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Rafael Sánchez Ferlosio
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Sánchez Ferlosio y la maestría en el uso “artístico” del lenguaje: Industrias y andanzas de Alfanhuí. II

miércoles 30 de septiembre de 2026, 08:07h

Industrias y andanzas de Alfanhuí es la primera novela de Rafael Sánchez Ferlosio, publicada en 1951, y puede considerarse como una de las obras pioneras del “realismo mágico” español. La obra narra, en una prosa de gran aliento poético, el “viaje” de crecimiento y aprendizaje del protagonista, amante de la naturaleza, por pueblos y caminos de la Espala rural, y de los artificios de que se vale para salir adelante construyendo su propia realidad, totalmente ajena al mundo de los adultos. Vamos a centrarnos en el capítulo XI de la tercera parte: “De la ciudad de Palencia y la herboristería de Don Diego Marcos”.

Rafael Sánchez Ferlosio: Industrias y andanzas de Alfanhuí. Barcelona, Salvat Editores, 1983, 2.ª edición. Biblioteca Básica Salvat (BBS), núm. 22.
Rafael Sánchez Ferlosio: Industrias y andanzas de Alfanhuí. Barcelona, Salvat Editores, 1983, 2.ª edición. Biblioteca Básica Salvat (BBS), núm. 22.

[Alfanhuí en la herboristería de Don Diego Marcos]

Palencia era clara y abierta. Por cualquier parte tenía la entrada franca y alegre y se partía como una hogaza de pan. La calle mayor tenía soportales de piedra blanca y le daba el sol. Las torres también eran blancas, bajas y fuertes y, el río, maduro y caudaloso. Al otro lado del río estaba la vega poblada de viñas, hortalizas y árboles de frutas; surcada de canales. Por los canales iban las barcazas llevadas por mulas que tiraban de maromas desde la orilla y resbalaban con sus cascos en el fango. El agua de los canales tomaba, con el poniente, un color lánguido y fecundo de azul blanquecino con reflejos verdes y rojos.

Las herboristería de Don Diego Marcios estaba en la calle mayor, con sus tarros de cristal o de porcelana, como las boticas. Arriba, tenía una tabla negra con letras de purpurina:

HERBORISTERÍA MEDICAL
DE DIEGO MARCOS

 

El licenciado en Ciencias Naturales Diego Marcos era alto, grueso y petulante. Llevaba gafas de oro y un guardapolvos ocre, descolorido. También su mujer estaba tras del mostrador, y era gorda y no menos presuntuosa. Andaba por la tienda una especie de mancebo, de veinticinco año, tísico y barbilampiño. La tienda era oscura, todas de estanterías de madera barnizadas, de un marrón casi negro. En el escaparate había tarros y platos con hierbas, cada uno con su letrero, donde se podía leer:

 

MEJORANA; PINO PAÍS; ARENARIA (rubles); PULMONARIA; OREJA DE OSO; HIERBA NEGRA; MANZANILLA DEL MONCAYO; MENTA PIPERITA; MENTA POLEO; BELLADONA; CORDIALES; MALVAVISCO, ETC.

 

Alfanhuí entró a servir en aquella casa, de algo menos que de mancebo. Traído y llevado a todas horas por las órdenes del dueño y de la dueña, Alfanhuí callaba y aprendía. Comía con el mancebo, que era villano y despectivo con él, y dormía en la trastienda entre tarros recónditos que guardaban en su seno todos los olores del monte. Había también, colgadas de las paredes, unas láminas verticales, con un palo negro en cada extremo, para enrollar, que eran de papel brillante y tenían dibujada en colores, plantas con las hojas y las flores aparte y los cortes del tallo y raíces, para detallar sus peculiaridades y estudiar los vasos y los tejidos. Debajo, tenían letreros donde ponía “Monocotiledóneas” y cosas por el estilo y, en letra más pequeña, “Gráficas Llosent, Barcelona”. En el medio había una gran mesa de mármol con una balanza atornillada a la losa. En una esquina, debajo de un reloj hexagonal, estaba el catre de Alfanhuí. En el suelo había saquitos remangados, con las hierbas de más uso y que no se desvirtúan en el aire.

Alfanhuí sabía algo de todo aquello y conocía muchas hierbas con sus nombres y sus virtudes. Pero ahora buscaba mejorar su conocimiento y se quedaba con los ojos pegados a la vitrina y sacaba los tarros, y los olía y desgranaba las hierbas en su mano y preparaba infusiones y extraños alambiques cuando nadie le veía. Pensaba también en los nombres de las hierbas y se los repetía una y otra vez, como buscando en ellos el sonido de viejas historias y, lo que cada planta, entrando por los ojos, había dicho en la vida y en el corazón de los hombres. Porque el nombre que se dice, no es el nombre íntimo de las hierbas, oculto en la semilla, inefable para la voz, pero ha sido puesto por algo que los ojos y el corazón han conocido y tiene a veces un eco cierto de aquel otro nombre que nadie puede decir. Una y otra vez repetía Alfanhuí los nombres y los había mejores y peores. Había nombres tontos que nada decían, y los había misteriosos, en los que estaba todo el monte sonando.

El licenciado solía mandarle al campo con el encargo de traer tal o cual hierba que se acababa y le indicaba aproximadamente los sitios donde nacía. Las había más abundantes y más escasas y difíciles de encontrar. Pero Alfanhuí, con solo haber visto y olido la hierba en su tarro y conocer su nombre, ya imaginaba el paraje donde podía nacer y luego tenía buen tino para hallarla, aunque nunca la hubiera visto por el campo. Y se subía a los altos y miraba los distintos colores de la tierra y lo que era arenoso y calizo y donde había más o menos agua y donde batían más los distintos vientos y lo que estaba al socaire y las solanas y las umbrías y los declives y otras infinitas condiciones que hacían la tierra varia y difícil. Pero Alfanhuí entornaba los ojos para ver todo esto. Porque acertaba mejor por gracia y por instinto, que poniéndose a considerar. A veces había que ir muy lejos y hacer noche. Pero siempre volvía con su saco de hierbas al hombro y alguna planta nueva y rara que había escogido para sí.

Rafael Sánchez Ferlosio: Industrias y andanzas de Alfanhuí.
Barcelona, Salvat Editores, 1983, 2.ª edición. Biblioteca
Básica Salvat (BBS), núm. 22.

 

Apoyo léxico. Soportal. Espacio cubierto, a manera de claustro, que tienen algunos edificios o manzanas de casas en sus fachadas para protegerse de la lluvia, el frío, etc. (Se usa más en plural con el mismo significado que en singular). Surcada. Atravesada. Barcaza. Barca grande y descubierta que se utiliza para el transporte de carga, en este caso de una orilla a otra del río. Maroma. Cuerda gruesa de esparto o cáñamo. Presuntuosa. Muy orgullosa. Mancebo. Muchacho que sirve como criado y, en este caso, hace las veces de auxiliar de la herboristería. Recóndito. Muy escondido, reservado y oculto. Seno. Parte interna de algo. Por el estilo. De manera semejante, en forma parecida. Catre. Cama ligera para una sola persona. Remangado. Vuelto hacia arriba. Desvirtuar. Alterar la verdadera naturaleza de algo. Desgranar. Desmenuzar. Alambique. Utensilio que sirve para destilar una sustancia volátil, compuesto fundamentalmente de un recipiente para calentar el líquido y de un conducto por el que sale la sustancia destilada. Inefable. Que no se puede explicar con palabras. Tener buen tino. Poseer la capacidad para lograr algo que se pretende. Estar al socaire. Encontrarse resguardado en el lado opuesto a aquel de donde sopla el viento. Solana. Lugar donde el sol da de lleno. Umbría. Lugar donde da poco el sol y, por estar expuesto al norte, casi siempre hace sombra.

[Plantas medicinales que se expiden en la herboristería. Mejorana. Hierba usada como antiespasmódica. Arenaria (Spergularia rubra). La infusión de esta planta se utiliza para mejorar el funcionamiento de los riñones. Pulmonaria. El cocimiento de sus hojas se emplea como pectoral. Oreja de oso. A las hojas de esta planta se le han atribuido efectos expectorantes y antitusivos. Hierba negra. Se usa como depurativo. Manzanilla del Moncayo. En infusión, suele emplearse -entre otros usos- para lavar los ojos en caso de alergias. Menta piperita y menta poleo. Se emplean por sus propiedades digestivas. Belladona. Por contener atropina, se usa en oftalmología para dilatar la pupila. Cordiales. Mezcla de ciertas flores que se emplea como sudorífero. Malvavisco. Se usa como emoliente, para ablandar durezas].

Industrias y andanzas de Alfanhuí es un libro inclasificable, obra de un escritor de profunda sensibilidad y estilo un tanto preciosista que sabe urdir una serie de relatos de gran originalidad y encanto poético. Su carácter fantástico es compatible con el descarnado realismo de algunos pasajes. En sus páginas asistimos absortos a las sorprendentes actividades de un niño en el entorno de un mundo mágico poblado de seres maravillosos y muy diversos; por ejemplo, Don Diego Marcos, propietario de una herboristería en Palencia, y en la que Alfanhuí va a trabajar.

El protagonista de esta breve historia es Alfanhuí, nombre que le puso un taxidermista de Guadalajara, en cuyo taller trabajó como aprendiz (y por recordarle el sonido que emiten los alcaravanes, de ojos amarillos, iguales en su color a los del niño, a juicio de su maestro disecador).

[“El maestro miró al niño de arriba abajo con unos ojos muy serios y dijo: / -¿Tú? Tú tienes ojos amarillos, como los alcaravanes; te llamaré Alfanhuí porque este es el nombre con que los alcaravanes se gritan los unos a los otros”. Parte primera, capítulo tercero].

Tras un tiempo de vida errante, Alfanhuí recala en Palencia y entra a trabajar en la herboristería de don Diego Marcos; enseguida aprende a distinguir unas plantas de otras y sus propiedades, fruto de la observación y de la mejora de sus conocimientos acerca de las que se encuentran en la trastienda; y sale al campo en busca de las que se venderán en la herboristería. Guiado por su intuición y por su habilidad para reconocer los terrenos, siempre regresa cargado de hierbas y plantas -algunas nuevas e incluso raras-, aunque ello le suponga recorrer grandes distancias y pasar noches al raso.

Tres partes conforman, pues el texto: la descripción de Palencia, para la que Sánchez Ferlosio elige aquellos adjetivos que le sirven para crear ese ambiente que pone de manifiesto la luminosidad, la vitalidad y la alegría de la ciudad castellano-leonesa y su fértil vega; la breve descripción de don Diego Marcos, de su mujer y del mancebo que ayuda en la herboristería, así como de la trastienda en la que se guardan las plantas y hierbas que Alfanhuí se encarga de conocer a fondo; y el relato de sus excursiones por el campo para localizar sobre el terreno aquellas hierbas y plantas de las que se nutre la herboristería, y de las que tiene información suficiente. Y es, sin duda, el acierto de la adjetivación empleada lo que revela la exquisita sensibilidad de Sánchez Ferlosio y lo que le confiere al texto una indiscutible calidad artística.

Hay una tendencia a la construcción bimembre de adjetivos pospuestos al nombre, fuertemente connotativos: “Palencia era clara (luminosa, con abundante luz) y abierta (llana)”; “tenía la entrada franca (despejada de obstáculos) y alegre”; “el río [era] maduro y caudaloso” (es decir, que ha alcanzado su estado de plenitud -el vocablo maduro está usado metafóricamente, y su significado se matiza con el siguiente adjetivo: caudaloso, es decir, con mucha agua; ambos adjetivos funcionan como atributos); “el agua de los canales tomaba, con el poniente, un color lánguido (debilitado, mortecino) y fecundo (abundante, intenso), de un azul blanquecino, con reflejos verdes y rojos”; “llevaba un guardapolvos ocre, descolorido”; “andaba por la tienda una especie de mancebo tísico (tuberculoso) y barbilampiño (que todavía no tiene barba, porque se está haciendo hombre)”; “comía con el mancebo, que era villano (descortés) y despectivo (despreciativo, ofensivo) con él” (ambos adjetivos funcionan como atributos; “los nombres los había mejores y peores”; “miraba lo que era arenoso y calizo” (ambos adjetivos funcionan como atributos); “hacían la tierra varia y difícil”, “alguna planta nueva y rara”. Y, a veces, son triadas de adjetivos las que acompañan, siempre pospuestos, al nombre: “las torres también eran blancas, bajas y fuertes” (los tres adjetivos funcionan como atributos); “Diego Marcos era alto, grueso y petulante (exageradamente presumido) (los tres adjetivos funcionan como atributos); “las había [las hierbas] más abundantes y más escasas y difíciles de encontrar”. Muchos de estos adjetivos -y otros que acompañan en solitario al nombre- traducen sensaciones cromáticas que dotan al texto de una especial luminosidad -en el caso de la descripción de Palencia-, o bien aportan una nota de tenebrosa negrura -en el caso del interior de la herboristería-: La ciudad de Palencia, clara; la piedra blanca de los soportales de la plaza mayor a la que daba el sol, las torres blancas, el agua de los canales en el poniente con un color azul blanquecino y reflejos verdes y rojos...; el anuncio de los productos en venta en una tabla negra con letras de purpurina, la tienda oscura, las estanterías de un marrón casi negro...

En otras ocasiones se coordinan construcciones trimembres, e incluso de cuatro miembros, con la misma función gramatical: “la vega poblada de viñas, hortalizas y árboles de frutas”; “y sacaba los tarros, y los olía y desgranaba las hierbas en su mano y preparaba infusiones y extraños alambiques”; “Y se subía a los altos y miraba los distintos colores de la tierra y lo que era arenoso y calizo y donde había más o menos agua y donde batían más los distintos vientos y lo que estaba al socaire y las solanas y las umbrías y los declives”. Con todo ello se obtiene un marcado ritmo de grata musicalidad, y se logra dar mayor fuerza a lo que se expresa mediante el empleo repetido de la conjunción y (polisíndeton).

Y en cuanto a los personajes -y salvo Alfanhuí-, Sánchez Ferlosio los presenta, por medio de la adjetivación y de su comportamiento, con tintes bastante negativos: Don Diego Marcos es “alto, grueso y petulante”, vestido con guardapolvos “ocre, descolorido” -lo que dice muy poco en favor de su higiene personal-; su mujer era “gorda y no menos presuntuosa”; y ambos, bastante orgullosos en su temperamento, abusaban laboralmente de Alfanhuí, “traído y llevado a todas horas por las órdenes del dueño y de la dueña”. Y el mancebo, de veinticinco años”, es “tísico y barbilampiño”, y el trato que le dispensaba a Alfanhuí era “villano y despectivo”. En cambio, Alfanuhí es abnegado y siempre dispuesto a aprender (“Traído y llevado a todas horas […] callaba y aprendía”), siempre dispuesto a mejorar sus conocimientos sobre plantas y hierbas, e incluso sobre el cúmulo de de sensaciones que pudieran evocar en sus nombres (“Había nombres tontos que nada decían, y los había misteriosos, en los que estaba todo el monte sonando”). Y esta capacidad de aprendizaje, unida a sus conocimientos previos sobre plantas y terrenos, le permite “volver con su saco de hierbas al hombro”, cada vez que salía al campo en su búsqueda, siguiendo el mandato de Don Diego Marcos; y hasta se reservaba para sí algunas, atraído por su novedad y rareza.

 

[Segunda parte, VII (“Del novísimo hallazgo
de la casa abandonada”).

 

La casa abandonada estaba en un arrabal antiguo y postrero, sobre una calle de adoquines muy salientes y como molida al paso de los carros. Antes de llegar a ella se veía una tapia alta y tostada, en un trecho breve sobre la calle, con un portalón muy grande y desvencijado que daba paso a un patio. El patio estaba rodeado de altos cobertizos oscuros, por sus tres lados. Debajo de los cobertizos se veían carros viejos y medios carros y ruedas sueltas y ejes llantas, y una mesa de carpintero rodeada de virutas amarillas y un yunque y una fragua pequeña. Las vigas estaban llenas de telarañas. También había, en medio de lo descubierto, señales de fuego. Sobre un montón de trapos, una perra chiquita daba de mamar a sus cachorros y los lamía y relamía.

Al terminar la tapia había una casa de vecindad con muchas voces y muchos baldosines de colores. Después de esta casa estaba la cancela. Daba a un pasadizo estrecho, como de metro y medio, entre la casa de vecindad y la casa abandonada. Esta estaba de espaldas a la calle. Su puerta daba al jardín que había al final del pasadizo. El jardín no tenía árboles pero sí muchas flores cultivadas en botes de conserva y en cubos viejos, junto a la pared. En medio, había algunos setos, cercados de ladrillos enterrados hasta la mitad, donde nacían arbustos de flores blancas. Alguien entraba allí todavía a cuidar el jardín. Apoyado a la pared, había un rastrillo, y a su lado, una regadera verde. E medio de todo esto había un cenador de mármol, desproporcionado, rodeado de cuatro bancos de piedra y un viejo cedro altísimo y umbroso.

La casa era de ladrillo rojo y de una sola planta, con las ventanas grandes y persianas de madera verde,. La puerta estaba tapada por una inmensa enramada que cubría la escalinata y la marquesina y se montaba sobre el techo, formando una gran bola. Parecía que la casa había cubierto su cara con aquel enorme matorral de madreselvas, yedras y otras enredaderas. Alfanhuí se acercó a mirar; los gruesos tallos se abrazaban a la baranda y a los hierros de la marquesina, enroscándose, haciéndose un cuerpo con ello. Se retorcían y se entrelazaban, agarrándose con todas sus fuerzas a cuanto iban encontrado. Los cristales de la marquesina se habían ido rompiendo para dar paso al crecimiento de la enredadera, para que pudiera abrazarse a los hierros de sus soportes. En el suelo se veían cristalitos verdes y azules, llenos de polvo, entre hojas secas. La puerta se ocultaba totalmente tras de la mata oscura.

Alfanhuí trepó por los tallos más fuertes y se internó en la enredadera. Entonces vio que debajo de él no había nada más que ramas y ramas y un vacío oscuro. La planta se había comido, en aquella parte, toda la pared de sobre la puerta y el alero y un pedazo del techo, como si hubiera dado un gran mordisco a la casa. Pensó Alfanhuí que podría entrar en la casa bajando por las ramas. El matorral era espesísimo, le sujetaba bien y parecía no acabarse nunca. Alfanhuí se iba hundiendo, apartando las ramas y las hojas con pies y manos. Algunos momentos le parecía que los tallos se estrechaban y querían apretarlo y ahogarlo en su maraña. Por fin, sintió vacío debajo de su pie; los últimos hilos de la enredadera bajaban, como cuerdas, dentro de la casa. Alfanhuí se descolgó por ellos y de un salto, llegó al suelo. Retumbó el golpe en la oscuridad. Oyó un huir de ratas. Alfanhuí se quedó un momento parado. Había una gran oscuridad y tan sólo se veía una vaga mancha de luz en el suelo. Alfanhuí se acercó, era una chimenea. En la mancha de luz se veían las sombras de dos pájaros, posados arriba en el techo, sobre el borde de la chimenea. Piaban lejanamente y sus sombras se movían en el suelo. Alfanhuí encendió una cerilla. Apareció una habitación grande como un salón, pero que no tenía un solo mueble. Las puertas eran blancas con filetes dorados. La chimenea era de mármol. Todo era blanco y oscuro. Con otra cerilla pasó a otra habitación más grande que también tenía chimenea. Sobre la chimenea había un espejo y dos candelabros de bronce. Encendió todas las velas. También el marco del espejo era blanco, con ribetes dorados. Se miró en él. El espejo tenía una luz honda y amarilla: “¡Qué antiguo soy!”, se dijo, y sonrió. Luego se alejó del espejo todo lo que pudo y se miró de nuevo, allá al fondo. Desde allí se hizo un saludo con la mano:

-¡Alfanhuí, qué antiguo eres! […]

Tramos este otro fragmento para que el lector reconozca algunos de los rasgos más sobresalientes de la forma en que Sánchez Ferlosio concibe lingüísticamente este tupo de prosa; y también para poner de manifiesto la importancia que la naturaleza juega en la vida de un niño de temperamento despierto, y amante también de los animales.

[Esta es la última frase de la novela Industrias y andanzas de Alfanhuí de Rafael Sánchez Ferlosio: «Alfanhuí vio, sobre su cabeza, pintarse el gran arco de colores”. Tras una gran tormenta, las nubes se abren y sale el sol después de que los alcaravanes se alejen en la niebla. Con este arco iris simboliza Sánchez Ferlosio el final de la fantástica infancia de Alfanhuí, que se adentra ya en una sociedad muy alejada de su prodigioso mundo].

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