tiene que ver con el papel fundamental que desempeñaban los judíos en su visión política. Detrás de Moscú, Londres y Washington solo había un enemigo ‘el judaísmo mundial’. Hitler le declaró específicamente la guerra en su discurso del 30 de enero de 1939 y repitió lo que entendía por ello hasta cinco veces en 1942, el año en que se aceleró la Shoah. La resistencia de los ejércitos alemanes después de Stalingrado sirvió también, y quizá, ante todo, para ganar tiempo para alimentar las cámaras de gas. El exterminio de los judíos de Europa fue una victoria de sustitución. Según la lógica radical de Hitler, presentaba otras ventajas. Si los judíos movían los hilos en Londres, Washington y Moscú, no serviría de nada intentar una paz de conciliación con los Aliados: el judaísmo no perdonaría jamás la Shoah. Y tanto mejor, porque Hitler era incapaz de pensar en gesto diplomático en posición de debilidad. Además, el exterminio sería para unir en el crimen a los alemanes en torno a su Führer. Nunca se lucha tan bien ni durante tanto tiempo como cuando se han ‘cortado los puentes detrás’, escribirá Goebbels”. Además, y para agravar más si cabe la cuestión, existía el casus belli referido a que no perdonaría nunca la derrota de 1918, por lo que su fundamento doctrinal basado en Clausewitz era muy riguroso y, como patriota elevado, la lucha debería ser ‘hasta la última gota de sangre’. «Los meses finales de la Segunda Guerra Mundial en Europa fueron el periodo más sangriento y destructivo de todo el conflicto; también el más confuso y menos conocido. Cada día, por término medio, treinta mil seres humanos perdían la vida en los distintos frentes, en las ciudades bombardeadas, en los convoyes de refugiados que huían del Ejército Rojo, en los navíos que se arriesgaban a navegar por el mar Báltico, en las prisiones y los campos de concentración, en los trenes, en los caminos por los que se evacuaba a los deportados… Hitler fue el gran responsable de esta orgía de muerte y destrucción. Mermado por la enfermedad, acorralado, cuestionado u odiado por su propio pueblo, obligado a vivir bajo las bombas en un agujero húmedo, siguió alimentando la hoguera hasta el final. Para comprender este horror, Jean Lopez hace una minuciosa reconstrucción de los últimos días del Führer, siguiéndole desde el 15 de enero de 1945, fecha de su regreso definitivo a Berlín, hasta su muerte, el 30 de abril, y aborda también algunos episodios de ese periodo, como las marchas de la muerte, las verdaderas pérdidas militares alemanas o los crímenes de guerra soviéticos». ¡Libro muy importante, original y único para llegar al conocimiento del final del nazismo. Plena recomendación! «Patrem familias ventacem non emacem esse oportet. ET. Tu quoque, Brute, fili mi!». Puedes comprar el libro en:
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